Angeología Bíblica (y II)

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El Ángel exterminador

El término de “Ángel exterminador”, aparece por primera vez en el libro del Éxodo. Allí Yahvé informa a Moisés de su última plaga, la de la muerte de los primogénitos de Egipto, y cómo deben evitarla los israelitas mojando las jambas de sus casas con sangre del cordero pascual. El Señor afirma que será Él mismo quien castigue a Egipto (capítulo 12, versículo 12 “esa noche yo pasaré por el país de Egipto para exterminar a todos sus primogénitos”; también el versículo 29). Sin embargo, Moisés, cuando habla a los ancianos de las tribus, cita un “Exterminador” que efectuará el castigo, distinguiéndolo de Dios: “Yahvé, con su plaga, va a recorrer todo Egipto y, al ver la sangre en la entrada, pasará de largo y no permitirá que el Exterminador entre en vuestras casas y los mate (versículo 23). Véase también carta a los Hebreos 11, 28. Ese ángel podría ser el mismo que en Éxodo 23, 20 es prometido por el Señor a Moisés para que guíe al pueblo a las tierras de los pueblos de Canaán, a los que “exterminará” (véase también Éxodo 33, 2), pero no hay indicio firme de ello en el texto.

En el primer libro de las Crónicas, capítulo 21, al Ángel del Señor cuya plaga ya vimos matar un tercio de los israelitas, y estaba a punto de destruir Jerusalén, el autor le llama explícitamente “ángel exterminador” (versículo 15).

En la primera carta a los Corintios (capítulo 10, versículo 10), san Pablo amonesta a su lectores diciendo “No nos rebelemos contra Dios, como algunos de ellos, por lo cual murieron víctimas del Angel exterminador”, a propósito del Pueblo de Dios salido de Egipto. Es difícil saber a qué pasaje específico de las Sagradas Escrituras se refiere aquí el apóstol de los gentiles. En el camino de salida de Egipto, los israelitas se rebelan en varias ocasiones, y algunos son castigados directamente por Yahvé. Podemos verlo en Números 11, 1; 11, 33; 14, 41-45; 21, 4-6 o 25, 8-9; aunque probablemente se refiera a la rebelión de Coré y sus seguidores relatada en Números 16, 30-35 y en 17, 10-15. En ninguno de estos pasajes se nombra un ángel como ejecutor del castigo de Dios.

El término “Ángel exterminador”, muy popularizado en la literatura cristiana a partir de las menciones de san Pablo, no parece reflejar ningún ser angélico concreto en las Sagradas Escrituras. La primera mención, en la salida de los israelitas de Egipto, parece confundirse con las acciones del propio Yahvé. Las sucesivas describe la acción punitiva letal de cualquier ángel cuando actúa en nombre de Dios.

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Otras apariciones angélicas en el Antiguo Testamento

A lo largo del Tanaj, se cita en diversas ocasiones a seres angélicos, sin nombre propio ni función específica.

La primera ocasión en la que aparecen estos malaj innominados es en el libro del Génesis. En el capítulo 18, el propio Yahvé en figura de varón visita a Abraham en su tienda en el encinar de Mambré, para anunciarle que en un año su esposa Sara ya habría concebido, y para mantener con él ese insólito y tierno regateo sobre cuántos justos debería haber en la pecadora Sodoma para que esta evitase el castigo divino.

Yahvé va acompañado de dos misteriosos varones que, en el capítulo 19, ya en solitario, se nos revela que son dos ángeles enviados a la ciudad condenada para rescatar a Lot, sobrino de Abraham y único justo de la ciudad. Cuando los hombres de Sodoma tratan de entrar en la casa para abusar de los dos extranjeros, estos se manifiestan con luz resplandeciente, cegando a los atacantes, y rescatan a Lot, diciéndole:

“Después los hombres preguntaron a Lot: «¿Tienes aquí algún otro pariente? Saca de este lugar a tus hijos e hijas y a cualquier otro de los tuyos que esté en la ciudad, porque estamos a punto de destruir este lugar: ha llegado hasta la presencia del Señor un clamor tan grande contra esta gente, que él nos ha enviado a destruirlo». Entonces Lot salió para comunicar la noticia a sus yernos, los que iban a casarse con sus hijas. «¡Pronto!, les dijo, abandonad este lugar, porque el Señor va a destruir la ciudad». Pero sus yernos pensaron que estaba bromeando. Al despuntar el alba, los ángeles instaron a Lot, diciéndole: «¡Vamos! Saca a tu mujer y a tus dos hijas que están aquí, para que no seas aniquilado cuando la ciudad reciba su castigo». Como él no salía de su asombro, los hombres lo tomaron de la mano, lo mismo que a su esposa y a sus dos hijas, y lo sacaron de la ciudad para ponerlo fuera de peligro, porque el Señor tuvo compasión de él. Después que lo sacaron, uno de ellos dijo: «Huye, si quieres salvar la vida. No mires hacia atrás, ni te detengas en ningún lugar de la región baja. Escapa a las montañas, para no ser aniquilado»” (Génesis 19, 12-17).

Vemos que, al igual que posteriormente hará el “Ángel del Señor” con los asirios en tiempo de Ezequías o casi hará con la ciudad de Jerusalén en tiempo de David, Yahvé encomienda a los ángeles castigar a los pecadores. Y así sucederá, cuando fuego y azufre bajan del cielo para destruir la llanura de la Pentápolis tras la huida de Lot y sus hijas.

Jacob, nieto de Abraham, tendrá un sueño en su viaje a Padam Aram para casarse con una mujer de su estirpe. En él verá una escalera entre la tierra y el Cielo por la que suben y bajan los ángeles de Dios, y la voz del propio Yahvé que le confirma la alianza que hizo con su abuelo Abraham, a él y a su descendencia. Con la piedra que usaba de almohada, Jacob erigió allí un altar a Yahvé (Génesis 28, 12). A su regreso de Jarán con sus esposas e hijos, Jacob volverá a ver ángeles de Dios en Majanaim (Génesis 32, 3).

En los salmos se cita en varias ocasiones a los ángeles. Por ejemplo, en 8, 6 se alaba a Dios por cuidar al hombre y elevarlo a “poco menos que los ángeles”; en 78, 25 se llama al maná del desierto “pan de ángeles” (expresión que también se halla en el libro de la Sabiduría 16, 20); en 103, 20 se leé “bendecid a Yahveh, ángeles suyos, héroes potentes, ejecutores de sus órdenes, en cuanto oís la voz de su palabra.” En 138, 1, David pide cantar ante el Señor “en presencia de los ángeles”, esto es, frente a su trono, y el 148, un trasunto del cántico de los tres jóvenes en el horno, pone a los ángeles como los primeros en la alabanza de Dios, en su versículo 2.

Durante el reinado de Jeroboam en Israel, un viejo profeta de Betel afirma falsamente que un ángel de Dios le había ordenado acoger en su casa al hombre de Dios que había maldecido el altar de Samaria que rivalizaba con el Templo de Jerusalén, para ganarse su confianza (primer libro de los Reyes, capítulo 13, versículo).

El profeta Malaquías, en el versículo primero del capítulo 3 de su libro, cita a un “ángel de la Alianza”, que acompañará al enviado de Yahvé para preparar el camino a Dios ocupando su Templo y juzgando a su generación. Este “ángel del pacto” no vuelve a ser nombrado y resulta difícil saber si se trata de un espíritu específico, o un epíteto literario.

