InfoCatólica / La Mirada en Perspectiva / Archivos para: 2019

19.04.19

(348) Liberalismo de tercer grado

León XIII en su encíclica Libertas praestantissimum de 1888, n.14, define el liberalismo de tercer grado como aquel que afirma que «las leyes divinas deben regular la vida y la conducta de los particulares, pero no la vida y la conducta del Estado».

Este tipo de liberalismo, además, considera que es «lícito en la vida política apartarse de los preceptos de Dios y legislar sin tenerlos en cuenta para nada.»

El Pontífice califica estas afirmaciones de «absurdo error». Y da la siguiente razón:

 «Es la misma naturaleza la que exige a voces que la sociedad proporcione a los ciudadanos medios abundantes y facilidades para vivir virtuosamente, es decir, según las leyes de Dios, ya que Dios es el principio de toda virtud y de toda justicia. Por esto, es absolutamente contrario a la naturaleza que pueda lícitamente el Estado despreocuparse de esas leyes divinas o establecer una legislación positiva que las contradiga. »


El liberalismo de tercer grado se caracteriza, por tanto, por la relegación de los deberes religiosos a la vida privada.

Nos interesa la primera acepción de relegar que aporta el Diccionario de la RAE: «Entre los antiguos romanos, desterrar a un ciudadano sin privarlo de los derechos de tal.». Es decir, relegar es desterrar sin privación de derechos.

En el contexto que nos ocupa: apartar el deber religioso de la vida social y política pero sin negar a los ciudadanos su derecho a la religión que deseen, no a la que están vinculados por el hecho mismo de la Encarnación del Verbo, sino a la religión que deseen.

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16.04.19

(347) Genealogía del personalismo, I: experiencialismo nominalista

Es importante dilucidar, aunque sea brevemente, la genealogía del pensamiento moderno, para comprender a fondo el desarrollo del pensamiento personalista. Para ello hay que ir a Ockham y sus predecesores, debemos remontarnos a los comienzos del antagonismo entre el realismo y el nominalismo y su disputa acerca de los universales, que en el fondo es una disputa acerca de la naturaleza misma de las cosas.

Siendo más, mucho más que un mero debate intelectual, lo que estaba en juego, y sigue estando, es el conocimiento objetivo y real de las esencias, frente al subjetivismo experiencialista.

 

Roscelino (1050-c.1123) es uno de esos heterodoxos que, según San Anselmo, «creen que las sustancias universales no son otra cosa que un soplo de voz». San Anselmo explica que estos herejes están enredados en experiencias y no consiguen liberar la razón (De fide. Trin.,2). Es decir, que su razón es esclava de la experiencia.

Esta incapacidad de liberar el conocimiento del mundo sensible es responsable, incluso, de la herejía trinitaria de Roscelino, porque «quien no comprende ni siquiera de qué manera los hombres constituyen la única especie hombre, ¿cómo podría comprender de qué manera, en la misteriosísima naturaleza divina, varias personas, de las cuales cada una es Dios perfecto, constituyen un solo Dios?». Y lo que San Anselmo añade a continuación nos interesa sobremanera para comprender el equívoco que el personalismo ha heredado del nominalismo. Dice San Anselmo: «quien no entiende que el hombre no es el individuo mismo, de ninguna manera entenderá por hombre la naturaleza humana» (Ibid.) El énfasis exagerado que se da en el paradigma personalista a lo individual único e irrepetible, es herencia indudable de esta mentalidad.

 

El nominalismo medieval, primero a través de autores de segunda fila, luego a través de su gran mente, Guillermo de Ockham, va corroyendo los fundamentos del conocimiento objetivo natural y sobrenatural, y apuntalando el papel de la experiencia subjetiva.  Con el sobredimensionamiento de lo experiencial individual se revuelven las bases de la tradición cognitiva occidental, heredada de griegos y romanos, debidamente corregidos y “redimidos". También juega un papel, en este proceso revolucionario, el resurgir del averroísmo y su escepticismo de doble verdad. La razón está siendo, paso a paso, enfrentada a la fe.

