La Iglesia copta (VI)
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El resurgimiento de la Iglesia copta miafisista
A diferencia de la invasión persa, el dominio árabe temprano, pasados los furores de la conquista, respetó el culto y la Iglesia copta miafisista. Los islamitas, hábiles políticos, eran conscientes de que la mayoría de la población egipcia pertenecía a una rama del cristianismo adverso a la doctrina oficial defendida por su enemigo el emperador de Constantinopla. Por tanto, aparte del impuesto religioso (yizia) a los no musulmanes, se permitió la práctica religiosa y la organización del patriarcado copto de Alejandría en relativa libertad. El patriarca Benjamín, regresado de su exilio, fue honrado por Amr ibn Al-As (conquistador y gobernador de Egipto), tomó posesión de su sede y, gracias a los fondos recibidos de Sanutius, gobernador romano de la Tebaida, pudo reconstruir la Catedral de san Marcos, devastada por el saqueo de la capital durante la segunda conquista islámica en 645.
Benjamín aprovechó el fin de la opresión de Ciro y los melquitas, y reorganizó completamente la Iglesia miafisista, que después de muchos siglos volvía a ser la oficial en el país. Restauró a los obispos en sus sedes, rehabilitó monasterios derruidos y actualizó la actividad eclesiástica, que, por mor de la clandestinidad, había generado muchas deficiencias en catequesis y gestión de las propiedades de la Iglesia. Acogió de nuevo a sacerdotes, e incluso obispos (concretamente Ciro de Nikiou y Víctor de Phiom) que habían acatado el concilio de Calcedonia por miedo a la persecución. Incluso rescató la reliquia de la cabeza de san Marcos, que supuestamente los prelados melquitas habían querido llevarse con ellos cuando abandonaron el país, y que fue depositada en el monasterio de san Macario el Grande en 647. La labor de Benjamín (y el clero copto) fue fundamental para que la inmensa mayoría de la población egipcia aceptara pacíficamente el nuevo dominio islámico, sin sufrir daños ni saqueos.
Naturalmente, el reverso fue la situación de la Iglesia calcedoniana (o melquita), ortodoxa en el resto de la Cristiandad. Ya eran minoritarios incluso en la época en que les protegía el poder del trono; ahora que lo habían perdido quedaron como un resto sufriente. Tras la salida de Ciro y su sucesor Pedro IV (también monotelita), que residió en Constantinopla, se abrió un periodo llamado el de la Coadjutoría del Trono Patriarcal ortodoxo de Alejandría, en el que los patriarcas calcedonianos residieron en la capital imperial, y los escasos fieles egipcios quedaron sin un guía sobre el terreno, siendo pronto marginados de la vida eclesiástica y política. Pedro IV murió en 651, y el emperador no le nombró sucesor.
Benjamín, por su parte, falleció el 3 de enero de 661, siendo enterrado en el monasterio de sn Mcario. Según una leyenda, su alma fue acompañada al Cielo por las de Atanasio, Severo de Antioquía y Teodosio de Alejandría junto a un coro de ángeles. Fue considerado santo de modo inmediato, y se le conmemora en el Sinaxario copto, el octavo día de oba. Fue sucedido como patriarca copto de Alejandría por el que había sido su vicario durante su época de exilio, Agatón.
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El concilio de Letrán de 649
Aunque el emperador Constante II continuaba sosteniendo el monotelismo, la pérdida de las provincias donde el miafisismo era mayoritario o importante (Egipto y Siria) a manos de los sarracenos, debilitó mucho la fuerza con que se intentaba imponer a los que rechazaban esa solución teológica de compromiso. Uno de los máximos impugnadores del monotelismo era el monje Máximo de Constantinopla, antiguo consejero de Heraclio, y desde su traslado a Cartago, autor de tratados a favor de las dos voluntades de Cristo, una divina, en comunión con la del Padre y del Hijo, y otra propia de su naturaleza humana. Si Cristo era plenamente hombre, no podía carecer de algo tan importante como voluntad humana. Y si era un hombre perfecto, no podía contradecir a la voluntad divina del Verbo con el que estaba unido hipostáticamente (el llamado diotelismo).
Máximo fue invitado a Roma en 646, donde el papa Teodoro, y a su muerte el nuevo papa Martín (un intelectual protegido de Máximo) consideraron su enseñanza como la ortodoxa. En 649, Martín convocó un concilio, el primero occidental, en la basílica de Letrán, en Roma (entonces sede papal), para tratar este asunto. Acudieron 105 obispos de sedes latinas (aunque varios de ellos provenían de oriente), en un esfuerzo por demostrar a los orientales que el papa también podía convocar sínodos teológicos, aunque no fuesen ecuménicos, pese a la decadencia del saber sagrado entre los latinos tras las invasiones germánicas. Se cree que el texto de las actas fue redactado, o al menos inspirado, por el propio Máximo, y fueron firmadas por todos los presentes. En ellas se condenó el monotelismo, y se afirmó la doble voluntad de Cristo. Se anatemizó específicamente a Sergio de Constatinopla, y su Ecthesis, al abad Pirro de Crisópolis (antiguo amigo de Máximo) y a Ciro de Alejandría, los tres principales impulsores del monotelismo. Es interesante también este concilio porque entre los condenados se hallan también sectas muy características de Egipto, como los temistianos o agnoetas (que en esta época prácticamente habían desaparecido), los triteístas de Conon de Tarso (también residuales en este periodo) o los gaianitas (una secta aftartrodoceta o julianista), que sin embargo aún persistían, agrupados en pequeñas comunidades, entre las que descollaba el monasterio de Wadi Habib, en Natrum (Escetes).
Lo cierto es que el emperador Constante II había publicado en 648 un edicto (conocido como Typos) que prohibía nuevas discusiones acerca de las voluntades o energías de Cristo, para lograr la paz teológica, considerando que la postura monotelita sostenida por Pablo II de Constantinopla era la ortodoxa. Obviamente, el concilio lateranense era un desafío, tanto a la autoridad imperial para convocar concilios pretendidamente ecuménicos (fue el primero en que un patriarca no pidió permiso al emperador de turno para su convocatoria) como más específicamente al Typos, que prohibía los debates públicos sobre esa materia.
Los cánones fueron publicados, con intención de que fuesen obligatorios para toda la Cristiandad, y remitidos al emperador para su aprobación. El concilio tuvo la audacia de deponer a Pablo II patriarca de Constantinopla. Naturalmente, Constante II rechazó tanto el concilio como sus conclusiones, y en una decisión sin precedentes, el papa Martín y el monje Máximo fueron detenidos en 653 y llevados a Constantinopla para ser juzgados. Fueron hallados culpables de desobediencia y herejía. La inicial condena a muerte para Martín fue conmutada a ruegos del patriarca Pablo II por el destierro a Quersoneso (actual Crimea) donde murió en 655, posiblemente por malos tratos. Fue canonizado, y es el último papa mártir del santoral. Máximo fue desterrado.
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La primera fitna del califato en Egipto
Tras la conquista de Cirenaica en 642, Amr ibn al-As, el conquistador de Egipto, mandó otras dos expediciones para tomar Tripolitania. La que debía marchar por el interior hacia el desierto, y ocupar el importante oasis de Fezzan, fue puesta al mando de su sobrino Uqba ibn Nafi. Este lanzó la primera expedición árabe hacia la Berbería (llamada por ellos Maghrib, el Occidente), y aunque llegó al Atlántico, no logró consolidar su conquista, perdiéndose todos los territorios al oeste de Tripolitania a su marcha.
