17.08.21

La predicación de la fe purifica las culturas de mitos y deidades (Liturgia frente a ídolos - II)

Ídolos

2.- Las religiones paganas y cultos idolátricos

Vayamos al Catecismo de la Iglesia Católica. Siempre ha sido un pecado sumamente grave y mortal. Durante los primeros siglos, la reconciliación de los cristianos se realizaba, con una disciplina muy rigurosa, a aquellos “que habían cometido pecados particularmente graves después de su Bautismo (por ejemplo, idolatría, homicidio o adulterio)” (CAT 1447). “El primer mandamiento condena el politeísmo. Exige al hombre no creer en otros dioses que el Dios verdadero. Y no venerar otras divinidades que al único Dios” (CAT 2112), por tanto, no se rinde adoración “a los cultos falsos del paganismo” (CAT 2113). Y es que “la idolatría es una perversión del sentido religioso innato en el hombre” (CAT 2114).

El cristianismo es la religión del Logos, del Verbo hecho carne. Con el Logos discierne la verdad de la mentira, lo razonable de lo irracional y supersticioso. Por eso deshace en nada las religiones paganas y la mitología. Los mitos se desenmascaran frente al Logos, la mitología (y su politeísmo) se sitúa frente a la Verdad revelada y se descubre su vaciedad. Los mitos divinizan los fenómenos naturales que resultaban inexplicables: el sol y la luna, la fuerza del mar y las lluvias, la fertilidad humana y la agricultura, etc., convirtiéndolos en dioses míticos. “El mito no es otra cosa que atribuir a la naturaleza aquello que es propio de Dios. En otras palabras, se trata de una deificación de la naturaleza que aparece de este modo poblada de fuerzas ocultas, numina, para emplear el término latino”[1].

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10.08.21

La idolatría, grave pecado: ya sea la Pachamama, el becerro de oro o el Estado (Liturgia frente a ídolos -I)

Pachamama en basílica romanaAlegremente algunos, viendo noticias recientes (bastantes tristes y escándalosas), afirman que la liturgia actual, la que llaman “Novus Ordo Missae", admite sin problemas cultos idolátricos y que en la Misa se puede adaptar sin problema una oración a la Pachamama, porque es una liturgia que admite eso y más. Toman algún texto aislado y descontextualizado, ignoran otros documentos disciplinares, y defienden que el Misal de S. Pablo VI admite los cultos paganos.

Creo que todo esto merece una reflexión pausada, calmada, empezando por entender bien la idolatría, los cultos idolátricos, la doctrina de la Iglesia, la praxis de los santos y evangelizadores para terminar con la liturgia hoy, sus textos y normas que, por supuesto, no admite sincretismo alguno.

Vamos a hacer un pausado y tal vez largo ejercicio de teología litúrgica, para evitar improvisaciones y juicios precipitados sobre la liturgia, el Misal de S. Pablo VI en su tertia edytio y las actuales normas litúrgicas y rúbricas.

Con paciencia y paso a paso, reflexionemos con esta nueva serie de artículos.

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3.08.21

El color azul para la Inmaculada Concepción

casulla azul Asenjo Tradicionalmente, en el ámbito español, el color azul-celeste es el color inmaculista, el emblema de la Pureza absoluta de Aquella que fue concebida sin mancha de pecado original, en previsión de los méritos redentores de Cristo (CAT 490-491).

El arte así representó a la Santísima Virgen, túnica blanca y manto azul-celeste, con la luna debajo de sus pies dejando establecida por los siglos la iconografía inmaculista.