En el libro de Job (capítulo 33, versículos 23 a 25) leemos la que probablemente es la primera descripción de un ángel custodio o intercesor, “si hay entonces junto a él un Angel, un Mediador escogido entre mil, que declare al hombre su deber, que de él se apiade y diga: «Líbrale de bajar a la fosa, yo he encontrado el rescate de su alma», su carne se renueva de vigor juvenil, vuelve a los días de su adolescencia. Invoca a Dios, que le otorga su favor, y va a ver con júbilo su rostro”. Hay también una alusión parecida en la llamada “carta de Jeremías al pueblo en el exilio de Babilonia”, versículo 6: “mi ángel está con vosotros y cuida de vuestras vidas”. Se puede rastrear también este ángel de la guarda en Hechos 12, 15. Igualmente, Jesucristo cita a los “ángeles de los pequeños (se entiende niños)” en presencia de Dios en el evangelio según san Mateo capítulo 18, versículo 10. Por último, los “siete ángeles de las Siete Iglesias de Asia” (Siete estrellas en la mano del Hijo del Hombre), en el conocido comienzo del libro del Apocalipsis (capítulo 1, 20 y capítulos 2 y 3) también son ángeles tutelares de esas incipientes comunidades cristianas. Recordemos de nuevo la función protectora del Pueblo Elegido que ejerce Miguel, según se nos explica en Daniel 12, 1.

Por cierto, que el autor del libro deJob, en su exaltación de la perfección divina, pone en boca de Elifaz de Temán la siguiente (y a todas luces retórica) sentencia sobre Yahvé, “¿Es puro un hombre ante su Creador? Si él no se fía de sus propios servidores y hasta en sus ángeles encuentra errores”, en su capítulo 4, versículos 17 y 18.

En el versículo 58 del tercer capítulo del libro de Daniel, y en el contexto del célebre “cántico de los tres jóvenes en el horno”, un himno de alabanza a Dios que ha pasado a la cultura popular, se cita expresamente “los ángeles del Señor, bendigan al Señor”, justo al inicio de la enumeración de las criaturas que deben glorificar a Dios. Es interesante señalar que se les distingue de los “ejércitos celestiales” (que se citan en el versículo 61) y los astros celestes (versículo 63), con los que en otras ocasiones parecen confundirse.

En el libro de Tobías vemos a Tobit exclamar “¡Bendito sea Dios! ¡Benditos sean todos sus santos ángeles por todos los siglos!” en el capítulo 11, versículo 14, cuando recupera la vista y a su hijo.

En el segundo libro de los Macabeos, capítulo 11, se nos muestra a los judíos implorando a Yahvé que envíe un ángel para salvar a Israel de la invasión de los macedonios de Lisias. En efecto, un jinete vestido de blanco y con armas de oro, interpretado como “aliado celestial” les encabezó en la victoria de Betsur contra los invasores (versículos 6 a 12), en el primer precedente de una ayuda angélica para los verdaderos creyentes en su combate contra infieles. Posteriormente, de nuevo los judíos bajo el mando de Judas Macabeo, imploraron el envío de un ángel, evocando al exterminador de los asirios en tiempos del rey Ezequías, para su enfrentamiento con el general macedonio Nicanor (véase segundo libro de Macabeos 15, 22-24).

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Otras apariciones angélicas en el Nuevo Testamento

También en los Evangelios se cita en numerosas ocasiones a los ángeles: un coro angélico (“del ejército celestial” según especifica san Mateo) acompaña al Ángel del Señor alabando a Dios (“Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres que Él ama”), cuando se aparece a los pastores y les anuncia el nacimiento del Salvador, regresando posteriormente al Cielo (evangelio según san Lucas, capítulo 2, versículos 9 a 15).

Asimismo, el demonio cita a los ángeles en una de sus tres tentaciones a Jesús en el desierto, “Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra” (Mateo 4, 6 y Lucas 4, 10), y cuando Satán deja a Jesús, “unos ángeles se acercan para servirlo” (Mateo 54, 11 y Marcos 1, 13).

Cristo repite en varios lugares del Nuevo Testamento la función de los ángeles como acompañantes o auxiliares del Hijo del Hombre en el día del Juicio: en el evangelio de san Mateo 16, 27; 24, 31 y 25, 31; en el de san Marcos 8, 38 y 13, 27; y en el de Lucas 9, 26. Igualmente, que ni los ángeles del cielo saben cuándo ocurrirán estas cosas, sino solo el Padre (véase Mateo 24, 36 y Marcos 13, 32). .

También cita esa función angélica escatológica en la parábola de la cizaña y el trigo, en la que los ángeles son los “cosechadores” en el fin del mundo que, a mandato del Hijo del Hombre, arrancarán el mal y lo arrojarán al “horno ardiente” como se arrojan las malas hierbas (Mateo 13, 37-43); en la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro, Jesús afirma que esté último, a su muerte, fue “llevado por los ángeles al seno de Abraham” (Lucas 16, 22); por último, son ellos quienes separan a los buenos de los malos en la parábola de la red que se echa al mar (Mateo 13, 47-50).

En otras ocasiones, el Redentor cita a los ángeles como recurso narrativo en sus enseñanzas: así, para explicar la naturaleza gloriosa de los hombres resucitados en Gracia, afirma que serán “como ángeles en el Cielo”, y no se casarán (Mateo 22, 30; Marcos 12, 25 y Lucas 20, 36); que aquel que le reconozca ante los hombres, será reconocido por él ante los “ángeles de Dios” en la última hora (Lucas 12, 8 y 9); o que cuando un pecador se convierte alegra a los ángeles de Dios (Lucas 15, 10). Para hacer entender, durante el juicio ante el Sanedrín, que era preciso que padeciera y muriese para que se cumpliese la Escritura, afirma que de no ser así, su Padre del Cielo enviaría doce legiones de ángeles para auxiliarle (Mateo 26, 53).

Según san Juan capítulo 12, versículo 29, cuando se oye una voz del Cielo que manifiesta la Gloria de Dios y la de su Hijo, algunos pensaron que había hablado un ángel. En el huerto de los Olivos, mientras ora la víspera del Viernes de Pasión, Jesús es confortado en su angustia por un ángel del Cielo (evangelio de san Lucas, capítulo 22, versículo 43).

Los seres espirituales siguen apareciendo tras el fin de la misón terrenal del Redentor.

Durante la comparecencia de Pablo de Tarso ante el Sanedrín, algunos fariseos que le defienden proponían que podía haber recibido enseñanzas divinas de un ángel (hechos de los Apóstoles 23, 9). En su accidentado viaje a Roma, un ángel se aparece a Pablo en medio de la tormenta para decirle “no temas, Pablo. Tú debes comparecer ante el Emperador y Dios te concede la vida de todos los que navegan contigo” (Hechos 27, 24).