El conquistador Amr ibn al-As fue depuesto por el califa Utmán ibn Affán Banu Umayya (yerno de Mahoma), con el que mantuvo una agria disputa a cuenta de los repartos de tierra y privilegios que había concedido a sus tropas conquistadoras en el país del Nilo. Utmán acusó a Amr de haber retenido la mayor parte de los impuestos egipcios para repartirlos entre amigos y partidarios, y nombró en 646 a Abdullah ibn Saad como nuevo gobernador. Ofendido, Amr se retiró a sus posesiones, intrigando sin cesar contra el califa, y apoyando las pretensiones de Alí, otro yerno de Mahoma. Ibn Saad, mucho más riguroso con los asuntos fiscales, enfureció a los colonos militares árabes al disminuir sus oportunidades de enriquecimiento ilegítimo.
Los descontentos egipcios acabaron asesinado a Utmán en junio de 656, y entronizando a Alí, el cual encontró desde el principio la oposición de varios clanes árabes, cayendo pronto en guerra civil, la posteriormente llamada “primera fitna”. Abdullah ibn Saad se refugió en Damasco con el pariente del finado califa Muawiyah Banu Umayya, gobernador de Siria. Alí no repuso a Amr en el gobierno egipcio, sino que confió en otro seguidor más fiable llamado Ibn Abi Hudhayfa. El despechado Amr entonces, en un rápido giro, repudió el asesinato de Utmán y se acercó a Muawiyah. Pronto sus seguidores egipcios apoyaron una revuelta en Alejandría de parientes de Utmán que reclamaban la venganza de sangre. Estos se hicieron fuertes en la ciudad, creando un nuevo conflicto civil.
Alí entonces envió en 657 otro gobernador, un medinense (ansar, compañero temprano de Mahoma) llamado Qys Ibn Sa’ad. El fracasado Hudhayfa fue capturado por los Umayyíes cuando regresaba a Medina y llevado a Siria, donde acabó muriendo. Ibn Sa’ad, más conciliador, llegó a un entendimiento con los Umayyíes de Alejandría, logrando calmar la situación. Entonces Muawiyya trató de atraerlo a su bando, y aunque aquel le rechazó cortesmente, el gobernador sirio publicó las cartas entre ambos dando a entender que se le había sometido. Esto, unido al acuerdo con los rebeldes alejandrinos, llevó a Alí a dudar de su lealtad y a destituirlo, nombrando a Muhammad ibn Abu Bakr, hijo del primer califa, y cabecilla de la turba que había asesinado a Utmán. Por tanto, alguien de cuya fidelidad frente a los Umayyíes no podía dudar. Ibn Abu Bakr era fanático e inexperto, y pronto se vio superado por el creciente descontento en el país del Nilo y el fuerte apoyo a Muawiyya y su aliado Amr ibn Al-As, muy popular en Egipto. Finalmente, los Umayyas sirios invadieron Egipto en 658 y derrotaron a los partidarios de Ali en la batalla de al-Musannah, cerca de Heliópolis, conquistando Fustat y todo el Egipto árabe poco después. Muhammad fue asesinado pese a su condición de hijo de Califa. Ibn Al-As, que se había convertido en un leal consejero y general para los Umayyas, fue repuesto en la gobernación vitalicia del Egipto que había conquistado apenas quince años atrás al imperio romano, retomando sus sistema de quedarse con los excedentes de recaudación para sí y sus colonos militares árabes, hasta su fallecomiento pocos años después.
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La implantación del califato Omeya
De acuerdo a las fuentes, esta primera guerra civil árabe no movilizó a los egipcios cristianos, que se mantuvieron al margen, sino únicamente a los colonos militares árabes. Únicamente se cita de pasada que en las primeras flotas árabes, botadas en aquellos años, figuraban numerosos coptos (por ejemplo, en la batalla de los mástiles, en 655,la primera vencida por los árabes contra los imperiales).
Los cristianos fueron en general respetados. Como en otros lugares, el impuesto religioso o jizia, que se pagaba por cabezas, suponía un fabuloso ingreso para los gobernadores musulmanes cuando la mayoría o más bien casi toda la población local era cristiana, como en Egipto. Por ese motivo, inicialmente no hubo un interés especial en el proselitismo. El islam era la religión de los árabes dominadores, y por tanto la que confería prestigio. Muawiyya ibn Abi Sufyan ben Umayya, el vencedor de la primera fitna, fue maltratado por la historiografía árabe posterior, que llamó a sus predecesores Rasidun, los “bien guiados”, excluyéndole explícitamente a él. Tanto los chíies, que le odiaban por haberse sublevado contra Alí, como los abbasíes que sustituyeron a su dinastía, tenían motivos para desprestigiarle. La principal acusación, amén de su rebeldía, fue la acusación de impiedad: Muawiyya se comportó más como un rey secular que como un comendador de los creyentes, llenó su administración de cristianos, zoroastrianos y judíos reconociendo su superior capacidad, y se preocupó sobre todo por organizar, consolidar y expandir el califato, más que por cumplir la supuesta pureza religiosa predicada por Mahoma y sus sucesores. Fue exitoso en ese objetivo y a su muerte en 680, fue sucedido por su hijo Yazid ibn Muawiyya, inaugurando así la primera dinastía del islam, al suceder directamente un hijo a su padre.
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La Iglesia copta en los albores del Islam en Egipto
Aunque el breve reinado de Yazid estuvo envuelto en constante conflicto con los hijos de Alí y otros rebeldes, para los cristianos miafisistas de Egipto se inició una época de paz y prosperidad. La permisión de los califas omeyas (que les daban libertad mientras pagasen el impuesto y fuesen sumisos) contrastaba enormemente con la persecución más o menos virulenta de los últimos emperadores romanos, empeñados en forzarles a aceptar las actas del Concilio de Calcedonia, e impidiéndoles con frecuencia practicar su culto. Para los califas, el Egipto cristiano (y por tanto, privado de derechos políticos) era también una bendición, al asegurarles un territorio rico y pacificado. Ciertamente, en su primer siglo, a los califas les proporcionaron muchos más quebraderos de cabeza sus compatriotas nobles árabes, siempre propensos a la rebelión, que sus súbditos cristianos.
El papa Agatón de Alejandría, sustituto de Benjamín a su muerte en 661, tuvo un pontificado tranquilo durante el reinado del califa Muawiyya ben Ummaya, y completó la construcción de la iglesia de san Macario en el monasterio de Wadi El Natrum. Poco antes de su muerte, en 680, tuvo un sueño en el que un ángel le señaló quién debía nombrar sucesor a su arcipreste Juan III de Samanoud. Juan era un peregrino que, tras curarse milagrosamente cerca de Assiut de una grave enfermedad, había profesado monje en el monasterio de los Hermanos de Fayoum.
