Antoine-Laurent de Lavoisier

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Primeros años y formación

Antoine-Laurent de Lavoisier nació en París el 26 de agosto de 1743, siendo bautizado ese mismo día en la iglesia de Saint-Merry de la misma ciudad. Era hijo del abogado Jean-Antoine de Lavoisier, y de Emile Punctis, hija de un jurista, que falleció cuando el pequeño tenía solo cinco años. Ambos eran devotos católicos que educaron a su hijo en la fe cristiana, que él profesaría con constancia toda su vida. A los doce años, en 1754, inició sus estudios generales en el Colegio de las Cuatro Naciones, donde mostró un enorme interés por las ciencias naturales. Tras obtener su título tras nueve años de estudios, hizo la carrera de Derecho a petición de su padre (que ejercía de procurador en el Parlamento de París, en aquella época un tribunal de apelación, no una cámara legislativa), obteniendo su título de abogado en 1764.

Más interesado en las ciencias naturales que en las leyes, durante sus estudios había asistido a cursos de física, química, geología, zoología, botánica, meteorología o mineralogía con algunos de los más famosos sabios de la Universidad de París en su tiempo. Se hizo adepto al método experimental postulado en aquella época por Étienne de Condillac, y su primer ensayo versó sobre la hidratación del yeso en polvo para obtener yeso cristalizado, tema de su conferencia de 1764 en la Academia de Ciencia.

Jean-Antoine hubo de resignarse a la vocación de su hijo (que jamás ejerció como abogado) cuando al año siguiente, en 1766, su proyecto para iluminar los teatros de París fue premiado con la medalla de oro otorgada por la corona. Incorporado como ayudante al prestigioso naturalista y profesor universitario Jean Étienne Guettard, estuvo cinco meses con su maestro dibujando un mapa geológico y mineralógico de la región de los Vosgos, en la Lorena, en 1767, para su “Atlas mineralógico de Francia”. Colaboró con su maestro hasta 1780.

El 18 de mayo de 1768, patrocinado por el físico Duhamel de Monceau, fue elegido miembro de la Real Academia de Ciencias de Francia, que le encargó los informes sobre aplicaciones industriales de la química que se le solicitaban a la entidad. Ese año se centró en un proyecto para el diseño de un acueducto para llevar agua dulce del río Yvette a París. Al no realizarse la construcción, estudió los modos de purificar el agua del Sena.

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Trabajo como recaudador de impuestos y matrimonio

En 1770, y gracias a las relaciones de su padre, Antoine-Laurent obtuvo el cargo de recaudador de impuestos en la oficina de peajes de la ciudad de París, entrando a formar parte del consejo de administración de la Ferme Générale (concesión estatal para la recaudación de impuestos). En ese cargo empleó la modernísima y precisa balanza, destinada a detectar fraudes en el peso, para obtener pesos moleculares de gases con una precisión sin precedentes. Al año siguiente, otro de los socios de la Ferme, Jacques Paulze, le preguntó si estaría dispuesto a casarse con su hija Marie-Anne Pierrette, de apenas 14 años. Había sido pedida en matrimonio por el añoso conde de Amerval, que tenía mucha influencia en el interventor general de finanzas (y por tanto, responsable de la concesión estatal), el abate Terray, tío del propio Paulze. El novio desagradaba tanto a la hija como al padre, pero este temía que su tío le castigase retirándole la concesión si no aceptaba, de ahí la maniobra de casarla con otro más adecuado a su gusto. Antoine aceptó, y el 16 de diciembre de 1771, contando 28 años, De Lavoisier contrajo matrimonio con Marie-Anne en la capilla del Hôtel des Finances (la oficina de impuestos), oficiando el propio abate Terray, que ponía así fin a la conflictiva situación. De Lavoisier recibió 21.000 reales de dote y asumió la dirección de la “administración de Pólvora y salitre”, residiendo con su esposa en la vivienda oficial en el arsenal, en cuyo ático instaló un laboratorio, con el que dio el impulso definitivo a su carrera como investigador experimental.

