17.08.21

(484) Globalización del matrimonio

El P. Castellani, en sus muy cabales Domingueras prédicas, concretamente en el sermón del domingo de epifanía, 1966, nos advierte de algo que ya se estaba viendo venir, o que al menos él y otras mentes lúcidas lo estaban avistando:

«Es que ha acontecido un fenómeno nuevo en el mundo, una plasmación de una especie de Catolicidad falsificada; es decir, los hombres de hoy están queriendo inventarse una religión universal, no solamente fuera de la Católica sino aun contra la Católica; y el historiador inglés Toynbee (que si quieren aburrirse pueden leer en “La Nación” de los Domingos) predica que esa religión debe inventarse y que indefectiblemente será inventada; y con él muchísimos otros. A mí me parece verla formarse ante mis ojos; pero ese parecer mío no podría comunicar sin escribir un libro.

¿Por qué debe inventarse? Porque simplemente no se puede hacer un Imperio Mundial, una unificación del mundo sin un cemento unificante de índole religiosa; y un gran Imperio Mundial es anhelado y exigido por una gran parte del mundo actual» 

Las predicciones se están cumpliendo. Constatamos, no sólo, que la Iglesia contemporánea está implicada en la construcción de esta nueva civilización universal de amor fraterno, sino que se dan pasos en el desenfoque doctrinal de la fe católica, para, desdibujada, aproximarla a esa religión global.

También ocurre esto con el matrimonio, y lo comprobamos en Amoris laetitia. La manera de hablar del matrimonio en esta exhortación postsinodal, tiende, en clave personalista, a 1º identificarlo con el amor adámico en general; 2º desacramentarlo y desenfocarlo; y 3º globalizarlo para que entre a formar parte de esa religión fraterna planetaria. Veamos sólo algunos pasajes.

En el n. 36 de AL se dice de la doctrina cristiana del matrimonio que no es real, sino ideal y artificial:

«Otras veces, hemos presentado un ideal teológico del matrimonio demasiado abstracto, casi artificiosamente construido, lejano de la situación concreta y de las posibilidades efectivas de las familias reales»

En el n.37 de AL se habla del matrimonio no como algo que es sino como un proyecto cambiante en función de la conciencia subjetiva:

«Tenemos dificultad para presentar al matrimonio más como un camino dinámico de desarrollo y realización que como un peso a soportar toda la vida. También nos cuesta dejar espacio a la conciencia de los fieles, que muchas veces responden lo mejor posible al Evangelio en medio de sus límites y pueden desarrollar su propio discernimiento ante situaciones donde se rompen todos los esquemas»

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11.08.21

(483) Que el matrimonio es una realidad, no un ideal

Paráfrasis 2

«Para evitar cualquier interpretación desviada, recuerdo que de ninguna manera la Iglesia debe renunciar a proponer el ideal pleno del matrimonio» (Amoris laetitia, n. 307)

Una cosa es ideal si, como dice el Diccionario de la RAE, «no existe sino en el pensamiento». El matrimonio perfecto y santo, sin embargo, no es algo ideal, sino real, y ordinariamente posible por la gracia divina.

En este pasaje y otros similares se da a entender que el matrimonio cristiano, aun siendo una idea, no debe dejar de proponerse, pues es un ideal pleno, un “proyecto” divino. El adjetivo pleno, en verdad, es redundante, pues otra acepción de ideal incide en eso, en su carácter de tipo; las ideas no son de este mundo, sino del suprasensible.

Tenemos entonces una visión idealista del matrimonio: sería algo tan inalcanzable que sólo existiría en la mente de los pastores; éstos, para sentir con el pueblo, deberían tenerlo en cuenta. El matrimonio no existiría sino, digamos, como proyecto, pero no como realidad; convendría entonces tener manga ancha y considerar que lo real no es lo ideal, que hay límites, que hay debilidades en la gente de carne y hueso. En la vida real sólo existirían aproximaciones, y en éstas, semillas de matrimonio, como semillas del Verbo en las falsas religiones. 

Las consecuencias de esta idealización del matrimonio son más graves de lo que parece. Porque si el matrimonio, se entiende que cristiano, es sólo un ideal que debe ser propuesto, entonces, digámoslo claro, la gracia no sería eficaz y sería innecesario que Cristo hubiera elevado el matrimonio a sacramento.

Pero si la gracia es eficaz, como de hecho lo es, entonces un matrimonio puede ser cristiano y santo, puede ser una realidad perfecta; la gracia puede cambiar realmente el corazón de los conyuges, puede auxiliarles de verdad en su camino, elevar la institución matrimonial a ser imagen REAL de la unión indisoluble de Cristo con su Iglesia.

Cuando los cónyuges están en estado de gracia, las acciones propias de su estado de vida son meritorias y adquieren un valor infinito. El matrimonio cristiano puede entonces ser realmente perfecto. ¡Nada de ser algo que sólo existe en la mente de la Iglesia!

