Un libro que no puede escribir una IA: Pastoral rural para urbanitas escépticos

En estos tiempos que corren, de algo pueden estar seguros, el último libro de don Jorge, Pastoral rural para urbanitas escépticos, no está escrito por IA. Imposible porque el alma que le falta a la Inteligencia Artificial a este le sobra.

Después de lo que ya han escrito Bruno y José Francisco Serrano, poquito más que añadir. Me ha ocurrido lo mismo que hace cuatro años, en marzo de 2022 cuando presentábamos a Rafaela. No me voy a centrar más en el libro y menos en el autor porque no es posible, pero voy a intentar distanciarme. Porque el mismo día que había terminado este comentario del libro nos enteramos del tremendo hueco que había dejado la señora Juana, y lo he rehecho.

Además, es un libro que tiene un plus para los lectores de InfoCatólica, y yo lo soy también, ya una buena parte del contenido de los textos que componen nos son familiares. No todos. Pero es como ver una serie en una plataforma de streaming. Capítulo a capítulo las tramas concluyen, tienen su interés; pero del tirón, el hilo argumental secundario adquiere su verdadero protagonismo: el sacerdocio mismo, con toda su crudeza.

Crudeza porque hay un capítulo por el que merece la pena todo el libro, «El cincel de Dios», un cincel del que la partida de Juana a la casa del Padre es una parte que no figura pero que se intuye. Te advierto que si empiezas por él, no lo estás haciendo por el final y tendrás ganas de leer el resto.

Un cura que se fue al fin del mundo (y lo eligió)

La historia que va dando forma a las páginas comienza con un gesto que, en hoy en día, resulta poco menos que contracultural: un sacerdote, con más de cuarenta y cinco años de ministerio, parroquias numerosas, templos construidos casi con sus propias manos, capilla de adoración perpetua en marcha, decide voluntariamente dejarlo todo para hacerse cargo de tres, y luego cuatro, pueblecitos de la Sierra Norte de Madrid que no llegan entre todos a los cuatrocientos habitantes. Braojos, La Serna del Monte, Piñuécar-Gandullas. Nombres que suenan a leyenda y que el autor convierte, con su escritura, en geografía del alma.

Don Jorge no va allí resignado, ni castigado, ni jubilado anticipadamente. Va movido por un deseo maduro, teológicamente informado y humanamente bellísimo: el de ser cura de pueblo. El de sentarse a tomar café con la señora Rafaela. El de rezar el rosario camino del cementerio. El de celebrar la misa para los cuatro de siempre, sabiendo que esos cuatro tienen nombre, historia, heridas y la fe más descarnada y auténtica que uno pueda imaginar.

«Ser cura de pueblo, lejos de ser una mancha en tu carrera, es un privilegio que se nos ha concedido y que muy pocos llegarán a entender», escribe con una claridad que no admite réplica. Nadie le obliga. Nadie se lo pide. Él lo pide. Y eso ya lo dice todo. Siento que lea esto don Jorge, pero alguien tenía que decirlo sin anestesia.

Teología encarnada en polvo de camino

El libro tiene una virtud notable en estos tiempos de prosa eclesiástica hipertrofiada: sabe moverse con soltura entre la reflexión teológica seria y la crónica costumbrista, sin que ninguna de las dos aplaste a la otra. El autor lo advierte desde el prólogo que no da lugar a engaño: «No pretendo, en absoluto, ni hacer un tratado sistemático de teología pastoral ni presentar mis ocurrencias como la quintaesencia de lo rural. Es lo que vivo, lo que entiendo, lo que me pasa». Y sin embargo, aquí está uno de los grandes méritos del libro, la reflexión teológica aparece constantemente, encarnada en situaciones concretas, sin pedantería.

La triple misión sacerdotal, sacerdote, profeta y rey, no se explica en abstracto, sino que se descubre en la misa celebrada a solas en una capilla helada, en la homilía preparada para cuatro personas mayores, en el acompañamiento silencioso a un enfermo. El fracaso apostólico, ese tema tan soslayado en la literatura pastoral, recibe aquí un tratamiento honesto y profundo: «Lo que es la vida del cura de pueblo es un tratado de soledad, fracasos y mucho, demasiado cansancio. Aprendes a vivir así, a ofrecerlo a Dios como lo único que puedes colocar ante su altar». Pero no es una teología del victimismo. Es una teología de la paciencia pastoral, de la siembra sin ver cosecha. Una distinción que late en el fondo del libro y que el autor llega a formular con precisión admirable: «Estoy convencido de que el sentido de mi sacerdocio es el sacerdocio mismo, lo que soy, no lo que hago». Esta frase vale, sin exageración, un tratado entero de espiritualidad sacerdotal.

Y luego están los personajes. Cándido, el sacristán fidelísimo de Braojos que promete incienso y paraguas si hiciera falta. Juana de La Serna, que llega, llegaba, apoyada en su bastón con más de noventa años, a veces dos bastones si el día pintaba mal, y que ante la pregunta de si estarán solos en misa responde sin titubear: «Tranquilo. Ellos se lo pierden». Paquita de Gandullas, Julia de Piñuécar, las cinco magníficas que no fallan un jueves aunque nieve. Y la hermana Irasema, que desde el hospital, con una fractura seria, se preocupa ante todo por cómo seguir con la catequesis de las niñas de la catequesis. Son personas reales, con nombres y apellidos del alma, y con ellas el libro gana una dimensión que los manuales de pastoral no puedenn ofrecer.

