(481) Evangelización de América –24. Hispanoamérica en un siglo salta adelante varios milenios

Antigua, Guatemala

–Lo que yo he leído de Hispanoamérica es muy diferente a lo que usted cuenta.

–Normal. Predomina hoy la historia escrita según la visión liberal o marxista. Pero siga leyendo esta serie de artículos y pasará usted de la mentira a la verdad. Seguro.

 

–Edades de la humanidad

Según mi somera consulta de textos, no parece que haya una coincidencia plena en la división de los períodos fundamentales del desarrollo del hombre. Pero estimo que es bastante común la división siguiente –aunque varían a veces las fechas–.

Edades humanidad

–La Prehistoria incluye el Paleolítico (hace 1.000.000 años), el Neolítico (hace 7.000) y la Edad de los metales (hace 6.000), que integra progresivamente la del cobre, la del bronce y la del hierro

En el  Paleolítico los hombres son nómadas, elaboran herramientas, hacen pinturas, conocen y usan el fuego. En el Neolítico predomina el sedentarismo, surgen los primeros poblados, el inicio de la agricultura y la ganadería, la cerámica, el pulimento de la piedra, la construcción de monumentos megalíticos (dólmenes, menhires, etc.). En la Edad de los metales el hombre realiza con ellos diversos objetos: ornamentales (hebillas, pendientes y collares, flautas, hebillas) y herramientas (anzuelos, punzones, cuchillos, puntas de flecha, lanzas, mazas).

–La Historia de la humanidad comienza en el uso de aquella escritura que logra expresar con precisión exacta el lenguaje humano, y se divide en Antigua (hace unos 3.000 años), Edad Media (hacia el 400 después de Cristo, caída de Roma, invasiones germánicas), Edad Moderna (hacia el 1.500, Renacimiento, descubrimiento de América) y Edad Contemporánea (hacia el 1800, Revolución francesa, Independencias de América).

La protoescritura, ya en el IV milenio a. Cto., se da en formas ideográficas, pictográficas, jeroglíficas, que podían transmitir información, pero que no pueden considerarse propiamente como escritura, pues no expresaban con exactitud el lenguaje humano directo. Algunos de estos sistemas aparecieron ya al principio del Neolítico. Pero todavía se llega mejor al conocimiento del pasado por las tradiciones orales que por las protoescrituras.

 

–¿En qué etapa de la humanidad se hallaba América en 1492?

En un continente tan inmenso se daban, lógicamente, grandes diferencias. Algunos pueblos se hallaban en el Neolítico, y otros en alguna de las Edades de los metales. Los pueblos más integrados en el Imperio azteca mexicano o en el Imperio inca peruano estaban más desarrollados que otros pueblos y etnias menores. En todo caso, unos y otros no conocían la escritura, la agricultura y la ganadería en formas avanzadas, el uso práctico de la rueda, de los animales de carga, del eje vertical de puertas y ventanas, la construcción en bóveda, y otros muchos conocimientos y técnicas que en Europa y buena parte de Asía eran generales en 1492 desde hace milenios. Por otra parte, era entre ellos frecuente la poligamia, la xenofobia y sus guerras tribales, la esclavitud, la multiplicación innumerable de lenguas, la esclavitud, la ley del más fuerte, la ignorancia del Continente en el que vivían, los sacrificios humanos, incluso la antropofagia.

Salvador de Madariaga escribe que hay «datos suficientes para probar la omnipresencia del canibalismo en las Indias antes de la conquista. Unas veces limitado a ceremonias religiosas, otras veces revestido de reli­gión para cubrir usos más amplios, y otras franco y abierto, sin relación necesaria con sacrificio alguno a los dioses, la costumbre de comer carne humana era general en los naturales del Nuevo Mundo al llegar los espa­ñoles.» (Auge y ocaso 384).

Puede decirse, según lo señalado, que en 1492, a la llegada de los europeos, los pueblos indígenas de América, estaban o en el Neolítico o en la Edad de los metales.