Hay que recordar que Alejandría era la cabeza de la Iglesia en los reinos cristianos de Nubia (Nobatia, Makuria y Alodia) que habían resistido el ataque del islam, y del reino etíope de Axum. En el siglo V, los llamados “Nueves Santos”, monjes sirios miafisistas,tradujeron al idioma Ge’ez lla Biblia de los Setenta (fuertemente hebraizada, de ahí el semitismo del cristianismo etíope) y fundaron numerosos monasterios. Los obispos nubios y etíopes eran nombrados por el patriarca copto, y los monarcas locales cooperaban con ellos a la extensión de la fe cristiana. En estas fechas el primado miafisista de Alejandría recuperó la mayor influencia que había tenido desde el Concilio de Calcedonia.
Envuelto en plena segunda fitna, o guerra civil (que no afectó a Egipto), frente a los chíies y el pretendiente Abd Allah ibn Al-Zubayr, el califato omeya sufrió duras pruebas: Yazid fue sucedido por su hijo Muawiya II en 683, pero este abdicó a las pocas semanas en su primo Marwan, quien nombró a su hijo Abd al-Aziz ibn Marwan ben Umayya como gobernador de Egipto. El papa Juan III obtuvo del nuevo gobernador la posesión de todos los bienes de la Iglesia calcedoniana que habían sido incautados y sellados por sus predecesores. Juan III también acometió la reconstrucción de la catedral patriarcal de san Marcos en Alejandría. Escribió asimismo una obra llamada “las cuestiones de Teodoro”, en las que, en forma de contestación a las preguntas de un sacerdote, hace un repaso y aclaración de todos los pasajes complejos de la Biblia. Entre ellos, estaba un concepto de Purgatorio (lugar donde los difuntos cristianos purifican sus pecados antes de ingresar en la vida eterna), muy similar al católico, que fue posteriormente abandonado por la Iglesia copta. Juan III murió en 689, y al igual que su predecesor, nombró como sucesor, según un sueño revelado, a su secretario, un monje con fama de piadoso llamado Isaac de Elborolos.
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El Tercer concilio de Constantinopla
En el resto de la Cristiandad, la cuestión teológica adquirió un significado muy distinto. Constante II, decidido monotelita como su padre, murió asesinado en Sicilia en 668, siendo sucedido por su hijo adolescente Constantino IV. El Imperio, que había logrado un respiro durante la primera fitna, pero apenas superada esta, los árabes volvieron a la carga con más ímpetu: Anatolia fue conquistada, y Constantinopla sufrió un duro asedio por tierra y mar de cuatro años (674-678) durante el cual parecía que todo el Imperio fuese a colapsar a manos de los sarracenos. Finalmente, y gracias al fuego griego, la capital volvió a salvarse, como en el sitio persa-ávaro de sesenta años atrás. Los árabes sufrieron muchas bajas, y finalmente ambos monarcas se avinieron a un tratado de paz, favorable al imperio por cuanto le permitía recuperar la mayor parte de Anatolia. Era la primera vez que el califato firmaba una paz estable con un enemigo “infiel”.
Esta nueva situación establecía un marco de estabilidad para el Imperio, por el cual podría recomponerse después de los muchos saqueos, guerras y pérdidas sufridas a lo largo del terrible siglo VII. En este marco, las provincias miafisistas del Imperio, Egipto, Armenia y Siria, habían quedado fuera de sus fronteras legales. Las soluciones teológicas de compromiso, como el monoenergismo y el monotelismo, encaminadas a recuperar la comunión con los miafisistas, sólo habían servido para enemistar a la parte oriental del imperio con la occidental, decididamente calcedoniana. Ya no tenía sentido seguir sosteniéndolas, y el emperador, muy consecuentemente, las abandonó, y convocó un nuevo concilio en Constantinopla el año 680 para sancionar ese cambio.
Máximo, llamado el Confesor por haber sido perseguido a causa de su fe en las actas del concilio de Calcedonia, había muerto en 662, agotado por la prisión y las torturas sufridas en su exilio de Lázica (actual Georgia). Dado que su padre había procurado nombrar patriarcas orientales monotelitas (incluso contra la opinión teológica de la mayoría de su clero), Constantino IV, como había ocurrido en ocasiones anteriores, buscó el apoyo del papa romano, firme adversario de cualquier novedad teológica oriental posterior al concilio de Calcedonia. En ese momento ocupaba la sede Agatón, que envió una potente delegación de cuatro obispos, tres apocrisarios pontificios y cuatro monjes de monasterios griegos en occidente, que conocían el idioma.
El concilio ecuménico, celebrado en el palacio imperial bajo la presidencia del emperador o alguno de sus delegados, duró del 7 de noviembre de 680, al 20 de marzo de 681, y sus actas fueron firmadas por 161 obispos y dos diáconos delegados. Conforme las sesiones se fueron desarrollando, con la postura imperial sostenida por los delegados papales y los obispos concordantes con ellos, el patriarca constantinopolitano Jorge se convenció del error de la postura monotelita, y únicamente el acérrimo Macario de Antioquía disputó con Teófano, el brillante teólogo imperial, en defensa de la doctrina de la única voluntad de Cristo. En la última sesión dogmática, Macario acabó admitiendo la doctrina de las dos voluntades.
Las actas desarrollaron el concepto de las dos voluntades, diferentes pero no divididas, divina y humana de Cristo, paralelo al de sus dos naturalezas, estando sometida esta a aquella de modo perfecto, al igual que el resto de su naturaleza, pues Cristo era perfecto Dios y perfecto hombre. Macario fue depuesto, y fueron excluidos de los frontispicios los nombres de todos los patriarcas de Constantinopla desde Sergio hasta Pedro, el difunto patriarca de Alejandría Ciro y finalmente el propio papa Honorio, que había cedido a la presión imperial aprobando el monotelismo.El concilio también declaró herejes a los difuntos Temistio, Severo de Antioquía y Apolinar de Laodicea, cabeza cada uno de una corriente diferente dentro del miafisismo.
Este concilio precedió muy poco en el tiempo con el gobierno del califa omeya Abd al-Malik (685-705) que, como dijimos en el artículo anterior, elaboró muchas de las características particulares del califato: fue el primero que creó un libro, el Corán, donde seleccionó las supuestas revelaciones “oficiales” a Mahoma (exaltado como gran profeta), eliminando otros textos; fue quien hizo el árabe idioma oficial; quien acuñó la primera moneda árabe, el dinar (del “denario” romano); el que creó La Meca como ciudad santa, hacia la que se debía rezar y orientar el mihrab… en pocas palabras, es de la época de Abd al-Malik de cuando vienen las principales características del islam que conocemos, con escasas modificaciones.
Ambos hechos, un concilio donde se renunciaba definitivamente a intentar la unión de la ortodoxia calcedoniana con la ortodoxia miafisista, junto a la consolidación de un califato que, siendo musulmán, protegía legalmente a las minorías cristianas y judías (aunque fuese como ciudadanos de segunda clase) sellaron la separación definitiva, no ya teológica, sino física, entre la Cristiandad y las Iglesias de Egipto, Siria y Mesopotamia.
Las fuentes originales no nos cuentan ninguna reacción entre los coptos al concilio constantinopolitano. Su camino histórico y religioso ya marchaba por otras sendas, y se encerraron más en su propia realidad, sin más contacto que con sus correligionarios sirios o etíopes (y aún este escaso). Además, tras la muerte del patriarca ortodoxo calcedoniano Pedro IV en 651, no se había nombrado un sustituto formal, sino una serie de obispos coadjutores de la sede de san Marcos, todos ellos residentes en la capital imperial, todos ellos honoríficos y con poco o ningún contacto con su pequeña y sufriente congregación egipcia. Las crónicas listan una serie de nombres sin más datos ni fechas: Juan VI, Eutiquio, Pedro V… uno de ellos debió ser el firmante de las actas del Tercer Concilio de Constantinopla. La sede calcedoniana de Alejandría quedó efectivamente vacante. Y lo siguió siendo durante muchas décadas.
