(491) Evangelización de América –33 México. La destrucción de ídolos y templos

Templo de Kukulkán, Yucatán, México

–Gran error.

–Perdónalo, Señor, que no sabe lo que dice. [Lo que es el atrevimiento de la ignorancia]

 

–La destrucción de ídolos y templos

Este grave tema fue estudiado por el jesuita Constantino Bayle (1882-1953) en Los clérigos y la extirpación de la idolatría entre los neófitos ameri­canos, y por el franciscano Pedro Borges (1929-2008) en La extirpación de la idolatría en Indias como método misional (siglo XVI). Aquí lo consideraremos nosotros en la primera evangelización de México.

En efecto, a poco de la conquista (1519 -1523), según refiere el P. Motolinía, «en todos los templos de los ídolos, si no era en algu­nos derribados y quemados en México, en los de la tierra, y aún en los del mismo México, eran servidos y honrados los demonios. Ocupados los españoles en edificar a México y en hacer casas y moradas para sí, contentábanse con que no hubiese delante de ellos sacrificio de homicidio público, que escondidos y a la redonda de México no faltaban; y de esta manera se estaba la idolatría en paz» (I,3, 64).

Cuenta Mendieta que los españoles civiles, por otra parte, tenían «temor  de que los indios se alborotasen y levantasen contra ellos. Y como eran pocos y el Gobernador Cortés ausente [en la expedición a las Hibueras], los matasen a todos, que este temor por muchos años duró entre los españoles seglares, mas no entre los frailes» (III,21).

Así las cosas, los misioneros veían que la evangelización no podía ir adelante en tanto que los ídolos siguieran ejerciendo su maléfico influjo, y mientras los grandiosos templos piramidales, teocalis, aunque ya limpios de las siniestras alfombras de sangre humana que en otro tiempo ostenta­ban en sus escalinatas, continuaran erguidos en toda su gloria. Y cuenta Motolinía que el 1 de enero de 1525, en Tetzcoco, tres frailes «espantaron y ahuyentaron todos los que estaban en las casas y salas de los demonios», y la batalla en seguida prendió en México, Cuauhtitlán –patria de Juan Diego– y al rededores.

«Y luego, casi a la par, en Tlaxcallan comenzaron a derribar y a destruir ídolos», poniendo en su lugar la Cruz y una imagen de Santa María. Más aún, los frailes, con los in­dios cristianos, «para hacer las iglesias comenzaron a echar mano de sus teocalis para sacar de ellos piedra y madera, y de esta ma­nera quedaron desollados y derribados; y los ídolos de piedra, de los cuales había infinitos, no sólo escaparon quebrados y hechos pedazos, pero vinieron a servir de cimiento para las iglesias» (III,3, 64).

Indios y españoles humillaron así a los dioses de aquellos in­mensos mataderos de hombres, donde habían visto matar, descuar­tizar y desollar a muchos indios, y también a no pocos de sus propios compañeros.

 

–Justificación racional de esas destrucciones

El franciscano Mendieta, hacia 1600, tratando de acciones tan atrevidas, oponía a aquel primer temor de los españo­les seglares el valor de los frailes, no temerario, sino prudente: «Lo uno, porque no temían recibir la muerte por amor de Dios; y lo otro, porque conociendo [mejor que los civiles] la calidad y condición de los indios, que si veían temor o pusilanimidad en los que trataban, cobrarían ánimo para atreverse; y por el contrario, si conocían brío y fortaleza en sus contrarios y opuestos, luego se amilanarían y aco­bardarían, como en realidad de verdad en este mismo caso se halló por experiencia» (III,21).

Hace un siglo, sobre esta misma cuestión, el gran historiador mexicano Joaquín García Icazbalceta (1825-1894) señalaba igualmente algunos aspectos prácticos que con frecuencia son olvidados. Los templos mexicanos, aquellas enormes pirámides truncadas, llenas de oscu­ros pasillos, cámaras y salas, tenían que ser destruídos: «eran al mismo tiempo fortalezas, y no convenía que subsistiesen en una tierra mal sujeta por un puñado de hombres. Los aztecas mismos habían dado el ejemplo: la señal de su triunfo era siempre el incen­dio del teocali principal del pueblo entrado por armas: así denotan invariablemente sus victorias en la escritura jeroglífica. Por otra parte, la forma peculiar de aquellos edificios impedía que fueran aplicados a otros usos… Los teocalis eran realmente un estorbo. La gran pirámide [de Tenochtitlán] y sus setenta y ocho edificios cir­cundantes ocupaban un inmenso espacio de terreno en lo mejor de la capital, y era evidente que no podían permanecer allí» (Ricard 107).

Cuando una nación su­jetaba a otra, la destrucción de sus templos era la norma indígena del mundo americano, o al menos el recubrimiento com­pleto de los mismos con nuevos emblemas y signos jeroglíficos, que eliminaban así la obra precedente.Y es también hoy norma vigente, en nuestro tiempo. Las fuerzas aliadas, después de la II Guerra Mundial, por ejemplo, des­truyeron tras su victoria todos los grandes símbolos del poder nazi. Igualmente, al caer el co­munismo, las estatuas de Marx y de Lenin, así como otros grandes monu­mentos simbólicos del poder soviético, fueron derribados sin piedad, al mismo tiempo que se prohibía el nazismo y el partido comunista y se confiscaban sus locales.

Pues bien, del mismo modo los españoles del XVI, ayudados por los propios in­dios que habían sido víctimas del poder vencido, destruyeron ídolos y templos, y con especial saña deshicieron los teocalis, aquellos horribles mataderos de hombres. Ni entonces ni ahora se pensó en conservar tales monumentos por su futuro valor arqueológico, o «por amor al arte» que en ellos hubiera, ni tampoco por tolerancia y respeto hacia los supervivientes nazis, comunistas o aztecas vencidos.

