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5.03.20

Coronavirus

Yo no soy científico, médico ni, mucho menos, político profesional. Y por lo tanto, lo que yo pueda opinar sobre la pandemia del coronavirus es perfectamente prescindible. No sé qué se debe hacer ni qué no. No tengo ni idea. Pero hay cosas que no casan.

Hay quienes acusan a las personas normales y corrientes de alarmismo: de sembrar un miedo infundado, dadas las características de la enfermedad. Hay quienes dicen que eso de comprar mascarillas o tomar demasiadas precauciones está fuera de lugar.

Pero, realmente, ¿quién está creando la alarma? Porque yo veo los informativos y veo en China, en Japón, en Corea del Sur o en Irán a brigadas de militares o policías con trajes de guerra bacteriológica fumigando las calles para desinfectarlas. Veo zonas rodeadas de alambradas con concertinas para que nadie pueda entrar o salir de allí. Veo al ejército en Italia, con mascarillas y fusil en ristre, cortando carreteras para impedir que nadie entre o salga de determinadas ciudades del norte de Italia. Veo que se ha suspendido el congreso de móviles de Barcelona, la Semana de la Moda de Milán, la liga de fútbol en Italia; veo que se celebran partidos de fútbol o baloncesto a puerta cerrada. Veo que el carnaval de Venecia se ha suspendido y la feria del automóvil de Ginebra, también. Se suspenden eventos deportivos en Valencia pero no se suspenden las fallas. ¿Y qué va a pasar con la Semana Santa?

¿Quién siembra alarma? 

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28.02.20

Cosmópolis y Reino de Dios

Este artículo es mi intento de entender el mundo de hoy. Y para ello, hay que llegar hasta Kant. Este post es una reflexión personal tras leer el artículo de Pedro Talavera Fernández, del Departamento de Filosofía del Derecho, Moral y Política de la Facultad de Derecho de la Universidad de Valencia, titulado Kant y la idea de progreso indefinido de la humanidad. El original siempre será mejor que mis reflexiones… Les invito a leer de don Pedro Talavera. Mi post es un intento personal de entender algo que a mí me resulta complicado y una reflexión que trata honestamente de buscar la Verdad sobre las cosas que pasan en el mundo de hoy; sobre por qué pasan las cosas que pasan.

1.- PRINCIPIO DE AUTONOMÍA: LA AUTODETERMINACIÓN

La libertad moderna se entiende como autonomía del sujeto. El sujeto debe ser independiente respecto a cualquier factor externo a la propia voluntad. El individuo debe tener libertad de elección para configurar su plan de vida según su propia voluntad.

Todo debe someterse al examen de la razón. Solo tiene autonomía aquello en lo que la persona reconoce los trazos de su autonomía: el YO QUIERO debe acompañar todas mis acciones. El individuo piensa por sí mismo y es libre.

Yo soy libre para hacer y ser lo que me dé la gana. Soy autónomo. ¡Hágase mi voluntad!: no la voluntad de nadie ni la voluntad de Dios.

Nadie puede obligarme a ser feliz a su manera. Cada uno tiene que buscar su propia felicidad como mejor le parezca, siempre y cuando no perjudique a la libertad de los demás. El fundamento de la dignidad humana no proviene de Dios, sino de la autonomía del hombre. Cada uno es su propio legislador y se pone sus propias normas. La ética exige, en nombre de la dignidad, que la persona no remita el fundamento de su conducta a algo externo, sino como obra de su autonomía. “Yo establezco mis propias normas. Yo decido lo que está bien y lo que está mal, sin más límite que la libertad del otro”.

El principio de autonomía desemboca, obviamente, en el relativismo moral, en el subjetivismo absoluto, en la ideología de género y en las teorías de la transexualidad y el transgénero: en virtud de mi voluntad, de mi libertad y de mi autonomía yo puedo ser lo que yo quiera ser, vivir como yo quiera vivir y hacer lo que me dé la gana sin otra restricción que el respeto a la libertad de los demás. Nada es verdadero ni falso. No existen el bien y el mal absolutos y universales. Cada cual decide lo que está bien y lo que está mal.

Dios no tiene cabida en el mundo moderno.

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18.02.20

Contra el Liberalismo

¿Cristiano y liberal? ¿Soberanía de Cristo o soberanía popular?