En sus escritos, el apóstol de los gentiles también cita en diversas ocasiones a los ángeles: por ejemplo, en la segunda carta a los Corintios, afirma que Satán “se disfraza de ángel de luz” (capítulo 11, versículo 14), o llama herida de un “ángel de Satán” a la espina clavada en su carne que Dios permite que conserve para que no se envaneciese con su misión (capítulo 12, versículo 7). En Hebreos explica que Dios “a sus ángeles, los hace como ráfagas de viento; y a sus servidores como llamas de fuego”. En Gálatas 1, 8 enuncia aquella célebre sentencia de que “si nosotros mismos o un ángel del cielo os anuncia un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡que sea expulsado!”. Cuando poco más adelante elogia a los Gálatas por su hospitalidad, compara su recepción a la que hubiesen tenido con el mismo Jesucristo, o “como a un ángel de Dios” (Gálatas 4, 14). En su conmovedora exaltación a la Caridad en Primera Corintios 13, 1 afirma “aunque hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena”. En Colosenses 2, 18 cita un incógnito “culto a los ángeles”. Y en la carta a los Hebreos, capítulo 1, versículos 2 a 9, compara a Jesucristo con los propios ángeles para revelar su verdadera categoría ontológica, superior a aquellos:

Ahora, pues, Él [Jesucristo] está tanto más por encima de los ángeles, cuanto más excelente es el Nombre que recibió. En efecto, ¿a qué ángel le dijo Dios jamás: Tú eres mi Hijo, yo te he dado la vida hoy? ¿Y de qué ángel dijo Dios: Yo seré para él un Padre y él será para mí un Hijo? Al introducir al Primogénito en el mundo, dice: Que lo adoren todos los ángeles de Dios. Tratándose de los ángeles, encontramos palabras como éstas: Dios envía a sus ángeles como espíritus, y a sus servidores como llamas ardientes. Al Hijo, en cambio, se le dice: Tu trono, oh Dios, permanece por siglos y siglos, y tu gobierno es gobierno de justicia.

En esta idea de la superioridad de Cristo sobre los ángeles veremos abundar a san Pablo en Hebreos 1, 6 y a san Pedro en su primera carta, capítulo 3, versículos 21 y 22:

el bautismo que os salva no consiste en quitar la suciedad del cuerpo, sino en pedir a Dios una buena conciencia por medio de la Resurrección de Jesucristo que, habiendo ido al cielo, está a la diestra de Dios, y le están sometidos los Ángeles, las Dominaciones y las Potestades.

También se cita a los ángeles en la carta de san Judas Tadeo, versículo 8

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Ángeles en la Resurrección de Cristo

Capítulo aparte merece la Resurrección de Cristo, donde hay una importante aparición angélica, encargada de comunicarla a las mujeres que acuden a su tumba a preparar el cuerpo. Según san Mateo, es el Ángel del Señor, el Mal’akh Adonai quien desciende del Cielo con un gran temblor, haciendo rodar la piedra del sepulcro. Su “aspecto era como el de un relámpago y sus vestiduras eran blancas como la nieve”, provocando el terror de los guardias. Informa a las mujeres con estas palabras “No temáis, yo sé que buscáis a Jesús, el Crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como lo había dicho. Venid a ver el lugar donde estaba, e id en seguida a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos, e irá antes que vosotros a Galilea: allí lo veréis.” (Mateo 28, 2-7).

Según san Lucas (capítulo 24, versículos 1 a 8) las mujeres al llegar al sepulcro se atemorizaron al ver a “dos varones de vestiduras resplandecientes”, que les dijeron “¿por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recordad lo que él os decía cuando aún estaba en Galilea: «es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día»”. El propio evangelista, más adelante, en el episodio de los discípulos de Emaús, llamará a esos varones “ángeles” (versículo 23 del mismo capítulo).

San Marcos ofrece un relato mucho más escueto de la aparición en el capítulo 16, versículos 5 a 7, en el que ven a un joven vestido con túnica blanca a la derecha de la entrada, que les dice “No temáis. Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí. Mirad el lugar donde lo habían puesto. Id ahora a decir a sus discípulos, y a Pedro, que él irá antes que vosotros a Galilea; allí lo veréis, como os lo había dicho”.

San Juan, en cambio, cita la aparición angélica a María Magdalena, pero no antes de avisar a los apóstoles, sino después, una vez se habían marchado Pedro y Juan, y la piadosa mujer se había quedado compungida en el huerto, y lo hace en forma de diálogo: “María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?». María respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».” María se gira y entonces ve al propio Jesús resucitado (Juan 20, 11-13).

Dejando de lado las diferencias de detalle, los cuatro Evangelios coinciden en la intervención de ángeles con vestiduras blancas en la apertura de la piedra del sepulcro, con una gran luz (según Mateo 28, 4, los propios guardias del sepulcro temblaron y perdieron el conocimiento al verla), y el anuncio a María y las otras mujeres de la Resurrección de Cristo, según ya lo había profetizado, instándolas a avisar a los apóstoles y marchar a Galilea, donde el resucitado les esperaría. Excepto en san Juan, donde no es explícito, los ángeles siempre adoptan apariencia de varón y parecen seres celestiales inconfundiblemente, pues llenan de turbación o temor a los que les contemplan.

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Ángeles en el trono celestial

Sin duda alguna, el último libro de la Biblia, el de la Revelación o Apocalipsis, es el más prolífico en la presentación de seres angélicos, y en la descripción de sus diversas funciones. San Juan habla en él de algunos seres angélicos ya citados previamente (significativamente los querubines o Cuatro Vivientes), y estas son referidas en los apartados correspondientes.

En el primer versículo del primer capítulo, ya nos dice el autor que recibe la visión que va a relatar de Dios “a través de su ángel”. En esta, el apóstol describe en detalle las funciones de muchos ángeles que se hallan frente al Trono celestial. Por ejemplo, hay un “ángel poderoso que proclamaba en alta voz: «¿Quién es digno de abrir el libro y de romper sus sellos?»” (Apocalipsis 5, 2-3).

Sin duda, unos de los ángeles más conocidos del coro celestial descrito por san Juan en su visión son los “siete Angeles que estaban delante de Dios (Apocalipsis 8, 2), que nos hacen pensar de inmediato en el libro de Tobías, que ya tratamos, cuando Rafael dice Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que están delante de la gloria del Señor y tienen acceso a su presencia.” (Tobías 12, 15). Como se recordará, el propio ángel presentaba las oraciones de Tobías y Sara ante la presencia gloriosa de Yahvé, ejerciendo de intercesor.

Esos siete ángeles reciben las siete trompetas que desencadenan diversas calamidades naturales. Las cuatro primeras son la lluvia de granizo y fuego, la sangre en el mar, el meteorito llamado “ajenjo”, y el oscurecimiento de un tercio del sol.

Cuando el quinto ángel toca la trompeta, san Juan ve “una estrella que había caído del cielo a la tierra. La estrella recibió la llave del pozo del Abismo, y cuando abrió el pozo, comenzó a subir un humo, como el de un gran horno, que oscureció el sol y el aire” (Apocalipsis 9, 1-2). Como se explica en Apocalipsis 1, 16 y 20, en la literatura joánica las estrellas simbolizan ángeles, y este ángel con la llave del Abismo (“caído del cielo”) es el que libera a las langostas abismales antropomorfas que atacan a los que no llevan la marca de Dios (Apocalipsis 9, 3-10). Es el único ángel con nombre propio en todo el Apocalipsis, y el autor se detiene a decirnos que “era el Angel del Abismo, cuyo nombre es «Destructor»: «Abaddón», en hebreo, y «Apolión», en griego” (Apocalipsis 9, 11). La referencia a la caída del cielo (semejante a la que describe Jesucristo para Satanás en san Lucas 10, 18) podría hacernos pensar en un ángel rebelde a Dios, pero lo vemos reaparecer tras la derrota del Dragón en Apocalipsis 20, 1-3, cumpliendo las órdenes de Yahvé: ”luego vi que un Ángel descendía del cielo, llevando en su mano la llave del Abismo y una enorme cadena.Él capturó al Dragón, la antigua Serpiente –que es el Diablo o Satanás– y lo encadenó por mil años.Después lo arrojó al Abismo, lo cerró con llave y lo selló, para que el Dragón no pudiera seducir a los pueblos paganos hasta que se cumplieran los mil años”. En la Tanaj, también se denomina Abaddón al Sheol o mansión de los muertos, aunque no personificado excepto en el libro de Job 26, 6.

