26.01.18

(243) Identidad católica reducida. Más detalles de un proceso que hay que revertir

“Unos pocos solamente piensan en la verdad
depositada en el ser de la cosas”. Anselmo de
Canterbury, Diálogo sobre la verdad, IX.

 

1.- Catolicismo de identidad reducida.-  Es el que apela a los valores del humanismo cristiano, en lugar de apelar a los Mandamientos de Dios, a la sacramentalidad de la Iglesia, o a la ciencia de los santos. No sólo por vergüenza o restricción mental, sino ante todo por pelagianismo: pues cree, ingenuamente, que reduciendo a polvo la piedra de tropiezo, el mundo dará su fiat.

 

2.- Del respeto humano al estancamiento de las misiones.- Al principio se apelaba a los valores para suavizar la intención misional. Luego los valores devoraron la intención misional. El proceso de ocultamiento de la fe cristiana  —cuya teologalidad siempre tensiona hacia el martirio—, degeneró en huida, y por ósmosis con el mundo, en rechazo del apostolado explícito —o sea, del proselitismo—. Para el nuevo paradigma, la exigencia de ser “embajadores de Cristo” (1 Cor 5, 20) exhortando al mundo a penitencia de salvación, da paso a una mera presencia testimonial no asertiva, que poco irrita a la Bestia.

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23.01.18

(242) Volver la mirada al pensamiento clásico de la Iglesia

El modernismo es ante todo enajenación de la mente católica en la mente moderna. Introduciendo ideas nuevas en los esquemas tradicionales, los desvirtúa sometiéndolos a una labor de derribo, o más bien de borrado de datos, y usurpa así el mando del pensar.

 

En esta re-configuración de la mente católica juega un papel fundamental la concepción subjetivista de la realidad que posee el pensamiento moderno, que es transfundida al pensamiento católico como una neometafísica parásita.

Pero el catolicismo, no lo olvidemos, no es moderno, sino bíblico-tradicional, vive de Escritura y Tradición y tradiciones. Piensa, o debe pensar, con la prudencia del derecho eclesiástico y el rigor del magisterio, que es función tutorial de la Iglesia, Madre y Maestra. 

 

1.- La trampa de las ideas.-  El pensamiento moderno hiper-racionaliza la realidad. ¿Cómo? Recurriendo a un absolutismo de las ideas. Es el verdadero antecedente de lo que Benedicto XVI calificaría de dictadura del relativismo. Su bandera no es otra que un nuevo paganismo humanista, en que se politeízan los valores individuales y se des-esencia la Creación. No podemos caer en esta trampa, ni para dar razón de nuestra esperanza.

 

2.- La posmodernidad no contradice la modernidad, antes bien es su Simbionte. Ánomos y Ánfíbolos, sus dioses.

 

3.- La nueva revolución.- El pensamiento posmoderno subvierte la realidad recurriendo, también, a la sedición de las ideas, que en este caso deviene irracionalismo. Es por una cuestión de valores, ahora, que se deciden las esencias, traspasando la autoridad del Creador a la voluntad subjetiva, que exige soberanía, que exige autonomía, que exige ontofobia al pensamiento católico.

20.01.18

(241) La suspensión teleológica de la clasicidad, y el problema de Midas

La clasicidad de la Iglesia, es decir, su esencial tradicionalidad, nos interesa como principio y como método. Como principio, nos informa de la necesidad de configurar nuestra mente a la mente tradicional. Como método, nos enseña la necesidad de mantener en todo momento un principio católico clásico, en virtud del cual razón y fe, conocimiento natural y dato revelado, han de caminar siempre en armonía.

La Iglesia es columna y fundamento de la verdad (1 Tim 3, 15), también, en cuanto transmisora de verdades metafísicas providencialmente elucidadas y enunciadas. No sólo es defensora y portadora del Depósito, también es defensora y portadora de un saber perenne y siempre actual, que es ciencia cierta y necesaria y patrimonio fundamental.

La elección, aun siendo bienintencionada, de elementos epistemológicos extraños propios de la modernidad, es siempre problemática. 

Quisiera compartir, en este post, algunas de mis preocupaciones al respecto, pensando siempre que una crítica constructiva puede constribuir a reformar la Iglesia, y superar la crisis.

 

1.- El método fenomenólógico y el problema de Midas.-  Con su habitual agudeza de ingenio, que diría Baltasar Gracián, el gran Eugenio d´Ors expresa con certerísimas palabras la inconsistencia de la fenomenología:

«El pensamiento sistemático es inasequible a la Fenomenología. O, lo que es lo mismo, resulta inasequible a la fenomenología la construcción, aunque sea parcial, de un discursivo saber. Con la dosis inevitable de cierto espíritu de caricatura se ha podido afirmar que la fenomenología es el arte gracias al cual ciertos filósofos escriben sin amenidad y sin precisión sobre aquellas cosas de que los poetas escriben sin precisión, pero con amenidad, y los hombres de ciencia con precisión, aunque sin amenidad… En esta posición continuaba, hasta que, más recientemente, le ha usurpado este papel el existencialismo» (El secreto de la filosofía, Tecnos, Madrid 1998, p. 402)

Un poco antes había caracterizado genialmente el mal de fondo del pensamiento fenomenológico:

«Los fenomenólogos repiten un poco el mitologico caso del rey Midas: como todo se vuelve oro en sus manos, y a su contacto oro de existencia, este oro, ayuno del poder que les confiere las esencias, no les permite en modo alguno alimentar su saber. Se morirán de hambre entre los esplendores de su riqueza inútil.» (Ib., p. 401)

Con ninguna escuela ha tenido tanto éxito la fenomenología como con la escuela personalista.

