InfoCatólica / Liturgia, fuente y culmen / Categoría: Textos litúrgicos

17.01.21

El ministerio instituido de lector/a (y seguimos aclarando: II)

lectorado

Los ministerios instituidos: estables y con rito de institución

      El papa Pablo VI, con el Motu proprio Ministeria quaedam (15-agosto-1972), suprimió en la Iglesia latina las órdenes menores y el subdiaconado, así como la tonsura, pero mantuvo las funciones que se encomendaban a esas órdenes. Ahora en vez de ser una ordenación, por tanto reservada para clérigos, será una institución para un cargo estable, un ministerio, que se le confía a un fiel laico. Era el uso atestiguado por la Tradición Apostólica de Hipólito, en el siglo III. No faltan tampoco alusiones en algunas cartas de S. Cipriano de Cartago.

      Volviendo a la disciplina más antigua, antes de constituirse estos ministerios como órdenes menores, se estableció en Ministeria quaedam “que estos ministerios no se llamen ya Órdenes menores; que su misma colación no se llame ‘ordenación’, sino ‘institución’, y además que sean propiamente clérigos, y tenidos como tales solamente los que han recibido el Diaconado. Así aparecerá también mejor la diferencia entre clérigos y seglares, entre lo que es propio y está reservado a los clérigos y lo que puede confiarse a los seglares cristianos; de este modo se verá más claramente la relación mutua, en virtud de la cual ‘el sacerdocio común de los fieles y sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo’”.

       La institución significa que ese ministerio es estable, para siempre, y además de ejercer el ministerio correspondiente –lectorado o acolitado- en la liturgia, se le confían algunas otras responsabilidades y tareas inherentes. El rito litúrgico de la institución de un ministerio lo preside el Obispo (o el Superior mayor para religiosos).

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22.12.20

Lectio divina con la liturgia (Notas sobre espiritualidad litúrgica - XIV)

    lectio De la liturgia nace el deseo de conocer mejor la Palabra de Dios en las sagradas Escrituras mediante la lectio divina, y la lectio divina favorece luego vivir la liturgia escuchando la Escritura, cantando los salmos, etc., con mayor conocimiento y fervor.

     Toda la liturgia está impregnada de la Palabra de Dios; en cada oficio litúrgico se lee la sagrada Escritura, en mayor o menor extensión, y con una distribución propia. Y es que la liturgia ofrece diversos ciclos de lecturas en su liturgia para instruir y alimentar las almas:

a)      El ciclo dominical en tres años (A, B y C)

b)      El ciclo anual en ferias de Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua

c)      El ciclo bianual para la 1ª lectura y anual para el Evangelio en las ferias del tiempo ordinario

d)     A lo que hay que sumar la distribución de lectura para fiestas del Señor, de la Stma. Virgen, Apóstoles y santos, etc…

e)      El ciclo anual, por ahora, del Oficio de lecturas en la edición española.

f)       Y aunque no son lecturas, habría que añadir los salmos de la Liturgia de las Horas distribuidos en cuatro semanas, especialmente los salmos de las Laudes, Vísperas y Oficio de lecturas.

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6.10.20

Unirse a los textos litúrgicos (Notas de espiritualidad litúrgica - VIII)

 libro      La liturgia da más fruto en nosotros si tenemos una disposición interior, si nos preparamos a ella. Parte de ese trabajo personal es asimilar los textos litúrgicos conociéndolos por la oración y meditación personal. Eso nos facilitará luego su escucha orante en la liturgia.

      Aquí, de nuevo, con otro matiz, hay que abordar el tema de la participación en la liturgia, buscando siempre su concepto verdadero y no su caricatura, ya que es siempre requisito y cualidad del alma ante el Misterio que se vive en la liturgia, y no acción exterior “creativa”, un hacer cosas y producir movimiento en torno al altar.

     La participación activa y fructuosa en la liturgia es poner en sintonía el alma con el espíritu de la liturgia, unirse a la liturgia con toda la mente y el corazón, amando a Cristo:

    “Sin afectar a la eficacia de la acción cultual de Jesucristo, tanto el ministro como los simples fieles que intervienen en la celebración o en la recepción de este culto esencial, por su razón de miembros vitalmente unidos a la Cabeza, pueden añadir algo a su integral perfección o al grado de percepción de su eficacia si, como seres inteligentes, aportan a la acción litúrgica una consonancia espiritual con la actitud correspondiente del alma de Jesucristo. Así, en el sacrificio de la misa, aunque siempre es grato y acepto al Padre porque siempre es el acto supremo de religión que le tributa Jesucristo, el carácter social y representativo del sacerdocio del Señor tendrá una expresión más perfecta y adecuada si el celebrante y los fieles asistentes no sólo participan exteriormente a la celebración de la misa, sino que además procuran adaptar su actitud espiritual a la del alma de Jesucristo” (Brasó, Liturgia y espiritualidad, Barcelona 1956, 236).

