12.11.20

Ser todo de María Santísima-1

Santa Madre María y el Niño por Bill McAllen

 

La esclavitud mariana es un camino espiritual al cual, por don de Dios algunos hemos sido llamados. Es una vocación propia y específica en la Iglesia ─que va más allá del culto que todo cristiano debe a la Madre de Dios. Esta esclavitud la conocemos sobre todo por el gran libro de San Luis María Grignon de Montfort, Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen. No obstante, el sentido formal que comporta tal consagración ─y entrega total a Cristo por María─ es anterior en el tiempo al gran santo vandeano.

En la Abadia de San Pedro y San Pablo de Cluny se practicaban ese camino espiritual. Concretamente San Odilón fue curado milagrosamente a temprana edad por la Santísima Virgen María y desde aquella edad profesó un amor entrañable por ella. Su piedad y entrega a la Madre de Dios lo convierten en el precursor del camino espiritual trazado por San Luis María.

Se cuenta que estando San Odilón un día cantando en el coro de Cluny el Te Deum, al oir las palabras «Non horruisti Virginis uterum», no pudo con ellas… y cayó postrado al suelo en éxtasis. Desde aquella época, los monjes solemos, al recitar dicha parte del Te Deum, inclinarnos profundamente.

Es verdad que el misterio de la Encarnación supone un abajamiento, un anonadamiento, abismal del Verbo de Dios al tomar una naturaleza humana. También es verdad que el seno purísimo de nuestra amada Madre no conocía el pecado. Fue preparado por el mismo Dios en sus designios divinos para que el Verbo tomara de él una naturaleza humana.

La expresión « Non horruisti Virginis uterum» la traduce la Sagrada Liturgia por «No desdeñaste el seno de la Virgen». Aunque el misterio de la Encarnación supone un abajamiento infinito, lo único proporcionado, si es posible alguna proporción, es el seno de la Virgen María.

Siguiendo el ejemplo de San Odilón, hago una invitación, a ejemplo de los monjes ─que solemos orar con el alma y el cuerpo─ a inclinarnos profundamente cada vez que cantemos o recemos en el Te Deum dichas palabras.

Al Corazón Inmaculado de nuestra Madre María Santísima, estamos llamados a penetrar y permanecer, porque los que nos hemos consagrado a Ella, somos ¡todo de María!

In Corde Mariae, in Monte.

P. Petrus Paulus Mariae, SV

5.11.20

Tiempos de oración eucarística

En tiempos de tribulación, de oscuridad, de pecado, a la vista de un mundo que se precipita a su ruina y de nuestra dolorosa infidelidad como Iglesia de Cristo, los medios humanos y naturales no son proporcionados. De rodillas ante la presencia real y substancial de Jesús en la Eucaristía, en el Corazón Inmaculado de la Virgen María, es donde se da el verdadero y gran combate.

La Sagrada Liturgia de la Iglesia ofrece a la piedad del pueblo cristiano un alimento sólido y seguro. A continuación, para esos momentos de adoración silenciosa -que es de esperar todos tengamos-, compartimos la traducción de algunos cantos eucarísticos muy antiguos, cuya belleza, en sus letras y melodías gregorianas, han embellecido el culto católico durante siglos.


1. Adoro te devote

Te adoro devotamente, Deidad latente, que bajo estas figuras verdaderamente estás escondida: a ti se entrega totalmente mi corazón, porque contemplándote enteramente desfallece.

Oh memorial de la muerte del Señor, pan vivo que das la vida al hombre, otorga a mi alma vivir de ti y gustar siempre tu dulzura.

Jesús, a quien velado ahora contemplo, te pido se cumpla aquello que tanto ansío: que contemplándote cara a cara, sea bienaventurado con la visión de tu gloria.

Amén.

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10.10.20

Mírame para que te ame, llámame para que te mire

San Agustín de Hipona- Philippe de Champaigne (+1674)

En el Apéndice del Breviarium Romanum se contienen unas bellas y “piadosas peticiones” atribuidas a san Agustín. Aquí las ofrecemos, junto con una traducción más bien literal de las mismas, ordenada a comprender el rezo del texto latino, cuya fuerza es insuperable.

Únicamente queremos apenas detenernos previamente en lo que no podemos dejar de notar, a saber, la católica teología de la gracia del gran Doctor de la gracia: “Mírame a mí, para que te ame a Ti. Llámame a mí para que te vea a Ti y eternamente goce de Ti”. Como dirá luego otro gran agustiniano, santo Tomás de Aquino:  “Amor Dei est infundens et creans bonitatem in rebus” “el amor de Dios es el que crea e infunde la bondad en las cosas” (S. Th., I, q. 20, a. 2, c.). Y algunos siglos más tarde dirá otro gran agustiniano, san Juan de la Cruz: “Cuando Tú me mirabas, su gracia en mí tus ojos imprimían: por eso me adamabas, y en eso merecían los míos adorar lo que en Ti vían” (Cántico espiritual (B), 32). Es la “mirada de Dios” la que deja gracia y hermosura en el alma: “después que me miraste, gracia y hermosura en mí dejaste” (cf. ib., 33).

