Una reseña del libro de Marion Dapsance “El budismo de los budistas”

Desde la asamblea fundacional de EEChO en 2007 se propuso abordar también los espiritualismos –“también” porque, en lo que respecta a las desviaciones fundamentales de la fe, la primera preocupación era el mesianismo bajo su forma islámica: muchos miembros fundadores eran cristianos de Oriente, incluido el primer presidente de la asociación, Pierre Eid. Siendo esto así, en 2008, debido a los descubrimientos relacionados con el acantilado de Lianyungang en China, se dieron los primeros pasos para abrir una nueva comprensión del budismo y los otros espiritualismos.
El libro de Marion Dapsance Le bouddhisme des bouddhistes: la véritable religion des Asiatiques [El budismo de los budistas: la verdadera religión de los asiáticos], Éditions du Cerf, enero de 2024, es un nuevo hito [en ese camino].
La autora ya ha publicado dos libros sobre el budismo (véase aquí). Véase también:
https://www.eecho.fr/bouddha-lequel-ou-quand/
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El budismo de los budistas, de Marion Dapsance
Reseña de Marion Duvauchel
Quienes se cansan de una erudición pesada que no hace más que parir un minúsculo roedor quedarán encantados con la obra de Marion Dapsance. La proporción entre ideas y erudición está perfectamente equilibrada, y se nos presenta al bebé desde la introducción: fueron los estudiosos occidentales quienes definieron qué era el budismo. Ella no es la única en afirmarlo; esto se dice un poco aquí y allá, pero no mucho, y en cualquier caso no lo suficiente.
Marion Dapsance dice claramente, sin exagerar, que el budismo no es lo que se nos presenta [como tal]. Pero entonces, ¿qué es el budismo?
¡Es magia! En el budismo, se trata de adquirir poderes mágicos. ¿Cómo? “Mediante rituales de posesión controlada a través de un protocolo preciso” (p. 132), algunos de los cuales son descritos de manera detallada. El budismo consiste en rituales mágico-religiosos destinados a adquirir poderes superiores a lo normal que se supone que están en poder de los demonios y, por lo tanto, son accesibles a los hombres siempre y cuando domestiquen a esos demonios.
Como indica el subtítulo del libro, esta es la verdadera religión de los asiáticos.
La autora no se limita a hacer un simple inventario de esos rituales; organiza su descripción y análisis en capítulos progresivos, hasta los más “negros”: el culto a las reliquias, el culto del icono viviente, el camino de los superpoderes, la deificación como medio de despertar, por mencionar solo los más sugerentes. Y, finalmente, los rituales que llevan al extremo esta lógica destructiva: la visualización y la “contemplación” que conducen a la automomificación.
Desde sus inicios, por lo tanto, el budismo no ha tenido mucho en común con la espiritualidad aséptica del Buda protovictoriano (para retomar la expresión de M. Strickmann). El budismo es un “ritual”, no una espiritualidad fusionada con una ascesis moldeable o modulable a voluntad en aras de un bienestar imaginario o de “la paz del alma” (este tipo de sincretismo terapéutico que da a la sofrología y las prácticas afines a ella un aura de espiritualidad genuina). Y la idea de una desigualdad jerárquica entre los hombres también ha formado parte de la doctrina [budista] desde el principio.
Ya se sospechaba que existían rituales extraños, por decirlo de modo eufemístico. Empero, el orientalismo los había atribuido a formas aberrantes y tardías, agregadas a un budismo primitivo considerado el único verdadero; o bien había asociado al budismo tibetano las prácticas que difícilmente encajaban con la figura de Buda Shakyamuni y su camino de salvación y de sabiduría.
Ahora bien, estos rituales pueden ciertamente tener una historia, y la mayoría de las veces podemos conocerla, pero ellos son intrínsecos al budismo. En otras palabras, desde muy temprano existió allí todo un universo de supersticiones y de prácticas nocivas, junto con el comercio generalmente asociado a ello: talismanes y amuletos de todo tipo. Porque cuando uno cree en los demonios, también quiere y necesita protegerse de ellos.
Entre estos rituales, hagamos un zoom sobre los llamados “rituales de destrucción del yo”. Se sabe que, según la doctrina admitida —la doxa budista—, se debe destruir el “yo”. El “yo” de los budistas no es más que un “conjunto de elementos físicos y agregados psíquicos cuyo origen es una causa que, a su vez, tiene una causa antecedente” de orden y origen kármicos. Este yo budista es, de alguna manera, el servidor de la zona kármica que encadena al hombre (¿acaso queda algo del hombre en todo esto?) al ciclo del samsara y de las transmigraciones interminables, y así durante kalpas [ciclos del cosmos] y kalpas. En otras palabras, una eternidad.
Estos rituales particulares de destrucción del yo testimonian una realidad que Marion Dapsance subraya con razón: suscitan angustia, y esta angustia alimenta el deseo de escapar de este yo y, por lo tanto, de meditar una y otra vez. Un encierro aterrador que conduce a un vértigo de autodestrucción, cuyo centro es la nada.
