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22.05.15

¿Por qué nos distraemos durante la oración? Consejos espirituales

Madre Cecilia Bruyére


Madre Cecilia Bruyére, (1845-1909) primera abadesa de la Abadía Santa Cecilia de Solesmes (Fracia), fue una figura influyente en la historia de la espiritualidad francesa de fines del Siglo XIX y comienzos del XX. Fiel discipula de el Abad Dom Próspero Guéranger, restaurador de la Orden benedictina en Francia después de la Revolución francesa, escribió la obra La vie spirituelle et l’oraison, d’après la Sainte Écriture et la tradition monastique, de la cual tomamos el fragmento que copiamos abajo para la meditación de nuestros lectores. 

Las negritas y cursivas son nuestras

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Casiano resume de este modo la doctrina de los antiguos: “Es necesario construir este edificio de todas las virtudes y preservar el espíritu de toda suerte de distracciones, a fin de que pueda acostumbrarse poco a poco a la contemplación de Dios y a la visión de las cosas celestiales. Todo lo que ocupa nuestra alma antes de la hora de la oración se presenta necesariamente a nuestro pensamiento cuando rezamos. Por eso es necesario ponernos de antemano en las disposiciones en que deseamos estar durante la oración. Encontraremos, en medio de nuestras obras de piedad, la impresión de los actos y palabras que las habrán precedido. Su recuerdo se burlará de nosotros y nos volverá enojados o tristes, si así estuvimos antes. Volveremos a encontrar los deseos y pensamientos que nos ocupaban y que nos harán recaer, para nuestra vergüenza, en la distracción, o bien reír tontamente de una palabra o acción graciosa” (Casiano, Conferencias 9, 2).

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16.05.15

Psicología de cierta tentación diabólica

Clive Staples Lewis (1898-1963), mejor conocido como C. S. Lewis fue un notable autor británico que trabajó como crítico literario, como profesor y hasta como locutor de radio, pero especialmente se lo recuerda por algunas novelas que escribió, como las Cartas del diablo a su sobrinoLas crónicas de Narnia y la Trilogía cósmica, y también por sus ensayos apologéticos (mayormente en forma de libro) como Mero CristianismoMilagros y El problema del dolor.

 En el presente post, queremos compartir con nuestros lectores un interesante fragmento de la obra Cartas del diablo a su sobrino (1942)la cual trata de un demonio que instruye a su joven sobrino Orugario en el arte de la tentación al género humano. La penetrante psicología de Lewis es, como se ve este texto, asombrosa a la hora de captar las artimañas del diablo en su deseo de apartarnos del camino de la gracia. Esperamos que sea de provecho.


Las negritas y cursivas del texto son nuestras. 


 Mi querido Orugario:

 Por supuesto, había observado que los humanos estaban atravesando un respiro en su guerra europea — ¡lo que ingenuamente llaman “La Guerra"!—, y no me sorprende que haya una tregua correlativa en las inquietudes del paciente. ¿Nos conviene estimular esto, o mantenerle preocupado?

 Tanto el temor torturado como la estúpida confianza son estados de ánimo deseables. Nuestra elección entre ellos suscita cuestiones importantes. Los humanos viven en el tiempo, pero nuestro Enemigo les destina a la Eternidad. 

Él quiere, por tanto, creo yo, que atiendan principalmente a dos cosas: a la eternidad misma y a ese punto del tiempo que llaman el presente. Porque el presente es el punto en el que el tiempo coincide con la eternidad.