Cuando el sexto ángel toca la trompeta, una voz de lo alto le manda soltar a «los cuatro Angeles que están encadenados junto al gran río Eufrates», que encabezan un ejército de doscientos millones de jinetes que acaban con la tercera parte de los ímpios (Apocalipsis 9, 14-21). Estos podrían ser los mismos cuatro ángeles que sujetaban los vientos en los cuatro puntos cardinales para que no soplasen hasta que el ángel del Oriente que llevaba el sello de Dios vivo no hubiese sellado en la frente a todos los servidores del Señor, según relata Apocalipsis 7, 1-4, pero no es fácil saberlo, puesto que el lenguaje de Juan es alegórico en grado sumo en estos pasajes.

Al tocar la séptima trompeta, el último ángel desencadena el día de la Ira del Señor, manifestado por la apertura del templo celestial y la visión libre del Arca de la Alianza (Apocalipsis 11, 15).

Antes de que esto se produjera, sin embargo, otros ángeles habían cumplido sus misiones. Por ejemplo, un ángel que, rememorando la labor intercesora de las oraciones de los santos, que ya vimos con Rafael en el libro de Tobías (y que se halla también desarrollada en la tardía literatura judía, como el Libro de Enoc 9, 3, o el de los Jubileos 1, 27-29), “se ubicó junto al altar con un incensario de oro y recibió una gran cantidad de perfumes, para ofrecerlos junto con la oración de todos los santos, sobre el altar de oro que está delante del trono. Y el humo de los perfumes, junto con las oraciones de los santos, subió desde la mano del ángel hasta la presencia de Dios.” El paralelismo entre el humo del incienso y las oraciones de los fieles será muy importante posteriormente en la liturgia cristiana. Posteriormente, ese mismo ángel “tomó el incensario, lo llenó con el fuego del altar y lo arrojó sobre la tierra. Y hubo truenos, gritos, relámpagos y un temblor de tierra.” (Apocalipsis 8, 3-5)

Otro ángel, que porta un pequeño libro profético, se nos describe con más profusión de detalle en el capítulo 10 (versículos 1 a 11). Era “poderoso, envuelto en una nube, con un arco iris sobre su cabeza. Su rostro era como el sol, sus piernas parecían columnas de fuego”. A modo de coloso, pone un pie sobre el mar y otro sobre la tierra, grita con voz potente, levanta su mano derecha al cielo y jura por Yahvé «¡Se acabó el tiempo de la espera! Pero el día en que suene la trompeta del séptimo Angel y se escuche su voz, se cumplirá el misterio de Dios, conforme al anuncio que él hizo a sus servidores, los profetas». Juan es invitado a tomar de sus manos el pequeño libro de profecía y a ingerirlo, llenándose así de forma simbólica del don profético que va a desarrollar en el propio libro de la Revelación.

Después del comienzo del día de la Ira, anunciado por el séptimo ángel de los que están en la presencia del Señor con la última trompeta, nuevamente vemos actuar a las potencias angélicas: hay tres ángeles (se nos especifica que vuelan) que proclaman la Buena Noticia en Apocalipsis 14, 6-11.

vi a otro Angel que volaba en lo más alto del cielo, llevando una Buena Noticia, la eterna, la que él debía anunciar a los habitantes de la tierra, a toda nación, familia, lengua y pueblo.El proclamaba con voz potente: «Temed a Dios y glorificadlo, porque ha llegado la hora de su Juicio: adorad a aquel que hizo el cielo la tierra, el mar y los manantiales».Un segundo Angel lo siguió, anunciando: «Ha caído, ha caído la gran Babilonia, la que ha dado de beber a todas las naciones el vino embriagante de su prostitución». Un tercer ángel lo siguió, diciendo con voz potente: «El que adore a la Bestia o a su imagen y reciba su marca sobre la frente o en la mano, tendrá que beber el vino de la indignación de Dios, que se ha derramado puro en la copa de su ira; y será atormentado con fuego y azufre, delante de los santos ángeles y delante del Cordero. El humo de su tormento se eleva por los siglos de los siglos, y aquellos que adoran a la Bestia y a su imagen, y reciben la marca de su nombre, no tendrán reposo ni de día ni de noche».

Durante el día de la Ira, del altar salen dos ángeles: uno indica al Hijo de Hombre con corona de oro en la cabeza y hoz en la mano que siegue la tierra (Apocalipsis 14, 14-16), y el otro manda a un ángel (proveniente del Templo celestial portando una hoz) que coseche la vendimia de la tierra y arroje los racimos en la cuba de la Ira de Dios (Apocalipsis 14, 17-20).

Las siete últimas plagas del Día de la Ira son portadas por siete ángeles, sin que se nos especifique si son los mismos siete ángeles que están en presencia de Dios (capítulo 15). Juan dice que “estaban vestidos de lino puro y resplandeciente, y ceñidos con cinturones de oro” (versículo 6), descripción recurrente en toda la Biblia para los seres angélicos (vestiduras deslumbrantemente blancas, y rostro o aspecto intensamente iluminado). Uno de los querubines les entrega siete copas colmadas con la ira de Dios (versículo 7) y el templo se llena del humo de la Gloria de Dios, que de ese modo simboliza su inaccesibilidad hasta que no se haya consumdo su furor por las maldades de los impíos: “oí una voz potente que provenía del Templo y ordenaba a los siete Angeles: «Id y derramad sobre la tierra las siete copas de la ira de Dios» (Capítulo 16, versículo 1).

A lo largo del capítulo 16 vemos a los siete ángeles derramando las siete copas que provocan las correspondientes plagas, en un evidente paralelismo con las plagas desencadenadas contra Egipto por causa de la dureza de corazón del Faraón en el libro del Éxodo: la primera provoca una llaga maligna en los que llevan la marca de la Bestia; la segunda convierte el agua del mar en sangre; la tercera hace lo propio con el agua dulce (y el ángel explica el significado: «justo eres tú, “Aquel que es y que era", el Santo, pues has hecho así justicia: porque ellos derramaron la sangre de los santos y de los profetas y tú les has dado a beber sangre; lo tienen merecido.»); el cuarto provoca que el sol queme la piel de los blasfemos; el quinto sume a la tierra en tinieblas; el sexto seca el río Éufrates, permitiendo la invasión de los reyes de Oriente (los partos históricos); y el séptimo, en fin, provoca un gran terremoto que parte en tres Babilonia, hunde las ciudades paganas y todas las islas, y hace llover granizo (versículos 2 a 21).

Y nuevamente en el capítulo 17, es uno de los ángeles de las siete copas el que muestra al vidente Juan el castigo a la Prostituta de Babilonia, y le explica el significado de las siete cabezas y diez cuernos de la Bestia sobre la que se sienta (versículos ). Es el discurso más largo de cualquier ser angélico en todas las Sagradas Escrituras.