Abramos un paréntesis. El etnopsiquiatra Georges Devereux hizo una observación genial: “El yo no tiene límites; es un límite”. De forma análoga, el yo (el yo inteligente) funciona como la membrana elástica del sistema nervioso. Permite los intercambios con el mundo exterior y constituye un sistema de regulación de las entradas y salidas, así como de las amenazas o de lo que se percibe como tal. El “yo” es, por lo tanto, lo que permite y garantiza las relaciones: un sistema de control de estos intercambios, del que, por otra parte, podemos y debemos tomar el control. El yo tiene el control de este control. La mayoría de las veces queremos escapar de las conversaciones aburridas, pero la cortesía o la caridad también pueden llevarnos a no hacerlo. Es el control del control, en otras palabras, la inteligencia recta y libre que nos determina a cortar allí o a soportar a un pesado que necesita ser escuchado o consolado.
Los rituales de destrucción del yo revelan algo esencial del budismo: él destruye las relaciones destruyendo el polo que las permite, gobierna y regula.
Debemos seguir hasta el final la lógica absurda de estas prácticas de hechicería. El último de estos rituales, dentro de la estructura racional que los organiza (puesto que existe racionalidad dentro de esta locura), es el de la momificación para la venida del Buda Maitreya (el Buda que sustenta la escatología budista). El budismo (y el budista) deben enfrentarse a la cuestión de la muerte. Esta es, junto con la idea del tiempo (y la de la temporalidad), la prueba más formidable para el espíritu humano, y es incluso un escándalo para él. Uno de los rituales budistas incluye una etapa que ninguna persona cuerda podría no juzgar atroz: se trata, entre otras cosas, de visualizar de modo prolongado cadáveres en descomposición.
Esta obra nos proporciona la descripción de un conjunto coherente y progresivo de rituales de muerte, desde aquellos que muestran cómo hacer pactos con demonios —por los métodos conocidos y descritos por los antropólogos especialistas en chamanismo, en particular la posesión— hasta aquellos a cuyos practicantes la Biblia califica de “fornicadores de la nada”.
Sin duda, la obra exigió a su autora verdadero coraje, en primer lugar coraje intelectual, porque desafía el conocimiento [generalmente] admitido sobre el budismo; pero también coraje espiritual, el de adentrarse en un mundo repulsivo para el alma y el corazón humanos. La Sra. Dapsance nos ofrece un material notablemente bien descrito y analizado, junto con una perspectiva innovadora.
Para comprender fenómenos de este tipo, ¿basta con la sola luz de la razón antropológica e histórica? No estoy segura. Se requiere otra luz, superior. Pero bajo esa luz, nuestras almas probablemente se estremecerían de horror, y tal vez nuestra inteligencia retrocedería. Aun así, habrá que intentarlo.
En cuanto a algo más secundario, atribuir la responsabilidad de la construcción del budismo orientalista a Eugène Burnouf no es del todo exacto. Cuando él recibió los documentos sánscritos enviados por Hodgson, dedicó tres años a leer o descifrar este material totalmente nuevo, disponiendo solo de un escaso léxico religioso heredado de los primeros indólogos. Estaba solo frente a esta tarea titánica: Jacquet, el otro gran experto de la época, acababa de fallecer prematuramente. La distinción que Burnouf estableció entre los dos tipos de sutras (los simples y los complejos) es sin duda errónea, pero correspondió a las generaciones posteriores de orientalistas corregirla. Sin embargo, ellas sobre todo instrumentalizaron la investigación sobre el budismo con fines de prestigio académico, y la responsabilidad de la invención de este budismo “primitivo” recae principalmente en el “clan” Lévi-Filliozat-Foucher, que además esterilizó toda la investigación posterior, incluso después del descubrimiento del budismo de Asia Central.
El budismo de los budistas es un libro recomendable para todos aquellos que aún creen ingenuamente en ese Buda idealizado que sonríe dichosamente (o tontamente) en jardines o clínicas de fisioterapia, y que imaginan que la meditación, trascendental o no, les va a aportar la paz del alma. En realidad, ella no hace más que anestesiarla, lo que constituye una muerte tranquila. San Agustín percibió esto en su época (en su análisis del estoicismo y del epicureísmo) y consideró esta anestesia del alma como un crimen.
Dado que la Sra. Dapsance nos proporciona las pruebas para afirmarlo, digámoslo [claramente]: el budismo es una religión criminal.
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Marion Dapsance es doctora en antropología por la École Pratique des Hautes Études [la Escuela Práctica de Estudios Superiores, de la Universidad de la Sorbona de París] y enseñó historia del budismo en Occidente en la Universidad de Columbia (Nueva York). Ha publicado varios libros, entre ellos Alexandra David-Neel: la invención de un mito.
Fuente: https://www.eecho.fr/parution-le-bouddhisme-des-bouddhistes/
Artículo de fecha 02/02/2024 traducido al español por Daniel Iglesias Grèzes.
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2 comentarios
De todas maneras como afirmación contundente así, de entrada, en el artículo, me parece un poco torpe.
Aplicable, eso sí, al budismo tibetano, sincretismo de religión y magia, según tengo entendido.
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DIG: No hay peor ciego que el que no quiere ver...
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DIG: El hecho de que esa "religión" busque la destrucción del yo es suficiente para tacharla de criminal.
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