Tengo la sensación – más bien la certeza – de haber escrito este mismo artículo muchas veces. Me repito. Es verdad. Pero en estas cuestiones, nos jugamos la vida. Y si Dios me pide que lo escriba un millón de veces, lo haré. Así que vuelvo a insistir en lo fundamental para que no perdamos el rumbo…

1.- Hemos sido creados por Dios. Dios nos amó desde antes de crear todo cuanto existe y nos dio la vida. No somos fruto del azar, como pretenden los ateos. Dios nos ha dado la vida y nos ha hecho a su imagen y semejante. De ahí proviene nuestra dignidad.

Le dice Dios a Jeremías:

Antes que yo te formara en el seno materno, te conocí, y antes que nacieras, te consagré, te puse por profeta a las naciones. Jeremía 1, 5.

Y en el Salmo 138 podemos leer:

Tú has creado mis entrañas,
me has tejido en el seno materno.

Te doy gracias,
porque me has escogido portentosamente,
porque son admirables tus obras;
conocías hasta el fondo de mi alma,
no desconocías mis huesos.

Cuando, en lo oculto, me iba formando,
y entretejiendo en lo profundo de la tierra,
tus ojos veían mis acciones,
se escribían todas en tu libro;
calculados estaban mis días
antes que llegase el primero.

2.- La vida del hombre tiene sentido: caminamos hacia nuestra patria celestial que es Dios mismo. Dios nos llama a vivir en comunión con Él, unidos a Él. Dios nos dio la vida y nos la conserva por amor, porque en Él vivimos, nos movemos y existimos.

Este mundo es el camino [1]
para el otro, que es morada
sin pesar;
mas cumple tener buen tino
para andar esta jornada sin errar.
Partimos cuando nascemos,
andamos mientras vivimos,
e llegamos
al tiempo que fenecemos;
así que cuando morimos,
descansamos.

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1.02.20

El Problema de la Libertad

 “Dios creó al hombre al principio y le dio libertad de tomar sus decisiones.” Eclesiástico 15:14

Empecemos por resumir muy brevemente la doctrina católica sobre la libertad:

  1. Los seres humanos somos libres porque podemos tomar nuestras propias decisiones. La libertad es propia y exclusiva de los seres racionales que somos dueños y responsables de nuestras acciones. El hombre puede obedecer a la razón y practicar el bien moral para alcanzar el fin último para el que ha sido creado; o puede seguir la dirección contraria y dirigirse a su perdición. 
  2. El fin supremo al que debe aspirar la libertad humana no es otro que el mismo Dios. La recta razón nos conduce siempre a Dios, que es nuestro principio, nuestro Creador, y nuestro fin último. Dios es alfa y la omega, principio y fin. Venimos de Dios y hacia Él vamos.
  3. Pero la razón y la voluntad son facultades imperfectas y nos pueden presentar de manera engañosa algo malo con apariencia de bien. La naturaleza humana está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado, aunque no está totalmente corrompida. 
    «Lo que la Revelación divina nos enseña coincide con la misma experiencia. Pues el hombre, al examinar su corazón, se descubre también inclinado al mal e inmerso en muchos males que no pueden proceder de su Creador, que es bueno. Negándose con frecuencia a reconocer a Dios como su principio, rompió además el orden debido con respecto a su fin último y, al mismo tiempo, toda su ordenación en relación consigo mismo, con todos los otros hombres y con todas las cosas creadas» (GS 13,1).
  4. Cuando la voluntad apetece un objeto que se aparta de la recta razón, incurre en el defecto radical de corromper y abusar de la libertad. La posibilidad de pecar no es libertad, sino  esclavitud. El que peca es esclavo del Demonio. Por el pecado original, el diablo adquirió un cierto dominio sobre el hombre, aunque éste permanezca libre. El pecado original entraña “la servidumbre bajo el poder del que poseía el imperio de la muerte, es decir, del diablo” (Concilio de Trento: DS 1511, cf. Hb 2,14). Por el pecado, el hombre está privado de la gracia y en estado de enemistad con Dios.
  5. Dios, infinitamente perfecto, sumamente inteligente, sumo bien y esencialmente bondadoso, es plenamente libre y no puede nunca querer el mal. Por lo tanto, la posibilidad de pecar no forma parte del concepto de libertad, pues, de ser así, Dios no sería libre. Libertad y bondad van inexorablemente unidas.
  6. A la libertad le hacía falta una protección y un auxilio capaces de dirigirla hacia el bien y apartarla del mal, porque, si no, la libertad habría sido gravemente perjudicial para el hombre. Esa protección y ese auxilio se los proporciona la ley, que es una norma que nos señala lo que hay que hacer y lo que hay que evitar. El hombre, precisamente por ser libre, ha de vivir sometido a la ley. La ley que guía al hombre en su acción y le mueve a obrar el bien y a evitar el mal es la ley natural que está escrita y grabada en el corazón de cada hombre, porque es la misma razón humana la que manda al hombre hacer el bien y prohíbe al hombre obrar el mal.
  7. Pero este precepto de la razón humana no podría tener fuerza de ley si no fuera órgano e intérprete de otra razón más alta, a la que deben estar sometidos nuestro entendimiento y nuestra libertad: la ley eterna. La ley natural es la misma ley eterna, que, grabada en los seres racionales, inclina a éstos a las obras y al fin que les son propios. La ley eterna es la razón eterna de Dios, Creador y Gobernador de todo el universo.
  8. La naturaleza de la libertad humana incluye la necesidad de obedecer a una razón suprema y eterna, que no es otra que la autoridad de Dios imponiendo sus mandamientos y prohibiciones. Y este dominio de Dios sobre los hombres no solo no suprime ni debilita la libertad humana, sino que lo que hace es precisamente todo lo contrario: defenderla y perfeccionarla.
  9. A esta regla de nuestras acciones, a este freno del pecado que son los Mandamientos, Dios ha añadido ciertos auxilios especiales para confirmar y dirigir la acción del hombre. Para que podamos cumplir la ley eterna, Dios nos socorre con su gracia. La gracia divina ilumina el entendimiento y robustece e impulsa la voluntad hacia el bien moral y, al mismo tiempo, facilita y asegura el ejercicio de nuestra libertad natural.
  10. Jesucristo, liberador del género humano, que vino para restaurar y acrecentar la dignidad antigua de la Naturaleza (caída tras el pecado original), ha socorrido de modo extraordinario la voluntad del hombre y la ha levantado a un estado mejor, concediéndole, por una parte, los auxilios de su gracia y abriéndole, por otra parte, la perspectiva de una eterna felicidad en los cielos.

