Odiemos de corazón el camino de la iniquidad

El Oficio de Lecturas del lunes de la decimooctava semana del Tiempo Ordinario

Dios invalidó los sacrificios de la ley antigua, para que la nueva ley de nuestro Señor Jesucristo, que no está sometida al yugo de la necesidad, tuviera una oblación no hecha por mano de hombre. Por esto les dice también: Cuando saqué a vuestros padres de Egipto, no les ordené ni les hablé de holocaustos y sacrificios; ésta fue la orden que les di: «Que nadie medite en su corazón daños contra el prójimo; no améis jurar en falso».

Debemos, pues, comprender, si somos sensatos, los sentimientos de bondad de nuestro Padre; él nos habla, enseñándonos cómo debemos acercarnos a él, porque no quiere que lo busquemos por caminos desviados, como ellos. A nosotros, pues, nos dice: Sacrificio para el Señor es un espíritu quebrantado; olor de suavidad para el Señor es el corazón que glorifica al que lo ha plasmado. Por tanto, hermanos, debemos investigar diligentemente acerca de nuestra salvación, para que el maligno seductor no se introduzca furtivamente entre nosotros y nos aparte de la vida verdadera.

Les dice también, acerca de estas cosas: No ayunéis como ahora, haciendo oír en el cielo vuestras voces. ¿Es ése el ayuno que el Señor desea para el día en que el hombre se mortifica? A nosotros, en cambio, nos dice: El ayuno que yo quiero es éste -oráculo del Señor-: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo.

Evitemos, pues, toda obra vana, odiemos de corazón el camino de la iniquidad. No os repleguéis sobre vosotros mismos, no viváis para vosotros solos, pensando que ya estáis justificados, sino reuníos para indagar juntos lo que es provechoso para todos. Dice, en efecto, la Escritura: ¡Ay de los que se tienen por sabios y se creen perspicaces! Hagámonos espirituales, hagámonos un templo perfecto para Dios. En lo que dependa de nosotros, no olvidemos el temor de Dios y esforcémonos en guardar sus mandamientos, para que su voluntad sea nuestra delicia.

El Señor sin acepción de personas juzgará al mundo. Cada cual recibirá el pago de sus obras: si ha obrado bien, su justicia le precederá; si mal, el castigo de su maldad irá ante él; no nos abandonemos con la confianza de que somos de los llamados, no sea que nos durmamos en nuestros pecados, y el príncipe de maldad apoderándose de nosotros, nos aparte del reino del Señor.

Considerad aún esto, hermanos míos: pues vemos que los israelitas, a pesar de todas las señales y prodigios que Dios obró en su presencia, fueron rechazados, vigilemos para que en nosotros no se cumpla aquella sentencia evangélica: Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos.

Epístola de Bernabé

Que en relación a la salvación solo podemos obrar el bien por la gracia de Dios es claro. Que sin Cristo no podemos hacer nada, también. Pero ¿quién será el necio que piense que eso significa que no tiene que hacer nada? ¿quién el necio que crea estar ya entre los elegidos y por ello vuelve a vivir una vida de pecado como antes de su conversión? 

¿Acaso Dios salvará al que habiéndose convertido luego vuelve a caer en la corrupción del mundo? ¿Dicen eso los profetas? ¿O más bien afirman lo contrario? ¿qué dice el Señor por boca del profeta Ezequiel?

Pero si el justo se aparta de su justicia y comete la iniquidad según las abominaciones que suele cometer el impío, ¿podrá vivir? Las obras justas que practicó no le serán recordadas. Por las rebeldías en que haya incurrido y por el pecado que haya cometido, morirá.
Eze 18,24

¿Y qué nos dice el apóstol San Pablo?

Por lo tanto, queridos hermanos, ya que siempre habéis obedecido, no solo cuando yo estaba presente, sino mucho más ahora en mi ausencia, trabajad por vuestra salvación con temor y temblor.
Fil 2,12

¿Y de qué nos advierte el apóstol San Pedro?

Porque si después de haber escapado de las impurezas del mundo por el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, se dejan atrapar nuevamente por ellas y son vencidos, sus postrimerías resultan peores que los principios. Más les valiera no haber conocido el camino de la justicia que, después de conocerlo, volverse atrás del santo precepto que se les entregó. Se ha cumplido en ellos aquel proverbio tan acertado: “El perro vuelve a su propio vómito” y la cerda lavada a revolcarse en el fango.
2ª Ped 2,20-22

Y teniendo la palabra de profetas y de apóstoles, ¿vamos a prestar oídos a quienes nos dicen que todo el mundo se salva, que Dios no va a condenar a nadie a un infierno eterno? ¿vamos a prestar oído a quienes disminuyen la gravedad de pecados como el adulterio, la profanación eucarística que se da al comulgar en pecado mortal? ¿dejaremos de odiar el pecado, especialmente el que cometemos, que nos aleja de Dios?

Señor, ilumina nuestro camino con la luz de la verdad que nos transmitiste por tus profetas y por tus apóstoles para que no nos engañen encimándonos a la senda de la perdición.

Luis Fernando

3 comentarios

  
Ana
Amén
08/08/17 11:23 AM
  
Lucía Martínez
Muchas gracias por su labor. El Señor y la Santísima Virgen María les guíen y les protejan siempre.
En casa, luego de hacer el Santo Rosario, hacemos esta oración a San José todas las noches. (Cuando decimos este fragmento, pienso en lo que estamos viviendo) : "Proteged, prudentísimo Custodio de la Divina Familia, el linaje escogido de Jesucristo; preservadnos padre amantísimo de todo contagio de error y corrupción, sednos propicio y asistidnos desde el Cielo, poderosísimo protector nuestro en el combate que al presente libramos contra el poder de las tinieblas".

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LF:
Preciosa oración.
08/08/17 5:42 PM
  
Octavio
Amen
08/08/17 6:03 PM

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