7.09.14

Acerca de la facilidad con que se solicitan las dispensas de los votos religiosos perpetuos

A continuación reproducimos los fragmentos de una carta que el gran monje e historiador benedictino maurista, dom Jean Mabillón, dirigió a una religiosa que, después de 20 años de vida consagrada (¡!), quería dejar la vida monástica alegando la nulidad de sus votos. Vale la pena meditarla luego de las miles de dispensas pedidas en los últimos 40 años y sacar las propias conclusiones.


 «Permítame hablarle directamente, hermana, aunque no tengo el honor ni de conocerla ni de saber su nombre. (…) Toda su dificultad consiste en saber si sus votos y su compromiso con la vida monástica son válidos. Y las razones que Ud. da son:

 1.- Que Ud. ha realizado sus votos apoyándose en un principio falso, a saber, que no hay salvación para Ud. fuera de la vida religiosa.

 2.- Que sus enfermedades y su complexión delicada le impiden ejecutar los compromisos que Ud. ha asumido.

 3.- Finalmente, que al pronunciar sus votos después de 4 años de noviciado, Ud. lo ha hecho sin prometer su ejecución, que Ud. ha, al contrario, formalmente rechazado.

 «Antes de responder a sus dificultades y argumentos, permítame que le diga que no hay nada tan delicado como pronunciarse sobre la invalidez de los votos.

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3.09.14

La sabiduría de este mundo aborrece la verdad

Hoy, en la Sagrada Liturgia, celebramos a San Gregorio Magno, romano, prefecto de su ciudad, monje y después papa desde el año 590. Doctor de la Iglesia (540-604).

Vale la pena leer con detención un texto suyo, como el presente, de una profundidad nacida de la Lectio divina y fruto de los altísimos dones del Espírtiu Santo que le habían sido dados.


El que es el hazmerreír de su vecino, como lo soy yo, llamará a Dios y éste lo escuchará. Muchas veces nuestra débil alma, cuando recibe por sus buenas acciones el halago de los aplausos humanos, se desvía hacia los goces exteriores, posponiendo las apetencias espirituales, y se complace, con un abandono total, en las alabanzas que le llegan de fuera, encontrando así mayor placer en ser llamada dichosa que en serlo realmente. Y así, embelesada por las alabanzas que escucha, abandona lo que había comenzado.

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30.08.14

La blasfemia y la libertad de expresión

Recomendamos al lector tomarse tiempo, sentarse bien, y leer atentamente el siguiente texto:

La redacción de El Ateísta venía, desde algunos años atrás, perdiendo su relevante interés como rasgo típico de Ludgate Hill. Al hombrecillo que dirigía El Ateísta, escocés fogoso, menudo, el cabello y la barba de un rojo encendido, y que atendía por Turnbull, la decadencia de su importancia pública le parecía no tanto triste y hasta insensata cuanto simplemente desconcertante e inexplicable. Había dicho las cosas peores que podían decirse; y parecían aceptadas y olvidadas como los lugares comunes de los políticos. Sus blasfemias eran más imprudentes cada día, y también cada día el polvo se espesaba sobre ellas.

Fueron pasando años, y al cabo llegó un hombre que trató con verdadero respeto y seriedad la tienda secularista de Mr. Turnbull. Era un joven con abrigo gris, que le rompió la vidriera. Montañés del clan de los Macdonalds por el nombre y la sangre, su familia tomó por apellido, como es frecuente en casos tales, el nombre de una rama secundaria, y para todos los designios que lo llevaban a Londres se llamó MacIan. Se había educado en cierta soledad y retiro, como fiel católico romano, dentro de la pequeña zona de católicos romanos enclavada en las montañas de la Escocia occidental. Y había llegado nada menos que hasta Fleet Street, en busca de un empleo casi prometido, sin haberse dado cuenta cabal de que hubiese en el mundo gente que no fuera católica romana.

 Hora y media después sus emociones lo dejaron, vacía la mente, en el mismo sitio: y en una manera de divagación perezosa vino a encontrarse parado ante la redacción de El Ateísta.

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25.08.14

Dios será tu poderoso auxilio, San Pío X al beato Columba Marmion


En una ocasión en que Dom Columba Marmion, Abad de Maredsous, Bélgica, tuvo una audiencia privada extensa con San Pío X (en la que ambos se entendieron con gran connaturalidad espiritual, como ocurre con los santos), al terminar, Dom Columba pidió al Santo Padre que por favor le diera unas palabras para su vida espiritual. Dom Columba, ya en los últimos años de su vida, vivía tiempos de dura prueba en lo interior y en lo exterior. El Papa sacó un papel y le escribió esto:

In cunctis rerum angustiis, hoc cogita : “Dominus est". Et Deus erit tibi adjutor fortis.

Que se traduce: En todos los asuntos angustiosos, piensa ésto: “Es el Señor". Y Dios será tu poderoso auxilio.

Estas palabras fueron para don Columba, desde entonces y hasta el fin de su vida, una fuente permanente de paz y fortaleza espiritual. En ellas vio un llamado a ver al Señor en todo, como la verdadera Causa operante detrás del complejo entramado de causas segundad que tejen nuestra vida. Y esto es ver la verdad, con la certeza que nos da la fe.

22.08.14

San Pío X: Advertencias contra un falso cristianismo humanitarista

«Nos queremos llamar vuestra atención, venerables hermanos, sobre esta deformación del Evangelio y del carácter sagrado de Nuestro Señor Jesucristo, Dios y Hombre, practicada en “Le Sillon" y en otras partes. Cuando se aborda la cuestión social, está de moda en algunos medios eliminar, primeramente la divinidad de Jesucristo y luego no hablar más que de su soberana mansedumbre, de su compasión por todas las miserias humanas, de sus apremiantes exhortaciones al amor del prójimo y a la fraternidad».

 «Ciertamente, Jesús nos ha amado con un amor inmenso, infinito, y ha venido a la tierra a sufrir y morir para que, reunidos alrededor de Él en la justicia y en el amor, animados de los mismos sentimientos de caridad mutua, todos los hombres vivan en la paz y en la felicidad. Pero a la realización de esta felicidad temporal y eterna ha puesto, con una autoridad soberana, la condición de que se forme parte de su rebaño, que se acepte su doctrina, que se practique su virtud y que se deje uno enseñar y guiar por Pedro y sus sucesores.

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