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La Iglesia copta hacia la discriminación y la apostasía
Isaac de Elborolos (más allá de las habituales historias sobre su santidad en vida y las profecías sobre su reinado típicas de la hagiografía oriental) fue un papa discreto, que reinó apenas tres años y medio, muriendo en noviembre de 692. Había tenido tiempo de restaurar la ruinosa Iglesia de san Juan Bautista (conocida como Angelium), levantada sobre los restos del antiguo templo de Serapion, el Serapeum de Alejandría.
Fue sucedido, de forma inédita, por un sirio, el monje Simeón del monasterio de Pateron, llamado también “de Cristal”, donde se había enterrado el cuerpo del patriarca miafisista Severo de Antioquía. Su fama de santidad había atraído a muchos de sus compatriotas a profesar en él, y Simeón era uno de ellos. Es poco lo que sabemos de sus siete años de pontificado, pero significativo: sobrevivió a dos intentos de envenenamiento (pero no sabemos por parte de quién) y condenó la costumbre que algunos coptos estaban adoptando de los árabes musulmanes de tomar una segunda esposa. Es el más temprano testimonio que poseemos de que algunos coptos (como ocurriría en el resto de lugares conquistados por los árabes, incluyendo España) comenzaban a adoptar costumbres musulmanas como paso previo a su apostasia, para beneficiarse de las ventajas políticas e impositivas que suponía convertirse al islam. Lo que en Al Andalus se llamaría posteriormente muwallad (muladí), término que pasó el idioma castellano como sinónimo de converso musulmán.
Simeón murió en 701 sin designar sucesor. Tal vez por la falta de costumbre, o más bien por las divisiones internas, el sínodo de obispos no se puso de acuerdo para nombrar nuevo patriarca durante cuatro largos años, en los que la falta de una autoridad máxima descompuso la doctrina y el patrimonio de la Iglesia. Finalmente un funcionario copto, llamado Atanasio, que ejercía de secretario o canciller (mutawallī al-diwān en árabe) del gobernador Abdal Aziz ibn Marwan ben Umayya (hermano del califa Abd al Malik), logró de este la autoridad para regir la Iglesia, nombrar al obispo Gregorio de Cinópolis (renombrada Al-Qays por los árabes) como ecónomo responsable de inventariar y conservar los bienes de la Iglesia, y y reunir a todos los prelados y grandes abades de la Iglesia para elegir un papa. El escogido fue un piadoso monje de Enaton, llamado Alejandro II, en 704.
Alejandro II tuvo que pastorear la Iglesia copta en un momento difícil, de cambio en las relaciones entre el poder árabe y los cristianos. A la muerte de Abd al-Malik (como dijimos, el “inventor” del islam tal y como lo conocemos hoy en día) en 705 d.C, fue entronizado en Damasco su hijo Walid ben Umayya. Gracias a la labor de su padre, heredó un trono mucho más fuerte que sus predecesores, con las rebeliones árabes (temporalmente) aplacadas. Aprovechó además los problemas dentro de Imperio romano, para atacarlo, sobre todo en África y Sicilia. En efecto, tras la muerte de Constantino IV (el del sexto concilio ecuménico) en 685, heredó el reino su hijo Justiniano II, cuyo gobierno progresivamente despótico llevó a una rebelión en 695 que le depuso. El Imperio cayó en una guerra civil caótica, en la que durante diez años se sucedieron los usurpadores Leoncio y Tiberio III, hasta que en 705, Justiniano II logró recuperar el poder.
Walid también tuvo evidentes tendencias autocráticas.Trató a Egipto como una mera fuente de ingresos para su política expansiva, y expolió a los cristianos coptos cuanto pudo (se cuenta que ayudado por un renegado llamado Benjamín, que ejerció de exactor fiscal). Aumentó la yizia al doble, e hizo pagar a los monjes por primera vez. Impuso un impuesto especial a los obispos de 2.000 dinares. Además, pertenecía a la primer generación educada enteramente en el islam, por lo que era un devoto fanático que despreciaba al resto de religiones, sobre todo las de enemigos. Aparte de orar con frecuencia, en varias ocasiones insultó a los cristianos e incluso escupió a un icono de la Virgen María. Cuando los cristianos protestaron por las exacciones, que iban en contra el pacto de Amr ibn Al-As, el califa respondió con confiscaciones de bienes de los coptos, tanto sagrados como laicos.
Todas estas acciones provocaron que durante su reinado comenzara un fenómeno que se haría constante durante las décadas siguientes: para escapar de la presión fiscal y la discriminación social, muchos coptos comenzaron a apostatar. Se conoce el caso paradigmático de la noble familia de Butros, virrey del Alto Egipto, que se hizo musulmán junto a su hermano Teodosio y su hijo Teófanes, gobernador de Mareotis.
El sucesor de Walid, su hermano Suleyman, organizó una gran expedición para conquistar Constantinopla en 717, aprovechando la nueva guerra civil que había seguido al asesinato de Justiniano II y su hijo en 711, con la sucesión de varios usurpadores de breve reinado. Para financiarla, aumentó todavía más las confiscaciones a los coptos egipcios. La campaña, en la que los árabes tomaron toda Anatolia y asediaron Constantinopla durante dos años (717-719) podría haber supuesto el fin del imperio romano de Oriente. Nuevamente, sin embargo, la Providencia salvó a los griegos. Primeramente, porque llegó al trono por fin un emperador capaz, León III el Isaurio, poniendo fin a la crisis sucesoria, y organizando con eficacia la resistencia. Y segundo porque aunque el afamado general Maslama (hermano del califa) asedió efectivamente por tierra y mar la capital (cuyas murallas teodosianas eran legendariamente fuertes), de nuevo el fuego griego logró destruir la flota de suministro árabe. Poco después la escuadra imperial derrotó a una gran flota musulmana de refuerzo, auxiliada por la defección de muchos marinos cristianos (en su mayoría coptos) que la tripulaban. Cuando los invasores búlgaros decidieron aliarse al emperador y atacar a los musulmanes por la espalda, la expedición entera se deshizo y regresó, muy mermada de fuerzas, a sus bases. Este segundo fracaso árabe contra Constantinopla fue el definitivo. El califato cesó de intentar derrotar completamente a su enemigo cristiano, como sí había logrado hacerlo con el zoroastriano.
A partir de entonces, con las lógicas variantes debidas a los conflictos fronterizos, hubo pocos cambios de fronteras (únicamente en Armenia) entre el imperio, que abarcaba los Balcanes y Anatolia, y el califato, que dominaba Mesopotamia, Siria y Egipto (amén de Arabia y Norte de África). Europa oriental se libró así del azote de los ejércitos del islam durante seis siglos. Pocos años después, en 732, los árabes serían también frenados en Europa Occidental tras la batalla de Poitiers.
