Religión Digital obligada a reconocer sus calumnias y falta de ética periodística

Ayer ocurrió algo inédito, usando palabras de RConf. Y curiosamente es la segunda vez que ocurre algo inédito respecto a Religión Digital, José Manuel Vidal y Jesús Bastante.
En la cuenta de Religión Digital, de la red social X aparecía un anodino tuit, con un críptico titular que remitía a un breve artículo de la página web: «Sobre una información publicada en dos artículos de Religión Digital acerca de la prelatura del Opus Dei»
Anodino, críptico y breve… y falso, porque no era una información publicada, era una falsa información. Pero importante y que quizá marque un antes y después. En el artículo se «reconoce que […] se vierten acusaciones graves que no se ajustan a la realidad (calumnias) y carecen de fundamento y de contraste previo por parte de su autor (malos periodistas)». Las negritas son añadidos míos.
Son calumnias, no errores, porque los artículos son de hace años y solo cuando han visto las orejas al lobo han rectificado. Orejas que, como todo el mundo puede suponer, tienen forma de billetes. Es el interés que les mueve. Como lacónicamente señala el abogado penalista José María de Pablo, «la eficacia de una querella por calumnias cuando un medio de comunicación las comete»
Y aquí viene un factor importante, «Tras la querella por calumnias presentada por el Opus Dei…Siguiendo los términos de la conciliación legal»
La secuencia, naturalmente, cualquiera puede imaginarla. Vidal y Bastante publican la(s) calumnia(s), los de Opus Dei piden rectificación. Vidal y Bastante, creciditos, no rectifican, ni se disculpan, incluso sacan pecho. Tantos años de impunidad les hacen perder el sentido de la realidad. Y, ojo, no quiero decir que no les funcionase, se conoce cómo funcionan. Simplemente están desconectados
Viene la querella, yo pensaba que era demanda, pero no, querella. Vidal y Bastante siguen crecidos. Sus artimañas ya les han funcionado en casos similares. Seguimos imaginando, claro. Y repentinamente les cae el cielo sobre la cabeza. El abogado, o abogada, experto en la cosa, les pone frente a sí mismos. Para el resto, MasterCard.
Hay que agradecer al Opus Dei que siguiesen con el caso hasta el final. Animará a otros a seguir el mismo camino, tanto a Dircom de instituciones religiosas como a personas físicas: «los artículos han sido eliminados permanentemente y se procede a la presente rectificación pública en favor de la verdad informativa y el honor de la Prelatura y de sus miembros».
Alguien puede pensar que es una victoria pírrica o puntual. Pero no. Cuando la herramienta es el terror, un solo caso perdido hace desmoronarse todo el entramado. Lo explica mejor que cualquier película de mafia un clásico inesperado: Bichos. Basta con que una hormiga deje de tener miedo. Y al margen de todo, me parece un hecho relevante por dos motivos:
Primero, por el intento de restitución del honor. Y aunque toda rectificación, siempre, me parece un acto al que hay que alabar, en este caso se me queda corto. No por el acto en sí, ni porque sea forzado por una actuación dentro de la vía judicial. Más bien por la tremenda hipocresía de José Manuel Vidal. Hace un mes y tres días soltaba soflamas del tipo: «Si Magán y Argüello optan por el silencio público y se limitan a dejar que el tuit retirado caiga en el olvido, asumirán de hecho la autoría política del linchamiento», «Un simple ‘eliminar’ no compensa un intento de desacreditar…», incluso pedía cabezas, «el despido inmediato», decía. Ay, Vidal, Vidal.
Segundo, «en favor de la verdad informativa». Creo que también aquí la actuación del Opus Dei es beneficiosa para la sociedad en general y está alineada con lo que pide el Papa León XIV, que a principios de año alertaba de los riesgos que acechan a la información en la era digital y llamaba a los periodistas a no ceder «nunca a la tentación de lo banal» ni a las fake news que generan confusión entre verdad y mentira.
Me atrevería a sugerir que de esta situación también pueden sacar algo en Religión Digital, si quieren. Quizá uno de los motivos de su paulatina irrelevancia esté en la calidad del producto: noticias que carecen de fundamento y de contraste previo, sostenidas sobre supuestas fuentes casi siempre anónimas y, en demasiadas ocasiones, sencillamente inventadas.
5 comentarios
A mí lo que más me llama la atención es quienes sueltan la pasta para sostenerlo. Aunque tiene una explicación quienes lo hacen pagan con dinero que no es suyo.
Desgraciadamente mi audiencia y mis visitas a su web las cuentan como si yo fuera uno de los fidelísimos, pero no, no hay tal.
La fórmula implícita sería:“Queremos comunión; si no hay comunión, la prueba es que el obispo no gobierna como nosotros consideramos que debería gobernar.” Pero la comunión con el obispo no es simplemente una consecuencia de que el obispo me represente, me consulte, me guste o confirme mi sensibilidad. La comunión tiene también una dimensión de obediencia, recepción, paciencia, humildad y reconocimiento de la autoridad pastoral legítima. Pero en el artículo parece funcionar al revés: solo habría verdadera comunión si el obispo integra el marco mental del sector crítico.
Se reclama comunión, pero bajo condiciones que ya presuponen que la otra parte —el obispo y quienes le apoyan— es el obstáculo principal para ella.
Además, el texto acusa al obispo de gobernar solo con “los suyos”, pero el propio artículo habla claramente desde “los suyos”: el laicado crítico, el clero local desplazado, la sensibilidad sinodal-progresista, quienes recelan del clero extranjero, quienes desconfían de movimientos conservadores. Denuncia el bloque episcopal, pero lo hace desde otro bloque.
Se pide reconocimiento de todas las sensibilidades, pero trata algunas sensibilidades con un tono deslegitimador. A los afines al obispo los presenta como quienes “le bailan el agua”, “sumisos”, “palmeros”, conservadores cómodos, recién llegados que no entienden, clero importado o personas de mentalidad clerical. Entonces la pluralidad reclamada no parece ser una pluralidad real, sino una pluralidad en la que la sensibilidad del autor debe ser rehabilitada y la sensibilidad episcopal debe ser corregida.
También hay otra contradicción: el autor reprocha al obispo “no escuchar”, pero el texto no parece escuchar demasiado las razones posibles del obispo. Las presupone contaminadas por poder, conservadurismo, estrategia numérica o falta de sensibilidad. Puede que algunas críticas sean ciertas, pero el artículo no concede de verdad que el obispo pueda estar actuando desde una preocupación pastoral legítima: sostener parroquias, promover vocaciones, garantizar sacramentos, abrir la diócesis a otras realidades, combatir una inercia local envejecida o desbloquear estructuras que no daban fruto.
La comunión real exige interpretar al otro con alguna caridad. El texto no lo hace, va a su política.
Y luego está el punto más fuerte: se habla de comunión, pero se escenifica públicamente la descomunión. El artículo funciona como una larga prueba de cargo contra el obispo. Encadena testimonios, cartas, entrevistas, sospechas y agravios para concluir que el pastor no pastorea bien. Eso es muy periodístico, pero teológicamente tiene un efecto corrosivo contra el obispo como problema.
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