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27.03.15

La inmolación de la inteligencia de María en la Cruz

Diego Velázques, 1632

Compartimos hoy con nuestros lectores un breve fragmento de la bella obra del Padre Marie-Dominique Philippe, dominico fundador de la Congregación de los hermanos de Saint Jean, Mystère de Marie (IV,3). La tradución del original francés es nuestra:

En el misterio de la cruz, la fe de María conoce un modo doloroso que inmola de una manera intensa su inteligencia. Esta fe contempla el misterio de Cristo crucificado. En este misterio hay como ciertas contradicciones aparentes en María: ¿No es Jesús para ella el Hijo de Dios que debe reinar eternamente sobre la casa de David, como el ángel Gabriel se lo había dicho? Ella guarda en su corazón esta palabra de la Anunciación, y ahora Jesús se presenta a ella como el Crucificado, el maldito de Dios y de los hombres. ¿No está dicho en la Escritura: maldito aquél que cuelga del madero? Jesús aparece entonces como el rechazado de Dios y no solamente aparece como tal sino que Él mismo lo declara: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?. Él, el Hijo amado, en quién el Padre se complace, es ahora el abandonado y el que debe vivir en este estado de anatema, de separado. Hay allí una oposición brutal que quiebra hasta en su fondo más íntimo la inteligencia de María, puesto que esta cuasi contradicción apunta a Aquél que es a la vez para ella su Verdad, su Camino, su Vida y su Hijo bienamado. Si María escuchara las exigencias de su inteligencia humana, apartaría inmediatamente una parte de esta contradicción aparente; o bien se abandonaría a la desesperación, pensando que el ángel la ha engañado; o bien se rehusaría a aceptar la Cruz, no queriendo guardar ni considerar sino la palabra del ángel. En estas condiciones, habría una elección humana, habría una herejía, dividiendo humanamente lo que está unido en la sabiduría de Dios. En nombre de las exigencias de la razón humana, ella haría una división, ya no guardaría íntegramente el mensaje de Dios.

Adhiriendo en toda su pureza a la voluntad infinitamente amable del Padre sobre su Hijo y sobre ella, María penetra mucho más adentro todavía en su intimidad. Pues la unidad se hace entonces en esta voluntad del Padre, en el Espíritu Santo. María coopera activamente en la obra de su Jesús. La Cruz se apodera de su inteligencia que, en este acto heroico de fe, es como enteramente ofrecida, enteramente inmolada. Recordemos el holocausto de Elías, prefiguración maravillosa del de la Cruz. ¡El fuego del cielo se apodera de las víctimas, del altar y del agua! Se trata verdaderamente de la fe de la esposa que cree en el amor del Esposo por ella misma, aun cuando las circunstancias exteriores parezcan negarlo, parezcan oponerse. Esta fe es totalmente silenciosa, pues implica el holocausto incluso de la inteligencia. Esta no puede decir nada más, no comprende nada, ya no puede comprender nada más. Es por eso que ya no hay ni siquiera el quomodo de la Anunciación. María debe permanecer totalmente pasiva, entregada a la voluntad del Esposo.

14.03.15

Todo lo que puede alcanzar la oración confiada

Del Tratado de Tertuliano, presbítero, Sobre la oración

(Cap. 28-29: CCL 1, 273-274)

La anunciación de Fray Angelico, 1430 

La oración es una ofrenda espiritual que ha eliminado los antiguos sacrificios. ¿Qué me importa -dice- el número de vuestros sacrificios? Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de becerros; la sangre de toros, corderos y chivos no me agrada. ¿Quién pide algo de vuestras manos?

El Evangelio nos enseña qué es lo que pide el Señor: Llega la hora -dice- en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque Dios es espíritu y, por esto, tales son los adoradores que busca. Nosotros somos los verdaderos adoradores y verdaderos sacerdotes, ya que, orando en espíritu, ofrecemos el sacrificio espiritual de la oración, la ofrenda adecuada y agradable a Dios, la que él pedía, la que él preveía.

Esta ofrenda, ofrecida de corazón, alimentada con la fe, cuidada con la verdad, íntegra por la inocencia, limpia por la castidad, coronada con el amor, es la que debemos llevar al altar de Dios, con el acompañamiento solemne de las buenas obras, en medio de salmos e himnos, seguros de que con ella alcanzaremos de Dios cualquier cosa que le pidamos.

¿Qué podrá negar Dios, en efecto, a una oración que procede del espíritu y de la verdad, si es él quien la exige? Hemos leído, oído y creído los argumentos que demuestran su gran eficacia.

En tiempos pasados, la oración liberaba del fuego, de las bestias, de la falta de alimento, y sin embargo no había recibido aún de Cristo su forma propia.

