(492) Evangelización de América –34. México. Santos indios mexicanos

Niños mártires de Tlaxcala

–Perdone, pero los que cita no todos son santos canonizados, pues algunos son beatos.

–Pero los cristianos beatificados por la Iglesia son personas santas ¿no?… Pues eso.

 

–Precocidad de la santidad cristiana en México

Ya hemos referido cómo en 1520, antes de la conquista de México, los cuatro señores de Tlaxcala –siendo uno de ellos, Xicohtencatl–, apadrinados por Hernán Cortés, recibieron el bau­tismo. También sabemos que, llegados en 1524 los franciscanos a la ciudad de México, en seguida Fray Martín de Valencia, que permaneció en la capital con cuatro frailes, envió a los otros doce, de cuatro en cua­tro, a fundar casas en Texcoco, Tlaxcala y Huejotzingo. Y conoce­mos también que el padre Motolinía estuvo de guardián en la ciudad de Tlaxcala de 1536 a 1539, cuando, según él informa, ya «hay en ella [además del convento franciscano] un buen hospital y más de cincuenta iglesias pequeñas y medianas, todas bien aderezadas» (III,16, 435). Pues bien, de ese tiempo procede esta historia, bien significativa, que él re­fiere:

«Como en el primer año que los frailes menores poblaron en la ciudad de Tlaxcallan recogiesen los hijos de los señores y perso­nas principales para los enseñar en la doctrina de nuestra santa fe, los que servían en los templos del demonio no cesaban en el servi­cio de los ídolos, y inducir al pueblo para que no dejasen sus dio­ses, que eran más verdaderos que no los que los frailes predica­ban, y que así lo sustentarían». Con estas predicaciones andaba por el tianguez o mercado uno de los sacerdotes, con aspecto feroz y fascinante, revestido de Ometochtli, dios del vino, uno de los dioses principales.

«En esto vino una turba de chicos, alumnos de la es­cuela de los frailes, que venía del río, y se pusieron a discutir con él ante la gente: “No es dios sino diablo, que os miente y engaña”». De la discusión pasaron a la acción; comenzaron a perseguirle, y el ministro del ídolo acabó por escaparse corriendo, apedreado por los chicos. «Estos decían: “Matemos al diablo que nos quería matar. Ahora verán los maceualtin (que es la gente común) cómo éste no era dios sino mentiroso, y Dios y Santa María son buenos”. Y lo mataron a pedradas. Los niños quedaron muy ufanos, pensando haber matado a un diablo, y todos los que creían y servían a los ído­los, y también los ministros paganos, que acudieron luego muy bra­vos, todos quedaron espantados y sobrecogidos. Los frailes man­daron azotar al chico más culpable. Y por sólo este caso comenza­ron muchos Indios a conocer los engaños y mentiras del demonio, y a dejar su falsa opinión, y venirse a reconciliar y confederar con Dios y a oír su palabra» (III,14, 414; +Mendieta III,24).

Los indios neocristianos eran muchas veces los combatientes más apasionadoscontra aquellos ídolos y templos bajo cuyo engaño opresivo habían servido al Diablo, incluso con sacrificios humanos. Pero casos como el referido, de persecu­ción sangrienta de los ministros indígenas, fueron muy infrecuentes. Mucho más frecuente fue el martirio de los misioneros cristianos. Todas las órdenes misioneras de América y de otros lugares adornan su historia con una numerosa corona de mártires. Véase, por ejemplo, el libro V de fray Gerónimo de Mendieta, que trata de los Frailes menores que han sido muertos por la predicación del Santo Evangelio en esta Nueva España. Por otra parte, menos frecuentes fueron los casos de martirio en los indios neoconversos; pero también entre ellos se dieron casos realmente conmovedores, como veremos en seguida.

 

–Primeros indios santos de México en el siglo XVI

No trataré en este artículo de San Juan Diego (1474-1548), que fue de ellos uno de los primeros, canonizado por Juan Pablo II (31-VII-2002), pues a él y a la Virgen de Guadalupe dedicaré el próximo artículo. Tampoco daré la semblanza de San Felipe de Jesús (1572-1597), mártir franciscano en Nagasaki, Japón, ya que aunque nació en México, y es el primer mexicano canonizado como santo (por Pío IX, 8-VI-1862), patrono de la ciudad de México, no era indio, sino hijo de padres españoles, Antonio, de Illescas, Toledo, y de Antonia, andaluza de Sevilla, que lo bautizaron al poco de nacer.