«¿Por qué te extrañas? Yo te explicaré el misterio de la mujer, y de la Bestia que la lleva, la que tiene siete cabezas y diez cuernos.La Bestia que has visto, existía y ya no existe, pero volverá a subir desde el Abismo para ir a su perdición. Y los habitantes de la tierra cuyos nombres no figuran en el Libro de la Vida desde la creación del mundo, quedarán maravillados cuando vean reaparecer a la Bestia, la que existía y ya no existe. Para comprender esto, es necesario tener inteligencia y sutileza. Las siete cabezas son las siete colinas[la ciudad de Roma], sobre las cuales está sentada la mujer. También simbolizan a siete reyes: cinco de ellos han caído [los emperadores de Octavio Augusto hasta Nerón], uno vive [Vespasiano] y el otro todavía no ha llegado, pero cuando llegue, durará poco tiempo [Tito, el saqueador del Templo de Jerusalén]En cuanto a la Bestia que existía y ya no existe, es un octavo rey[Domiciano, el que ordenó la tortura del apóstol Juan], que a su vez, pertenece al grupo de los siete y también va a su perdición. Los diez cuernos que has visto son diez reyes que todavía no han recibido su reino, pero que recibirán el poder real, juntamente con la Bestia, sólo por una hora.Todos están de acuerdo en poner a disposición de la Bestia su autoridad y su poder. Ellos lucharán contra el Cordero, pero el Cordero los vencerá, porque es Señor de los señores y Rey de los reyes. Con él triunfarán también los suyos, los que han sido llamados, los elegidos, los fieles.Los ríos –continuó diciéndome el Angel– a cuya orilla está sentada la Prostituta, son los pueblos, las multitudes, las naciones y las diversas lenguas. Los diez cuernos que viste, así como también la Bestia, acabarán por odiar a la Prostituta [Babilonia, el nombre simbólico para la Roma pagana], le quitarán sus vestidos hasta dejarla desnuda, comerán su carne y la consumirán por medio del fuego. Porque Dios les ha inspirado que ejecuten lo que él ha decidido, poniéndose de acuerdo para entregar su poder real a la Bestia hasta que se cumplan las palabras de Dios. Y la mujer que has visto es la gran Ciudad, la que reina sobre los reyes de la tierra»

Hay otros ángeles que profetizan la destrucción de Babilonia durante estos últimos momentos. En el capitulo 18, versículos 21 a 24, un “ángel poderoso” “tomó una piedra, tan enorme como una piedra de molino, y la arrojó al mar, diciendo: «Así, con igual violencia, será arrojada Babilonia, la Gran Ciudad, y no se volverá a ver más”. Igualmente, en los versículos 1 a 3, un ángel resplandeciente baja del cielo iluminando la Tierra, y anuncia la caída de Babilonia. Uno de estos dos ángeles es el que dice al vidente: «Escribe esto: Felices los que han sido invitados al banquete de bodas del Cordero». Y agregó: «Estas son verdaderas palabras de Dios» en 19, 9.

Cuando Juan se postra para adorarlo, vemos como el ángel le advierte en contra (versículo 10): «¡Cuidado! No lo hagas, porque yo soy tu compañero de servicio y el de tus hermanos que poseen el testimonio de Jesús. El testimonio de Jesús es el espíritu profético. ¡Es a Dios a quien debes adorar!».

En el capítulo 21 (versículo 9) es uno de los siete ángeles con las copas el que lleva al vidente a la Nueva Jerusalén bajada del Cielo “te voy a mostrar a la novia, a la esposa del Cordero”, es decir, a la Iglesia. El mismo ángel mide con una caña de oro la superficie de la ciudad, y las dimensiones de sus murallas y puertas (versículos 15 a 17). Posteriormente, traslada a Juan al interior de la ciudad, donde ve el río de Agua de Vida (la palabra de Dios a través de su Hijo Jesucristo) que brotaba del Trono de Dios y del Cordero, los árboles de la Vida (análogos a los del Jardín de Edén) a los lados del río, y pronuncia la profecía final:

Estas palabras son verdaderas y dignas de crédito. El Señor Dios que inspira a los profetas envió a su mensajero para mostrar a sus servidores lo que tiene que suceder pronto.¡Volveré pronto! Feliz el que cumple las palabras proféticas de este Libro” (Apocalipsis 22, 1-7).

Juan se postra para adorarle, pero una vez más el ángel le advierte para que no lo haga (Capítulo 22, versículo 8-9):

No lo hagas, yo soy un servidor como tú y tus hermanos los profetas, y como todos los que escuchan las palabras de este libro. A Dios tienes que adorar.

Posteriormente hay una amonestación final, de autoría confusa, pues inicialmente la recita el mismo ángel de una de las siete copas, pero conforme el discurso avanza, Cristo toma en primera persona la palabra para confirmar a los creyentes (véase el inmediato versículo 13). Recuerda poderosamente a la redacción del “Ángel del Señor” en las fases más primitivas de las Sagradas Escrituras, en las que hablaba en primera persona y como Yahvé.

Los ángeles que forman parte de los “coros celestiales” son además citados genéricamente en varias ocasiones (a veces explícitamente, en otras de forma sobreentendida). Su función es alabar eternamente a Dios, y podemos leerlos en 1 Pedro 3, 22; Apocalipsis 3, 5; Apocalipsis 5, 11 y 12 (donde el vidente nos dice que su número es de “miles y millones”, siendo la única cuantificación angélica que presentan las Sagradas Escrituras, además de los “millares” de ángeles que acompañarían al Señor el día del Juicio a los impíos, según el apócrifo libro de Henoc que cita san Judas Tadeo en su carta, versículos 14 y 15). también se citan en Apocalipsis 7, 11 y 12; y Apocalipsis 19, 14 a 16, en donde el “ejército celestial” (se interpreta de seres angélicos) viste nuevamente de lino blanco inmaculado, y acompaña al Cordero en su lucha contra el Dragón, la Bestia y sus servidores, montados en caballos blancos durante el último combate. Finalmente, las doce puertas de la Nueva Jerusalén estarán coronadas cada una por un ángel (Apocalipsis 21, 12).

Un último comentario acerca del término “arcángel”, que proviene del griego (arch, “jefe” y ángelos “mensajero”), y que aparece únicamente en dos ocasiones en la Biblia, ambas en el Nuevo Testamento (escrito originalmente en griego). Lo hace en la primera carta de san Pablo a los Tesalonicenses. En su capítulo 4 (versículos 15 y 16), leemos “los que vivamos, los que quedemos cuando venga el Señor, no precederemos a los que hayan muerto. Porque a la señal dada por la voz del Arcángel y al toque de la trompeta de Dios, el mismo Señor descenderá del cielo”. El Apóstol de los gentiles indica que un “jefe de los ángeles” dará la señal para la Segunda Venida de Cristo, aunque ese término no es empleado por el vidente Juan en el Apocalipsis, donde describe con detalle esos sucesos. También se cita ese término en la carta de san Judas Tadeo, en el versículo 9, donde llama “arcángel” a Miguel en su lucha contra el demonio. Aparte de esas dos breves menciones, nada sabemos de estos capitanes angélicos, más allá de que Miguel lo es. Posteriormente ha sido común en literatura cristiana, asignar esa categoría superior también a san Gabriel y san Rafael.

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Los demonios como ángeles caídos

Antes de concluir este estudio bíblico sobre angeología, diremos un par de palabras acerca de la naturaleza angélica de los demonios.

En el Antiguo Testamento se cita a Satanás (Satan, que significa “Acusador o adversario”), en el libro de Job, capítulo 1, versículo 6. Allí tiene precisamente la función de acusar al justo Job ante Yahvé. En el libro del Apocalipsis (capítulos 12 y 20) san Juan emplea el término griego sinónimo “diablo” (de diábolos, calumniador o acusador).

