(489) Evangelización de América –31 México. Misioneros y civiles. Y los indios, verdaderos cristianos

San Miguel de Allende (Guanajuato, México), 1542

–¿Cómo es posible que tantas millones de indios, hechos cristianos en pocos años, fueran de verdad cristianos?

–No discurra su pensamiento dándose vueltas en el aire, sino ajústelo a los datos reales de los documentos históricos.

 

–Conflictos entre misioneros y civiles

Entre 1524 y 1526, ausente Cortés en la expedición de las Hibueras (Honduras), se dividieron los españoles en bandos y hubo numerosos tumultos, tan graves que sin los frailes se hubieran destrozado unos a otros, dando lugar a que los indios se alzaran contra ellos. Aquí se vio, como en otras ocasiones, que los frailes, pobres y humildes con los indios, eran también fuertes y decididos ante sus paisanos españoles. Éstos a veces no hacían de ellos demasiado caso, concretamente en lo de sacar y ajusticiar a los perseguidos que se acogían a la Iglesia. Así las cosas, en aquella ocasión, fray Martín de Valencia, superior de los franciscanos, tras intentar ponerles en razón con buenas palabras, hubo de pre­sentar los breves de León X y Adriano VI, y comenzó a usar de su autoridad, llegando a maldecir ante Dios a los españoles si no ha­cían caso de sus mandatos. Esto los acalló por el momento.

Pero por aquellos primeros años, todavía desordenados y anárquicos, las críti­cas a los frailes fueron, al parecer, frecuentes, pues és­tos denunciaban los abusos que se daban. Según refiere don Fernando de Alva Ixtlilxochitl, en esos años, «los es­pañoles estaban muy mal con los religiosos, porque volvían por los indios, de tal manera que no faltó sino echarlos de México; y aun vez hubo, que un cierto religioso estando predicando y repren­diendo sus maldades, se amotinaron de tal suerte contra este sa­cerdote, que no faltó sino echarlo del púlpito abajo» (Relación de la venida de los españoles y principio de la ley evangélica 278: en Sahagún, ed. mex. 863).

Cuenta Motolinía que algunos decían: «Estos frailes nos destru­yen, y quitan que no estemos ricos, y nos quitan que se hagan los indios esclavos; hacen bajar los tributos y defienden a los indios y los favorecen contra nosotros; son unos tales y unos cuales» –ex­presión muy mexicana que, como se ve, viene de antiguo– (Historia III,1, 288). A todo lo cual respondían los frailes: «Si nosotros no defen­diésemos a los indios, ya vosotros no tendríais quién os sirviese. Si nosotros los favorecemos, es para conservarlos, y para que ten­gáis quién os sirva; y en defenderlos y enseñarlos, a vosotros ser­vimos y vuestras conciencias descargamos; porque cuando de ellos os encargasteis, fue con obligación de enseñarlos; y no tenéis otro cuidado sino que os sirvan y os den cuanto tienen o pueden haber» (III,4, 325).

Otra veces «los españoles también se quejaban y murmuraban di­ciendo mal de los frailes, porque mostraban querer más a los indios que no a ellos, y que los reprendían ásperamente. Lo cual era causa que les faltasen muchos con sus limosnas y les tuviesen una cierta manera de aborrecimiento». Los frailes a esto respondían: «No cos­taron menos a Jesucristo las ánimas de estos indios como las de los españoles y romanos, y la ley de Dios obliga a favorecer y a animar a éstos, que están con la leche de la fe en los labios, que no a los que la tienen ya tragada por la costumbre» (III,4, 325).

Tampoco veían bien algunos españoles que los frailes, concreta­mente en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, dieran una instruc­ción tan elevada a los indios, poniéndoles a la altura de los con­quistadores, y a veces más alto. A lo que el padre Mendieta replica: «Si Dios nos sufre a los españoles en esta tierra, es por el ejercicio que hay de la doctrina y aprovechamiento espiritual de los indios, y faltando esto, todo faltaría y acabaría. Porque fuera de esta negocia­ción de las ánimas (para lo cual quiso Dios descubrirnos esta tierra) todo lo demás es codicia pestilencial y miseria de mal mundo» (IV,15). Así de claro.

 

–Tolerancia con los indios

En aquellas circunstancias misioneras, tan nuevas y difíciles, la pastoral de los primeros franciscanos en Méxicos dio pruebas de un sentido muy amplio y flexible. Lo vimos en referencia al bautismo y a la confesión, y es de notar también en lo relativo al culto litúrgico. Los frailes infundieron en los indios, que ya estaban hechos de antes a una vida profundamente regida por el calendario religioso, una gran devoción a la Cruz y la Eucaristía, a las Horas litúrgicas, a la Virgen y a las diversas fiestas del Año litúrgico.

Y admitieron, contra el parecer de algunos, con gran amplitud de criterio, que los indios acompañasen los actos re­ligiosos con sus cantos y danzas, con sus ceremonias y variadas representaciones, a todo lo cual estaban muy acostumbrados por su anterior religión. Incluso admitieron la llamada misa seca, en la que, faltando el sacerdote, se reunían los fieles y, sin consagración ni comunión, celebraban las oraciones y lecturas de la eucaristía (Gómez Canedo 106).