 

La América hispana, en el XVI, adquiere, pues, en un siglo el desarrollo humano que en otros continentes se había logrado en varios milenios. En uno o dos siglos asimilaron los indígenas americanos el saber, el poder y el hacer que en otros continentes y naciones se habían desarrollado en miles y miles de años. Los indígenas pasaban de la prehistoria a la historia, integrándose en la civilización europea cristiana, siguiendo un esquema general –desarrollado mejor o peor, rápida o lentamente– que venía a ser éste:

Llegaban los misioneros, alzaban una Cruz bien alta, predicaban el Evangelio, reunían a los indios en poblados –labor no siempre fácil–. Con ellos o después de ellos llegaban españoles pobladores y administradores, a veces antiguos soldados. Se establecía el Cabildo municipal al modo castellano, se mantenía también en lo posible la preexistente estructura india de autoridades. En torno a la iglesia y la plaza central, se iban construyendo las casas y calles del poblado; los trabajos diarios se realizaban en formas ordenadas, al sonido de las campanas; se dedicaban los indios a sus trabajos de agricultura, ganadería y a diversas artes y artesanías, en muchos casos nuevas para ellos; los niños iban a la escuela, donde recibían en la lengua indígena los saberes elementales de letras y ciencias, y en forma especial la buena doctrina cristiana, a la que también asistían con frecuencia los novios y nuevos casados, hasta que tenían hijos; se formaban familias monógamas; se cuidaba a los enfermos, si era preciso en hospitales; se administraba justicia según leyes y costumbres; se fomentaba la música y la danza, los coros y representaciones teatrales; se procuraba, y se lograba en buena medida, la desaparición de la poligamia, de la esclavitud, de las grandes borracheras rituales, de las venganzas y guerras tribales, así como de ciertas costumbres crueles, por ejemplo, con los vencidos apresados.

Por supuesto que no se creaban comunidades celestiales, ajenas a todo abuso, injusticia o corrupción. Estos males también se daban más o menos en aquellas comunidades primeras de la América hispana, pues nunca faltan en las sociedades humanas, como bien nos lo asegura la historia y el presente que ahora vivimos. No les faltaba trabajo a los jueces en sus, ni a los sacerdotes en los confesonarios. Pero es indudable que los pueblos de América, a partir del 1492, fueron elevándose rápidamente a niveles religiosos y culturales, cívicos y laborales, sanitarios y técnicos, muy superiores a los vividos anteriormente.

 

–Los indios del siglo XVI iban descubriendo en sí mismos unas posibilidades del ser humano que hasta entonces desconocían en buena parte. Todo lo que iban haciendo de nuevas lo iban aprendiendo y asimilando. El Nuevo Mundo –espiritual y material– que iban construyendo ellos mismos, bajo la dirección de los europeos, en un aprendizaje sorprendentemente rápido –familias monógamas, cultos dominicales, casas, iglesias, catedrales, techos y puentes en bóveda, grandes edificios, hospitales, caminos, escuelas y universidades, herramientas, instrumentos musicales y tantas artes y artesanías preciosas–, era para ellos una revelación impresionante de las potencialidades inmensas que hasta entonces habían estado en ellos desconocidas e inertes. La brusca inmersión en un Mundo Nuevo, miles de años más adelantado, provocaba en algunos confusión o incluso rechazo; pero en la mayoría suscitaba un conocimiento nuevo del ser humano indeciblemente estimulante. Y eso tanto en lo que ese Mundo les descubría en lo natural, como más todavía en lo sobrenatural, de lo que preferentemente trataré más adelante.

Según testimonio unánime de los historiadores del XVI, muchos de los indios asimilaron con una facilidad admirable las nuevas doctrinas y saberes, las artes y las técnicas en todo los campos de lo humano. Y pronto los más hábiles estaban en condiciones de ser maestros de sus hermanos ignorantes, e incluso de marcar con formas propias los conocimientos nuevos que adquirían. Así sucedió, por ejemplo, con las construcciones maravillosas –iglesias sobre todo– realizadas según un barroco indiano. La precocidad de los indios en la asimilación del cristianismo halla su máximo testimonio en los santos, como los niños mártires de Tlaxcala (1527-1529) y San Juan Diego (1548).

 

–Visión negativa de la obra de España en América

Como ya he indicado, la Leyenda Negra antiespañola y anticatólica denigró profundamente todo lo hecho por España en América. Esta descalificación acusativa, iniciada en el principio mismo de del descubrimiento  y la conquista, se ha mantenido siempre viva por las naciones entonces rivales de la potencia mundial de España, por los protestantes, masones, ilustrados, hasta llegar en nuestros días a los indigenistas más radicales. No haré ahora referencia a las manipulaciones vergonzosas de los datos históricos, ni a las calumnias hispanofóbicas. Tampoco argumentaré en contra de ellas, porque me exigiría muchas páginas de trabajo en un ámbito mental oscuro y siniestro.

