Competencia clave: llegar al cielo

La fiesta de Santa Teresa vino con dos buenas noticias sobre el mismo tema, casi simultáneas. Primero llegó (a mi inbox) la carta pastoral del arzobispo Sample de Portland, con el plan para la diócesis. No se queden con la noticia: la carta entera es un tesoro.
Entre las muchas cosas que dice, el foco que pone en la educación católica es tan extraordinario que deberían copiarlo en todas las diócesis. Y lo dice muy sencillo, como se lo diría a Forrest Gump su madre:
Nuestra primera tarea no es preparar a los niños para que, con el tiempo, ingresen en una gran universidad, ¡sino ayudarlos a llegar al cielo!
Asómense a la web de cualquier colegio, católico incluido: «excelencia», «bilingüismo», «Bachillerato Internacional», «competencias», «liderazgo». La palabra «cielo», si aparece, será en la foto del patio.
Sample no se queda en el eslogan. Lo argumenta, incluso con párrafos que parecen de un catecismo de los de antes:
¿Por qué la Iglesia Católica tiene escuelas católicas? La respuesta a esta pregunta, por una parte, es algo compleja, dada la historia de la educación católica en los Estados Unidos. Por otra parte, la respuesta definitiva es muy sencilla y clara. Buscamos formar el corazón y la mente de los niños y jóvenes para que conozcan, amen y sirvan a Dios y, algún día, alcancen la finalidad misma de su existencia: estar con él para siempre en el Reino de los cielos. ¡Buscamos sumergirlos en el amor del Corazón de Jesús!
Lógicamente, no rehúye el aspecto social ni el académico, pero no es lo principal:
Ciertamente, hubo un tiempo en que brindar una educación de calidad era, en sí mismo, un objetivo noble y elevado. No todos los niños tenían acceso a la educación, especialmente los pobres. (…) La Iglesia respondió a esta necesidad de muchas personas, ofreciéndoles una educación y una formación de calidad, impregnadas de fe, que de otro modo quizá no habrían estado a su alcance. Esto sigue ocurriendo hoy, especialmente entre los pobres de las zonas urbanas.
Pero eso es solo una parte, y la más pequeña. En serio, lean la carta, que está traducida al español. Yo me detengo aquí, porque acabaría copiándola entera y no me quedaría tiempo para la otra noticia.
Leyendo a Sample pensaba en España, en tantos colegios que se llaman católicos y en los que lo de «ayudarlos a llegar al cielo» sonaría a chiste en la sala de profesores. Y en esas, la otra noticia: la confirmación de que lo de Sample no es una utopía de Oregón. Llegó por la newsletter de Javier García Herrería, que este otoño ha vuelto (le y la echaba de menos; suscríbanse, denle un par de números y, si no les gusta, se desuscriben y ya está: es gratis. Pero me entenderán, aquí los últimos números).
Javier suele cerrar la de los jueves con un breve comentario personal, alguna anécdota. La de la semana del Pilar me dejó tocado:
Te comparto una gran alegría. Hace dos semanas se han incorporado al Seminario de Madrid dos antiguos alumnos del colegio donde ejercí como profesor hasta 2022: uno acaba de graduarse en Medicina en la Universidad Autónoma de Madrid y fue delegado de su clase; el otro ha terminado el doble grado de Derecho y Economía por la Universidad de Navarra, con un expediente de matrículas y sobresalientes.
Con ellos, son ya 21 los alumnos a los que he dado clase que han ingresado en el seminario durante mis 18 años de profesor en ese centro. Dos tercios lo hicieron en el Seminario Diocesano de Madrid y el resto en el Seminario del Camino Neocatecumenal, la diócesis de Getafe o la prelatura del Opus Dei. De todos ellos, 14 ya han recibido el orden sacerdotal, otros son seminaristas y algunos -como es natural- no llegaron a ordenarse.
Es un motivo de inmensa gratitud al cielo y una muestra del fruto que da un colegio católico cuando funciona bien, impulsado por familias cristianas que transmiten la fe a sus hijos. En España hay 2.500 colegios católicos y actualmente solo contamos con 1.000 seminaristas en todo el país, por lo que cabe preguntarse cuál sería el panorama si de verdad todos hiciéramos un poco mejor las cosas.
Esta newsletter no genera vocaciones al seminario, pero sí espero que ayude a muchos creyentes. Muchas gracias por compartirla con aquellas personas a las que creas que puede ayudar.
Todo esto, dicho como quien no quiere la cosa. Hay formadores de seminario con menos experiencia con seminaristas que este profesor de filosofía.
Evidentemente, Álex Navajas se me iba a adelantar en El Debate. Como el arzobispo Sample, señalaba la ocasión perdida («En España hay 2.500 centros educativos de la Iglesia, pero solo unos pocos de ellos generan vida cristiana»), pero también la alegría.
Javier no da el nombre del colegio, pero tampoco es un secreto: es Retamar. Educación diferenciada y obra corporativa del Opus Dei, o sea, dos de los pecados capitales del pedagogo de guardia. Qué le vamos a hacer.
La alegría ha resultado contagiosa. Dentro del propio colegio, varios profesores se sentaron, papel en mano, a hacer memoria y repasar nombre por nombre todos estos años. Me cuentan el resultado, que es todavía más sorprendente de lo que imaginaban, y quizá aún incompleto.
Entre 2004 y 2026 han entrado 41 alumnos en algún seminario: 20 en el de Madrid, 11 en la prelatura del Opus Dei, 5 en Getafe, 2 en los Discípulos y el resto en Schoenstatt, el Camino Neocatecumenal y los benedictinos del Valle de los Caídos.