Marie-Anne Paulze era una muchacha culta, muy bien formada, con una ávida curiosidad por la ciencias naturales y una gran habilidad en el dibujo, habiendo sido discípula del afamado pintor neoclásico Jacques-Louis David. No se limitó a ser esposa, sino que se convirtió en ayudante de Antoine, tomando notas de sus experimentos, traduciendo para él del inglés diversos tratados químicos, particularmente el “Ensayo sobre el flogisto” de Richard Kirwan y la importante obra de Joseph Priestley, creador del agua carbonatada. Igualmente, sus dibujos sirvieron como ilustraciones de las memorias de Lavoisier.

El matrimonio nunca tuvo hijos.

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Descubrimiento de la combustión por oxígeno y descarte de la teoría del flogisto por De Lavoisier

En 1772, De Lavoisier inició una investigación sobre la combustión que le llevó varios años. Replicando en 1773 los experimentos del químico escocés Joseph Black (descubridor del dióxido de carbono) comprobó que los metales cuando quemaban ganaban masa, no la perdían, descalificando la explicación proporcionada por la teoría del flogisto para la combustión. Atribuyó este fenómeno a la absorción del llamado “aire fijo” descrito por Black, dejando de lado la explicación basada únicamente en los cambios en el material sólido de combustión. Publicó estos resultados en Opuscules physiques et chimiques al año siguiente.

Desde 1667, postulado por el químico alemán Johann Becher y articulada como teoría científica por George Stahl, se empleaba en química un compuesto hipotético sin peso llamado flogisto (“inflamable” en griego), asociado a la materia, que explicaba el proceso químico de combustión y la pérdida de peso que sufrían los materiales al quemarse. Era una variable ignota que se empleaba como “comodín” en las fórmulas sobre la inflamación de la materia, y cuya existencia real nunca se había podido demostrar.

En octubre de 1774, De Lavoisier se reunió en París con el propio Priestley, el mayor paladín de la teoría flogística en la época, ante el que resolvó el problema de la calcinación del óxido de mercurio por medio de un ingenioso dispositivo de su invención que demostraba la emisión de un gas desconocido durante el proceso. Priestley atribuyó el resultado a un nuevo compuesto que llamó “aire desflogistizado”, que se combinaría con más flogisto para mantener la combustión más tiempo.

En su Memoria de Pascua, presentada en la Academia de Ciencias de París el 26 de abril de 1775, De Lavoisier demostró que al quemar carbón vegetal se liberaba “aire fijo”, producido por la combustión de carbono en presencia del “aire desflogistizado” postulado pode Priestley. Es decir, la combustión se producía en contacto con determinados gases, y que la ganancia (o pérdida) de volumen del material durante la combustión repercutía en una disminución o ganancia del gas de combustión, manteniendo el equilibrio en el resultado final de la formula. A ese misterioso “aire fijo” le llamó entonces “aire vital” en las Réflexions sur le phlogistique, pour servir de suite à la théorie de la combustion et de la calcination, publicada en 1777.

En los siguientes años avanzó rápidamente en la descripción del aire. En 1777 leyó ante la Academia de Ciencias un informe sobre la fisiología de la respiración. En 1778 publicó “Sobre la combustión en general” y “Consideraciones generales sobre la naturaleza de los ácidos”, en los que demostraba que el “aire vital” era una fuente de acidez. En 1779, a ese aire vital acidificante lo llamó oxígeno (de la palabra griega que significa precisamente “acidificante” o “generador de ácido”), y llamó nitrógeno al componente del aire que no era oxígeno, siendo el creador de la nomenclatura de ambos elementos, amén de su primer descriptor.

Poco después, junto a Laplace, demostró experimentalmente la existencia del “aire inflamable” descrito por Herny Cavendish, al que denominó hidrógeno (“creador de agua” en griego). Todos estos experimentos alumbraron por primera vez el hecho de que los elementos podían cambiar de estado según la presión y temperatura ambientes. Había derribado la formulación aristotélica de los elementos como inmutables, y abierto todo un nuevo paradigma a la investigación química.