Latinizado como Satán o Satanás, aparece en otros lugares del Tanaj, por ejemplo en la visión de Ezequiel 8, 11, donde se tilda al anciano Iazanías, jefe de los que daban malos consejos al rey y practicaban la idolatría como “hijo de Satán”. En el primer libro de las Crónicas, capítulo 21, versículo 1, se nos dice que es el Acusador quién incita al rey David a levantar un censo de Israel, que posteriormente provocaría el castigo de Dios.

En los libros que fueron redactados en griego, o que han llegado a nosotros únicamente en esa lengua, los autores introducen el término griego “daimon, que originalmente significa algo así como “espíritu” o “genio”. En los textos originales helenos, la palabra tiene un sentido bastante neutro, pero en el libro de Tobías (alrededor del año 200 a.C aproximadamente), por vez primera, vemos llamar “demonio” a Asmodeo, y se nos especifica que es un “espíritu maligno” (Tobías 6, 8) y que “huye por el aire” (Tobías 8, 3). Puede consultarse el comentario sobre el ángel Rafael que aparece en la primera parte de este artículo al respecto.

En las traducciones griego de libros anteriores (sobre todo en la versión judía alejandrina llamada “de los Setenta”), se empleará esa palabra, la de daimon, normalmente equiparable al original hebreo “espíritu inmundo” o “impuro”, y se aplicarán también a los dioses cananeos que algunos israelitas idolatran junto al dios verdadero a causa de la inculturación con los nativos (puede verse esa expresión de “adoración de demonios” en Deuteronomio 32, 17, el salmo 106, 37 o la profecía de Baruc capítulo 4, versículos 7 y 35; véase la equivalencia con el término similar en Jeremías 32, 34). Hay que distinguir este término del de “mal espíritu”, un castigo físico-psicológico enviado por Dios a Saúl (Primer libro de Samuel 16, 14- 23 y 18, 10-11.

A partir del libro de Tobías, el uso de la palabra “demonio” para describir al espíritu Maligno (sea en singular como sinónimo de Satán, o en plural a sus acólitos) se multiplicará, sobre todo en los libros del Nuevo Testamento, dándonos abundante información sobre su naturaleza y actos.

En el libro de la Sabiduría, capítulo 2, versículo 24, se afirma explícitamente que la serpiente del paraíso era el demonio, y se da cuenta de sus motivaciones (“por la envidia del demonio entró la muerte en el mundo”). Esa relación volverá a aparecer en el Apocalipsis (Capítulo12, versículo 9 y capítulo 20, versículo 2).

En la vida de Jesús que nos narran los Evangelios, Satanás, el demonio está muy presente en diversos momentos. Y se nos proporcionan otros nombres propios para el Adversario: por ejemplo Belzebú (de Baal Zebub, “señor de las moscas”, una parodia hebrea de Baal Zebul- “señor de la casa”- dios tutelar de la ciudad filistea de Ecron), como lo llaman explícitamente Mateo en 10, 25, y 12, 24-27; Marcos en 3, 22, y Lucas en 11, 15-20, narrando el mismo episodio del exorcismo de un mudo, en el que Cristo rechaza que sus exorcismos vengan del poder del príncipe de los demonios. También Belial (del hebreo beli-ya’al, literalmente “sin valor” o “corrompido”), citado por san Pablo en la segunda carta a los Corintios, capítulo 6, versículo 15. Cabe aclarar que el término latino Lucifer, que significa “portador de la luz”, era el nombre del lucero de la mañana (el planeta Venus) entre los romanos. La Vulgata empleó este término para traducir la expresión hebrea helel ben-shachar (que viene a significar también “Lucero del alba”), empleada por Isaías en el versículo 12 del capítulo 14 de su profecía contra el rey de Babilonia. Por algún motivo, este nombre se extrapoló al del demonio, aunque no fuese la intención original del profeta.

La primera mención evangélica es cuando Jesús se retira al desierto y es tentado por el demonio (véase Mateo capítulo 4, 1-11 y Marcos 1, 12-13), al que se llama Satanás por nombre propio. Es la representación más extensa que nos hacen las Sagradas Escrituras sobre el actuar del Maligno, presentándolo básicamente como el Gran Tentador, que emplea fraudulentamente citas de textos sagrados para hacer tropezar al Salvador. También lleva a Cristo al alero del Templo y al monte más alto del mundo, aunque no queda claro si se trata de una traslocación real, o una manifestación de su capacidad de provocar alucinaciones expresado de un modo literario.

El propio Cristo cita numerosas veces a Satanás, el demonio o sus espíritus como personaje en sus parábolas: la del reino dividido (Mateo 12, 24-28, Lucas 11, 14-20 y Marcos 3, 22-26), la de la cizaña (Mateo 13, 39), la del sembrador (Marcos 4, 15) o la del espíritu impuro que regresa con otros siete peores tras su expulsión (Mateo 12, 43-45 y Lucas 11, 24-26).

Increpa a Simón Pedro como agente de Satanás cuando intenta apartarle de su camino hacia la Pasión y la Muerte (Mateo 16, 22-23 y Marcos 8, 32-33). También llama demonio a uno de sus apóstoles, refiriéndose a Judas Iscariote (Juan 8, 70). Según san Juan, sus propios adversarios fariseos le acusan de estar endemoniado (Marcos 3, 30; Juan 7, 20; Juan 8, 44-51; y Juan 10, 19-21).

En la última cena los evangelistas atribuyen su traición a que “Satanás entró en Judas Iscariote” (Lucas 22, 3 y Juan 13, 2 y 27). Poco después Jesús le dice a Pedro que “Satanás ha pedido poder para zarandearos, pero yo he rogado por ti” (Lucas 22, 3).

Por supuesto, en los Evangelios se nos narran exorcismos de demonios, siendo Cristo el primer exorcista (Marcos 1, 32 y 39; Mateo 8,16; Lucas 6, 18 y Lucas 13, 32) pero otorgando también ese poder a sus discípulos (así a los Doce enviados en misión en Mateo 10, 1 y 8; Lucas 9, 1; Marcos 3, 14-15 y Marcos 6, 7 y 13), e incluso aceptando que otros hagan exorcismos en su nombre (Mateo 4, 24; Marcos 9, 38-40 y Lucas 9, 49). Tras su resurrección, confirmará a sus futuros discípulos el poder de expulsar demonios, base de la autoridad exorcista que pueden ejercer los cristianos en las condiciones debidas (Marcos 16, 17 y Mateo 7, 22; véase también Hechos 19, 13-17).

En Mateo 9, 32-33, expulsa un demonio que enmudecía al poseído; en Mateo 15, 22, al demonio (también “espíritu impuro” en Marcos 7, 25-30) que poseía a la hija de la suplicante cananea. Cuando cura a la mujer encorvada en sábado, se nos dice explícitamente que un “espíritu” le había enfermado, y el propio Jesús afirma que “Satanás la tuvo prisionera durante dieciocho años” (Lucas 13, 11-16). Asimismo, san Marcos nos cuenta que Jesús había expulsado siete demonios de María Magdalena (capítulo 16, versículo 9; igualmente Lucas en 8, 2).