 

San Cristóbal, niño tlaxcalteca(+1527)

El P. Motolinía narra el martirio de tres niños tlaxcaltecas (III,14, 412-421; +Mendieta III,25-27). El primero de ellos, Cristóbal, era hijo de uno de los nobles más importantes de Tlaxcala, después de los cuatro señores principales, llamado Acxotécatl, que «tenía sesenta muje­res, y de las más principales de ellas tenía cuatro hijos». Tres de ellos fueron enviados a la escuela de los franciscanos, pero el pa­dre retuvo escondido al mayor, al que era su preferido, hijo de Tlapaxilotzin (mazorca colorada). Pero pronto se supo esto, y tam­bién el mayor fue a la escuela, teniendo doce o trece años de edad.

«Pasados algunos días y ya algo enseñado, pidió el bautismo y fuele dado, y puesto por nombre Cristóbal. Este niño, demás de ser de los más principales y de su persona muy bonito y bien acondi­cionado y hábil, mostró principios de ser buen cristiano, porque de lo que él oía y aprendía enseñaba a los vasallos de su padre; y al mismo padre decía que dejase los ídolos y los pecados en que es­taba, en especial el de la embriaguez, porque todo era muy gran pe­cado, y que se tornase y conociese a Dios del cielo y a Jesucristo su Hijo, que El le perdonaría, y que esto era verdad porque así lo enseñaban los padres que sirven a Dios. El padre era un indio de los encarnizados en guerras, y envejecido en maldades y pecados, según después pareció, y sus manos llenas de homicidios y muer­tes. Los dichos del hijo no le pudieron ablandar el corazón ya endu­recido, y como el niño Cristóbal viese en casa de su padre las tina­jas llenas del vino con que se embeodaban él y sus vasallos, y viese los ídolos, todos los quebraba y destruía, de lo cual los cria­dos y vasallos se quejaron al padre». También Xochipapalotzin (flor de mariposa), mujer principal de Acxotécatl, «le indignaba mucho y inducía para que matase a aquel hijo Cristóbal, porque aquél muerto, heredase otro suyo que se dice Bernardino; y así fue, que ahora este Bernardino posee el señorío de su padre».

Finalmente, el padre decidió matar a Cristóbal. El mayor de los tres, de nombre «Luis, del cual yo fui informado, vio [escondido en la azotea] cómo pasó todo el caso. Vio cómo el cruel padre tomó por los cabellos a aquel hijo Cristóbal y le echó en el suelo dándole muy crueles coces, de las cuales fue maravilla no morir (porque el padre era un valentazo de hombre, y es así, porque yo que esto es­cribo le conocí), y como así no le pudiese matar, tomó un palo grueso de encina y diole con él muchos golpes por todo el cuerpo hasta quebrantarle y molerle los brazos y piernas, y las manos con que se defendía la cabeza, tanto que casi de todo el cuerpo corría sangre».

«A todo esto el niño llamaba continuamente a Dios, diciendo en su lengua: “Señor Dios mío, habed merced de mí, y si Tú quieres que yo muera, muera yo; y si Tú quieres que viva, líbrame de este cruel de mi padre”». Supo lo que sucedía Tlapaxilotzin, la madre de Cristóbal, desolada y pidiendo a gritos clemencia para su niño. Pero «aquel mal hombre tomó a su propia mujer por los cabellos y aco­ceóla hasta se cansar, y llamó a quien se la quitase de allí». En se­guida, viendo que el niño seguía vivo, «aunque muy mal llagado y atormentado, mandóle echar en un gran fuego de muy encendidas brasas de leña de cortezas de encina secas, que es leña que dura mucho y hace muy recia brasa. En aquel fuego le echó y le revolvió de espaldas y de pechos cruelísimamente, y el muchacho siempre llamando a Dios y a Santa María». Lo apuñaló después.

Y allí quedó por la noche, medio muerto, «llamando siempre a Dios y a Santa María. Por la mañana dijo el muchacho que llamasen a su padre, el cual vino, y el niño le dijo: “Padre, no pienses que estoy enojado, porque yo estoy muy alegre, y sábete que me has hecho más honra que no vale tu señorío”. Y dicho esto demandó de beber y diéronle un vaso de cacao, que es en esta tierra casi como en España el vino, no que embeoda, sino sustancia, y en bebiéndolo luego mu­rió».