Pero si la vida matrimonial se presenta como un ideal, entonces los pecados contra el matrimonio, como el adulterio, no parecen tan graves, sino inevitables, y quedan atenuados; la fidelidad sería sólo un valor modélico a proponer. Y si el pecado es lo normal, dado el idealismo de la vida matrimonial, ¿por qué no se podría estar en gracia y adulterando al mismo tiempo? Sería cuestión de discernir el grado de aproximación a lo ideal, para ser más comprensivos con lo inevitable.

En toda esta idealización del matrimonio hay una desconfianza grande en la eficacia de los sacramentos y en el poder de la gracia. Es lo propio en tiempos de pelagianismo global. Los esposos cristianos, sin embargo, sabedores por la fe de que todo lo pueden en Aquel que conforta su vida en común, han de vivir su matrimonio a la luz de la eficacia de la gracia, acudiendo para ello regularmente al sacramento de la penitencia y comulgando al Señor.

Configurados con Cristo, los esposos viven la realidad perfecta de la unidad del Hijo del Hombre con su Iglesia, y la representan en su unión esponsal, como figuras vivas del orden sobrenatural. Orden gratuito y elevado, supuesto el natural, que es tan real como que dos y dos son cuatro.

 

1.08.21

(482) No puede comulgar

Recuerda certeramente Castellani, en sus Domingueras prédicas, «que las cosas malas no son malas porque Dios las prohiba, sino que Dios las prohibe porque son malas». Con esta máxima precisa nos previene del error de los nominalistas, que entienden que en Dios hay potencia absoluta, esto es, que puede tanto el bien como el mal, y que basta su voluntad para que una cosa mala sea buena y una buena mala. No. No es como dicen los nominalistas. Las cosas malas son malas, por eso Dios las prohibe, y si un tipo se empeña en ellas hasta su último momento, Dios le condena y castiga.

Todo lo bueno que debe hacerse, puede hacerse, por muy difícil que parezca, en Aquel que nos conforta (Cf. Fil 4, 13)

Es un indicio de ceguera de mente colectiva, que tantos católicos piensen que pueda ser voluntad de Dios que uno haga lo que a Dios ofende. Porque, dicen, dado que supuestamente no puede actuar de otra manera, hace el mal porque no puede hacer el bien. Es una blasfemia como la copa de un pino, y un determinismo ofensivo a los oídos católicos. 

Parece que muchos, muchos católicos, pensando de esta manera, engañados por malos textos docentes y malas predicaciones, viven como si Dios no existiera. Hay que decir bien alto, sin embargo, que Dios no niega su gracia a quien, movido por ella, la pide sinceramente, y que porque siempre es posible un acto de virtud, Dios premia a los buenos y castiga a los malos.

Así que todo aquel que viva con vana presunción, confiando en la misericordia de Dios y al mismo tiempo obstinándose en el pecado, vive ciego y es un insensato.

En la misma obra, dice Castellani:  «Pero esa cuestión de si Ateo Fulano tiene culpa o no, pertenece a Dios, que es el único que penetra en el fondo de los corazones; para nosotros es una cuestión ociosa». Lo mismo vale para el adulterio. Si el adúltero Mengano es muy culpable o poco culpable, pertenece a Dios saberlo, que es el único que puede penetrar en su corazón. Para la Iglesia es una cuestión ociosa. Lo que sí sabemos es que el adulterio es un pecado intrínsecamente malo y que Dios lo aborrece y jamás quiere positivamente que alguien adultere. Como tampoco quiere positivamente que nadie adultere con falsos ídolos, es decir, tenga falsas religiones por verdaderas.

Por eso la negativa de comunión a los que viven en adulterio público y permanente no se basa en el grado de culpabilidad interior de los adúlteros (juicio reservado a Dios), sino en la evidencia objetiva de la contradicción en que viven, que repugna a la unión de Cristo y su Iglesia y es mala en sí misma. Sí, el adulterio, al margen del grado de culpabilidad subjetiva de los adúlteros, agrede la unidad indisoluble de Cristo y su Iglesia, imagen viva del matrimonio y está mal. Y por eso si un tipo casado vive con una que no es su mujer, no puede comulgar, porque su forma de vida aborrece, por sí misma, al margen de la subjetividad personal de cada sujeto, aborrece, digo, la vida sobrenatural con que Cristo eleva el matrimonio, vida de unión reflejada en su unidad indisoluble con la Iglesia.

Dios no es potencia desordenada. Dios no quiere el mal. Dios quiere el bien, Dios quiere que el matrimonio ejemplarice la unidad que tiene con su Iglesia, que ES la católica; y para eso da la gracia, para eso hace del matrimonio un sacramento. Quien no cree posible la fidelidad al propio cónyuge, no cree, primero, en el sacramento del matrimonio, ni, segundo, en la eficacia de la gracia. Por ello, más allá del grado de culpabilidad que se tenga, quien permanece en adulterio no puede comulgar.