Fue la visión de santa Beatriz de Silva sobre la Virgen la que influyó decididamente en la plasmación de la Concepción inmaculada de la Virgen: túnica blanca, envuelta en manto azul. Se enriqueció con los elementos de Apocalipsis, cap. 12: la luna a sus pies, las estrellas como corona; “para distinguirla de la Virgen ascendente de la Asunción, se la representa con los ojos dirigidos hacia la tierra, al tiempo que aquélla los tiene elevados al cielo donde Cristo la espera”[1]. El pintor Francisco Pacheco, suegro de Velázquez, en su obra póstuma Arte de la pintura (1649), establecerá muchos cánones pictóricos que se convertirán en clásicos. Sobre la Inmaculada escribirá:

“Hase de pintar, pues, en este aseadísimo misterio, esta Señora en la flor de su edad, de doce a trece años, hermosísima niña, lindos y graves ojos, nariz y boca perfectísima y rosadas mejillas, los bellísimos cabellos tendidos, de color de oro; en fin, cuanto fuere posible al humano pincel…

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27.07.21

Misterio de unidad (Tu Catedral - IV)

burgos

En cada Iglesia local hay una sola catedral, porque cada Iglesia local está regida por un solo obispo, sucesor de los apóstoles por la ordenación sacramental, y signo del mismo Cristo para la Iglesia.

Una sola catedral y un solo obispo son expresiones claras de la unidad de la Iglesia. ¡Qué fuerza tienen estos conceptos, y cómo resalta la unidad de la Iglesia un Padre apostólico, san Ignacio de Antioquía! Discípulo directo de los Apóstoles, desarrolla una bella teología de la unidad eclesial:

“Que nadie os engañe. Si alguien no está dentro del altar del sacrificio, carece del plan de Dios. Pues, si la oración de uno o dos tiene tal fuerza, ¡cuánto más la del obispo y toda la Iglesia!” (Ad Ef., 5,2).

“Esforzaos por frecuentar una sola Eucaristía, pues una es la carne de nuestro Señor Jesucristo y uno el cáliz para unirnos a su sangre, uno es el altar como uno es el obispo junto con el presbiterio y los diáconos” (Ad Fil., 4,1).

¡Visto así, cómo cambia la catedral! Ya no es un edificio cultural, poseedor de innumerables tesoros arquitectónicos, o pictóricos o escultóricos… ni tampoco lo veremos como una iglesia más, tal vez alejada del sentir cotidiano de la fe. La catedral, tu catedral, cualquier catedral es signo de unidad de la Iglesia.

Entramos en la catedral. Es grande, hermosa. Es un templo de gran capacidad, pero sobre todo es un templo con mucho significado. La catedral es casa de todos los católicos. Es hogar de los hijos de la Iglesia, presidido por el pater familias, el obispo, padre y pastor.

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20.07.21

Liturgia y belleza, relación y retos (y III)

belleza

3. El antropocentrismo desolador

Pero todo lo anterior se resiente y se viene abajo con el antropocentrismo que con tanta fuerza arremetió contra todo en las iglesias a partir de los años 70.

Este antropocentrismo sitúa al hombre el centro de todo, expulsando a Dios, lo sagrado, lo ritual, el Misterio en definitiva. Dice valorar al hombre por el hombre, pero es que el hombre sin Dios está fracasado sin otra opción posible: es el absurdo, es la nada. Es lo contrario del más sano humanismo cristiano, ya que éste valora al hombre en cuanto ve su referencia en Cristo, el Hombre nuevo, y su vocación y destino eternos y sobrenaturales. El antropocentrismo está agotado y encerrado en sí mismo.

La aparición del antropocentrismo en la liturgia fue desoladora. Sustituyó a Dios para ponerse el hombre, y la liturgia dejó de ser la glorificación de Dios y la santificación del hombre, para convertirse en algo autorreferencial, una comunidad que se celebraba a sí misma en todo caso. La liturgia se manipuló a gusto de cada uno como mera “fiesta de la comunidad”. Se perdió la sacralidad del lugar y de la acción litúrgica, se banalizó como si fuera una sala de reuniones más, desterrando la atmósfera sagrada de la liturgia (el silencio, el canto litúrgico, el incienso, etc). La belleza de los textos litúrgicos –que necesitan una iniciación, ciertamente- se trocó en textos improvisados, de dudosísima calidad y ortodoxia pero contemporáneos. La participación litúrgica promovida por la Iglesia, una participación activa, consciente, piadosa, interior, fructuosa, se cambió por una continua intervención de todos, de manera que participar era intervenir ejerciendo algún servicio en la liturgia para que se sintieran protagonistas: que fueran muchos los que subieran y bajaran al altar, que muchos hicieran algo.

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