Tiene interés señalar que, con frecuencia, los demonios exorcizados dan testimonio de la naturaleza mesiánica y divina de Jesús. Con frecuencia, Cristo les increpa para que callen al respecto: “había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar; «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios». Pero Jesús lo increpó, diciendo: «Cállate y sal de este hombre». El espíritu impuro lo sacudió violentamente, y dando un alarido, salió del hombre. Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y estos le obedecen!» (Lucas 4, 33-36 y Marcos 1, 23-27). Igualmente, cuando expulsa de un geraseno a un grupo de demonios llamado “Legión”, este le grita: «¿Qué quieres de mí, Jesús, Hijo de Dios, el Altísimo? Te ruego que no me atormentes» (episodio que cuentan Lucas 8, 27-38; Marcos 5, 2-20 y Mateo 8, 28-33). Véase también Marcos 1, 32-34; Marcos 3, 11-12 y Lucas 4, 40-41.

Tras el regreso de los setenta y dos enviados, estos le cuentan que “los demonios se nos someten en tu nombre”, y gozoso, Jesús afirma que “ha visto caer a Satanás del cielo como un rayo” (Lucas 10, 17-20).

Es interesante al respecto del exorcismo el caso citado en Mateo 17, 14-21, y Marcos 9, 16-29 y Lucas 9, 38-42, en el que libera a un niño de un espíritu inmundo que le arrojaba al fuego y al agua. En este caso, los discípulos de Jesús no pudieron expulsarlo, y Cristo lo atribuye a su falta de fe, y que ese tipo de demonio precisaba oración y ayuno para ser vencido. Con ello, las Sagradas Escrituras introducen el relevante dato de que entre los espíritus servidores de Satanás también hay clases o categorías, como entre los servidores de Dios.

Tanto en los Hechos (véase 5, 3; 10, 38; 13, 10 o 26, 18 entre otros), como en las cartas paulinas (Primera Corintios 5, 3 y 7,5; Segunda Corintios 2, 11; 11, 14 y 12, 7; Efesios 4, 27 y 6, 11; Primera Tesalonicenses 2, 18; Segunda Tesalonicenses 2, 9, Primera Timoteo 1, 20, etcétera) y las católicas (Santiago 4, 7; Primera Pedro 5, 8; Primera Juan 3, 8; Judas, 9), e igualmente en el Apocalipsis (capítulo 2, versículos 9, 10, 13 y 24; capítulo 3, versículo 9; capítulo 18, versículo 2; capítulo 20, versículo 7, entre otros), las menciones a demonios y a Satanás son muy abundantes.

Para terminar este pequeño apunte de demonología bíblica, vamos a estudiar qué nos cuentan las Sagradas Escrituras sobre la esencia de Satanás y los demonios, y si cabe su inclusión en un artículo sobre angeología. Que la naturaleza de los demonios es espiritual, se explicita en numerosas ocasiones, como hemos visto, en el Nuevo Testamento, donde se emplea indistintamente el término demonio o “espíritu inmundo” (o menos frecuentemente, “impuro”). Sin embargo, ya en el Antiguo Testamento podemos apreciarlo. Aunque inicialmente la traducción en los libros más antiguos el término correspondería al de las deidades cananeas, en Tobías vemos como a Asmoneo se le llama “demonio o espíritu maligno”.

Pero ¿qué clase de espíritus son los demonios que sirven a Satán? Jesucristo nos dice literalmente que se trata de ángeles, como se ve en la descripción del Juicio Final que hace el evangelista Mateo en 25, 41: “id al fuego eterno preparado para el demonio y sus ángeles”.

Los testimonios de la naturaleza angélica caída tanto de Satanás como de sus siervos se acumulan posteriormente. En la segunda carta a los Corintios, san Pablo afirma que Satán “se disfraza de ángel de luz” (capítulo 11, versículo 14), y atribuye la “espina en su carne” que Dios permite para que no se envanezca a un “ángel de Satanás que me hiere” (capítulo 12, 7). En su segunda carta, san Pedro sentencia “Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que, precipitándolos en las tenebrosas cavernas del infierno, los entregó reservándolos para el juicio” (capítulo2, versículo 4), tema que se repite en la carta de san Judas Tadeo, versículo 6. En el Apocalipsis, san Juan nos da la descripción más detallada cuando relata el combate celestial en el capítulo 12, versículos 7 a 9:

Entonces se libró una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el Dragón, y este contraatacó con sus ángeles, pero fueron vencidos y expulsados del cielo. Y así fue precipitado el enorme Dragón, la antigua Serpiente, llamada Diablo o Satanás, y el seductor del mundo entero fue arrojado sobre la tierra con todos sus ángeles.” Esta imagen recuerda poderosamente a la visión de Jesús de Satanás “cayendo como un rayo del cielo” (Lucas 10, 18).

Así pues, los testimonios escriturísticos establecen claramente que el Acusador (Satán) es la serpiente antigua, es el Dragón, y es el Diablo, y que los espíritus inmundos o impuros son los demonios, todos ellos ángeles pecadores, o rebeldes, expulsados del Cielo en la batalla final, caídos a la Tierra, y arrojados al infierno.

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Conclusión

A lo largo de este somero repaso de la Historia Sagrada hemos visto abundantes referencias a seres espirituales que actúan como enviados de Dios para transmitir mensajes a los hombres, y en ocasiones también otorgarles clarividencia, encomendarles una misión, purificarles o castigarles, llamados Malaj o ángeles.

La figura angélica más antigua es el llamado “Ángel del Señor”, arcaicamente más una figuración del propio Yahvé, que se expresa en primera persona y permite ser adorado. Posteriormente será distinguido del propio Dios, y también aparecerán otros ángeles claramente independientes de Él (por primera vez cuando Yahvé visita a Abraham en el encinar de Mambré, y es acompañado por dos ángeles).

A partir de ese punto, hay numerosas referencias a ángeles en el Antiguo y Nuevo Testamento, donde en ocasiones se les denomina “ejército del Cielo” o “coros celestiales”. De los muchos testimonios podemos sacar varios datos coincidentes. Los ángeles pueden manifestarse u ocultarse al ojo humano a voluntad. Cuando se revelan, adoptan la figura de un varón, normalmente con vestiduras de un blanco purísimo. Pueden aparecer empuñando una espada y en ocasiones hacer su rostro tan resplandeciente como para cegar, pueden volar y montar a caballo. Su número es muy elevado, pero impreciso, entre miles y millones. Cuando su misión es de bendición, suelen saludar dando la paz a su interlocutor, y le advierten para que no le adoren si se postran ante ellos, sino que den alabanza y gloria solo a Dios. En ocasiones se les denomina, de forma alegórica, “estrellas”.

Entre los ángeles hay categorías. La más citada, desde más antiguo y con más detalles, es la de los Querubines o Cuatro Seres Vivientes, con cuatro alas llenas de ojos y rostro de hombre, león, toro y águila. Se encargan de transportar el “carro de Dios”, sobre el que se alza el trono de Yahvé, y son los más cercanos a Dios. Junto al trono, alabando al Todopoderoso, están los serafines. Existen además Siete ángeles que están en presencia constante de Dios, uno de los cuales es Rafael. Estos podrían o no identificarse con los llamados arcángeles, o jefes de ángeles, uno de los cuales es Miguel, el jefe de las milicias celestiales.

Miguel es citado también como ángel guardián o custodio de Israel. La categoría de ángeles custodios también aparece de forma imprecisa en las Sagradas Escrituras, tanto en comunidades humanas (naciones o iglesias cristianas locales) como en niños.