¡Cuánta más eficacia no tendrá, pues, la oración cristiana! Ciertamente, no hace venir el rocío angélico en medio del fuego, ni cierra la boca de los leones, ni transporta a los hambrientos la comida de los segadores (como en aquellos casos del antiguo Testamento); no impide milagrosamente el sufrimiento, sino que, sin evitarles el dolor a los que sufren, los fortalece con la resignación, con su fuerza les aumenta la gracia para que vean, con los ojos de la fe, el premio reservado a los que sufren por el nombre de Dios.

 En el pasado, la oración hacía venir calamidades, aniquilaba los ejércitos enemigos, impedía la lluvia necesaria. Ahora, por el contrario, la oración del justo aparta la ira de Dios, vela en favor de los enemigos, suplica por los perseguidores. ¿Qué tiene de extraño que haga caer el agua del cielo, si pudo impetrar que de allí bajara fuego? La oración es lo único que tiene poder sobre Dios; pero Cristo no quiso que sirviera para operar mal alguno, sino que toda la eficacia que él le ha dado ha de servir para el bien.

Por esto, su finalidad es servir de sufragio a las almas de los difuntos, robustecer a los débiles, curar a los enfermos, liberar a los posesos, abrir las puertas de las cárceles, deshacer las ataduras de los inocentes. La oración sirve también para perdonar los pecados, para apartar las tentaciones, para hacer que cesen las persecuciones, para consolar a los abatidos, para deleitar a los magnánimos, para guiar a los peregrinos, para mitigar las tempestades, para impedir su actuación a los ladrones, para alimentar a los pobres, para llevar por buen camino a los ricos, para levantar a los caídos, para sostener a los que van a caer, para hacer que resistan los que están en pie.

Oran los mismos ángeles, ora toda la creación, oran los animales domésticos y los salvajes, y doblan las rodillas y, cuando salen de sus establos o guaridas, levantan la vista hacia el cielo y con la boca, a su manera, hacen vibrar el aire. También las aves, cuando despiertan, alzan el vuelo hacia el cielo y extienden las alas, en lugar de las manos, en forma de cruz y dicen algo que asemeja una oración.

¿Qué más podemos añadir acerca de la oración? El mismo Señor en persona oró; a él sea el honor y el poder por los siglos de los siglos.

3.03.15

Las lágrimas purificadoras de la compunción interior

San Antonio Abad, icono de autor desconocidoPara alimentar la oración cuaresmal de nuestros lectores, compartimos con ellos una selección de preciosos apotegmas de los padres del desierto sobre la compunción del corazón. A fin de entender mejor este tema que es uno de los centrales en la tradición monástica, ponemos a modo de introducción un fragmento de la gran obra del Beato Columba Marmion, Jesucristo vida del alma, sobre la compunción (Capítulo VI,2)

“¿Qué debemos entender por compunción del corazón? Se trata de un sentimiento habitual de pesar por haber ofendido a la divina bondad. Esta disposición brota principalmente de la contrición perfecta, del amor arrepentido. Y produce en el alma la detestación del pecado, por el disgusto que causa a Dios y por el perjuicio que nos irroga. Si en el sacramento de la penitencia basta un acto transitorio de contrición imperfecta para abrir el alma a la gracia y fortificarla contra nuevas caídas; cuando tenemos un sentimiento de verdadero pesar inspirado por el amor y lo mantenemos en el alma en toda su viveza, crea en ella un estado de oposición irreductible a toda complacencia en el pecado. Os daréis perfecta cuenta de que hay una incompatibilidad absoluta entre la voluntad de aborrecer el pecado y el hecho de continuar cometiéndolo. Esta disposición habitual constituye el mejor remedio para evitar la tibieza.

Este constante pesar por las faltas pasadas: «Mi pecado está siempre ante mí» (Ps., 50, 5) no debe referirse a las circunstancias de cada una de ellas, sino al hecho mismo de haber ofendido a Dios. No debemos traer a la memoria los detalles concretos, lo que a veces suele ser peligroso, sino arrepentirnos de haber opuesto nuestra soberanía, de haber despreciado su amor y de haber descuidado, derrochado o aún perdido el incomparable tesoro de la gracia.”