 

–Tolerancia con los españoles

Los franciscanos primeros en México no tuvieron la tentación de­magógica de fulminar a los españoles con excomuniones colecti­vas, ni pensaron –como Las Casas–en declararque todos eran criminales, usurpadores y que todos estaban «en pecado mortal». Ellos fueron mucho más humildes y realistas. Denunciaron con energía cuantos abusos veían, pero en modo alguno pensaron en descalificar globalmente la acción de España en América, ni quisie­ron tampoco calumniar al conjunto de los españoles que allí esta­ban.

Motolinía, por ejemplo, refiriéndose a la primera y trágica expe­riencia de las Antillas, habla de que allí muchos españoles vivían «tratando a los hombres peor que a bestias, y tuviéronlos en menos estima, como si en la verdad no fuesen criados a la imagen de Dios» (I,3, 65). Y en referencia a la Nueva España, él mismo denun­cia con amargura a aquellos españoles que no vinieron a América sino a «buscar el negro oro de esta tierra que tan caro cuesta, y a enriquecerse y usurpar en tierra ajena lo de los pobres indios, y tra­tarlos y servirse de ellos como de esclavos» (III,11, 391).

Sin em­bargo, ya en las fechas en que esto escribe, hacia 1540, Motolinía dice en el mismo texto: «Aunque yo sé y lo veo cada día que [algunos españoles] quieren ser más pobres en esta tierra que con minas y sudor de indios tener mucho oro; y por esto hay muchos que han de­jado las minas. Otros conozco que, de no estar bien satisfechos de la manera como acá se hacen los esclavos, los han ahorrado. Otros van modificando y quitando mucha parte de los tributos y tratando bien a sus indios. Otros se pasan sin ellos, porque les parece cargo de conciencia servirse de ellos. Otros no llevan otra cosa más de sus tributos modificados, y todo lo demás de comidas, o de mensa­jeros, o de indios cargados, lo pagan, por no tener que dar cuenta de los sudores de los pobres. De manera que éstos tendría yo por verdaderos prójimos» (I,3, 66).

Fray Lino Gómez Canedo, historiador español franciscano, residente en México, piensa que «los abusos a que se refiere [Motolinía] exis­tieron en los primeros años: según otros testimonios del tiempo –especialmente las cartas de los franciscanos de 1532 y 1533– fue de 1525 a 1530, bajo el gobierno de los sucesores de Cortés y la Primera Audiencia. Empezaron a disminuir con [el Obispo franciscano] Zumárraga y la Segunda Audiencia, y fueron casi del todo eliminados por los dos primeros virreyes, Mendoza y Velasco (1535-1564). El propio Motolinía pinta otra situación muy distinta en su carta de 1555 [a Carlos I], refutando las exageraciones de Las Casas» (219).

 

–La conversión de los indios fue verdadera

«A mi juicio y verdaderamente, asegura Motolinía, serán bautiza­dos en este tiempo que digo [1537], que serán 15 años, más de nueve millones de ánimas de indios» (II,3, 215). Sea esta cifra exacta, en más o en menos, es indudable que la evangelización de México fue rapidísima en sus primeros años. Y ello hizo que algu­nos, ya en aquel entonces, pusieran en duda la realidad de aquellas conversiones. Sin embargo, el testimonio favorable de los misione­ros, concretamente el de Motolinía, es convincente.

Esta gente, dice, es «naturalmente temerosa y muy encogida, que no parece sino que nacieron para obedecer, y si los ponen al rincón allí se están como enclavados. Muchas veces vienen a bautizarse y no lo osan demandar ni decir… Pues a estos tales no se les debe negar lo que quieren, pues es suyo el reino de Dios, porque apenas alcanzan una estera rota en qué dormir, ni una buena manta que traer cubierta, y la pobre casa en que habitan, rota y abierta al se­reno de Dios. Y ellos simples y sin ningún mal, ni codiciosos de intereses, tienen gran cuidado de aprender lo que les enseñan, y más en lo que toca a la fe; y saben y entienden muchos de ellos cómo se tienen de salvar y irse a bautizar dos y tres jornadas. Sino que es el mal, que algunos sacerdotes que los comienzan a ense­ñar los querrían ver tan santos en dos días que con ellos trabajan, como si hubiese diez años que los estuviesen enseñando, y como no les parece tales, déjanlos. Parécenme los tales a uno que com­pró un carnero muy flaco y diole a comer un pedazo de pan, y luego atentóle la cola para ver si estaba gordo» (IV,4, 220).