Piae petitiones Sancti Augustini

Dómine Iesu, nóverim me, nóverim te,

nec áliquid cúpiam nisi te.

Oderim me et amem te.

Omnia agam propter te.

Humíliem me, exáltem te.

Nihil cógitem nisi te.

Mortíficem me et vivam in te.

Quæcúmque evéniant accipiam a te.

Pérsequar me, sequar te,

sempérque optem sequi te.

Fúgiam me, confúgiam ad te,

ut mérear deféndi a te.

Tímeam mihi, tímeam te,

ut sim inter eléctos a te.

Diffídam mihi, fidam in te.

Obœdíre velim propter te.

Ad nihil affíciar nisi ad te,

et pauper sim propter te.

Áspice me, ut díligam te.

Voca me, ut vídeam te

et in ætérnum fruar te.

Amen.

Traducción: 

Señor Jesús, que me conozca a mí, que te conozca a ti,

y no desee otra cosa sino a Ti.

Que me odie a mí y te ame a Ti.

Todas las cosas haga por Ti.

Que me humille a mí, que te exalte a Ti.

Nada piense sino a Ti.

Que me mortifique a mí y viva en Ti.

Todo cuanto suceda lo acepte como venido de Ti.

Que me persiga a mí, que te siga a Ti,

y siempre desee seguirte a Ti.

Que huya de mí, que me refugie en Ti,

de modo que merezca ser defendido por Ti.

Que me tema a mí, que te tema a Ti,

de modo que me encuentre entre los elegidos por Ti.

Que desconfíe de mí, que confíe en Ti.

Que quiera obedecer a causa de Ti.

Que a nada me incline sino a Ti,

y sea pobre a causa de Ti.

Mírame a mí, para que te ame a Ti.

Llámame a mí, para que te vea a Ti

y eternamente goce de Ti.

Amén.

12.09.20

María nos funda en la paz, al cambiar el nombre de Eva

La Anunciación, Fra Angelico (1425)

En el precioso Himno “Ave maris stella”, la estrofa segunda, dice así (traducción literal):

Sumens illud “Ave": Asumiendo aquel “Ave” (aceptando el anuncio),

Gabrielis ore: por boca de Gabriel (pronunciado por Gabriel),

funda nos in pace: fúndanos en la paz (obtennos la paz, pero permaneciendo firmes, fundados en ella),

mutans Evae nomen: mutando el nombre de Eva.

Detrás de estos versos está la relación tipológica bíblica y patrística: Eva (tipo), María (antitipo). Dos vírgenes desposadas, dos ángeles, dos anuncios angélicos a las vírgenes, dos madres… Pero el primer plan, frustrado (por el hombre instigado por el demonio), se recuperó en el segundo.

En realidad toda la Mariología es un capítulo, importantísimo, de la Cristología... Por eso el P. Cuervo, OP, decía con profundidad y genialidad, que el mejor tratado de Mariología es el Tratado del Verbo Encarnado de la admirable Summa (III, qq. 1-59). Pues esta relación tipológica es la cara “femenina” de la que existe entre Adán y Cristo, claramente expresada por San Pablo. Eva, “madre de todos los vivientes", llegó a ser causa de la muerte (si bien stricto sensu, el pecado original es el de Adán, no el de Eva). María asume la vocación de Eva (ya expresado en el protoevangelio del Génesis), e incluso mucho más, pues llega a ser Madre de la Vida (el Verbo), y consecuentemente, Madre de la vida espiritual de todos los que se unen por la gracia al verbo Encarnado. Por eso dicen los teólogos que pertenece al plano u orden hipostático relativo, que es superior al sobrenatural de la gracia.

La Santísima Virgen “asume” con su “fiat” el saludo, es decir, el anuncio de San Gabriel respecto de la Encarnación redentora del Verbo, condensado o sintetizado en el “Ave", “Salve", con que el santo Arcángel inicia la “buena noticia". Ergo, asume el “Ave", pronunciado por boca de Gabriel. El himno va a ir al tema de Eva, por eso se queda con el Ave, que contiene las mismas letras…

La paz, que es el gran bien mesiánico ya en los antiguos profetas (especialmente Isaías), es fruto de la caridad, como dice Santo Tomás; por tanto, de la unión sobrenatural con Dios. De algún modo, la paz sintetiza la salvación, la redención , la vida eterna, la gloria… Que nos viene por la Encarnación redentora, y al mismo tiempo, nos viene por María. La paz es el descanso en la posesión del bien amado. El Bien por excelencia es Dios. Es poseído por la gracia, pero de modo inamisible sólo por la gloria.