Esta expedición fue desastrosa para los coptos egipcios. Además de las exacciones califales para costearla, la ruptura de la paz con el Imperio privó a Egipto de su principal comprador de grano, con lo que muchas familias se arruinaron. Suleyman había muerto, y su primo y sucesor Umar II ben Umayya trató con benignidad a los coptos, ya que se había criado en el país del Nilo, donde su padre era gobernador, y les levantó todos los impuestos distintos a la yizia. Suyo fue el concepto de dhimmi (“gente del libro”) que diferenciaba a cristianos y judíos del resto de religiones, otorgándoles permiso para practicar su religión en un país gobernado por musulmanes (los politeístas o los ateos eran obligados a convertirse). Umar fue conciliador, rehabilitó la memoría de Alí, y trató de que los muladíes fuesen tratados legalmente igual que los árabes, acabando con la discriminación étnica. Por desgracia para los coptos, fuese por esos motivos o por otros, su reinado fue breve, y murió asesinado en 720.
Su sucesor, Yazid II ben Umayya, fanático musulmán y despótico gobernante, volvió a cargar nuevamente con impuestos abusivos a los cristianos, y promulgó una ley que obligaba a destruir todos los iconos. Los coptos de esta época tendrían motivos para lamentar el alivio, y hasta alegría, con que sus abuelos habían acogido, y facilitado, la conquista musulmana de Egipto. Conforme los árabes aseguraban su dominio, y el islam dejaba de ser religión minoritaria, su intolerancia y opresión hacia los cristianos aumentaba en la misma proporción.
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Autores literarios coptos del siglo VII y principios del VIII
Este siglo posterior a la conquista árabe nos deja un ramillete de autores coptos, que publicaron textos, tanto religiosos como laicos, de enorme interés para conocer la comunidad cristiana de Egipto en estas fechas.
Hubo una escuela de abades del monasterio calcedoniano de Santa Catalina del Sinaí que gozó de gran predicamento. El primero fue el anacoreta Juan Clímaco, de origen sirio, discípulo del abad Martirius, que en la década de 640 escribió Κλῖμαξ “La escalera del divino ascenso”, y su apéndice, “Al Pastor”, en los que enseña la adquisición de las virtudes ascéticas como vía para elevar el alma y el cuerpo a Dios, empleando la analogía de la escalera de Jacob por medio de capítulos llamados escalones, en lo que trata diversos temas espirituales. Durante muchos siglos ha sido libro de cabecera del ascetismo ortodoxo oriental, de un modo parecido al que el “Kempis” lo fue para los occidentales mucho después.
A su muerte en 650 fue sucedido por su hermano Jorge como abad de Sinaí, y al morir este, por el sirio Anastasio Sinaíta, un entusiasta impugnador del monofisismo y monotelismo, que predicó por todo oriente, y en sus últimos años escribió diversas obras (aunque algunas atirbuídas a él podrían tener otra autoría): principalmente el Hodegos o “guía del verdadero caimno”, donde rebate diversas herejías (con el interés de redactar una pequeña historia de cada una, aportando datos que no se hallan en otros autores); también comentarios bíblicos, un texto exégetico (el Hexameron), muchas homilías (entre ellas el “Sermón sobre la Santa Sinaxis”, donde resume la doctrina de la eucaristía y anima a la comunión frecuente), y el “Libro de las ciento cincuenta y cuatro cuestiones”, en el que contesta diversas dudas sobre cuestiones morales, incluidas objeciones musulmanas. Anastasio fue uno de los primeros autores en defender la existencia del ángel de la guarda para cuidar el alma de cada cristiano. Murió alrededor de 695-700.
“Cuando queremos debatir con los árabes, primero anatematizamos a quien dice dos dioses, o a quien dice que Dios ha engendrado carnalmente un hijo… Cuando ellos (los sarracenos) oyen hablar de ‘naturaleza’, piensan en cosas vergonzosas e impropias… Porque cuando estos últimos oyen hablar del nacimiento de Dios y de su génesis, inmediatamente blasfeman, imaginando el matrimonio, la fecundación y la unión carnal.”
De aproximadamente la década de 690 (alude a la construcción de la Cúpula de la Roca, de esta época) es el Apocalipsis de Shenoute, influenciado en su estilo por otro texto egipcio del siglo III llamado “Apocalipsis de Elías”, y escrito en el Monasterio Blanco, en el Alto Egipto. Se conserva en sus versiones árabe y etíope, aunque fue escrito en copto. Su principal propósito es defender la fe cristiana frente al islam, y sobre todo revertir el fenómeno de la apostasía de los egipcios. Es el primer texto que cita el rechazo de los musulmanes a la crucifixión real de Cristo. Lleva a cabo su propósito presentando la inminente llegada del Anticristo, equiparado con el islam, engañador de los creyentes para que le adoren (se conviertan al islam). Anima a los cristianos a resistir la tentación, con la promesa de la recompensa para los fieles en la posterior llegada de la Parusía de Cristo.
“Después de eso surgirán los hijos de Ismael y los hijos de Esaú, que persiguen a los cristianos, y el resto de ellos se preocupará por prevalecer y gobernar todo el mundo y por [re]construir el Templo que está en Jerusalén”.
En 696 el obispo Juan de Nikiu fue nombrado administrador general de los monasterios de Egipto. Es autor de una Crónica (que sólo sobrevive en una traducción realizada al etíope ge’ez) a su nombre que es la principal fuente para conocer muchos detalles sobre la invasión árabe de Egipto y las primeras décadas de gobierno califal. Es duro en la descripción de las atrocidades cometidas por los musulmanes durante la conquista.
“Entonces cundió el pánico en todas las ciudades de Egipto, y todos sus habitantes huyeron y se dirigieron a Alejandría, abandonando todas sus posesiones, riquezas y ganado.”
“Llegaron los ismaelitas y mataron sin piedad al comandante de las tropas y a todos sus compañeros. Inmediatamente obligaron a la ciudad a abrir sus puertas y pasaron a cuchillo a todos los que se rindieron, sin perdonar a nadie, ni ancianos, ni bebés, ni mujeres.”
“Los musulmanes entraron en Nakius y tomaron posesión de ella, y al no encontrar soldados, procedieron a pasar a cuchillo a todos los que encontraron en las calles y en las iglesias, hombres, mujeres y niños, y no mostraron misericordia a nadie”.
“Nadie podía relatar el luto y el lamento que tuvieron lugar en aquella ciudad [Alejandría].Y no tenían a nadie que los ayudara, y Dios destruyó sus esperanzas y entregó a los cristianos en manos de sus enemigos”.
Juan describe también los abusivos impuestos a la población nativa que, según él, en ocaisones debían vender a sus hijos como esclavos para pagarlos. Su visión es, asimismo, trascendente: reprende a los cristianos que apostatan para hacerse musulmanes, interpreta la invasión como un castigo al Imperio por haber abandonado la ortodoxia (tal era el concilio de Calcedonia según su visión) y concluye expresando su fe en que finalmente, Dios liberaría a su pueblo y castigaría a sus enemigos.