El padre hizo enterrar secretamente al niño, mandó matar a Tlapaxilotzin, la madre, y dio orden severa de callar a todos los de la casa. Pero poco después se conocieron los dos asesinatos, y la justicia de los españoles, con mucho temor a provocar un levanta­miento, le llevó a la horca. El P. Motolinía hizo la crónica del marti­rio habiendo pasado «doce años que aconteció hasta ahora que esto escribo en el mes de marzo del año treinta y nueve». Es decir, su­cedió en 1527, poco después de terminada en 1521 la conquista de México. Y el papa Juan Pablo II beatificó en la basílica de Guadalupe al niño Cristóbal el 6 de mayo de 1990.

 

–Santos Juan y Antonio, niños tlaxcaltecas(+1529)

«Dos años después de la muerte del niño Cristóbal –prosigue el P. Motolinía–, vino aquí a Tlaxcallan un fraile dominico llamado fray Bernardino Minaya, con otro compañero, los cuales iban encaminados a la provincia de Huaxyacac. A la sazón era aquí en Tlaxcalan guardián nuestro de gloriosa memoria fray Martín de Valencia, al cual los padres domini­cos rogaron que les diese algún muchacho de los enseñados para que les ayudasen en lo tocante a la doctrina cristiana. Preguntados a los muchachos si había alguno que por Dios quisiese ir a aquella obra, ofreciéronse dos muy bonitos y hijos de personas muy princi­pales. Al uno llamaban Antonio –éste llevaba consigo un criado de su edad que decían Juan–, al otro llamaban Diego».

Conociendo fray Martín la peligrosidad de aquella misión, les puso muy sobre aviso para que lo pensaran bien. «A esto, ambos los niños conformes, guiados por el Espíritu Santo, respondieron: “Padre, para eso nos has enseñado lo que toca a la verdadera fe; ¿pues cómo no había de haber entre tantos quien se ofreciese a tomar trabajo por servir a Dios? Nosotros estamos aparejados para ir con los padres, y para recibir de buena voluntad todo trabajo por Dios”».

Recibieron la bendición de fray Martín, y se fueron los muchachos con los dos dominicos, «y allegaron a Tepeyacac, que es casi diez leguas de Tlaxcallan. Aquel tiempo en Tepeyacac no había monaste­rio como le hay ahora, y iban [los misioneros] muy de tarde en tarde, por lo cual aquel pueblo y toda aquella provincia estaba muy llena de ídolos, aunque no públicos. Luego aquel padre fray Bernardino Minaya envió a aquellos niños a que buscasen por to­das las casas de los indios los ídolos y se los trajesen». Ellos co­nocían la lengua, y normalmente, por ser niños, podían realizar tal empeño sin que peligrasen sus vidas.

«En esto se ocuparon tres o cuatro días, en los cuales trajeron to­dos los [ídolos] que pudieron hallar. Y después apartáronse más de una legua del pueblo a buscar si había más ídolos en otros pueblos que estaban allí cerca. Al uno llamaban Coatlichan, y al otro le lla­man el pueblo de Orduña, porque está encomendado a un Francisco de Orduña».

«De unas casas de este pueblo sacó aquel niño llamado Antonio unos ídolos, y iba con él el otro su paje llamado Juan. Ya en esto algunos señores y principales se habían concertado de matar a es­tos niños, según después pareció. La causa era porque les quebra­ban los ídolos y les quitaban sus dioses. Vino aquel Antonio con los ídolos que traía recogidos del pueblo de Orduña, a buscar en el otro que se dice Coatlichan, si había algunos. Y entrando en una casa, no estaba en ella más de un niño guardando la puerta, y quedó con él el otro su criadillo. Y estando allí vinieron dos indios principales, con unos leños de encina, y en llegando, sin decir palabra, descar­gan sobre el muchacho llamado Juan, que había quedado a la puerta, y al ruido salió luego el otro Antonio, y como vio la crueldad que aquellos sayones ejecutaban en su criado, no huyó, antes con grande ánimo les dijo: “¿Por qué me matáis a mi compañero que no tiene él la culpa, sino yo, que soy el que os quito los ídolos porque sé que son diablos y no dioses? Y si por ellos lo habéis, tomadlos allá, y dejad a ése que no os tiene culpa”. Y diciendo esto, echó en el suelo unos ídolos que en la falda traía. Y acabadas de decir estas palabras ya los dos indios tenían muerto al niño Juan, y luego des­cargan en el otro Antonio, de manera que también allí le mataron».

