San John Henry Newman, la fe a la que se convirtió, la Iglesia a la que se unió

Se cumplen en estas fechas 20 años de mi regreso a la Iglesia Católica tras 12 años fuera de la misma, 8 y medio de los cuales los pasé siendo protestante evangélico, además de unos breves meses asistiendo a misas ortodoxas. El relato de cómo el Señor tuvo a bien devolverme a su Iglesia está publicado en este blog. En el mismo decía: 

La lectura de “Apología pro vita sua” de J.H Newman fue una clave importantísima en este periodo de mi vida.

Por tanto, entenderán ustedes que hoy sea un día muy especial para mí. Aquel a quien el Señor usó para regresar a la fe en que fui bautizado es hoy proclamado santo por la Iglesia. Como cosa curiosa diré que ese libro con el testimonio del propio Newman me lo regaló un protestante, del que sospecho que debe estar preguntándose por qué hizo lo que hizo. Cosas de la Providencia. De hecho, Newman me ayudó  mucho más a no quedarme con los ortodoxos que a salir del protestantismo. Y la razón fue su otra gran obra -Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana-, escrita en su mayor parte siendo todavía anglicano y que explica magistralmente el desarrollo del dogma a lo largo de los siglos.

Precisamente en esa obra, el santo inglés explica cuál era la situación de la Iglesia en el siglo XIX comparada con la Iglesia en los siglos IV (era nicena), V y VI. Cito:

En conjunto, pues, tenemos razones para decir que si hoy día existe una forma de cristianismo que se distingue por su organización cuidadosa y el poder que se deriva de ella, si está extendida por todo el mundo, si destaca por el celoso mantenimiento de su propio credo, si es intolerante hacia lo que considera erróneo, si está ocupada en una guerra incesante con todos los demás cuerpos llamados cristianos; si, y sólo ella es llamada “católica” por el mundo, más aún, por aquellos mismos cuerpos, y si tiene en estima dicho título, si los llama heréticos y les previene del infortunio que se acerca, y los llama uno a uno para que se conviertan a ella, sobrepasando cualquier otro vínculo. Y si, por otra parte, ellos la llamaran seductora, ramera, apóstata, Anticristo y demonio, si la consideran su enemiga a pesar de lo mucho que difieren unos de otros, si se esfuerzan en unirse contra ella y no pueden, si solo son locales, si continuamente se subdividen y ella permanece una, si ellos caen uno tras otro, y preparan el camino para nuevas sectas y ella permanece la misma, esa comunión religiosa no es diferente al cristianismo histórico tal y como se nos presenta en la Era Nicena.

Y

Luego, si ahora existe una forma de cristianismo tal que se extiende por todo el mundo, aunque con medidas diversas de importancia o de prosperidad en lugares distintos. Que se halle bajo el poder de soberanos y magistrados ajenos a su fe de diversos modos. Que naciones florecientes y grandes imperios, que profesan o toleran el nombre de cristiano se sitúen en contra suya como adversarios. Que escuelas de filosofía y de estudio apoyen teorías y lleven a cabo conclusiones hostiles a ella, y establezcan un sistema exegético subversivo sobre sus Escrituras. Que haya perdido iglesias enteras a causa del cisma y se le oponen hoy día comuniones poderosas que una vez fueron parte suya. Que haya sido del todo o casi desterrada de algunos países. Que en otros esté oculta su línea de enseñanzas, su grey oprimida, sus iglesias ocupadas, sus propiedades ostentadas por la que podría llamarse una sucesión duplicada. Que en algunos de sus miembros sean degenerados y corruptos, sobrepasados en diligencia, en virtud y en dones intelectuales por los mismos herejes a los que condena. Que abunden las herejías y haya obispos negligentes sin la autoridad propia. Y que entre sus desórdenes y sus temores haya una sola voz cuyas decisiones espera con confianza el pueblo, un nombre y una sede a la que miran con esperanza, y aquel nombre sea Pedro y aquella sede la de Roma, tal religión no es distinta del cristianismo de los siglos V y VI.

La fe católica es hoy la misma a la que se convirtió Newman, con la particularidad de que las doctrinas sobre de la Inmaculada Concepción y la Asunción de María y la de la infalibilidad papal son ya proclamadas como dogmas de fe. 

En cuanto a la Iglesia, evidentemente sigue siendo la misma, pero hemos llegado a una situación tal, que tal hecho solo podemos confesarlo por fe, no porque se cumplan visiblemente las señales que el propio Newman indicaba sobre la Iglesia en esos siglos mencionados y en su propio siglo. De hecho, lo que hoy aparece a los ojos es algo muy diferente. Razón de más para pedir su intercesión para que la Iglesia se vea libre de la plaga que él combatió durante toda su vida cristiana: el liberalismo, más conocido como modernismo.

No en vano, él supo ver proféticamente que la Iglesia pasaría por una etapa como la que vivimos hoy:

«Agradezco a Dios vivir en una época en la que el enemigo está fuera de la Iglesia y saber en dónde se encuentra y qué propone. Pero preveo un día cuando el enemigo esté al mismo tiempo fuera y dentro de la Iglesia.. Y rezo desde ahora por los pobres fieles que serán víctimas de un fuego cruzado»

San John Henry Newman, ora pro nobis

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