“Pero la poderosa benevolencia de Dios avergonzará a quienes nos afligen, y hará que su amor por el hombre triunfe sobre nuestros pecados, y frustrará los malvados propósitos de quienes nos afligen, quienes no desean que el Rey de reyes y Señor de señores reine sobre ellos, Jesucristo nuestro verdadero Dios. En cuanto a esos siervos malvados, los destruirá de la peor manera, como dice el santo Evangelio: «En cuanto a mis enemigos que no quieren que yo reine sobre ellos, tráelos a mí”
Juan de Nikiu fue destituido por el patriarca Simeón, parece que por haber azotado de tal manera a un monje fornicador que había raptado a una monja, que este murió pocos días después del castigo. Lo poco que se sabe de su vida proviene de la biografía del patriarca Isaac escrita por su sucesor en el obispado, llamado Menas de Nikiu.
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El sufrimiento de la comunidad cristiana copta bajo los últimos omeyas
El largo patriarcado de Alejandro II de Alejandría (704-729) fue un continuo ministerio martirial. Aún así, hubo noticias consoladoras: por ejemplo, el obispo Juan de Sais predicó en el monasterio de Kellia, el último lugar donde quedaban monjes y fieles de la secta gaianita (aftartrodoceta). Habían nombrado un patriarca en 695, llamado Teodoro, que envió un obispo a la India, y Anastasio Sinaíta aún los consideraba una secta de relativa importancia en su obra “Guia del camino”. Sin embargo, apenas veinte años después, bajo la presión musulmana, estaban en total decadencia. La mayoría se incorporó a la Iglesia ortodoxa copta bajo la predicación de Juan, los pocos que quedaban fueron menguando y acabaron desapareciendo a lo largo del siglo siguiente.
Como ya dijimos, el ascenso de Yazid II ibn Abd al Malik ben Umayya supuso el recrudecimiento de la persecución a los cristianos. Amén de aumentar de nuevo los impuestos y confiscaciones arbitrarias a los dhimmis, ordenó la destrucción de iconos y cruces, sobre todo los que se hallaban en lugares visibles. Obligó también a todos los coptos a llevar una insignia de plomo en el cuello y a los cristianos que se dedicaban al comercio el tatuaje de un león en la mano, para poder identificarlos visiblemente como “ciudadanos de segunda”. Quienes no cumplían ese decreto eran sancionados duramente con multas y amputaciones.
El duro gobierno de Yazid se extendió también a los árabes, provocando numerosas rebeliones, comenzando por la de los igualitarios y estrictos jariyíes (que pensaban que la comunidad de creyentes debía elegir al califa) en Irak, la de Yazid ibn Al-Muhallab en Jorasán (Asia central), o la de los bereberes en Al Andalus. También los coptos se sublevaron en varios lugares de Egipto, principalmente en el norte del Delta, a orillas del Mediterráneo, donde una pequeña flota imperial desembarcó un contingente de tropas en su apoyo en 720. Aunque hubieron de reembarcar, la zona, llamada Bashmur (al oriente de la desembocadura del Delta), se convirtió desde entonces en un foco de insurgencia copta. Para controlar mejor a los levantiscos jund de Egipto (los descendientes de los colonos instalados por el conquistador Amr, y que habían dominado la política árabe en el país del Nilo), instaló a miles de colonos árabes sirios de la tribu Qays, provocando el enfrentamiento entre ambos grupos. Todas las rebeliones fueron reprimidas brutalmente, y el rencor que dejaron fue fermento para un creciente sentimiento anti-omeya.
Alejandro protestó por las draconianas medidas, y pidió ver al gobernador, pero cuando llegó a Fustat, la capital, no fue recibido, y se le obligó a permanecer en la ciudad bajo arresto domiciliario. Al empeorar de salud, Alejandro, con ayuda de Samuel obispo de la cercana Ausim, escapó en barco en 729 con la intención de regresar a Alejandría, pero murió de camino en la ciudad de Terenoutis, en el brazo más occidental del Nilo. Los soldados del gobernador, que iban en su busca, detuvieron a Samuel por cooperar en la fuga del papa, y fue multado con 1.000 dinares de oro.
Apenas setenta años después de la última persecución a manos de Ciro, el patriarca alejandrino calcedoniano, los coptos volvían a ser perseguidos, esta vez por los opresores califas musulmanes omeyas.
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El advenimiento de la dinastía abbasí al califato
Los obispos elevaron en su sustitución al piadoso Cosme de Abusir, monje del monasterio san Macario el Grande. Lo hicieron contra su voluntad, y se dice que oró a Dios para que se lo llevara, pues no deseaba esa responsabilidad. El Cielo le escuchó, y Cosme murió el 28 de mayo de 730, apenas un año tras su entronización. Los obispos entonces elevaron a Tadros (Teodoro), un monje de Tanboura, cerca del lago Mariout (próximo a Alejandría), de quien su mentor el anciano abad Yoannis (Juan) había profetizado antes de morir que sería elevado a la sede patriarcal por sus muchas virtudes.
En 724 había muerto de tuberculosis el tirano Yazid II. Su sucesor, Hisham ibn Adb al-Malik era de carácter más suave y tolerante. Por desgracia para los coptos, los dos gobernadores que se turnaron durante los primeros años de su gobierno, Ubayd Allah y al-Hurr ibn Yusuf, eran tan codiciosos y violentos en la recaudación como sus predecesores. Los cristianos egipcios, incluyendo al propio patriarca, sufrieron encarcelamientos e incluso azotes si se resistían, destacando en ese testimonio Moses (Moisés) obispo de Ausim, considerado tras su muerte como “confesor de la fe” por sus sufrimientos. Todo lo soportó el paciente Cosme sin desesperación ni rencor, antes con alegría por poder padecer por el nombre de Cristo.
Por fin las protestas de los árabes, que también sufrían abusos de los gobernadores, lograron que Hisham depusiera a Ubayd Allah y nombrara gobernador de Egipto a su hijo Al-Qasim, mucho más justo y compasivo. Cosme completó doce años de pontificado, en los que fue ejemplo de humildad y de catequesis constante a su rebaño, muriendo en paz el año 742.
Mosiés de Ausim, cabeza de la congregación cristiana, se erigió en árbitro del sínodo, para poner de acuerdo a las distintas facciones episcopales, y tras varios meses elevar como papa de Alejandría a Miguel (Khail) en 743. Ese mismo año murió el califa Hisham, hombre piadoso pero, a diferencia de su predecesor, mucho mejor político. Durante su reinado había procurado someter las cada vez más frecuentes rebeliones contra la dinastía Omeya por medio de la diplomacia, reservando la fuerza como último recurso, y manteniendo el califato unido.
En 727, Hisham había permitido que los coptos calcedonianos (melquitas) tuvieran un patriarca residente por primera vez desde la conquista musulmana. Fue elevado Kosmas (Cosme), un zapatero, con la aquiesciencia del emperador de Constantinopla (no confundir con el otro papa Cosme copto, con cuyo pontificado coincidió parcialmente en el tiempo). A pesar de sus humildes orígenes, resulto un organizador formidable, y gracias a su habilidad, logró reunir a una congregación que se hallaba dispersa y moribunda. Obtuvo del califa la devolución de algunas iglesias ortodoxas que habían sido entregadas a los coptos, enfrentándose de nuevo las dos comunidades.