El Quinto Centenario de descubrimiento de América fue ocasión de que se reavivaran muchas falsificaciones de la historia primera de América, destinadas a combatir la Iglesia Católica y a España, en cuanto nación católica descubridora, civilizadora y, sobre todo, evangelizadora. Hubo también con esa ocasión simposios, publicaciones, celebraciones y congresos muy positivos; pero predominó todo lo negativo, asumido incluso por una buen parte de los católicos hispanoamericanos, especialmente entre los obispos y sacerdotes, y los teólogos y laicos más afectados por la protestantización, el espíritu de la Ilustración y el indigenismo anticatólico. Sus denuncias y rechazos, dicho sea de paso, se dirigían contra Hispanoamérica, y casi nunca en referencia a la América del Norte.

Por fin, la XLI Asamblea General de las Naciones unidas, el 23 de septiembre de 1986, decidió sacar de la agenda el punto 44, referente a la Celebración del V Centenario del Descubrimiento de América. Por lo visto, no había en esa fecha nada que «celebrar» o «conmemorar».

 

–Visión positiva de la obra de España en América

Termino ya con este artículo la introducción a la Evangelización de América, a la que he dedicado más de 20 artículos: al descubrimiento, población, civilización y construcción del Nuevo Mundo que, con la evidente ayuda de Dios, la España peninsular realizó en la España americana. Demos a Dios inmensas gracias, y dispongámonos a contemplar Su obra evangelizadora, que no solamente hizo adelantar a las Indias en uno o dos siglos lo que en otros Continentes se había desarrollado en varios milenios, sino que logró de Dios que muchos millones de indígenas ingresaran en el Reino luminoso de Cristo. Le misión que de la Iglesia recibió España es la misma que Cristo confió al apóstol Pablo: «Yo te envío para que les abras los ojos, se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios, y reciban el perdón de los pecados y parte en la herencia de los consagrados» (Hch 26,28).

 

joven hispanoamericanaRecuerdo algunos testimonios positivos sobre la España americana, que ya he citado en varios de los artículos precedentes. Al final de la cita indico entre paréntesis el número del artículo:

El papa Alejandro VI a los Reyes Católicos en la Bula Inter cætera (1493): «Sabemos, escribe el Papa a los Reyes Católicos, que vosotros, desde hace tiempo, os habíais propuesto buscar y descubrir algunas islas y tierras firmes lejanas y desconocidas, no descubiertas hasta ahora por otros, con el fin de reducir a sus habitantes y moradores al culto de nuestro Redentor y a la profesión de la fe católica; y que hasta ahora, muy ocupados en la reconquista del reino de Granada, no pudisteis conducir vuestro santo y laudable propósito al fin deseado». Pues bien, sigue diciendo el Papa, con el descubrimiento de las Indias llegó la hora señalada por Dios, «para que decidiéndoos a proseguir por completo semejante empresa, queráis y debáis conducir a los pueblos que viven en tales islas y tierras a recibir la religión católica».

Hernando de Soto (+1542), militar, al cacique de Casqui: «Nosotros no venimos a destruiros, sino a hacer que sepáis y entendáis eso de la cruz… Dios nuestro Señor manda que te queramos como a hermano… porque tú y los tuyos nuestros hermanos sois, y así nos lo dice nuestro Dios». (477)

Pedro Sancho de Hoz (+1547), secretario de Pizarro y cronista. Los soldados pasaron grandes penalidades en la jornada del Perú, pero «todo lo dan por bien empleado y de nuevo se ofrecen, si fuera necesario, a entrar en mayores fatigas, por la conversión de aquellas gentes y ensalzamiento de nuestra fe católica». (477).

Cieza de León (+1554, soldado y cronista: ««Si miramos muchos [indios] hay que han profesado nuestra ley y recibido agua del santo bautismo […], de manera que si estos indios usaban de las costumbres que he escrito, fue porque no tuvieron quien los encaminase en el camino de la verdad en los tiempos pasados. Ahora los que oyen la doctrina del santo Evangelio conocen las tinieblas de la perdición que tienen los que della se apartan; y el demonio, como le crece más la envidia de ver el fruto que sale de nuestra santa fe, procura de engañar con temores y espantos a estas gentes; pero poca parte es, y cada día será menos, mirando lo que Dios nuestro Señor obra en todo tiempo, con ensalzamiento de su santa fe» (Crónica cp.117). (455).