El Doctor Modernus, es decir, Durand de San Porciano (c. 1270-1334), obispo de Meaux, confunde lo universal con lo individual, diversos tan sólo, en su doctrina, por el grado de determinación. Lo universal es indeterminado y lo individual es determinado. Por lo que en el fondo es lo mismo, aunque matizado por la determinación propia de lo individual. Utilizando ideas prenominalistas de Duns Scoto, Durand de San Porciano supone una notable huída hacia adelante de la filosofía en su búsqueda de autonomía respecto del dato revelado, quedando orientada hacia el deconstruccionismo ockhamista.

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13.04.19

(346) La era del subjetivismo

1ª.- Los orígenes.— La doctrina de los nominalistas, encabezados por Ockham, rompió la armonía entre la fe y la razón y desmontó la mente occidental, deconstruyendo sus principios. De las cenizas de esta deconstrucción surgió una nueva era, la era del subjetivismo. En ella se levantaron dos grandes movimientos disolventes, el protestantismo y el humanismo. De la interconexión de ambos emerge la Modernidad.

 

2ª.- El espíritu del subjetivismo se impone mediante revoluciones; es titánico; se gasta en la Civilización del Hombre, pero resurge siempre; cuantificador de sus propias valoraciones, las sistematiza en valores; postula la acción, a la que subordina el ser. Se realiza mediante el principio de independencia, por el cual la criatura pretende autodeterminarse.

 

3ª.- El espíritu del subjetivismo se opone, por su propia esencia, al espíritu del cristianismo. Éste se basa en realidades naturales y sobrenaturales. Aquél, en la sola voluntad subjetiva. Recientemente, en esta sub-era de la posmodernidad, el subjetivismo instrumentaliza la religión católica mediante un espiritualismo existencialista de corte kantiano.

 

3ª.- Esta instrumentalización del catolicismo por parte del espíritu del subjetivismo, esto es, de la Modernidad, se lleva a cabo mediante:

I) La hibridación de lo natural y lo sobrenatural a través del Método de Inmanencia (Blondel, De Lubac)

II) La filosofía de la acción, que hace depender al ser del acto autodeterminante (Wojtyla) o autoposesivo (Guardini) o de autodefinición (Frankl).

III) La escisión del individuo y la persona en un mismo sujeto personal, social o jurídico, a través del liberalismo de tercer grado y sus formas suaves de laicidad (Maritain) y de comunitarismo (Mounier).

IV) La sustitución del concepto de ley por el de norma, y del de pena por el de sanción.

V) La devaluación del conocimiento real u objetivo (Marcel, Heidegger), puesta entre paréntesis de los saberes heredados (Husserl), misteriosismo eclesiológico (De Lubac) o intimista (Marcel).

VI) La introducción de falsas dicotomías: el ser contra Dios (Heidegger), la ley universal contra el ethos individual (Kierkegaard, Rahner); la metafísica contra la espiritualidad (Marcel), contra la subjetividad (Wojtyla), contra la axiología (Guardini), contra la espontaneidad del espíritu (Mounier), contra el misterio de Cristo y de la Iglesia (De Lubac), contra los valores vitales (Scheler)  contra la apertura al mundo moderno y al hombre (Rahner); contra la belleza (Von Balthasar); contra la conciencia “transcendental"(Husserl).

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9.04.19

(345) De la objetividad como piedra de tropiezo

1ª.- El espejismo existencial.— Conocer el ser no como ser sino como valor. En esto consiste el nihilismo piadoso de los axiólogos. Lo copiaron de los existencialistas, lo introdujeron en la mente católica, lo exportaron y lo exportan al mundo bajo apariencia de evangelización. ¿Hasta cuándo no despertará el católico, formado o formador, de esta ilusión antimetafísica?

 

2ª.- Se veía venir.— No nos extraña la deriva materialista de algunos personalismos. ¿Adónde querían llegar, negando el alma, sino a un exceso de teología del cuerpo, y a un receso de la teología del estado de gracia?

