Híbridos humanos

El Parlamento británico debate sobre la tramitación de la nueva Ley de Fertilización Humana y Embriología. Ley que barre todos los aspectos en los que se puede degradar la naturaleza humana en sus primeros instantes: el hombre-vaca, el hermano-cobaya, el hijo-gay y el indefenso asesinado; un verdadero programa de «cultura de la muerte». Los dos primeros aspectos han salido adelante —alborozo en los aprendices de doctor Moreau—, los dos segundos se resuelven hoy —expectación en el lobby homosexual y matarife—. No he podido esperar más a conocer el resultado final para comentarlo: una monstruosidad.
La ley tiene al menos dos virtudes. La primera, coherencia. Máscaras fuera. Todos los elementos juntos y revueltos, un tratamiento global de indignidad; un tratamiento maligno pero consistente, quizá de las pocas veces en las que no se esconde, ni por estética, la trabazón entre los temas. La segunda, su enemigo: la cultura de la vida, defendida una vez más en exclusiva por la Iglesia. Parte del debate ha estado centrado en la libertad de voto que ha tenido que conceder el Partido Laborista a los diputados católicos. ¿Y los anglicanos?; debatiendo sobre el sexo del clero.
Hace pocos días terminaba un post con una cita de la entrevista de Peter Seewald a Ratzinger en Dios y el Mundo. Hoy quiero volver a recordarla. Preguntaba el periodista sobre la ruptura del último tabú: el árbol de la vida, mandado proteger por Dios a los querubines en el Paraíso. La repuesta del cardenal profética:



¿Por qué llamamos a mayo el mes de María, y se lo dedicamos especialmente a ella? Entre otras razones, porque en el año de la Iglesia, en el calendario eclesiástico, es la parte más sagrada, más festiva, más alegre. ¿Quién desearía febrero, marzo o abril como el mes de María, considerando que es Cuaresma, tiempo de penitencia? ¿Quién por el contrario escogería diciembre, pleno Adviento, desde luego tiempo de esperanza, porque se acerca la Navidad, pero también tiempo de ayuno? Las propias Navidades no llegan al mes; y enero por supuesto contiene a la alegre Epifanía con su octava; pero se acorta demasiado con la llegada urgente de la Septuagesima (NdT: antiguamente tiempo de preparación para la Cuaresma).
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