HuitzilopochtliAñadiremos al tema algunas reflexiones, igualmente racionales, tomadas del americanista español Guillermo Céspedes del Castillo (1920-2006): «Si los españoles [en cuanto lingüistas, etnógrafos, historiadores de las antigüedades indígenas, etc.] resultaron ser los salvadores del pasado y de la cultura aborígenes, fueron en cambio, y en buena medida, los destructores de monumentos y de otras huellas mate­riales del mundo indígena; es algo que los arqueólogos actuales no les han perdonado. El mundo está lleno de aldeas prehistóricas en­terradas bajo ciudades medievales, de foros romanos convertidos en canteras para construcciones posteriores, de templos cristianos edificados sobre templos paganos, de iglesias cristianas reconver­tidas en mezquitas, y así sucesivamente; pese a todo ello, la des­trucción de Tenochtitlán o la edificación de un convento sobre el arrasado templo del Sol, en Cuzco, parecen hoy culpas especial­mente imperdonables. Cierto que los españoles destruyeron monu­mentos aborígenes, con igual entusiasmo con que hoy son demoli­dos barrios antiguos para construir rascacielos, que a su vez no tardan en ser dinamitados para que los sustituyan otros más altos. Asimismo destruyeron infinidad de objetos arqueológicos por consi­derarlos ídolos demoníacos… En conjunto, y dada la muy superior expresividad de la palabra escrita con respecto a los artefactos hu­manos, los españoles fueron responsables de conservar memorias del pasado aborigen infinitamente más que de destruirlas» (Textos XXV-XXVI). En México, concretamente, para asegurar esa afirmación, bastaría con citar la obra etnográfica monumental de fray Bernardino de Sahagún (+1590), Historia General de las cosas de Nueva España.

 

–Justificación teológica de las destrucciones

La destrucción de los ídolos, en todo caso, desde el punto de vista estrictamente racional, puede considerarse como una cuestión et­nográfica, arqueológica y de política concreta que se presentó en aquellas circunstancias históricas. Así, por ejemplo, Cortés, en lugar de considerar conveniente para el dominio hispano la destrucción de los templos, al conocer cuando regresó de las Hibueras los de­rribos ya hechos, «mostró tener gran enojo, porque quería que estu­viesen aquellas casas de ídolos por memoria» (J. L. Martínez, +2007: 398). A su juicio hubiera convenido conservar aquellos templos espanto­sos, como hoy, por ejemplo, se conservan en Auswichtz el campo de concentración y sus hornos crematorios.

Pero los frailes pretendían ante todo el bien espiritual de los in­dios, y a esa luz, la de la fe, veían que la destrucción de los ídolos era necesaria. A ellos, a los frailes, más que a ningún otro grupo humano, deben la arqueología, la etnografía y la lingüística informa­ciones inapreciables sobre la cultura de aquellos pueblos. Sin embargo, en cualquier caso, el valor de la fe debía ser afirmado por encima de cualesquiera otros.

Los misioneros del XVI, en definitiva, mantenían  una actitud semejante a la de los primeros Apóstoles ante las encarna­ciones simbólicas de los poderes del Maligno. Cuenta, por ejemplo, San Lucas que en Efeso, ante la predicación de San Pablo y los prodigios que rea­lizaba, «todos quedaban espantados y se proclamaba la grandeza del Señor Jesús. Muchos de los que ya creían iban a confesar pú­blicamente sus malas prácticas, y buen número de los que habían practicado la magia hicieron un montón con los libros y los quema­ron a la vista de todos. Calculado el precio, resultó ser cincuenta mil monedas de plata» (Hch 19,17-19).

Una similar actitud, llena de energía apostólica, fue la de San Martín de Tours (+397) que en las Galias iba por pueblos y campos desafiando las divinidades druidas, y abatiendo, con riesgo de su vida, templos, ídolos y árboles sagrados; o la de San Wilibrordo (+739), que hizo lo mismo entre los frisones… Y ésta fue la actitud de los misioneros del XVI, que no tenían en su actividad misional otra referencia que la de los Apóstoles primeros o la de las limitadas y admirables expe­diciones misioneras de la Edad Media.

En este sentido, cuando Robert Ricard examinaba la destrucción de ídolos y templos en México, decía con razón: «Hay que esfor­zarse en ver la cuestión como la veía un misionero [entonces]: para su criterio la fundación de la Iglesia de Cristo, la salvación de las almas, aunque fuera una sola, de valor infinito, representa mucho más que la conservación de unos cuantos manuscritos paganos o unas cuantas esculturas idolátricas. No cabe reprobarles su con­ducta: era lógica y ajustada a la conciencia… Ni el arte ni la ciencia tienen derechos si son un estorbo para la salvación de las almas o para la fundación de la Iglesia» (105).

En la América del XVI, concretamente, si los ídolos y templos hu­bieran sido respetados, los indígenas ciertamente habrían enten­dido que los españoles creían en sus dioses y les temían, siquiera sea un poco, puesto que siendo vencedores, no se atrevían sin em­bargo a destruir sus signos, como para ellos había sido  siempre lo normal cuando vencían a una nación enemiga. Pues bien, si esto justificaba esas destrucciones desde el punto de vista cívico, aún más en cuanto a los provechos espirituales.

Sacrificio humano a HuitzilopochtliPor eso escribe Mendieta: «Cuanto a lo espiritual (que principal­mente deseaban los frailes), bien se experimentó el provecho que resultó de destruir los templos e ídolos. Porque viendo los infieles que lo principal de ellos estaba por tierra, desmayaron en la prose­cución de su idolatría, y de allí adelante se abrió la puerta para ir asolando lo que de ella quedaba… