El drama post-conciliar en una de sus víctimas y la esperanza de la restauración

Evelyn Waugh fue un escritor británico de la primera mitad del Siglo XX. Nace en Londres en el seno de una familia anglicana (vinculada a la High Church, pero sin mucho fervor en su práctica religiosa). En la juventud pierde la fe, y se convierte al catolicismo después de la separación con su esposa Evelyn Gardner. En cierto sentido, habiendo sido estudiante de Oxford durante su juventud, se le puede situar dentro de la estela del floreciente movimiento artístico, intelectual y espiritual que floreció en Inglaterra tras la conversión del Cardenal Newman. Para quien quiera profundizar en este tema, se recomienda la lectura del apasionante libro de Joseph Pearce Escritores conversos, del cual extraemos gran parte de lo que contamos en este artículo. También se recomienda la lectura del breve artículo de Rubén Peretó Rivas, Retorno a Brideshead, retorno a Waugh.

La vida y la obra de Evelyn Waugh están profundamente marcadas por la fe. Decía su hermano Alec, también escritor: “No puedo entrar imaginativamente en la mente de una persona para quien la religión sea la fuerza dominante de su vida, para quien la religión sea una cruzada, tal como es en Evelyn”. Después de su conversión y especialmente en la última etapa de su vida, esta fe se caracteriza por su carácter combativo y tradicional (en el mejor sentido de la palabra). Hasta el punto de que muchas de las percepciones que él tuvo de la crisis por la que comenzaba a pasar la Iglesia en su tiempo resultaron ser proféticas.

El Concilio Vaticano II, inaugurado por el Papa Juan XXIII el 11 de octubre de 1962, trajo para Waugh un sufrimiento profundo. Lejos de ser un desafío de la Iglesia a los principios de la modernidad (actitud que él admiraba en Pio IX), significó a sus ojos una rendición que ensombreció de modo desolador los últimos años de su vida, llenando de amargura la sensibilidad de su alma artística. Por ejemplo, se lee en algunas de sus cartas:

«A lo largo de toda su vida, la Iglesia ha mantenido una batalla contra los enemigos de fuera y contra los traidores de dentro. En cambio, ahora, los “traidores” del santuario de la Iglesia trabajaban para poner la fe en las hedonistas y paganas manos de los “enemigos” de fuera».

«El Concilio Vaticano me tiene hundido. No creo probable que se dé marcha atrás a estas desagradables tendencias dentro de la Iglesia».

«Me pregunto si la jerarquía es absolutamente consciente del malestar generado… no tanto por las innovaciones modestas y razonables, como por la puerta que estas parecen abrir a cambios más radicales y deplorables».

«La Iglesia ha soportado y sobrevivido a muchas épocas oscuras. Nuestra desgracia consiste en haber vivido una de ellas».

Es notable que Evelyn Waugh haya sabido captar las intenciones de los modernistas «infiltrados» en el Concilio Vaticano II. Hay que tener en consideración que varios teólogos que habían sido amonestados en tiempos del Papa Pío XII por su adhesión a la Nouvelle théologie fueron llamados como peritos a Roma. Éstos tuvieron un papel central en el desarrollo y la orientación que tomó el mismo Vaticano II, sobre todo desde el momento que desechó los documentos preparatorios previos —que mantenían una continuidad con el Magisterio anterior (se salvó sólo SC). Muchos de estos teólogos lo dicen expresamente a posteriori, por ejemplo, el P. Congar, Bugnini y otros en sus respectivas Memorias. Lo que buscaban era dejar puertas abiertas para que después pudiesen, por esas mismas brechas, llevar a cambio las transformaciones que verdaderamente buscaban. Y así ocurrió. Esta «estrategia» propia del modernismo, se mantiene vigente hasta el día de hoy de forma cada vez más explícita y evidente —para quien no quiera ponerse una venda a los ojos.

Sin duda, uno de los aspectos más dolorosos del tiempo posterior al Vaticano II fue para Waugh las transformaciones litúrgicas de las que él alcanzó a ser testigo. Waugh, con cierta ironía propia de su carácter, veía en los reformadores litúrgicos una: «extraña mezcla de los arqueólogos absortos en sus especulaciones en torno a los ritos del siglo II, con los modernistas que quieren hacer de la Iglesia una imagen del carácter de nuestros deplorables tiempos». Después de que en Inglaterra se asumiera la Misa en lengua vernácula, él escribe a su obispo, el Cardenal Heenan (de Westminster), en el año 1965: «Cuando asisto a misa no me siento ni confortado ni edificado. Nunca -así se lo pido a Dios- apostataré, pero ahora ir a la iglesia se ha convertido en un suplicio». Y en otra carta señala: «La nueva liturgia me parece una tentación contra la Fe, la Esperanza y la Caridad, pero nunca -así se lo pido a Dios- apostataré».

En este contexto, no deja de ser interesante la propuesta que él expone ante el debate público, a través de diversas publicaciones en revistas. De alguna manera, nos hace pensar en el Motu Proprio de Benedicto XVI, Summorum Pontificum:

«¿Apoyarían ustedes que se solicitara de la Santa Sede la fundación de una iglesia Uniata Latina (se llama «uniatas» a las iglesias católicas de rito oriental que reconocen la autoridad espiritual del Papa -es decir, que son plenamente católicas-, pero mantienen su organización y ritos particulares) que adopte el ritual vigente durante el papado de Pío IX? (…) Todas las parroquias podrían celebrar los domingos una de estas misas ruidosas para quienes lo deseen; y otra silenciosa para quienes aman la tranquilidad. (…) Nosotros rezamos en silencio. “Participar” en la misa no quiere decir que se oigan nuestras propias voces. Quiere decir que Dios escucha nuestras voces. (…) A las Iglesias Uniatas, pongamos por caso, se les permite mantener sus antiguas devociones y el ritual en idiomas como el sirio, el griego bizantino, el kirghiz, el eslavo… mucho más muertos que el latín. ¿Por qué no tener nosotros una Iglesia Romana Uniata, y dejar que los alemanes celebren sus astracanadas? (…) ¿Es mucho pedir que en todas las parroquias se celebren dos misas distintas: una «pop» para los jóvenes, y otra «tradicional» para los mayores?

La depresión que atormenta la vida del autor desde el año 1960, aunque vinculada también a ciertos problemas fisiológicos (como un insomnio severo), tiene que ver sin duda con la mirada profunda que él tiene acerca de la situación que se vive en la Iglesia. En algunas de sus cartas leemos lamentos como los siguientes:

«¿Por qué abandonamos la iglesia de nuestra infancia por una iglesia de adopción que ha acabado asumiendo las mismas formas que tanto nos desagraciaban?».

«¿Cómo se puede creer que la causa de la participación se ve favorecida por la prohibición de arrodillarse en el incarnatus del Credo? La prensa católica no ha ofrecido ninguna oposición. No viviré lo suficiente para ver las cosas en su sitio».

«He envejecido mucho estos dos últimos años. No estoy enfermo, pero sí muy débil. No tengo ganas de ir a ningún sitio ni de hacer nada, y sé que soy un aburrimiento. El Concilio Vaticano ha podido conmigo».

«La Pascua significaba mucho para mí, antes del Papa Juan y de su Concilio: ellos han acabado con la belleza de la liturgia. Todavía no me he rociado de gasolina y me he prendido fuego, pero ahora tengo que aferrarme tenazmente a la fe sin ninguna alegría».

Dice Peretó Rivas, en su artículo antes citado:

«Evelyn siempre había testificado en sus novelas la caída estética de Occidente, la que él consideraba la última de las caídas y el final de la decadencia. Sin embargo, encontraba refugio en la Iglesia católica quien, con la solemnidad de su liturgia latina y la belleza y armonía de sus dogmas, era el reducto donde aún podría refugiarse y consolarse. Las reformas promovidas por el Vaticano II estaban destruyendo, en la percepción de Evelyn, ese refugio».

Antes de la Semana Santa del año 1965, incapaz de enfrentarse a la nueva liturgia, Waugh pidió a su viejo amigo de la Abadía de Downside, Dom Hubert van Zeller, que celebrara para él una misa privada en el Rito tradicional el domingo de Pascua. La familia de Evelyn, profundamente preocupada por la gravedad de su estado depresivo, intercedió también por esta causa. Pero el abad se opuso a ello (¡!). Entonces, Waugh le pidió lo mismo al padre Philip Caraman, su amigo y confidente durante sus últimos y difíciles años. El 10 de abril, Domingo de Pascua, a las diez de la mañana, el padre Caraman celebró misa en latín según la forma antigua en la capilla católica de Wiveliscombe -a unas cinco millas de la casa de Waugh-, a la que tan solo asistieron la familia de este y unos cuantos amigos. Al salir de la iglesia, muchos de los presentes se fijaron en lo contento que estaba Waugh. El padre Caraman puso de relieve su serenidad y su alegría, como si la depresión se hubiese evaporado o como si acabara de salir de una noche oscura del alma: «Se mostraba bondadoso y en paz consigo mismo, con esa tranquila serenidad que los sacerdotes solemos encontrar en quienes se están muriendo». Sus amigos que los acompañaron en esa Misa relatan que el Evelyn que sale de la ceremonia fue un Evelyn transformado. La radiante alegría se deja ver en su rostro; vuelve a sus comentarios brillantes y a su gozo por la vida. Regresan a la casa y, mientras se preparan para el almuerzo pascual, Evelyn Waugh muere repentinamente.