En 1780 demostró el papel del O2 en la respiración de animales y plantas. En 1783 entregó a la Academia de Ciencias un trabajo (llamado “Reflexiones sobre el flogisto”) que resumía todos sus avances sobre la combustión por gases, que fue publicado oficialmente por esta en 1786.

Con este descubrimiento, la teoría del flogisto fue abandonada paulatinamente por todos los autores en los años siguientes, cuando otros químicos replicaban sus experimentos obteniendo los mismos resultados. Es por ese motivo por el que a Antoine de Lavoisier se le ha llamado “el padre de la quimica moderna”, arrumbando definitivamente la alquimia al campo de las especulaciones filosóficas. Su fama en los círculos científicos de la época se hizo inmensa, e incluso entre el común se hizo corriente su nombre como ejemplo de sabio brillante y hombre eminente de Francia.

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Trabajo en la institución de pólvora y salitre

Durante esta etapa de reconocimiento, DE Lavoisier siguió ganando prestigio también en la administración de la concesión pública Ferme Générale. El ministro reformista y fisiócrata Robert Jacques Turgot, apoyó una reforma del obsoleto sistema de superintendencia de la Ferme, y bajo la supervisión de De Lavoisier, aceptó la propuesta de uno de los administradores, llamado Faucheux, que condujo en 1775 a la creación de la “Real Autoridad de Pólvora y Salitre”, encargada de la gestión de la producción e imposición de esa industria, siendo De Lavoisier uno de sus regentes. Allí se encargó personalmente de la aplicación práctica de sus experimentos químicos. Bajo su dirección, en los siguientes años la Régie mejoró la calidad y cantidad en la producción de pólvora, extendió las aplicaciones del salitre de alta calidad al campo de la agroquímica (como fertilizante), y en conjunto convirtió las industrias químicas dependientes en financieramente muy rentables, lo cual en una corte perpétuamente endeudada como la francesa, fue recibido con enorme reconocimiento.

Ese mismo año, De Lavoisier se había opuesto al edicto liberalizador del precio del trigo decretado por Turgot, que condujo, tras dos años de malas cosechas, a un aumento exponencial del precio del grano, alimento básico de la mayoría de la población francesa (sobre todo de los menos pudientes), y a la postre, a la hambruna de los más pobres. Entre abril y mayo se produjeron una serie de revueltas, llamadas “la guerra de la harina” que obigaron al gobierno a volver a regular el precio y usar al ejército para restablecer el orden. Muchos historiadores consideran estas revueltas un caldo de cultivo para la posterior revolución de 1789. De Lavoisier también se opuso al plan del inspector de la casa de la Moneda, el ilustrado Nicolás de Condorcet, de gravar los buques mercantes según su tonelaje.

En 1778, murió Jean Antoine, y su hijo entró en posesión del castillo de Freschines (región de Blois) y sus tierras, donde decidió aplicar todos sus teorías sobre mejoramiento de tierras por medio de la agroquímica. Allí se convenció de que el humus no producía vegetación espontáneamente, sino que necesitaba sol y estiércol. Su granja se convirtió en un modelo experimental y el matrimonio De Lavoisier pasaba temporadas allí para controlar los progresos. Lo cierto es que, aunque efectivamente se logró mejorar la producción, nunca llegó a ser rentable.

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Otras investigaciones científicas

En 1779 inició una fructífera colaboración con el profesor de matemáticas (y académico, como él) Pierre-Simon de Laplace, precursor de la astronomía matemática y otro de los coautores del sistema métrico. También mantuvo amistad con otro matemático insigne, Joseph Louis Lagrange.

La principal ayudante de De Lavoisier fue su esposa Marie-Anne, que tras formarse en química con el académico Jean-Baptiste-Michel Bucquet, colaboró decisivamente con su marido en todos sus experimentos, y editó sus trabajos. Sin embargo, De Lavoisier también tuvo ayudantes y discípulos, como su amigo el matemático y fisiócrata hugonote Pierre Samuel Du Pont (que se convirtió en amante de Marie-Anne entre 1781 y 1798), o el médico Jean Noël Halle. Probablemente, su discípulo más importante fue Claude Louis Berhollet, inventor del hipoclorito de sodio, es decir, la lejía. En realidad, por su laboratorio privado pasaron muchos investigadores a los que cedió generosamente sus instrumentos para que pudieran proseguir sus investigaciones, en aquella epoca caras y raramente financiadas por mecenas.