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16.01.18

(240) Un paradigma eclesial posmoderno

Conocer bien los principios intelectuales de la posmodernidad nos puede ayudar mucho a comprender la crisis eclesial que vivimos.
 
Cuando la Iglesia y el mundo interaccionan indebidamente, la confusión tiende a crecer a medida que aumenta el contagio.
 
Por eso, es indispensable elaborar un mapa de la crisis, que nos permita orientarnos y no perder el norte en estos tiempos.
 
1.-  La voluntad contra el entendimiento.- «El pensamiento está orientado hacia la acción», asegura Henri Bergson (1859 -1941) en Memoria y vida, la antología que hizo de sus textos Gilles Deleuze. Y para que no quede duda, en caso contrario, añade: «y cuando no aboca a una acción real, esboza una o varias acciones virtuales, siempre posibles». 
 
Es decir, (llevando la idea de Bergson a sus lógicas consecuencias), que incluso cuando el pensar no se oriente de hecho al actuar, se orienta de deseo. El entendimiento, se puede concluir de ello, andaría siempre mendigando a la voluntad, la razón subordinada a los sentimientos y el saber a los aprendizajes, invirtiendo así todo el proceso natural. La doctrina, en esta cosmovisión, siempre estará subordinada a la praxis. Formaría parte de su aventura progresista, que diría Cornelio Fabro. ¿Acaso todo ello no es la esencia del modernismo?

El voluntarismo como boa constrictor.- Es tanto el afán de voluntad de la via moderna, que malquiere con pasión adúltera al entendimiento, y de tanto pretenderlo, lo mata, boa constrictor,  asfixiándolo. Como en el abrazo mortal del Niño de la Bola, la excelente novela antiliberal de Pedro Antonio de Alarcón (1833 -1891). Aquí el impetuoso pupilo del P. Trinidad, de tanto pretender a Soledad, la abraza matándola. De poco sirvieron las advertencias del santo sacerdote, como de poco sirvieron los avisos de los Papas antimodernistas. La voluntad de dominio es siempre nihilista, por muy romántico o piadoso que parezca. El abrazo del querer moderno asfixia la razón, y consecuentemente la misma fe.

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14.01.18

(239) Que no se debe sobrevalorar la logoterapia de Viktor Frankl como si fuera católica

«El hombre tiene obligación de proponerse, como fin último y absoluto de su vida, la glorificacion de Dios; de suerte que comete grave desorden cuando intenta otra suprema finalidad contraria o distinta de ésta» (ROYO MARÍN OP, Teología moral para seglares, BAC, Madrid 1957, p. 24).

Me preocupa la sobrevaloración, en el ámbito católico,  de los conceptos básicos de la logoterapia contenidos en El hombre en busca de sentido de Viktor Frankl. Sobre todo la sobreestimación personalista de algunos de sus conceptos, que han sido recibidos como aptos para la cosmovisión católica. Una recepción que me parece un tanto acrítica, en general.

Los principios básicos de la logoterapia, tal y como los expone el autor en este libro, no parecen lo suficientemente consistentes como para fundar una psicología apta para el catolicismo, si es que es lo que se pretende.

Teniendo en cuenta, ante todo, que el sentido de la vida de que habla Frankl puede ser confundido con el sentido de la vida tal y como lo entienden los católicos, esto es, referido siempre al fin último, que es la glorificación de Dios.

Cito algunos pasajes de esta obra, en la edición de Herder 2004, que suscitan una gran perplejidad.

«Jamás se podrá responder a las preguntas sobre el sentido de la vida con afirmaciones absolutas» (p.101)

«La búsqueda por parte del hombre del sentido de su vida constituye una fuerza primaria y no una “racionalización secundaria” de sus impulsos instintivos. Este sentido es único y específico, en cuanto es uno mismo y uno solo quien ha de encontrarlo; únicamente así el hombre alcanza un fin que satisfaga su propia voluntad de sentido» (p. 121)

«En otras palabras, la voluntad de sentido para muchas personas es cuestión de hecho, no de fe» (122)

«[…] apelo a su voluntad: a la libertad del hombre para elegir entre aceptar o rechazar una oportunidad que la vida le plantea; o dicho de otra manera, la libertad para completar un determinado sentido o para rechazar ese mismo sentido» (p. 123)

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