La doctrina expuesta en este apartado está tomada de la Encíclica Libertas Praestantissimum de León XIII (apartados 1 al 8); y lo referente al pecado original del Catecismo (parágrafos 396 a 412).

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23.01.20

Diferencias Religiosas, Ecumenismo, Fraternidad Universal...

El pasado 21 enero podíamos leer en Zenit:

El Papa Francisco afirmó que todas las diferencias religiosas se deben subordinar a nuestra humanidad. En una entrevista con zenit, el rabino David Rosen expresó esto, después de su participación la semana pasada en la Iniciativa de Fes Abrahámicas (AFI son las siglas en inglés), y su reunión con el Santo Padre el jueves pasado.

¿Todas las diferencias religiosas se deben subordinar “a nuestra humanidad"? Al rabino Rosen le debe de pasar como a Scalfari cuando se entrevista con el Papa Francisco. Seguramente no lo ha entendido bien…  

Yo voy a decir varias cosas con claridad: 

1.- La única religión verdadera es la católica. No hay salvación fuera de la Iglesia Católica (Este es un dogma y los dogmas se pueden profundizar pero no cambiar su sentido: no evolucionan ni se derogan). No hay otro Salvador que Jesucristo. 
2.- No todas las religiones son iguales ni todas conducen a la salvación. No da igual una religión que otra. 
3.- El único ecumenismo posible es la conversión de todos los  herejes a la única fe verdadera que es la que proclama la Santa Iglesia Católica. No caben transacciones, consensos ni negociaciones entre la verdad y el error.
4.- Todas las religiones, todos los pueblos, todas las naciones deben subordinarse a la soberanía de Cristo Rey: de ahí surgirá la verdadera fraternidad. Pío XI lo dejaba claro en Quadragesimo Anno:

Así, pues, la verdadera unión de todo en orden al bien común único podrá lograrse sólo cuando las partes de la sociedad se sientan miembros de una misma familia e hijos todos de un mismo Padre celestial, y todavía más, un mismo cuerpo en Cristo, siendo todos miembros los unos de los otros(Rom 12,5), de modo que, si un miembro padece, todos padecen con él (1Cor 12,26).

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