En 1780 investigó y publicó una recomendación para mejorar las condiciones insalubres de las prisiones de París, pero esta fue ignorada.

En 1784 formó parte de una comisión designada por el rey Luis XVI para estudiar las aplicaciones prácticas del magnetismo animal. Entre sus miembros estaba el naturalista y político Benjamin Franklin, por entonces embajador de los Estados Unidos de América en París.

En el ápice de su influencia y éxito, Marie-Anne encargó a su maestro Jacques-Louis David un retrato del matrimonio De Lavoisier, que se conserva en el Museo Metropolitano de Nueva York. El 16 de diciembre de 1788, el artista cobró de la pareja la fabulosa cifra de 7.000 libras. Les representó en una pose poco frecuente (la esposa de pie mirando al espectador y su marido sentado mirándola a ella) y rodeados de instrumentos de medición química (junto a él) y cuadernos de pintura (junto a ella).

En 1789, y gracias sobre todo al formidable trabajo editorial de su esposa, Lavoisier publicó su “tratado elemental de Química”, primer libro de texto de química moderna, donde postuló el principio de conservación de la masa durante los cambios de estado de la materia (con la célebre sentencia “nada se destruye ni se crea, todo se transforma”), así como una lista de elementos químicos y (junto a Berthollet) un nuevo sistema de nomenclatura (base del empleado actualmente), siendo considerado como su obra más influyente en el campo de la ciencia química. Marie-Anne ilustró profusa y exactamente todos los equipos y metodología empleados, lo que permitió que otros investigadores reprodujeran con exactitud sus experimentos y los confirmaran.

No hay que olvidar que a partir de 1780, junto a Laplace investigó también ampliamente sobre la fisiología de la respiración como “oxidación rápida” equivalente a la combustión. Ambos demostraron que la respiración es un paso de la termogénesis necesario para la homeostasis. Sus experimentos fueron continuados en 1789 por el ingeniero Armand Seguin, y Lavoisier es considerado también uno de los precursores de la fisiología moderna.

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La Revolución francesa

Cuando Luis XVI convocó los Estados Generales en noviembre de 1788, buscando ayuda para lidiar con una nueva bancarrota de la corona, los principales del distrito de Blois escogieron al prestigioso Antoine De Lavoisier como representante de la nobleza en sustitución de su titular, el célebre Alexandre de Beauharnais. En la lista de agravios que presentar a los Estados, el químico agregó una introducción en la que reivindicaba el Bien Común (equiparado a la felicidad) como objetivo de toda institución social.

Una vez finalizada la monarquía absoluta e instaurada la Asamblea Constituyente, la primera provisión tomada por esta el 2 de noviembre de 1789 para remediar la monumental deuda pública fue la incautación de los bienes del clero (sin compensación), convertidos en bienes de la corona, o más propiamente “de la nación”. Eran sobre todo tierras e inmuebles, pero no fue posible emplearlos rápidamente para pagar la deuda, pues el líquido se limitaba a las monedas, cuya acuñación no era elástica. Cuando intentaron ponerse masivamente a la venta, provocaron una tremenda inflación.

De Lavoisier fue uno de los primeros que recomendó a la Asamblea, en otoño de 1789, la emisión de una moneda de descuento para facilitar la compra venta de bienes y el comercio. Basándose en esa idea, la Asamblea acabó aprobando el 21 de diciembre de 1789 la emisión de unos bonos al 5% llamados “asignados”, empleados para financiar la deuda y sostenidos con el valor de las ventas de bienes eclesiasticos.

En realidad, el aumento del gasto y la disminución de las ganancias previstas por la venta de los bienes incautados provocó que los “asignados” perdieran rápidamente valor. Ante el escaso interés que despertó su compra, el 27 de agosto de 1790 la Asamblea los convirtió en papel-moneda de curso legal y uso obligatorio. A lo largo del año siguiente su continua devaluación provocó una hiperinflación y el descrédito del Tesoro nacional. La crisis subsiguiente favoreció los sucesos de 1792 que acabaron conduciendo a la primera república francesa.