 

–Muchos datos concretos demuestran que los indios bautizados eran verdaderos cristianos

Antes, por ejemplo –escribe Motolinía–, los indios «vendíanse y comprá­banse estos esclavos entre ellos, y era costumbre muy usada. Ahora como todos son cristianos, apenas se vende indio, antes mu­chos de los convertidos tornan a buscar los que vendieron y los rescatan para darles libertad» (II,5, 239)…

«En el año pasado [1540] en sola esta provincia de Tlaxcalan ahorraron los indios [dieron li­bertad a] más de veinte mil esclavos, y pusieron grandes penas que nadie hiciese esclavo, ni le comprase ni vendiese, porque la ley de Dios no lo permite» (II,9, 266). Igualmente, en el sacramento de la penitencia, «restituyen muchos de los indios, antes que vengan a los pies del confesor, teniendo por mejor pagar aquí, aunque que­den pobres, que no en la muerte» (II,5, 233). Habiendo sido la anti­gua religiosidad azteca tan dura y severa, los indios estaban acos­tumbrados a ayunar y sangrarse en honor de sus dioses. Ahora, ya convertidos, pedían los indios análogas penitencias. «Ayunan mu­chos viejos la Cuaresma, y levántanse cuando oyen la campana de maitines, y hacen oración, y disciplínanse, sin nadie los poner en ello» (II,5, 237). Y en cuanto al matrimonio, «de cinco o seis años a esta parte, comenzaron algunos a dejar la muchedumbre de muje­res que tenían y a contentarse con una sola, casándose con ella como lo manda la Iglesia» (II,7, 250).

    En otros aspectos de la vida moral se daban iguales mejoras 

«También se han apartado del vicio de la embriaguez y hanse dado tanto a la virtud y al servicio de Dios, que en este año pasado de 1536 salieron de esta ciudad de Tlaxcalan dos mancebos indios confesados y comulgados, y sin decir nada a nadie, se metieron por la tierra adentro más de cincuenta leguas, a convertir y enseñar a otros indios. Y allá anduvieron padeciendo hartos trabajos y hicie­ron mucho fruto. Y de esta manera han hecho otros algunos en mu­chas provincias y pueblos remotos» (II,7, 253).

Por otra parte, «en esta Nueva España siempre había muy continuas y grandes gue­rras, los de unas provincias con los de otras, adonde morían mu­chos, así en las peleas, como en los que prendían para sacrificar a sus demonios. Ahora por la bondad de Dios se han convertido y vuelto en tanta paz y quietud, y están todos en tanta justicia que un español o un mozo puede ir cargado de barras de oro trescientos y cuatrocientas leguas, por montes y sierras, y despoblados y pobla­dos, sin más temor que iría por la rúa de Benavente» (II,11, 284).

En fin, estos indios «tenían otras muchas y endiabladas hechice­rías e ilusiones con que el demonio los traía engañados, las cuales han ya dejado en tanta manera, que a quien no lo viere no lo podrá creer la gran cristiandad y devoción que mora en todos estos natu­rales, que no parece sino que a cada uno le va la vida en procurar de ser mejor que su vecino o conocido. Y verdaderamente hay tanto que decir y tanto que contar de la buena cristiandad de estos indios, que de sólo ello se podría hacer un buen libro» (II,9, 264).

 

Medio siglo después

Los datos que ofrece fray Gerónimo de Mendieta hacia 1600 son quizá todavía más impresionantes:

«Entre los viejos refranes de nuestra España, éste es uno: que quien bien quiere a Beltrán, bien quiere a su can… Los que son amigos y devotos de las cosas que pertenecen al servicio de Dios, lo serán también del mismo Dios, y lo querrán mucho y amarán». Aludiendo a los protestantes de Europa en aquellos años, dice Mendieta, mientras «los malvados herejes que destruyen las iglesias y lugares sagrados, y queman las imágenes y figuras de Dios y de sus san­tos, y niegan el santo sacrificio de la misa y los demás sacramen­tos, y persiguen y matan a los sacerdotes, y burlan de las bendicio­nes de que usa la Iglesia católica […], para confusión de estos apóstatas des­cendientes de católicos cristianos, proveyó Dios que los pobrecillos indios, que poco ha eran idólatras y ahora nuevos en la fe que los otros dejaron, tengan [todo eso] en grandísima devoción y reveren­cia. Cosa maravillosa fue el fervor y la diligencia con que los indios de esta Nueva España procuraron edificar en todos sus pueblos iglesias», algunos tienen sus oratorios privados y muchos traen imágenes para bendecir. Grande es su devoción a los sacerdotes, a los que acuden siempre con gran cariño: «Bendíceme, amado Padre». Son muy piadosos y devotos de la Virgen, y «entre ellos pa­rece no es cristiano el que no trae rosario y disciplina». Es muy grande su devoción a los templos, «y se precian los viejos, por muy principales que sean, de barrer las iglesias, guardando la costum­bre de sus antepasados en tiempo de su infidelidad». Así lo hacía el primer señor de Toluca que se bautizó, que «acabó sus días conti­nuando la iglesia y barriéndola, como si fuera un muchacho de es­cuela». En fin, de todo esto y de tanto más «bien se puede colegir que en efecto son cristianos de veras y no de burla, como algunos piensan» (IV,18).

José María Iraburu, sacerdote

 

Índice de Reforma o apostasía

Bibliografía de la serie Evangelización de América

 

 

 

Los comentarios están cerrados para esta publicación.