Y así María “muta” o cambia el nombre de Eva. No sólo porque asume e incluso lleva al infinito (Santo Tomás llega a decir que la Virgen tiene una dignidad cuasi infinita) su vocación maternal, sino porque cambia lo que ocurrió en Eva. No porque cambie el pasado, pues ni Dios puede hacer que lo pasado no haya sido (porque es de suyo imposible), sino porque en ella ni el demonio tuvo parte, ni el pecado más leve la manchó, ni la mera conscupiscencia desordenada la inficionó…

Es por esto que María nos funda en la paz, y es para nosotros “feliz puerta del cielo” (como dice la primera estrofa del mismo Himno), en la medida en que “muta el nombre de Eva". Eva pecó. Y pasó a ser madre de la muerte del pecado. María, en la medida en que asume o acepta el “Ave” (i.e., la Encarnación), cambia o genera un cambio radical de las cosas…, pues engendra al mismo Dios en su humanidad y el orden sobrenatural irrumpe en el mundo.

Y así, según la economía elegida por la divina Providencia, la paz (la salvación, la gracia, la gloria) sólo se obtiene por Jesucristo. Y Jesucristo sólo nos llega por María. Y Jesucristo y María suponen el pecado original (en el orden de la causalidad material), y por eso suponen a Adán y a Eva. Y cambian o mutan lo que en ellos ocurrió, en la medida en que Jesucristo redime, y María co-redime… El pecado es borrado por la gracia: la vida vence a la muerte. María cambia a Eva.

“Ave” supone a “Eva". “Eva” leído desde atrás (a los medievales les gustaban los juegos de palabras) da “Ave". Luego de Eva, en el tiempo u orden cronológico, vino el Ave (es decir, vino la Encarnación). Y el Ave revierte lo que ocurrió en Eva, pero no lo niega… Según una antigua tradición, Adán se salvó, y es de suponer que Eva también (como se lee en una preciosa homilía sobre el Sábado Santo, del Oficio Divino). Pero gracias a María, la cual es la puerta de ingreso al único camino: Jesucristo.

27.08.20

Santa Mónica y el poder de la oración con lágrimas

San Agustín y Santa Mónica, autor desconocido

Lo que evitó mi perdición fueron las fieles y cotidianas lágrimas de mi madre…1

Misterio verdaderamente tremendo y que jamás se meditará bastante: el que la salvación de muchos dependa de las oraciones y voluntarias mortificaciones de los miembros del Cuerpo místico de Jesucristo, dirigidas a este objeto, y de la cooperación que Pastores y fieles ―singularmente los padres y madres de familia― han de ofrecer a nuestro divino Salvador2.

En la conmemoración litúrgica de santa Mónica, como tributo a esta santa mujer, esposa y madre, y a la vez como invitación y llamado a la oración de intercesión por la salvación de las almas, ofrecemos aquí una consideración sobre lo que, en palabras de Pío XII, “jamás se meditará bastante”, a saber, el poder de la oración y de las lágrimas, de las de santa Mónica, y esto a partir de lo que sobre las mismas escribió quien fue nada menos que el “hijo” de ellas ―según el corazón―, y su propio hijo ―según la carne―: el gran Doctor de la gracia, san Agustín, en sus sublimes Confesiones.

Mi madre, tu sierva fiel, lloraba en tu presencia por mí mucho más de lo que lloran las madres la muerte física de sus hijos. Gracias a la fe y al espíritu que le habías dado, veía ella mi muerte. Y Tú la escuchaste, Señor. La escuchaste y no mostraste desdén por sus lágrimas, que profusamente regaban la tierra allí donde hacía oración3.

Gracias a la fe sobrenatural, infusa, que el Señor le había dado, santa Mónica veía que había otra vida y otra muerte muy distintas de las físicas y naturales, e infinitamente más importantes. Vida otra incomparablemente más digna de ser buscada que la meramente física, muerte otra incomparablemente más digna de ser llorada que la solamente corpórea. Vida y muerte de “autre ordre”, como diría Pascal4, infinitamente más elevado: vida y muerte que en definitiva no son sino la gracia y el pecado, que son la vida y la muerte del alma. Pero esto sólo llegan a percibirlo los ojos de la fe, con los que santa Mónica precisamente veía, “pues la fe tiene también sus ojos, con los cuales de algún modo ve que es verdadero lo que todavía no ve, y con los cuales ve con firme certeza que todavía no ve lo que cree5.

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