Su hija Margaret relata el hecho con palabras de gozo más que de pesar:

«No estés muy triste por papá. Creo que ha sido como un milagro. Ya sabes cuántos deseos tenía de morir; y hacerlo el domingo de Pascua, cuando toda la liturgia habla de la muerte y de la resurrección, y después de oír la misa en latín y de recibir la Sagrada Comunión, es exactamente lo que él quería. Estoy segura de que en misa pidió por su muerte. Estoy muy contenta por él».

En el epílogo a su biografía sobre Waugh, Christopher Sykes intentaba explicar las razones de la obstinada oposición de su amigo a las nuevas reformas de la Iglesia:

«Su oposición a las tendencias reformistas no era la simple expresión de su conservadurismo o de sus preferencias estéticas. Estaba basada en algo más profundo. Pensaba que, en su larga historia, la Iglesia había desarrollado una liturgia que permitía al hombre corriente y sensual (en oposición al santo, que queda al margen de cualquier generalización) acercarse a Dios y ser consciente de la santidad y de la divinidad. Echar por tierra todo eso con la excusa de actualizarse le parecía no solo una tontería, sino también peligroso… no soportaba pensar en una liturgia modernizada. Si se afina esa cuerda, pensaba él, se perderá la fe… El que su miedo estuviera o no justificado solo la ineludible sentencia del tiempo lo podrá demostrar».

***

La principal obra de Evelyn Waugh es Retorno a Brideshead. Relata, como el subtítulo lo indica, las memorias sagradas y profanas del capitán Charles Ryder, un artista que ha sido incorporado al ejército británico con motivo la Segunda Guerra mundial. Es una novela con un profundo trasfondo teológico. Es la caída de una familia católica derrumbada por el pecado y levantada por la misericordia de Dios.

Hacia el final del libro, el protagonista, que es agnóstico, percibiendo la fuerza de la gracia agolpándose en el alma de su amante, Julia Flyte (y las consecuencias “catastróficas” que la conversión de ella traería para él mismo), dice lo siguiente:

«Me asaltó otra imagen: una cabaña ártica y un trampero solitario, con sus pieles, su lámpara de aceite y su fuego de leña, todo seco, ordenado y caliente adentro, y afuera el rugido de la última ventisca del invierno, y la nieve que se amontona contra la puerta. En completo silencio, un gran peso se va acumulando contra los maderos; el pestillo se deforma en su agujero; minuto a minuto, en la oscuridad del exterior, la pila blanca va sellando la puerta, hasta que muy pronto, cuando se calma el viento, sale el sol sobre las pendientes heladas y llega el deshielo, un bloque se mueve en lo alto, resbala, titubea y cobra fuerzas, hasta que la falda entera de la colina parece estar desmoronándose y el pequeño refugio iluminado se abre, partido en mil pedazos, y rueda cuesta abajo en el alud para ir a parar al fondo del barranco».

La imagen es bellísima en su elocuencia, como expresión literaria de aquellas gracias irresistibles que a veces Dios envía sobre las almas escogidas. Cuando el padre de Julia se convierte en su lecho de muerte y la conversión termina de obrarse en ella, Charles Ryder dice:

«El alud había caído, dejando tras sí la ladera desnuda. Los últimos ecos se desvanecieron entre las colinas blancas. El nuevo montón de nieve destellaba y permanecía inmóvil en el valle silencioso».

Quiera Dios enviar sobre su Iglesia un alud de nieve de esta naturaleza, como aquél que el domingo de Pascua visitó la vida atormentada de nuestro autor, devolviéndole el gozo de la belleza de la Misa católica, y haciéndolo morir de alegría.

La historia de Evelyn Waugh se repite en muchas otras personas que, de una u otra forma, supieron captar la enorme devastación espiritual que ha significado, en la práctica, la introducción del nuevo Rito de la Misa, el Novus Ordo (1969). En él han prevalecido —más allá de lo que dicen sus rúbricas que habitualmente no se cumplen—, los elementos de ruptura por sobre los de continuidad, y en vez de acercar a las personas a Dios ha vaciado las Iglesias. Estoy seguro de que este gran escritor habría sido muy feliz al ver el resurgimiento pequeño pero significativo que representa la juventud peregrina de Chartres, Covadonga y Buenos Aires, así como el crecimiento cada vez mayor de personas que descubren y aman el Rito tradicional como expresión inequívoca de la extraordinaria belleza de la fe católica.

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