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22.09.20

Orando los textos litúrgicos (Notas de espiritualidad litúrgica - VII)

 prefacio   Los textos litúrgicos son un material obviamente básico para la espiritualidad litúrgica, ya que ésta no vive de ceremoniales ni puestas en escenas barrocas, sino de la sustancia misma de la liturgia, de su ritualidad, de sus plegarias, de su naturaleza, de la gracia misma.

     Por ello es necesario detenerse a considerar cómo son los textos litúrgicos, cuál es su lenguaje. ¿Van dirigidos al sentimiento, a lo afectivo y emocional, o más bien a la inteligencia que mueve nuestro ser?

     “Por su contenido primordialmente dogmático o doctrinal las fórmulas de la liturgia tienen un carácter teológico y conceptual. Por cuanto llevamos expuesto en los capítulos anteriores, es fácil deducir que la oración de la Iglesia se dirige especialmente a la inteligencia para comunicarle el conocimiento de los misterios divinos y unirla a Dios con una fe viva e ilustrada. Los profundos conceptos de la vida sobrenatural requieren expresiones densas de pensamiento que no se penetran sin esfuerzo de la mente. La dificultad de expresión resulta tanto mayor cuanto que estas verdades divinas se nos dan a conocer en el misterio, por medio de imágenes y analogías, en las que frecuentemente es difícil distinguir lo que es realidad presente y lo que se refiere a la escatología.

    Téngase en cuenta además que la mayor parte de textos usados por la liturgia son tomados de la Sagrada Escritura, cuya lectura es siempre difícil a causa de su estilo, de sus conceptos teológicos, y en especial por razón de la riqueza de contenido de su sentido espiritual A éste haya que añadir todavía un nuevo significado: el que les da la liturgia al usar los textos bíblicos en orden al misterio de Cristo renovado sacramentalmente en la iglesia” (Brasó, Liturgia y espiritualidad, Barcelona 1956, 216-217).

     La Iglesia ha ido componiendo sus textos para el culto litúrgico: oraciones (colecta, sobre las ofrendas, postcomunión), prefacios y plegarias eucarísticas, himnos litúrgicos (Veni Creator, Pange lingua, etc.), responsorios, antífonas (“En la zarza que Moisés vio arder sin consumirse, reconocemos tu virginidad admirablemente conservada. Madre de Dios, intercede por nosotros”, en las Vísperas de Santa María, 1 de enero), grandes plegarias de bendición o consagración (de ordenación, de consagración del crisma, bendición del agua bautismal, etc.)

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15.09.20

Ejercicio de elevación, ¡para arriba siempre! (Notas de espiritualidad litúrgica - VI)

elevarse     Demasiado acostumbrados estamos, en la educación y en cualquier ámbito de la vida civil, a ir rebajando exigencias, alturas, contenidos, excelencias, para no subir nunca y superar la vulgaridad, el nivel bajo, la mediocridad en todo. En vez de ayudar a comprender, esforzarse por subir y mejorar, enriquecerse, se baja todo.

     El nivel académico se va bajando, evitando la supuesta frustración de los alumnos más torpes o vagos, y en vez de enseñar a estudiar con rigor y método, se permite pasar de curso con asignaturas suspensas. Ya no es el esfuerzo y el mérito lo que se recompensan. Es el igualitarismo medido por abajo. 

   No se premia ni se valora la excelencia, la calidad, el mérito, por el contrario, se castiga, como si fuera eso lo que creara desigualdad por destacar. Molesta el brillo de los demás porque descubre la mediocridad grisácea de los otros: se prefiere lo mediocre, apagado, anodino, casi borreguil, fácil de dirigir y manipular.

    Algo así se da en la Iglesia. En vez de elevar al pueblo cristiano, por la catequesis, la predicación, la enseñanza, se le mantiene en niveles bajísimos de cultura cristiana, de formación espiritual, degradándose. Se le llama “pastoral” a todos los intentos de torpe adaptación, dando por hecho que “la gente no se entera de nada”, en vez de ayudarlos a una mayor altura y profundidad. ¡Cuántas veces en la liturgia, en vez de elevar, vulgarizamos con moniciones, teatros inventados, etc.! No nos molestamos en enseñar pacientemente y predicar, sino en adaptar rebajando contenidos.

      Ante esa mentalidad, la espiritualidad litúrgica parece de unos pocos, de unos escogidos; la pastoral –su falsificación, mejor dicho- no se para ni se entretiene en educar en la espiritualidad litúrgica, en su vivencia, en su sabor, en su mística. Todo tiene que ser vulgar y rápido, adaptado a todos, impactante, simpático, emotivo, superficial.

     Pero la verdadera pastoral eleva al pueblo cristiano, lo nutre, le enseña, lo acompaña por otros caminos mejores, con suma paciencia y esfuerzo. No adapta rebajando, sino enseña a comprender y vivir. Y así, una auténtica pastoral digna de este nombre llevará a los fieles, a las almas cristianas, a una vida sobrenatural en la gracia, nutriéndose de la espiritualidad que mana de la liturgia.

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