Antoine se convirtió en un ferviente partidario de la monarquía constitucional, votó junto a Beauharnais por la abolición de los privilegios feudales e incluso se quitó el aristocrático “De” de su apellido, firmando en lo sucesivo como “Antoine Lavoisier”. Inicialmente miembro del “Club Bretón” (germen del posterior partido de los jacobinos), se alejó de ellos por promover la Constitución civil del clero y su imposición a Luis XVI en julio 1790, pasando a formar parte de la rival “Sociedad de 1789”, de la que formaban parte Lafayette, La Rochefoucauld, Tayllerand, Sieyès o el propio Condorcet. Esta Sociedad no prosperó, y al año siguiente, tras los disturbios provocados por los jacobinos republicanos tras la huida del rey a Varennes, se unieron al gran movimiento monárquico constitucional llamado “Sociedad de amigos de la Constitución”, conocido popularmente como el Club Feuillants, por el nombre del convento donde se reunían.

La nueva Asamblea Legislativa del 1 de octubre de 1791 vio a una mayoría (aunque no absoluta) de los diputados adherir a los Feuillants. El rey Luis XVI eligió a los ministros entre sus miembros, y durante ese periodo Lavoisier, ya fuera de la asamblea, fue elegido como uno de los tres comisionados del Comité de Finanzas de la Convención, encargado de reformar el sistema de recaudación. En 1791 presidió la comisión establecida para uniformar el sistema de pesos y medidas, y que a instancias de Laplace recomendó el sistema métrico decimal aún hoy empleado; ese mismo año presentó un memorándum a la Asamblea “sobre la riqueza territorial del Reino de Francia” en la que basaba el “producto nacional neto” sobre los ingresos de los terratenientes. Consideraba en el a la ganadería como una actividad escasamente productiva, y cuyo principal beneficio era fertilizar los campos; se le atribuyó la frase de que “la ganadería es un mal necesario”. En 1792 envió a la Convención un proyecto de educación nacional.

Sin embargo, la división entre los Feuillants ante la guerra contra Austria y el descubrimiento de la correspondencia secreta de Luis XVI con las monarquías de la Primera Coalición antirrevolucionaria provocó la destitución del rey y la caída de los monárquicos constitucionalistas. El 21 de septiembre de 1792 se proclamó la Primera República Francesa. Como monárquico conocido, Lavoisier se apartó de cualquier cargo público y regresó a la vida privada y a sus investigaciones (llegó a redactar en 1793 un informe para la Academia de Ciencias sobre el ciclo de reducción-oxidación en la superficie terrestre en el que comparaba la fotosíntesis con la fermentación, pero no pudo presentarlo antes del cierre de la Academia por la Convención, acusada de estar “demasiado ligada al Antiguo Régimen”). Por desgracia para él, era demasiado conocido, y su nombre se había asociado muy fuertemente a la creación de los “asignados”, una moneda totalmente desprestigiada en ese momento, y que se creía (infundadamente) que había sido empleada por los monárquicos exiliados para poder sacar sus bienes de Francia.

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El Terror y la acusación a los administradores de la Ferme

Los primeros meses de la guerra fueron adversos en general a las fuerzas armadas francesas. En medio de un clima de suspicacia y fantasmas de traición, la facción más radical de los jacobinos (llamada “La Montaña”) revolucionarios y republicanos acérrimos, tomo el poder entre marzo y junio de 1793, instaurando el periodo denominado posteriormente en la historiografía como “el Terror” en el cual se impusieron con puño de hierro levas forzadas masivas para nutrir a los ejércitos franceses que combatían en las fronteras, y una represión interna brutal para eliminar enemigos reales o imaginados de la república.

