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17.06.18

(273) La norma contra la ley

«Toda ley tiene en la ley eterna su verdad primera y última» (Catecismo 1951).

«Las expresiones de la ley moral son diversas, y todas están coordinadas entre sí: la ley eterna, fuente en Dios de todas las leyes; la ley natural; la ley revelada, que comprende la Ley antigua y la Ley nueva o evangélica; finalmente, las leyes civiles y eclesiásticas.» (Catecismo 1952)

«Obligación e interpretación de la ley. Efecto formal de toda ley es su carácter obligatorio. El fundamento ontológico de esta obligación hay que buscarlo en la ley eterna, de la que todas las demás leyes no deben ser sino un reflejo y derivación.» (Antonio ROYO MARÍN O.P., Teología Moral para seglares, Tratado III, Capítulo I, Artículo 2)

 

1.- Las leyes civiles y eclesiásticas deben ajustarse a la ley moral, nunca contradecirla.

 

2.- La ley natural proporciona la base necesaria a la ley civil.

 

3.- Las leyes civiles no son independientes de la ley eterna. Las leyes civiles justas derivan de la ley eterna. Tienen en ella, como toda ley, su verdad primera y última.

 

4.- Las leyes sirven de participación del orden. Las normas, sin embargo, hablando en general, son constructos funcionales subordinados a las leyes, cuyo sentido es auxiliarlas en asuntos de rango inferior. Utilizar el término norma para sustituir al termino ley tiene un efecto nivelador que produce ambigüedad: ¿será, se puede pensar, que la ley es, también, como la norma, un artificio jurídico secundario y convencional?

 

5.- Con el exceso de normas convencionales se pretende llenar el vacío que ha dejado la extracción de la ley divina en la reflexion ética contemporánea. La sustitución positivista de la ley por la norma tiene como fin un nuevo orden voluntarista, de control, en que las reclamaciones y contrarreclamaciones, que diría Turgot, queden equilibradas.

 
*   *   *
 

6.- Los juristas católicos se encuentran en tal coyuntura que, o defienden la adhesión del Derecho al derecho natural y divino, o se precipitan en el agnosticismo jurídico.

 

7.- El estatalismo moderno rechaza la existencia de un Legislador divino. El Estado, como potencia absoluta, sustituye al Creador. Se convierte entonces en artífice de normas. Con ellas pretende regular reclamaciones y contrarreclamaciones, voluntades y contravoluntades. De esta manera, las pretensiones subjetivas se convierten en derechos personales, que son normativizados artificialmente en función de un orden pactado de relaciones.

 

8.- Toda ley civil (justa) es formativa, porque contribuye al conocimiento de la ley moral y a la vida social virtuosa.

 
9.- No son lo mismo legalidad y moralidad.
 
10.- El pensamiento clásico distingue la ley —como dictamen, participación, razón y regla—; de la norma —del latín, escuadra; en cuanto tipo, ideal, convención, constitución, contrato u ordenamiento. La norma puede, en efecto, ser mero imperativo artificial, condición de club o asociación humana; consensuada o puramente convencional, —a diferencia de la ley, que para ser propiamente ley, debe participar de un orden ya fijado, inmutable y eterno. No ha de hablarse, en definitiva, de la norma general, sino de la ley universal; ni de “norma eterna", sino de la ley eterna; ni de la “norma natural", sino de la ley natural. 
 
David Glez Alonso Gracián
 

14.06.18

(272) Tiranía del Leviatán y poder social de Cristo

«Las leyes civiles tienen su fundamento en la ley natural, en un orden moral objetivo, instaurado por Dios, Creador y Señor de toda la creación, también de la sociedad humana. De otro modo, es inevitable el positivismo jurídico, propio del liberalismo, que lleva necesariamente al relativismo moral.» (José María IRABURU, (97) Católicos y política –III. principios doctrinales. 1) 

 

1.- El alejamiento social e institucional de Nuestro Señor, Perfecto Dios y Perfecto Hombre, se traduce en leyes injustas, desórdenes morales, sufrimiento de los más débiles, destrucción legal de inocentes, corrupción de la comunidad política, conceptos espúreos de soberanía, normativización positivista y muchos males más.

 
2.- Es muy difícil corregir la deriva del Leviatán Moderno. Porque su esencia positivista congenia con leyes inicuas. No olvidemos que utilizar sus mismos instrumentos de navegacion supone naufragar en las mismas aguas.
 
 
3.- Si la autoridad civil está alejada de Cristo es normal que legisle inmersa en el orden caído, bajo imperio del Ojo de Sauron, y al margen del orden natural y sobrenatural. La única forma de edificar en su seno la urbe católica, anticipo de la Ciudad del Cielo, es propiciando el Retorno del Legislador Divino.
 

4.- El alejamiento institucional del Redentor de las instituciones tiene funestas consecuencias para la sociedad. No se trata de confiar en exceso, pelagianamente, en la política, sino de subordinarlo todo al Logos. Se trata de tener muy claro que los individuos y las sociedades tienen deberes para con Dios, «para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo» (Dignitatis humanae 1), y que el rechazo institucional, individual o colectivo, de estos deberes, conduce a la perdición.