«Considerando que, pues nosotros y estos indios todos, todos traemos origen de nuestros antiguos padres Adán y Eva, y que por todos los hombres el Hijo de Dios descendió de los cielos a la tierra, y vestido de nuestra humanidad recibió cruel muerte de cruz para nos redimir y hacer libres del poder del demonio, el cual demonio tenía estas gentes, por la permisión de Dios, opresas y cautivas tantos tiempos había, era justo que por el mundo se supiese en qué manera tanta multi­tud de gentes como de estos indios había fue reducida al gremio de la santa madre Iglesia con trabajo de españoles; que fue tanto, que otra nación alguna de todo el universo no lo pudiera sufrir. Y así, los eligió Dios para una cosa tan grande más que a otra nación alguna» (476).

Francisco López de Gómara (+1560), historiador: «La mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo creó, es el descubrimiento de las Indias… Los hombres son como nosotros, fuera del color; que de otra manera bestias y monstruos serían, y no vendrían, como vienen, de Adán. Mas no tienen letras, ni moneda, ni bestias de carga: cosas principalísimas para la policía y vivienda del hombre; que ir desnudos, siendo la tierra caliente y falta de lana y lino, no es novedad. Y como no conocen al verdadero Dios y Señor, están en grandísimos pecados de idolatría, sacrificios de hombres vivos, comida de carne humana, habla con el diablo, sodomía, muchedumbre de mujeres [poligamia], y otros así. Aunque todos los indios, que son vuestros súbditos, son ya cristianos por la misericordia y bondad de Dios, y por la vuestra merced y de vuestros padres y abuelos, que habeis procurado su conversión y cristiandad. […] «Nunca nación extendió tanto como la española sus costumbres, su lenguaje y armas, ni caminó tan lejos por mar y tierra, las armas a cuestas… Quiso Dios descubrir las Indias en vuestro tiempo y a vuestros vasallos, para que las convirtiéseis a su santa ley, como dicen muchos hombres sabios y cristianos […] Justo es pues que vuestra majestad favorezca la conquista y los conquistadores, mirando mucho por los conquistados» (476).

Bernal Díaz del Castillo (+1568), soldado y cronista. Y bien cristiano: «Mas si bien se quiere notar, después de Dios, a nosotros, los verdaderos conquistadores que los descubrimos y conquistamos, y desde el principio les quitamos sus ídolos y les dimos a entender la santa doctrinase nos debe el premio y galardón de todo ello, primero que a otras personas, aunque sean religiosos».

«Muchas veces, ahora que soy viejo, me paro a considerar las cosas heroicas que en aquel tiempo pasamos, que me parece que las veo presentes. Y digo que nuestros hechos no los hacíamos nosotros, sino que venían todos encaminados por Dios; porque ¿qué hombres ha habido en el mundo que osasen entrar cuatrocientos y cincuenta soldados, y aun no llegábamos a ellos, en una tan fuerte ciudad como México?»… Y sigue evocando aquellos «hechos hazañosos», dando gracias a Dios, reconociendo en Él su Autor principal. (476)

Henry Hawks, inglés comerciante durante 5 años en México, desterrado por la Inquisición (1571), en su Relación escrita a instancias de Mr. Richard Hakluyt, redactada en 1572 a su vuelta a Inglaterra, refiere: «Los indios son muy favorecidos por la justicia, la cual los llama sus huérfanos. Si algún español los ofende o les causa perjuicio, le desposeen de alguna cosa (como ordinariamente sucede), y si esto sucede en un lugar donde hay justicia, el agresor es castigado como si el ofendido fuera otro español […]  La denuncia es admitida en el acto. Aunque el español sea un noble o un caballero poderoso, se le manda comparecer inmediatamente, y es castigado en sus bienes e incluso en su propia persona, con prisión, como mejor parece a la justicia […] Ésta es la razón por la que los indios son sujetos tan dóciles: si no fueran favorecidos de este modo, los españoles terminarían rápidamente con ellos [como ocurrió en el norte de América], o bien ellos mismos asesinarían a los españoles» (citado por Dumont). (471)

 –Erasmus Darwin (+1802), hacia 1800, ante la cámara de los Comunes, se declaraba admirado «por cómo tratan los españoles a los indios como semejantes, incluso formando familias mestizas y creando para ellas hospitales y universidades, pues he conocido alcaldes, obispos y hasta militares indígenas, lo que redunda en paz social y bienestar». (460)