El ángel individual más importante de los citados en la Biblia es Gabriel, el mensajero predilecto de Dios, que se comunica con el profeta Daniel, el sacerdote Zacarías padre de Juan el Bautista, José el esposo de María y la propia María de Nazaret, Madre de Jesucristo.

En la vida de Jesús las manifestaciones angélicas son recurrentes, acabando en su Resurrección, donde se manifiestan a las mujeres, y comenzando en su nacimiento, en que un coro angélico lo hace a los pastores de Belén.

Los coros angélicos son protagonistas en el libro de la Revelación de Juan, donde se describe con gran detalle y recurrencia su tarea en el fin de los Tiempos, el día de la Ira de Dios, el Juicio Final y el advenimiento de la Nueva Jerusalén.

Con esta sólida base bíblica, la veneración de los ángeles es un precepto del culto católico, que se centra principalmente en las fiestas del ángel custodio (2 de octubre), los santos arcángeles (29 de septiembre) e indirectamente en la advocación mariana de Nuestra Señora de los Ángeles (2 de agosto).

8 comentarios

  
Claudio
En el libro del Levítico, capítulo 16, se nombra a Azazel o Azael, del que no se especifica su función.
Y en cuanto a los siete reyes del Apocalipsis, sería un error pensar en emperadores romanos. tal vez esas cabezas sean potencias que tuvieron poder a través de la historia. Los cinco que pasaron podría tratarse de Asiria, caldea, Persia, Macedonia y Roma.
Y las dos restantes tal vez sean potencias futurass. Porque al referirse al sexto rey, dice que aún no reina, pero cuando lo haga será por poco tiempo.

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LA

Gracias por comentar.
Se trata de dos pasajes de difícil interpretación.

En el caso del Levítico, el ritual del chivo expiatorio enviado a Azazel es una reminiscencia muy antigua, incluida en el Levítico, probablemente sin que los propios redactores tuvieran muy claro su origen. Los estudiosos disputan si se trata del nombre de un demonio del desierto, o simplemente de un lugar topográfico donde los israelitas antes de sedentarizarse enviaban al cabrito destinado a cargar con los pecados del pueblo.

En cuanto al texto del Apocalipsis, como todo san Juan, está preñado de alegorías y simbolismos no fáciles de interpretar. En el caso de los siete Reyes, he aportado la explicación más común (los nombres de los emperadores romanos), pero podría tratarse efectivamente del nombre de reinos históricos "malvados". O incluso ambas, pues no son raros los diversos planos interpretativos en san Juan el vidente, que funge como un auténtico profeta en el libro de la Revelación, no distinto de Ezequiel o Isaías.

Un saludo cordial.
26/03/26 11:50 PM
  
Carlos
He leído algún comentario que vincula el Ángel de Yaweh con la Santísima Trinidad. El Enviado es una persona distinta al que envía, pero son el mismo Dios, el Enviado habla como Dios en primera persona.
¿Que opinión tiene?
A mi me impresiona que cientos y cientos de años antes de Cristo aparezca en los textos sagrados inspirados que el Enviado de Dios es Dios.
Gracias de antemano
Un saludo

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LA

Como comento en el artículo, el "Ángel de Yahvé" en los textos más arcaicos parece una manifestación del propio Dios. No conozco su relación con el Espíritu Santo. Esta última persona únicamente aparece en el Nuevo Testamento, y san Juan le llama "paráclito" o abogado. Desconozco si existe relación entre ambas. En las Sagradas Escrituras no aparece como tal directamente, aunque sí existe la expresión "Espíritu de Dios" en Génesis, Números, Éxodo o Jueces.

Un saludo.
27/03/26 8:07 PM
  
Claudio
Respecto al chivo expiatorio, recuerdo haber leído que Azazel es uno de los ángeles caídos. Creo que se habla de eso en el apócrifo libro primero de Enoch, que dice que la cabra era el animal preferido por este demonio.
Y Nuestro Señor Jesucristo, cuando habla del juicio final, dice que las ovejas estarán a su diestra, y los cabritos a su izquierda.
Respecto a las interpretaciones sobre el Apocalipsis, es mejor leer las que se escribieron antes del concilio vaticano II, porque las que se escribieron después, fueron escritas por supuestos exégetas que no creen en las profecías. Para ellos, todo tiene que ver con el imperio romano. Ellos no comprenden lo que es una profecía.
La versión de la Biblia escrita por straubinger es muy buena, y en el caso de no haberla leído, se la recomiendo.
Muchas gracias por publicar mi comentario.


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LA

Efectivamente, hay muchas interpretaciones escriturísticas en libros apócrifos, y particularmente el de Enoc habla mucho de los ángeles. Pero este artículo trata únicamente sobre los libros inspirados por el Espíritu Santo según el canon de la Iglesia católica.
Gracias por la recomendación bíblica.
Un saludo cordial.
27/03/26 11:13 PM
  
Juan
Hermoso y muy recomendable artículo; es un pequeño tratado. Me gustaría si pudiera agregar alguna referencia a una misteriosa jerarquía, entiendo que de seres angélicos, que aparece en la Sagrada Escritura (Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades).
Por otra parte tengo entendido que algunos Padres de la Iglesia "intuyen" a la Santísima Trinidad en los tres ángeles que se aparecen a Abraham en el envinar de Mambré.

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LA

Gracias por comentar.

Como explico en la introducción de la primera parte de este artículo, existen infinidad de tratados y comentarios, ya en la época de los Padres de la Iglesia, sobre angeología. A esa fase pertenece la clasificación de los coros o jerarquías angélicas. Estos dos artículos, sin embargo, se ciñen a lo que explican las Sagradas Escrituras.

Un saludo cordial y Feliz Pascua de Resurrección.
02/04/26 7:18 PM
  
Católico.
D. Luis:

¿Lucifer es un ángel caído por su soberbia que tenía por nombre Luzbel?

Y la pregunta que me inquieta; Si los ángeles están sujetos a la voluntad de Dios ¿Cómo es posible que Luzbel se rebelara?

¿Es que los ángeles, creaturas de Dios, poseen cierta libertad?

Muchas gracias por sus post, D. Luis.

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LA

Gracias por comentar y por su amabilidad.

Como explico en el artículo, Lucifer significa "lucero de la mañana" (el planeta Venus en el cielo) y es una traducción latina de un término empleado por Isaías para adjetivar al rey de Babilonia caído. No estoy seguro porqué posteriormente se atribuyó como nombre propio al demonio, que en las Sagradas Escrituras sólo recibe el nombre de Satan (Acusador).

Tampoco abundan las Sagradas Escrituras sobre la razón por la que existen espíritus inmundos o daimon (demonios), pudiendo incluso formar parte del plan de Dios como castigadores o tentadores de los hombres. Sin embargo, la teología espiritual tradicional considera que los ángeles, efectivamente poseen libertad, pero que una vez hecha su elección (servir a Dios o rebelarse), y al igual que los hombres cuando mueren, ya no pueden variarla.

Un saludo.
08/04/26 12:02 PM
  
Católico.
Muchas gracias por su respuesta D. Luis.

Ahora ya me encaja todo.

Y perdone que me haya demorado en contestar.

¡Saludos cordiales!
09/04/26 3:09 PM
  
Juan
Gracias por contestar, Luis. Abrazo fraterno y feliz Pascua de Resurrección.
10/04/26 12:37 AM
  
consulta.
Hola, una consulta para expertos.

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LA

Le ruego los comentarios estén dirigidos a aspectos que se tratan en el artículo, para no desviar el tema del hilo.
Gracias
21/04/26 9:56 PM

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