Hisham fue sucedido por su sobrino Walid II, hijo de Yazid II, un hombre inmoral y rencoroso, que apenas llegó al trono comenzó una sangrienta persecución contra los que se habían opuesto a su entronización, siendo asesinado apenas un año después, en 744, y sustituido por otro primo, Yazid III, hijo del antiguo califa Walid I (que había gobernado entre 705 y 715). Para sostener su precaria posición realizó muchas promesas a diferentes grupos de poder dentro de la corte, desde parientes a ejércitos, pero una vez llegado al poder fue incapaz de mantenerlas, y hubo de afrontar varias rebeliones. Con el califato en armas, contrajo la peste y murió en septiembre de 744, designando a su hermano Ibrahim como sucesor. En ese momento el trono califal era juguete de diversas facciones, e Ibrahim fue derrocado y huyó dos meses después, cuando su pariente Marwan II (nieto de Marwan I, que gobernó entre 684 y 685) entró en Damasco y se hizo con el poder.
En esta época convulsa en el califato omeya, que entraba en una grave crisis sucesoria tan solo setenta y cinco años después de su fundación, Egipto no se libró de querellas. El gobernador Hafs ibn al-Walid, nombrado en 742, era un jund(descendiente de los primeros colonos árabes de Hiyaz venidos con el conquistador Amr), y de inmediato se propuso expulsar a los qaysíes (árabes sirios instalados en Egipto por Yazid II precisamente para contrarrestar la autonomía de los jund. Hafs levantó un ejército de 30.000 soldados, la mayoría de ellos mawali, es decir, antiguos cristianos convertidos al islam (y por primera vez jugaron un papel activo en la historia de la política árabe del país del Nilo), que se llamaron “Hafsiya” en su honor. El conflicto civil fue inmediato, y el ejército privado de Hafs se convirtió en la principal fuerza del país. Mas apenas llegado Marwan II al poder, y estabilizada la situación, destituyó a Hafs y nombró a otro gobernador, que sin embargo fue expulsado por los Hafsiya, que repusieron a Hafs. Indignado, el califa envió un poderoso ejército sirio cal mando de Hawthara ibn Suhayl al-Bahili. Hafs decidió evitar el derramamiento de sangre, y cedió ante el nuevo gobernador. Este le pagó ejecutándolo junto a otros capitanes de su ejército en octubre de 745.
La situación era propicia para otro levantamiento copto en Bashmur, que se convertiría en los siglos siguientes en el gran foco de resistencia cristiana en el Delta. Hawthara unió unos dos mil qaysíes a su ejército expedicionario sirio y atacó en varias campañas a los coptos, pero estos, protegidos en pequeñas islas de difícil acceso cubiertas de cañaverales, lograron burlarle una y otra vez.
En 748, muy irritado, Hawthara decidió secuestrar al patriarca copto Miguel y lo trasladó a Ti-Rashid (Rossetta), cerca de la zona insurgente, amenazando con matarlo si los coptos no deponían las armas. Según Abu Salih el armenio, al conocer la noticia, Kyriakos, rey de la cristiana Makuria, en Nubia, invadió Egipto hasta Fustat con un ejército de cien mil hombres, que obtuvo de Hawthara la liberación del patriarca. Dejando de lado este exótico (e incierto) episodio, la realidad es que el gobernador no obtuvo el cese de la rebelión. Estuvo a punto de ordenar la muerte de Miguel pero finalmente, temiendo un levantamiento generalizado de todos los cristianos, suspendió la orden de ejecución y le puso en libertad. Los árabes se retiraron de Rashid, y los coptos sublevados la saquearon.
Al año siguiente se produjo la gran sublevación de los Banu Hashim (Hachemitas), descendientes de al-Abbas ibn Adb al-Muttalib, tío de Mahoma, motivo por el que han pasado a la historia como los abbasíes, aunque en el levantamiento participaron también otras facciones, familias y tribus. Marwan II reclamó a Hawthara y su ejército para oponerse a los rebeldes, que avanzaban por Mesopotamia desde sus bases en Persia. En su sustitución como gobernador egipcio quedó Abd al Malik, nieto de Musa ibn Nusayr, el conquistador del reino godo de Hispania. Desde el principio tuvo dificultades, pues a los rebeldes coptos se unieron diversas facciones pro abbasíes. Trato de sofocar todas las revueltas, con suerte desigual.
En 750 los rebeldes obtuvieron varias victorias contra los ejércitos califales, y Marwan II hubo de escapar de Damasco, refugiándose en Egipto. Desde Fustat intentó recomponer sus fuerzas para recobrar lo perdido, pero el poder se le escurría entre las manos: estallaron rebeliones por todo el Nilo, y cuando entró un ejército abbasí en Egipto al mando de Salih ibn Ali, Marwan II fue capturado y ejecutado, junto a toda su familia (Abd al Malik, en cambio, fue perdonado en atención a su ilustre abuelo, tras pasar un periodo en prisión). Había terminado la primera dinastía árabe, la de los omeyas. Empezaba la de los abbasíes, en la persona de Abu al-Abbas. gobernador de Jorasán, y líder de la llamada revolución abbasí. Como es sabido, un nieto del califa Hisham, llamado Abd ar-Rahmán, fue el único miembro de la familia omeya que escapó de la purga, refugiándose en Al Andalus, donde crearía el primer emirato independiente exitoso en la historia del califato, y prolongando allí la dinastía omeya durante tres siglos más.
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Las comunidades cristianas de Egipto al final del siglo VIII
La primera y más trascendental decisión del nuevo califa Abu al-Abbas sería trasladar la capital desde Damasco, muy vinculada a los omeyas, hasta Mesopotamia. Este traslado no sólo fue físico, sino cultural. En efecto, Siria formaba parte del mundo helenístico, del imperio romano, del cristianismo, del idioma y pensamiento griegos. En una palabra, miraba a Occidente. En Mesopotamia (que pronto los árabes llamarían “Irak”), predominaba sin embargo la herencia caldea, el idioma persa, la religión zoroastriana. Su mentalidad estaba ligada a Oriente, y así lo estuvo la nueva corte califal que, tras varios traslados, acabó instalándose en la colonia militar de Bagdad, a orillas del Tigris, muy cerca de las antiguas capitales Babilonia y Ctesifonte. Pronto los abbasíes emplearon a persas en los más altos cargos de la administración, y pese a su conversión al islam, introdujeron en la corte la organización del antiguo shahanshanato, y el iranio se convirtió en la lengua culta. Los abbasíes, sin renunciar a sus posesiones mediterráneas, iban a estar más focalizados en el Cáucaso, en Irán e incluso en la India, que sus predecesores.
Aunque hemos dicho, y es cierto, que Mesopotamia era predominantemente zoroastriana antes de la llegada del islam, también vivían allí comunidades cristianas ancestrales, aunque, a diferencia de lo que ocurría en Siria y Egipto, siempre habían sido minoritarias. Amén de algunos pequeños grupos siríacos miafisistas, en su mayoría pertenecían a la “Iglesia de Oriente”, es decir, cristianos difisistas, inexactamente llamados por los ortodoxos “Iglesia nestoriana”. También ellos fueron empleados, aunque en números más modestos, por los califas de Bagdad para tareas especializadas. Los árabes eran muy conscientes de que las querellas teológicas entre los diversos grupos cristianos les mantenían desunidos, y sacaban provecho de ello. Para los miafisistas coptos y sirios, los “nestorianos” eran tan herejes como ellos mismos lo eran para los ortodoxos calcedonianos.