–Washington lrving (+1859), escritor estadouniense: «Es admirable la íntima dependencia que la felicidad de las naciones tiene, a veces, de las virtudes de ciertos individuos… Fue el suyo [Isabel la Católica] uno de los más puros espíritus que jamás gobernara la suerte de las naciones». (460)

–Charles Lummis (+1928), historiador norteamericano del mundo indio-hispano, declara que «la razón de que no hayamos hecho justicia a los exploradores españoles es sencillamente que hemos sido mal informados… Amamos la valentía, y la exploración de las Américas por los españoles fue la más grande, la más larga, la más maravillosa serie de valientes proezas que registra la historia» (Los descubridores 42) (471)

–Jean Dumont (+2001), historiador francés especializado en la América hispana: «Hay que reconocer que el pueblo indio […] encontrado por los conquistadores en el período neolítico (ignorando la rueda, la bestia de carga, la bóveda, la escritura, la moneda e incluso la verdadera agricultura)», […] en unos pocos siglos, no hubiera podido «superar por sí mismo el retraso de varios milenios, situación en la que se encontraban realmente en relación con la Europa del siglo XVI». (467)

San Juan Pablo II, iniciando en Santo Domingo el Vº Centenario de la Evangelización del Nuevo Mundo (11-X-1992): «Como sucesor del Apóstol Pedro, tengo la dicha de leebrar esta Eucaristía junto con mis Hermanos Obispos de toda América Latina, así como miembros de otros Episcopados invitados, en esta tierra bendita que, hace ahora quinientos años, recibió a Cristo, luz de las naciones, y fue marcada con el signo de la Cruz salvadora». «¿No es acaso motivo de esperanza gozosa que para finales de este milenio los católicos de América Latina constituirán casi la mitad de toda la Iglesia?» (14-VI-1991). (450)  «España aportó al Nuevo Mundo los principios del Derecho de Gentes… y puso en vigor un conjunto de leyes con las que la Corona Castellana trató de responder al sincero deseo de la Reina Isabel I de Castilla de que sus hijos los indios.. fueran reconocidos y tratados como seres humanos, con la dignidad de hijos de Dios» (Roma, 18-XI-1992). (460)

 

El final de España en América

En su libro Himperiofobia y Leyenda negra (Siruela, Madrid 2017, pg. 437), María Elvira Roca Barea (1966-) muestra y demuestra que todos los Imperios tienen su principio y su fin. El Imperio español en América fue debilitándose en su tercer siglo de duración, en el XVIII, con los monarcas borbónicos de la Ilustración y sus ministros masónicos. «Atrincherados tras cortinas de humo cuidadosamente argumentadas para eludir todo sentimiento de responsabilidad o culpabilidad por haber perdido la herencia de los antepasados, por haber fracasado en lo que ellos triunfaron, el español decimonónico», peninsular o criollo, sentía que «el imperio se acababa y había que ir buscando culpables. Y esos culpables [pensaban los más culpables] no vamos a ser nosotros, los que hemos llevado el imperio a su decadencia y fin, sino aquellos que lo levantaron. Es un argumento disparatado, que solo la leyenda negra hace creíble».

Ningún Imperio de este mundo es eterno: vincula en la unidad imperial muchas naciones diversas, hasta que llega la hora de las independencias. Cuando éstas se produjeron después de 1800, el desarrollo de la América hispana era inmensamente superior al de América del Norte. Nacen entonces los Estados Unidos de Norteamérica, que cuando se independizaron del Imperio inglés, tuvieron un desarrollo formidable, proseguido hasta hoy. Al mismo tiempo, por el contrario, no pocas naciones del Sur fueron decayendo en inestabilidad política, caudillismos populistas, frecuentes guerras, revoluciones y golpes de Estado, y en un debilitamiento económico a veces grave; cosa, por otra parte, que suele darse, al menos al principio, cuando la unidad de un Imperio se rompe en trozos.

Pues bien, arguye la profesora Roca, «lo que hay que preguntarse no es por qué el Imperio español se vino abajo en la primera mitad del siglo XIX, sino cómo consiguió mantenerse en pie tres siglos, porque ningún fenómeno de expansión nacido desde Europa Occidental ha conseguido producir un período más largo de expansión con estabilidad y prosperidad. Y esto es lo que hay que ponerse a investigar, levantando los trampantojos de la leyenda negra que se han convertido in aeternum en el argumentario oficial del nacionalismo de varios países europeos, de las iglesias protestantes y de distintas ideologías, desde la Ilustración a las izquierdas pasando por el liberalismo».

 

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

Bibliografía de la serie Evangelización de América

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