 

5.- El influjo social de Cristo se refleja en sus leyes, capaces de sanar una sociedad, y de infundir en ella unidad natural y sobrenatural. La vida social virtuosa se alcanza por el poder social de Cristo. Se precisan cristianos fuertes en gracia, heroicos, que abanderen, sin miedo, el Retorno del Rey.

 
 
 
David Glez Alonso Gracián
 

12.06.18

(271) De una tentación ilustrada y pre-revolucionaria

1.- La reinterpretación positivista de la ley, en clave de reconocimiento de derechos, propicia una conciliación meramente artificial de las voluntades. Convertir pretensiones en derechos contribuye a una falsa paz, que evita el combate por la fe, y soslaya el martirio.

 

2.- La tentación ilustrada consiste en pretender igualar en sede horizontalista las pretensiones subjetivas de los miembros de la Iglesia, de forma que el desequilibrio de reclamaciones y contrarreclamaciones quede compensado por un orden convencional de relaciones.

 

3.- Un ecumenismo mal entendido, también, adopta la forma de un sistema (poliédrico, pluralista) de balanza de voluntades y contravoluntades. La apologética, como la refutación, no encajan bien esta perspectiva; se prefieren perfiles más bajos, como la teoría de los valores, el historicismo o la normatividad kantiana. La antropologización de la teología, en la estela de Rahner, contribuye a la nivelación voluntarista.

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5.06.18

(270) Esa toxina llamada ambigüedad

I.- NOS RECUERDA el Padre José María Iraburu en este post que «el valor de la palabra es máximo en el Cristianismo (cf. Jn 1,1)», y por tanto «en la palabra, hablada o escrita, está la verdad o la mentira, está por tanto la salvación o la perdición de los hombres. Y tengamos presente que el proceso del conocimiento se consuma en la expresión

El sentido de la fe, que es sindéresis de la doctrina, pica con su aguijón cuando es minusvalorada la palabra. La voz de la conciencia, entonces, dice al cristiano: habla con perfección, unción y claridad de Aquel en Quien crees, y de su doctrina.  Porque en esa doctrina está la salvación o la condenación.

 

II.- LA AMBIGÜEDAD NO SALVA.— Me parece a mí, a tenor de lo dicho, que dado que, con voluntad antecedente, «Dios quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2, 4), es de lógica que Dios también quiera se guarde la expresión debida, la noción ajustada al numen católico, natural y sobrenatural.

—La ambigüedad voluntaria, por tanto, en cuanto corrupción de la forma expresiva, no puede ser nunca querida por Dios, no puede ser salvífica, no tiene valor en el Cristianismo.

 

III.- NADA DE ROBINSONEAR.— En lo que atañe a la doctrina de la salvación, mejor es no ir por libre, sino ajustarse a tradición. Es tentación moderna prescindir del legado. Sepa cada cual dónde le duele el zapato, como dice el refrán; y si conoce su debilidad, que es teologar por cuenta propia, combátala y no le dé vuelo. Quien sueñe naufragar voluntariamente, para coronarse rey de su isla teológica propia, sepa no se comporta como miembro vivo, sino como quien quiere ser todo y no parte. Asimismo, quien anhele, para su teología, inmanencias e independencias, como Robinson, que no escriba su propio Sincero para con Dios, sino sus retractaciones, y vuelva al redil de Cristo.

30.05.18

(269) Tradición, traición, raíces

1.- La tradición consiste en transmisión, y más concretamente, en entrega. De algo bueno y verdadero que se recibió de otros; y así hasta la fuente original.
 

2.- Recalca con acierto Álvaro d´Ors que en la tradición el que recibe tiene un papel más importante que el que entrega

 

3.- La sucesión de entregas de lo mismo, generación tras generación, nos remonta a aquello que una sóla vez se dio para siempre, para que viva eternamente el que lo recibe.

 

4.- La tradición nos habla de fidelidad o infidelidad del heredero, que además de recibir, debe aceptar. Por eso el horizonte de la gracia es éste y no otro: Dios mueve a aceptar, no a alterar, ni a corromper, ni a recontextualizar. Dios socorre la fidelidad.

 
5.- También el que entrega puede hacerlo deslealmente, incorporando elementos extraños a la entrega, como si fueran propios de lo entregado, pero sin serlo.
 
6.- Entonces el accipiens, el que toma, es engañado: en su ignorancia, cree que heredó el don íntegro, y no una falsificación.
 
 

7.- De cómo se entrega, y se recibe lo entregado, depende que la tradición no suponga traición.

 
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8.- Sin legado no hay anclaje, ni nutrientes. Es el numen nutricio que no se puede ahogar, ni edificando malamente encima, ni construyendo asfaltados que oculten su radícula.

 

9.- La acera está levantada de raíces. Son ficus, tujas, pinos viejos y aligustres. Reventaron las baldosas, descuajaron adoquines, quebrantaron el aire sedientos de intemperie.

 

10.- Si se asfixia el don, éste pugna por salir. Porque el árbol de la vida vive, y se alimenta de tradición. No hay árbol que pueda crecer sin espacio para las raíces.

 

David Glez Alonso Gracián