Ahora pasamos a los apotegmas de los padres del desierto. 

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Un hermano rogó al abad Amonio: «Dime una palabra». El anciano le dijo: «Adopta la mentalidad de los malhechores que están en prisión. Preguntan:
“¿Dónde está el juez? ¿Cuándo vendrá?” y a la espera de su castigo lloran. También el monje debe siempre mirar hacia arriba y conminar a su alma diciendo:
“¡Ay de mí! ¿Cómo podré estar en pie ante el tribunal de Cristo? ¿Cómo podré darle cuenta de mis actos?”. Si meditas así continuamente, podrás salvarte».

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El abad Evagrio dijo: «Cuando estés en tu celda, recógete y piensa en el día de la muerte. Represéntate ese cuerpo cuya vida desaparece: piensa en esta calamidad, acepta el dolor y aborrece la vanidad de este mundo. Sé humilde y vigilante para que puedas siempre perseverar en tu vocación a la hesyquia y no vacilarás. Acuérdate también del día de la resurrección y trata de imaginarte aquel juicio divino, terrible y horroroso. Acuérdate de los que están en el infierno. Piensa en el estado actual de sus almas, en su amargo silencio, en sus crueles gemidos, en su temor y mortal agonía, en su angustia y dolor, en sus lágrimas espirituales que no tendrán fin, y nunca jamás serán mitigadas. Acuérdate también del día de la resurrección e imagínate aquel juicio divino, espantoso y terrible y en medio de todo esto la confusión de los pecadores a la vista de Cristo y de Dios, en presencia de los ángeles, arcángeles, potestades y de todos los hombres. Piensa en todos los suplicios, en el fuego eterno, en el gusano que no muere, en las tinieblas del infierno, y más aún en el rechinar de los dientes, terrores y tormentos. Recuerda también los bienes reservados a los justos, su confianza y seguridad ante Dios Padre y Cristo su Hijo, ante los ángeles, arcángeles, potestades y todo el pueblo. Considera el reino de los cielos con todas sus riquezas, su gozo y su descanso. Conserva el recuerdo de este doble destino, gime y llora ante el juicio de los pecadores, sintiendo su desgracia y teme no caer tú mismo en ese mismo estado. Pero alégrate y salta de gozo pensando en los bienes reservados a los justos y apresúrate a gozar con éstos y en alejarte de aquéllos. Cuidare de no olvidar nunca todo esto, tanto si estás en tu celda como si estás fuera de ella, ni lo arrojes de tu memoria y con ello huirás de los sórdidos y malos pensamientos».

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El arzobispo Teófilo, de santa memoria, dijo al morir: «Dichoso tú, abad Arsenio, que siempre tuviste presente esta hora».

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El abad Jacobo dijo: «Así como una lámpara ilumina una habitación oscura, así el temor de Dios, cuando irrumpe en el corazón del hombre, le ilumina y le enseña todas las virtudes y mandamientos divinos».

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Viajando un día por Egipto, el .abad Pastor vio a una mujer que lloraba amargamente junto a un sepultero y dijo: «Aunque le ofreciesen todo los placeres del mundo, no arrancaría su alma del llanto. De la misma manera el monje debe llorar siempre por si mismo».

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Sinclética, de santa memoria, dijo: «A los pecadores que se convierten les esperan primero trabajos y un duro combate y luego una inefable alegría. Es lo mismo que ocurre a los que quieren encender fuego, primero se llenan de humo y por las molestias del mismo lloran, y así consiguen lo que quieren. Porque escrito está: “Yahveh tu Dios es un fuego devorador” (Dt 4, 24). También nosotros con lágrimas y trabajos debemos encender en nosotros el fuego divino».

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El abad Hiperiguio dijo: «El monje que vela, trabaja día y noche con su oración continua. El monje que golpea su corazón hace brotar de él lágrimas y rápidamente alcanza la misericordia de Dios».