El poder fue arrebatado a la Asamblea y entregado a dos comités, el de gobierno o “Comité de Salvación pública”, dominado por Maximilien Robespierre, y el “Comité de Seguridad general”, la policía política encargada de la persecución de sospechosos de apoyar la contrarrevolución. Fue la época de la suspensión de todos los derechos anteriormente promulgados so pretexto de “emergencia nacional”, y la instauración del “Tribunal criminal extraordinario”, un tribunal revolucionario sumarísimo que cebó las guillotinas por todo el territorio francés. La víctima más encumbrada fue naturalmente el propio Luis XVI, pero hubo masacres en diversas provincias, y en París persecución de numerosos señalados en las “listas negras”.

Antoine Lavoisier era uno de ellos. El diputado de la Montaña André Dupin de Beaumont, antiguo noble y empleado en la Ferme Géneralé (como el propio Lavoisier), fue elegido miembro del “Comité de examen de cuentas”, encargado de cerrar la misma Ferme (el estado había abolido las concesiones en impuestos) y liquidar sus cuentas. Las deudas agobiaban a Pierre-Joseph Cambon, el diputado encargado de las finanzas (una especie de ministro del tesoro) en el “Comité de Salvación pública”, y Dupin le persuadió de que las incompletas cuentas de la Ferme escondían desfalcos y desvio de dinero por parte de sus antiguos administradores, los recaudadores de impuestos, ahora convertidos en ricos propietarios.

En el ambiente del Terror, no hacía falta más. Alentados por Dupin, varios diputados exigieron desde la tribuna de la Convención que los administradores de la Ferme fuesen juzgados. El propio Cambon afirmó allí que los antiguos recaudadores de impuestos habían defraudado más de 200 millones de libras al erario público. Finalmente, el 27 de septiembre de 1793, la Asamblea encargó a Dupin y otros cinco antiguos empleados de la Ferme, reclutados por él, que documentasen los supuestos desfalcos para abrir juicio.

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Juicio y ejecución de Lavoisier

Los veinticuatro antiguos recaudadores, entre los que estaban Lavoisier y su suegro Paulze, fueron detenidos y encerrados en Port Libre el 28 de noviembre de 1793, acusados de desfalco, especulación de bienes públicos y traición a la patria, mientras se llevaba a cabo la instrucción, que duró cinco meses. Lavoisier preparó su propia defensa pero el tribunal, dispuesto a hacer un escarmiento público en tiempos difíciles a unos personajes en general mal vistos por la población, empleó todo tipo de procedimientos legales e ilegales para obtener el veredicto esperado.

El propio Dupin, que debía ser únicamente el instructor de la causa, se comportó como un acusador más, no especificó los cargos hasta prácticamente el final del proceso, y presionó al tribunal para que tomase como primera disposición la incautación de todos los bienes de los acusados (objetivo primordial del proceso). Los Lavoisier perdieron todas sus posesiones e incluso sus objetos personales, como los instrumentos del laboratorio de Antoine. El pliego de descargo con las explicaciones de Lavoisier no fue presentado al tribunal. No se delimitaron las responsabilidades personales de cada uno, sino que fueron juzgados como un cuerpo homogéneo. En pocas palabras, se trató de una escenificación de juicio para justificar un veredicto que (como es común en los tribunales revolucionarios) ya había sido previamente tomado.

Y de forma literal, pues posteriormente se supo que la redacción material del fallo tuvo lugar el 6 de mayo de 1794, mientras la vista del juicio se abrió tres días después. Fue presidido por Jean Baptiste Cofhinhal, un letrado abyecto y sectario, cuyo mayor mérito era ser acérrimo partidario de Robespierre. El juez negó a los acusados el derecho a hablar, obligándoles a responder con un simple “sí” o “no” a las preguntas. El problema legal es que los cargos estaban enmarcados dentro del derecho civil, y para una condena a muerte era necesario probar que pretenían la restauración de la monarquía o la destrucción de la República, algo absurdo, dado que habrían sido supuestamente cometidos antes de la instauración de la misma. El infame juez (sin apoyatura en el mismo informe de la instrucción) encuadró entonces los fraudes imputados a un etéreo “intento de favorecer a los enemigos de Francia”, por medio de extorsiones, saqueos del Tesoro nacional e incluso adulterando el tabaco almacenado para causar perjuicios a la salud del pueblo… el jurado reunido ad hoc aprobó aquella vesanía y los declaró culpables.