La España vaciada tiene rostro y tiene misa

Uno de los mayores aciertos del libro es su contribución, discreta, al debate sobre la llamada «España vaciada». Don Jorge no escribe un ensayo sociológico ni un panfleto reivindicativo. Hace algo más eficaz: da nombre y cara a esa España. Nos habla de municipios fundados en los siglos XII y XIII, de iglesias que son «tacitas de plata» cuidadas por manos que nunca aparecen en las estadísticas del voluntariado. Nos habla de que, mientras médicos, maestros y comercios se han ido, el señor cura está. Y esa presencia silenciosa y cotidiana resulta ser mucho más que un servicio religioso: es el último signo visible de que la comunidad aún existe.

Los números que el autor recoge son pavorosos: 3.157 parroquias rurales en las diócesis de Castilla, con sacerdotes de una media de 69 años, algunos de ellos atendiendo hasta veinticinco pueblos. Templos sin médico, sin tienda, sin banco, donde el panadero pasa en coche y hay que estar atento al claxon. Un mundo que se vacía de recursos pero que no se vacía del todo de fe, mientras haya una Rafaela que venga con su cólico encima porque «lo mismo te veías solo y me daba cosa», o una Alfonsa que, con botas de agua y manta en la cabeza, explique su teología de la manera más sencilla y exacta posible: «He oído las campanas y me he dado cuenta de que Dios me estaba llamando. Y aquí me tiene».

Frente a los que se preguntan qué sentido tiene «perder» a un sacerdote en un pueblo perdido, don Jorge ofrece una respuesta que no es argumental sino existencial: estar. «Un alma es suficiente diócesis para un obispo», escribe citando a san Carlos Borromeo. Y don Jorge se lo ha tomado al pie de la letra. Y la liturgia, lejos de rebajarse a las circunstancias, se mantiene en sus exigencias: «La liturgia no se mide ni prepara pensando en esos cuatro o si tal vez no aparezca nadie. La liturgia es culto a Dios y Dios se merece que se hagan las cosas perfectamente bien». Es contracultural. Y precisamente por eso, necesario.

La prosa del humilde y el humor del sabio

Literariamente, el libro sorprende y enamora. González Guadalix escribe como habla: con naturalidad, con ritmo, con una ironía que nunca hiere y una ternura que nunca empalaga. Yo además le leo con su voz en mi cabeza. Suerte que tiene uno.

Sus descripciones de los entierros rurales, el rosario camino del cementerio, la costumbre de Gandullas de leer los nombres de los difuntos mientras el pueblo entero responde «descanse en paz», de los apodos que sirven para distinguir a los cinco Félix del pueblo, de los parentescos de sangre «y de lo otro», tienen una calidad costumbrista digna de los mejores cuadros de la tradición literaria española.

La ironía aparece con frecuencia, pero nunca hiere. Entre nosotros, incluso mereciéndoselo no he le he visto a don Jorge queriendo herir a nadie. Hay humor en las descripciones litúrgicas, esa taxonomía de los ELFOS («Especialistas en Liturgia Festiva Orientada a Sí mismos»), las procesiones de ofrendas convertidas en escaparates, el debate ad orientem con parroquianos que veneran lo antiguo en todo excepto en la misa, pero es el humor del que sabe bien lo que defiende y no necesita insultar para decirlo.

Y hay autocrítica honrada y permanente: el autor reconoce sin falsa modestia sus fracasos pastorales, su orgullo herido cuando nadie responde a sus iniciativas, su tentación de tirar la toalla. No hay beatería. Hay un hombre de carne y hueso que a veces se pregunta si merece la pena, y que responde cada vez que toca las campanas y abre la puerta del templo: sí. Siempre. «Pocos, ya lo sabemos. Pero esos pocos rezando seguro que dan fruto. Dios sabrá cuándo y cómo».

Un libro necesario

Pastoral rural para urbanitas escépticos es, en definitiva, mucho más que un libro sobre pastoral. Es un testimonio de que la Iglesia sigue viva en los lugares donde nadie mira, de que el sacerdocio ministerial tiene una dignidad que no depende del número de feligreses, y de que el Evangelio encuentra siempre la grieta por donde colarse, aunque la comunidad no llegue a diez personas y las flores de la iglesia sean de plástico.

Un buen sacerdote amigo del autor se lo dice en el capítulo más hondo del libro, el del cincel, y yo lo atesoro entre mis citas: «Cuánto te quiere Dios. Está empleando su cincel contigo. Ha decidido arrancarte lo que te sobra para que seas el mejor sacerdote del mundo». Eso es, exactamente, lo que don Jorge ofrece al lector: el relato de un alma trabajada por el cincel de Dios, y el privilegio de asistir a esa obra.

Para quién el libro

Lo recomiendo sin reservas a sacerdotes, especialmente a los que nunca han pisado un pueblo de menos de mil habitantes, aunque más aún a seminaristas.

Pero también a laicos comprometidos con la vida de la Iglesia, incluso a los que pasan por aquí a tocar las narices. A mi me ha servido para entender qué significa servir sin aplausos, sembrar sin ver la cosecha, y encontrar en la pequeñez del ministerio la grandeza más auténtica del Evangelio. Y todo con buen humor.

 

Todavía no hay comentarios

Dejar un comentario



No se aceptan los comentarios ajenos al tema, sin sentido, repetidos o que contengan publicidad o spam. Tampoco comentarios insultantes, blasfemos o que inciten a la violencia, discriminación o a cualesquiera otros actos contrarios a la legislación española, así como aquéllos que contengan ataques o insultos a los otros comentaristas, a los bloggers o al Director.

Los comentarios no reflejan la opinión de InfoCatólica, sino la de los comentaristas. InfoCatólica se reserva el derecho a eliminar los comentarios que considere que no se ajusten a estas normas.