Diecinueve ya son sacerdotes, trece siguen estudiando y nueve no llegaron a ordenarse, para esto también está el seminario. Diez de las ordenaciones han sido en la prelatura, pero los trece que siguen estudiando son, todos, para Madrid, Getafe o Schoenstatt. Dentro de unos años la cuenta de ordenaciones será otra.
Ojo, que no es el mismo dato. Los 21 de Javier son sus alumnos, los que pasaron por su aula hasta 2022. Los 41 son los de todo el colegio.
Y conviene no confundir la métrica con el objetivo, que es justo lo que advierte Sample: la meta es el cielo, no la universidad. Y, aunque suene raro dicho aquí, tampoco el seminario. Un colegio católico no está para fabricar curas, como no está para fabricar ingenieros. La vocación es de Dios; los profesores y el colegio son instrumentos, y las familias, la tierra buena: el hogar es el lugar más propio de la educación. Los seminaristas son, en jerga de evaluación, un «indicador de logro»: el más vistoso, porque se puede contar con papel y lápiz. Lo que no sale en ningún recuento son los matrimonios que aguantan en estos tiempos, las familias numerosas de antiguos alumnos, sus hijos volviendo a llenar las aulas o las vocaciones a la vida religiosa, que en los colegios femeninos serían el dato equivalente. Si cuarenta y uno han llegado al seminario, cabe suponer que el resto del iceberg no es pequeño.
Desde luego, no voy a embarrar una noticia tan buena con comparativas con otros colegios autodenominados católicos. Prefiero quedarme con esos profesores, papel en mano, repasando nombres. Ojalá en muchos claustros se hiciera ese ejercicio, aunque saliera un cero: lo primero es saber qué se está buscando. El resto lo pondrá el Señor.
Empezaba con Santa Teresa y con ella termino. Se le atribuye aquello de que Teresa sola no es nada; Teresa y tres ducados, menos que nada; pero Teresa, Dios y tres ducados lo son todo. Un colegio, unas familias que rezan y unos profesores que se lo creen parecen poca cosa. Con Dios de por medio, son cuarenta y uno. Recemos por ellos, por los que perseveran, por los que no, y por los que todavía están en clase sin saber lo que les espera, de ese colegio y de otros muchos que seguro que se animan. Aunque su obispo no sea Sample.
7 comentarios
Que tengo que morir es infalible.
Dejar de ver a Dios y condenarme,
triste cosa será, pero posible.
¿Posible, y río y canto y quiero holgarme?
¿Posible, y tengo amor a lo visible?
¿Qué hago? ¿En qué me ocupo? ¿En qué me encanto?
¡Loco debo de ser si no soy santo!
Si hubiesen elegido otro, pues la historia hubiese sido distinta. Y son familias que pueden elegir y no las hordas progres las que les obligan a que tengan una educación contraria a sus valores y determinar a qué colegio tienen que ir.
Por eso el colegio es como es. Si hubiesen querido solo excelencia académica (que ese colegio también la tiene) las familias tenían otras alternativas, incluso entre colegios que se autodenominan católicos.
Supongo que el colegio ese es uno de tantos católicos.
Yo he ido a colegios católicos y no catolicos, y es mucho mejor que el colegio sea catolico, a ser posible de verdad, y que fomenten y enseñen la Fe.
La vocación puede llegar de muchas maneras, como la conversión.
No se puede justificar todo en la familia aunque es muchisimo mejor que la familia sea catolica.
Y si la Familia y el colegio se complementan entonces miel sobre ojuelas. No se comprende ese intento de disociar el colegio frente a las familias.
Tambien es cierto que hay muchos colegios concertados que son catolicos casi solo de nombre, donde el oratorio es una sala multiusos. Eso ya me lo dice todo. Al principio no te das cuenta, pero cuando pasas los años te das cuenta de los curas que llevaban ese colegio no tenían un verdadero sentido lo sagrado. En mi caso Salesianos. Se habían acostumbrado a Dios al tenerlo tan cerca y habían perdido probablemente sin maldad o sin voluntad, el respeto debido a la Divinidad. En cualquier caso creo que un buen colegio puede ayudad a muchos, no solo a ser sacerdotes, sino a hacerlos crecer en su Fe, que al fin y al cabo es lo mas importante. No se si es usted consciente, pero con su razonamiento, asi sin mas, de algun modo esta cuestionando la enseñanza catolica, cuando es algo importantísimo. Y el que un colegio sea bueno, no quiere decir que todos sus alumnos lo sean. A mi me parece elemental.
No voy a entrar en ninguna discusión al respecto de supuestas hordas progres que obligan a recibir no sé qué educación contraria a tampoco sé qué valores. Sorprende que alguien que vive en Madrid diga algo así, cuando aquí la libertad de elegir colegio está absolutamente conculcada en sentido contrario. Es evidente que no conoces cómo funciona la elección de centro en Madrid, donde las hordas que secuestran a los niños en colegios que sus padres no han elegido, no son precisamente progres.
Invito a los lectores de tu blog, y a ti mismo, a leer en la misma noticia de Él Debate, la opinión en primera persona de uno de esos seminaristas, ex-seminarista, Ignacio Hernández Blanco. Contra la experiencia personal no hay nada que decir.
Por lo demás, habría que explicar de dónde sale el resto de seminaristas.
Yo misma he tenido un alumno, hoy sacerdote en Alcalá de Henares. Como nadie le inculcó valores contrarios a nada, ahí lo tienes ejerciendo su ministerio.
Que en familias del Opus Dei surjan más vocaciones que en otras familias es lo más natural del mundo, a pesar de las burbujas (la palabra no es mía sino de uno de los chavales que has puesto de ejemplo) en los que se mete a algunos niños.
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