 

25.07.21

(481) Pecado y situación irregular

Paráfrasis 1

«Para entender de manera adecuada por qué es posible y necesario un discernimiento especial en algunas situaciones llamadas “irregulares"» (Amoris laetitia, n. 301)

Es habitual en la teología moral contemporánea sustituir el concepto de pecado por el término más convencional de situación irregular. La nueva expresión, sin embargo, no es neutra. Es un término de procedencia administrativista, que añade la semántica del convencionalismo a los conceptos morales.

De esta manera, una norma es convencional cuando es independiente del orden moral, y está fundamentada en un convenio consensuado o pacto local o costumbre mayoritaria, o incluso en la sola voluntad del legislador.

Su infracción, por regla general, no supone culpa moral sino mera sanción administrativa. La infracción de la “norma” de no adulterar, por ejemplo, bajo este punto de vista, no constituiría pecado, sino sólo situación irregular en el ordenamiento administrativo. 

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19.07.21

(480) Que el Reino de Dios no es el mundo moderno


«Es imposible que en alguno reine la gloria de Dios sin que primero haya reinado en él su gracia» (Catecismo Romano, Parte IV, cap. XI, n.11)

1

La expresión Reino de Dios o de los Cielos tiene varias acepciones. El Catecismo Romano nos informa de varias (Parte IV, cap. XI):

la soberanía y providencia de Dios (n. 7), el reino de la gracia —reinado de Cristo sobre los justos (ns.8-9), que ha de preceder necesariamente al reino de la gloria (ns.10-11), y sobre todo, «el Reino de Cristo, que es la Iglesia» (n. 12).

Lo que se pide, entonces, al decir Venga a nosotros tu Reino, es que la Iglesia, Reino de Cristo, se expanda e ingresen en ella, para poder salvarse, los que están fuera u opinadamente en contra, —infieles, cismáticos y herejes—; para que, como explica el Catecismo Romano, n.12, «vuelvan a la sanidad y a la comunión de la Iglesia, de la que se apartaron».

Pedimos, también, que vuelvan los pecadores a la gracia de Dios (n. 13), cuyo reino es la Iglesia de Cristo, que ES la Iglesia católica.

Para los heterodoxos, que muestran una «fe desfigurada» (n. 13), en quienes habita el demonio como en su propio domicilio (Cf., n. 13) pedimos que venga el Reino de Dios, es decir, que se arrepientan y vuelvan al redil de la doctrina de Cristo. 

 

2

La exposición del catecismo de San Pío X es muy precisa: «294.- ¿Qué entendemos por REINO DE DIOS? - Por reino de Dios entendemos un triple reino espiritual: el reino de Dios en nosotros, que es la gracia; el reino de Dios en la tierra, que es la Iglesia Católica, y el reino de Dios en el cielo, que es la bienaventuranza».

Esta precisión, desde los tiempos de la Pascendi, es piedra de tropiezo para los modernistas. Porque éstos, cegados por el pensamiento moderno, aborrecen incluso el grado de exactitud que Dios concede a nuestra inteligencia, y optan por un pensamiento vago e indefinido donde nada sea lo que es sino una cosa y también la contraria.

 

3

Un modelo de teólogo neomodernista, como de Lubac, dirá al respecto, en un contexto de reflexión eclesiológica: «Esta forma de “pensar” según la disyuntiva “o esto o aquello” es un procedimiento simplista y sectario, que deforma la realidad y engendra polémicas sin solución»(Henri DE LUBAC, Diálogo sobre el Vaticano II, BAC Popular, 1985, pág. 49). Y es que los neoteólogos rechazan el pensamiento exacto y preciso. No quieren una doctrina que signifique una cosa y no otra, sino que sea misteriosa o paradójica o contrastante o sinfónica, es decir, lo suficientemente indefinida o amplia como para poder incluir en ella conceptos contradictorios, siempre y cuando no sean cacofónicos, como pide Hans Urs von Balthasar a lo largo de las vagas y confusas páginas de La verdad es sinfónica.

En este caso es Henri de Lubac el que apuesta por una doctrina equívoca, en que no se afirme explícitamente que una cosa es esto y no aquello. Le parece simplista y sectario, como al pensamiento moderno le parece simplista y sectaria la escolástica tomista. Y como los neoteólogos tienen un concepto misteriosista y antiintelectualista de la realidad, los conceptos perfilados y lógicamente claros les resultan irreales, racionalistas y en exceso beligerantes. Para muchos neocatólicos modernizantes, San Agustín y Platón son buenos, Santo Tomás y Aristóteles son malos. Bah.

En verdad, la Nueva Teología no admite definiciones precisas porque lo preciso les parece insolidario y antiecuménico. Prefieren diluir el principio de contradicción para sostener posturas contradictorias, que denominan paradojas, o contrastes, como quiere Guardini. Hoy vale una cosa y mañana la contraria y no hay problema en ello, todo lo traga una voluntad disciplinada y dispuesta.

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