El doctor Halle, amigo de Lavoisier, trató de defenderle (lo cual acreditaba mucho valor, visto como trataba el Terror a los sospechosos de amistad con contrarrevolucionarios) aduciendo las glorias que había dado a la ciencia de Francia, pero en aquel torbellino de sangre y paranoia, un noble (aunque hubiese votado contra los privilegios feudales), monárquico, católico y propietario como Lavoisier no tenía posibilidad alguna. También su esposa Marie-Anne fue a visitarle en varias ocasiones y se entrevistó con Dupin de Baeumont intentando que le exonerara en atención a sus logros científicos para Francia, de forma igualmente infructuosa.

La sentencia se leyó pocas horas después de abierto el juicio, el mismo día 9 de mayo, y era la ejecución para todos los acusados. Lavoisier pidió que se aplazara unas horas para que pudiese terminar un experimento que tenía a mitad, y se supone que fue entonces cuando Coffinhal pronunció la famosa frase de “la República no necesita químicos (o científicos, según otras versiones); el curso de la justicia no puede suspenderse” que ha pasado a la historia como epítome de la barbarie revolucionaria. A las cinco de la mañana del día siguiente fueron conducidos a la Plaza de la Concordia y guillotinados. El desnudo cuerpo de Lavoisier fue arrojado a la fosa común del cementerio des Errancis, uno de los cuatro donde se enterraba a las víctimas del “Tribunal criminal extraordinario” en París.

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Legado

Al conocer la noticia al día siguiente, el matemático Louis de Lagrange se lamentó con otra frase para la historia, “les ha tomado un instante para cortar esa cabeza, y tal vez cien años no sean suficientes para producir una similar”.

Su viuda Marie-Anne Lavoisier, que en una aciaga madrugada había perdido esposo y padre, fue incluso encarcelada durante unas semanas como posible cómplice. Cuando fue liberada se encontró arruinada. Batalló no obstante porque se le restituyeran al menos sus propiedades, obteniéndolas en 1795 durante la reacción llamada “Terror blanco” (con una nota que rezaba “a la viuda de Lavoisier, condenado injustamente”), pero no así los instrumentos y anotaciones de las investigaciones de su marido.

Parte de su trabajo, sin embargo, había sido donado o guardado en otros archivos, y Lagrange pudo reconstituirlo y publicarlo en 1796. Marie-Anne (que se negó a cambiar de apellido por devoción a su primer marido cuando se casó nuevamente años después) trabajó infatigablemente durante mucho tiempo hasta que pudo reunir la mayoría de cuadernos y aparatos químicos de Anoine Laurent, que fueron donados a una universidad.

Cuando Marie-Ann murió en 1836 en París, un inventario de sus bienes descubrió que, de forma (aparentemente) sorprendente para uno de los más preclaros precursores de varias disciplinas científicas modernas, la biblioteca conyugal estaba compuesta mayoritariamente por tratados teológicos: las “Confesiones”, de san Agustín, los “Ensayos de Moral” de Pierre Nicole, las “Cartas provinciales” de Blaise Pascal, los “Sermones” de Louis Bourdaloue y “De imitatione Christi” de Tomás de Kempis, entre otros muchos.

La república francesa ha mitificado de tal forma su revolución fundante, que incluso hoy en día, e incluso a sus víctimas más evidentemente injustas, como Antoine-Laurent de Lavoisier, apenas les da reconocimiento oficial. Mientras en el campo de la ciencia y el arte se le ha citado y representado hasta la saciedad como símbolo del avance científico de la época de la Ilustración, Lavoisier tiene un discreto reconocimiento público: pequeñas inscripciones en la Torre Eiffel, en la fachada del Trocadero y en el Ayuntamiento de París recuerdan su nombre.

La ley de conservación de la masa, que postuló, es conocida como “ley de Lavoisier

En 1935, la Unión Astronómica Internacional nombró un crater lunar en su honor.

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