Ocultaron los cuerpos en una barranca, cerca del pueblo de Orduña. Pero pronto se organizó una búsqueda minuciosa y halla­ron los restos. El escándalo fue grande, entre otras cosas porque «aquel Antonio era nieto del mayor señor de Tlaxcallan, que se llamó Xicotencatl, que fue el principal señor que recibió a los espa­ñoles cuando entraron en esta tierra, y los favoreció y sustentó con su propia hacienda. Antonio había de heredar al abuelo, y así ahora en su lugar lo posee otro su hermano menor que se llamado don Luis Moscoso». Hallados los cuerpos, los matadores fueron presos, confesaron su crimen y fueron ahorcados. Estaban arrepentidos de lo hecho, y «rogaron que los bautizasen antes que los matasen».

«Cuando fray Martín de Valencia supo la muerte de los niños, que como a hijos había criado, y que habían ido con su licencia, sintió mucho dolor, y llorábalos como a hijos, aunque por otra parte se consolaba en ver que había ya en esta tierra quien muriese confe­sando a Dios».

También Juan y Antonio fueron declarados beatos en Guadalupe por Juan Pablo II el 6 de mayo de 1990. Y el 15 de octubre, el Papa Francisco canonizó en Roma a los tres Niños Mártires de Tlaxcala.

 

Beatos Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, laicos mártires zapotecas (+1700)

Beatos mártires zapotecasNacieron ambos en 1660 en San Francisco de Cajonos, pueblo zapoteca situado en la Sierra Norte de Oaxaca, atendido por dos padres dominicos. Los dos estaban casados, el primero tenía una hija, y el segundo dos hijos. Eran personas distinguidas en su pueblo, donde habían desempeñado diversos cargos civiles prestigiosos –regidores, alcalde, juez–, y que siempre habían fomentado el cumplimiento de los deberes comunitarios y el aprecio por las tradiciones culturales.

Convertidos al cristianismo y bautizados, sirvieron también en varios ministerios al servicio de la Vicaría de San Francisco, llegando a ser nombrados fiscales, ministerio laical establecido por el Concilio III Provincial Mexicano (1585), que llegó a tener gran importancia en gran parte de la América hispana.

«Que en cada pueblo se elija a un anciano distinguido por sus irreprochables costumbres, quien al lado de los párrocos sea perpetuo censor de las costumbres públicas» (P. Antonio Gay, Historia de Oaxaca, II, V,2). «Es su oficio principal inquirir los delitos y vicios que perturban la moralidad, descubriendo al cura los amancebamientos, adulterios, divorcios indebidos, perjurios, blasfemias, infidelidades, etc.» (Concilio III Mexicano, L I, tit. IX, 1,23).

Los dos fiscales supieron en septiembre de 1700 que un grupo de vecinos del pueblo de San Francisco, de mayoría cristiana, y de otras localidades próximas celebraban en una casa particular cultos idolátricos. Avisaron a los padres dominicos y, acompañados por ellos y por el capitán del lugar, acudieron para dispersar la reunión y requisar las ofrendas cultuales.

Los idólatras se amotinaron al día siguiente, exigiendo la entrega de los fiscales y la devolución de las ofrendas. Los padres no lo aceptaron, pero el capitán cedió a entregar los fiscales bajo la promesa de respetar sus vidas. Éstos se entregaron sin resistencia, convencidos de que iban a ser martirizados: «vamos a morir por la ley de Dios». Azotados en la picota de la plaza y encarcelados, se les prometió dejarlos vivir si renunciaban a la fe cristiana. Y como ellos se aferraron a la fe en nuestro Señor Jesucristo, fueron llevados a un monte próximo, desde el cual los despeñaron, acabando con sus vida a machetazos.

Quienes alegan que no fueron mártires, sino delatores de sus paisanos, ignoran que ellos habían recibido autoridad civil y religiosa para celar por el bien público de la comunidad, y ya en el proceso civil, como también en el eclesiástico (1700-1703), se reconoció la santidad de su total entrega por el bien de sus paisanos. San Juan Pablo II, en su quinta y última visita a México los beatificó el 1 de agosto de 2002.

 

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Basten como ejemplo los relatos de la vida de estos beatos y santos mexicanos del XVI y XVII para confirmar lo que expuse en (489) Evangelización de América –31 México. Misioneros y civiles. Y los indios, verdaderos cristianos. No simples indios bautizados a lo rápido.

 José María Iraburu, sacerdote

 

Índice de Reforma o apostasía

Bibliografía de la serie Evangelización de América

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