 

3ª.- Spes inanis, esperanza vana.— Reza la Empresa 15 de Don Juan de Borja. La pictura es elocuente: una mano que, pretendiendo apoyarse, se hiere; toma la caña de bambú quebrada y es en balde, porque se raja y sangra y no logra apoyarse, sino quebrarse y caer.

Esto decimos nosotros del proyecto fenomenológico, spes inanis. Porque poner la tradición entre paréntesis no es apoyo, ni es sustento de verdad, ni es razonable. Más bien es caña que se quiebra y hiere, y hace caer. Y no precisamente al cielo, sino a la era del subjetivismo.

 

4ª.- La impunidad del error, por el misteriosismo.— Opina Heidegger que «la razón es la más tenaz enemiga del pensar». Y se pregunta uno cómo el pensar sin razón no causa desasosiego, remordimiento, desazón. ¿Puede la causa segunda, siendo racional, renegar razonablemente de su esencia? Peor aún es la locura del teólogo que, por pensar en modo heideggeriano, se vuelve misteriosista y deja a un lado su razón, enemistándola con el dato revelado. El siguiente paso es decir que los perros, los árboles, las piedras, no existen, porque sólo existe el hombre.

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7.04.19

(344) Comentarios católicos, II: al tópico «la belleza salvará el mundo»

Es urgente desbrozar la fe católica y desnudarla de conceptos añadidos. Ceñirse a lo esencial, tener claro el fundamento. Hay que centrarse en Cristo. 

La belleza es buena y puede servir a Nuestro Señor. Pero es un medio, no un fin. Sólo Cristo salva. Porque la sensibilidad humana, con la que el hombre aprecia la belleza, está caída, y necesitada de redención.

La idiosincrasia personalista ha convertido en tópico la frase «la belleza salvará al mundo». Es del gusto de la sensibilidad católica moderna, que prefiere el sabor de lo ortodoxo, de lo oriental; sea Dostoievski, sean los iconos, sea lo bizantino; a lo occidental, a la romanitas tradicional, a lo escolástico, a la vara de medir de la Cristiandad.

Sobredimensionar la via pulchritudinis redunda, también, en exageraciones misteriosistas, a la manera de la concepción estética heideggeriana, siempre antimetafísica y experiencialista.

La escisión de Dios y el Ser, proyectada sobre la estética, deviene en una desontologización de las formas estéticas, que se orientan hacia lo espiritualista y lo emotivista a través de un naturalismo de corte existencialista.

 

La sombra de Von Balthasar es alargada: con su estética teológica se invierten los papeles, y en lugar del ser se coloca la belleza. Por lo que hablamos, también en el trasfondo filosófico de este lugar común, de una belleza que no parte del ser sino de los valores.

Una belleza convertida en valor, a la manera de Guardini. O sinónima, en clave de teología negativa luterana, del Misterio. No deja, tampoco, de estar presente la hibridación de lo natural y lo sobrenatural, a hechura de De Lubac. Y en consecuencia del principio que lo anima, el Método de Inmanencia blondeliano. La belleza natural se abstrae de su condición caída y se la supone exigente de lo sobrenatural por sí sola. Y pretendiendo gratuidad se obtiene lo contrario.

Pero vayamos al meollo del asunto.

 

«¿La belleza salvará al mundo?». Hay que decir que no, porque la armonía de la Creación, como la del arte, están alteradas por el pecado, se han vuelto inhóspitas. Como explica el Catecismo, 400:

«la creación visible se hace para el hombre extraña y hostil (cf. Gn3,17.19). A causa del hombre, la creación es sometida “a la servidumbre de la corrupción” (Rm 8,21).»

La belleza necesita también de redención.

Y si la frase se refiere a Cristo, hay que decir que Cristo no salvará al mundo en su totalidad. Más bien castigará a unos y salvará a otros. Hay que tener cuidado, porque el principio no católico de salvación universal se transparenta con facilidad en este tipo de generalizaciones. Dios quiere que todo el mundo se salve (1 Tim 2, 4), pero muchos no querrán salvarse, y Dios querrá castigarles.

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