A pesar de ese relativo “cambio de paradigma”, los califas abbasíes no descuidaron Egipto, la provincia más rica del califato junto a Irak. Salih ibn Ali, pariente cercano de Abu al-Abbas, fue nombrado gobernador de Egipto y Siria, ejerciendo el cargo hasta su muerte en 769, y siendo sucedido por sus hijos al-Fadl, Ibrahim y Abd al-Malik. Al haberse incautado de todas las tierras que habían poseído los omeyas en el país del Nilo, adquirieron una fabulosa base de riqueza para su linaje.
Los nuevos gobernantes recibieron un amplio apoyo en Egipto. Promulgaron una amnistía a los rebldes coptos de Bashmur. Su jefe, Mena (o Mina), hijo de Apaciro, había muerto durante los anteriores combates, y el resto se avino a la pacificación ofrecida por los abásidas. Los cristianos vivieron unos años de paz, y el patriarca Miguel pudo regir la Iglesia con tranquilidad hasta su muerte el 12 de marzo de 767.
Unos años antes, en 755, el papa se había visto envuelto en la rocambolesca historia del patriarca ortodoxo miafisista Isaac de Antioquía, entronizado por presión del califa pese a la oposición de varios obispos. Su mérito parecía ser haber obtenido de un monje (al que habría asesinado posteriormente) la fórmula para transmutar el plomo en oro, la cual había prometido al monarca a cambio de su apoyo. Según otros, Abdallah (hermano y sucesor del primer califa abasí, Abu al-Abbas, a su muerte en 754) apoyaba a Isaac porque con sus oraciones había logrado que su esposa estéril concibiera un varón. Sea como fuere, para resolver canónicamente esta dispita, el único prelado con suficiente dignidad en la Iglesia miafisista era el otro patriarca, es decir, Miguel de Alejandría. Tanto Isaac como Addallah (apodado al-Mansur) enviaron delegaciones para persuadir (o amenazar) al papa egipcio de legitimar la elevación. Convencido de la ilegalidad del demandante, Miguel (que sabía que el gobernador egipcio tenía ordenes de hacerlo comparecer ante el califa si rechazaba a Isaac) dilató la cuestión convocando un sínodo al efecto que alargó la decisión, escuchando a canonistas y obispos siríacos. La deplorable historia acabó un año después, en 756, cuando ante la corte, Isaac fue incapaz de convertir el plomo en oro ante al-Mansur, que ordenó decapitarlo.
El mismo año de la muerte de Miguel, 767 d.C, se produjo una revuelta general en el Delta del Nilo de los seguidores de Alí (chíies) que se sentían traicionados por los abasíes, a los que habían auxiliado en su guerra contra los omeyas. Los coptos de Bashmur se unieron a la misma, y cooperaron a la derrota del ejército abasí enviado por el gobernador Yazid ibn Hatim. En otros lugares del califato, sin embargo, los chiíes fueron derrotados, y a la postre la rebelión fracasó. Sin embargo, los Bashmuritas cristianos siguieron en cierta autonomía durante varias décadas.
El sínodo elevó en sustitución de Miguel a un monje de Natroum llamado Mena de Samannud. Poco se conoce de él, salvo que un diácono llamado Pedro le calumnió ante el califa, logrando que este le depusiera, siendo el primer caso conocido en que un monarca musulmán deponía un patriarca cristiano de Egipto. Pedro le sustituyó durante tres años, pero sin apoyo del resto de obispos, hasta que Mena fue repuesto. Murió en 776, y el sínodo no se puso de acuerdo en elegir un sucesor.
No fue hasta enero de 777 cuando lo hicieron, y se hubo de dilucidar por sorteo. Los obispos, sacerdotes y nobles cristianos de Alejandría metieron en una bolsa papeles con los nombres de los candidatos. Se llamó a un niño que sacó al azar uno de los papeles. El nombre era el de Juan, un monje de san Macario, nombrado párroco de la iglesia de san Menas por el anterior patriarca. La elección no convenció a todos. Se volvieron a mezclar los papeles y un niño distinto volvió a sacar un papel con el mismo nombre, y lo mismo un tercer niño la última vez. Todos coincidieron en que era signo de la voluntad inequívoca de Dios, y Juan IV fue consagrado como nuevo papa de Alejandría el 24 de enero. La costumbre de la mano del niño para escoger entre los candidatos elegidos sigue existiendo en la actualidad en la Iglesia copta.
Juan IV estuvo conceptuado como un excelente pastor. Destacó como predicador de la ortodoxia (miafisista) y reparador de iglesias arruinadas. Durante su largo pontificado hubo un periodo sin inundaciones en el Nilo, la mayor parte de las cosechas se perdió, y la hambruna hizo su aparición. El papa ordenó a su diácono Marcos que vendiera bienes de la Iglesia para alimentar a los pobres de Alejandría que se agolpaban a las puertas de su casa, sin hacer distinciones por su fe, lo que le mereció las bendiciones de cristianos y musulmanes. Murió casualmente el mismo día en que había sido consagrado, el 4 de enero, pero de 799, tras un largo y fecundo pontificado de veintidos años. En su lecho de muerte designó a su diácono Marcos como sucesor.
La comunidad melquita, por su parte, recuperado el patriarca residente, logró hacerse un hueco, por pequeño que fuese, en la vida del cristianismo egipcio. Cosme I el zapatero había abjurado del monotelismo en 742, logrando así ser reconocido por el resto de patriarcas ortodoxos. Con ello obligó a los melquitas egipcios (último lugar de la Cristiandad donde el monotelismo aún tenía un amplio seguimiento) a abandonar también la doctrina de las dos naturalezas pero una única voluntad de Cristo. En 750, durante la guerra entre omeyas y abbasíes, fue capturado, pero sobornó al gobernador árabe para poder escapar. En 767 participó en la polémica iconoclasta que asolaba la Cristiandad oriental, pronunciándose en contra (lo cual podía hacer porque no estaba bajo la autoridad civil del emperador romano. Murió un año más tarde, tras un largo pontificado lleno de adversidades que había logrado superar. Fue sucedido por Policiano (o Politiano), un erudito que no podía tener un origen más opuesto al de su predecesor:era médico cuando en Bagdad curó a la concubina del califa Harún al-Rashid (que había sucedido a su hermano mayor al-Hadi en 786), mereciendo su favor. En 795 d.C participó en la traducción del griego al árabe de la “Colección de prácticas agrícolas” del romano-libanés Anatolio de Berito, a petición del poderoso visir Yahya ibn Khalid. Gracias a su cercanía al califa, logró que este suavizara algunas de las restricciones que había decretado contra los cristianos. Envió un legado llamado Tomás al Segundo Concilio de Nicea de 787 (Séptimo ecuménico), que puso fin a la controversia iconoclasta, autorizando el uso de imágenes para la veneración de la Virgen y los Santos. En esta época, aproximadamente, podemos situar el comienzo del empleo de la liturgia bizantina o constantinopolitana, en lugar de la de san Cirilo o Alejandrina, por parte de la Iglesia melquita copta, aunque el proceso sería progresivo, y no brusco.
Tanto miafisistas como calcedonios debieron acostumbrarse a vivir en un Egipto donde la mayoría de los nativos habían abrazado el islam. No solo eso, sino que algunos autores contemporáneos se quejan amargamente de que incluso los cristianos estaban olvidando su antiquísima lengua copta para hablar en árabe. Poco a poco, Egipto se estaba transformando en un país árabe, al igual que Siria o Irak.
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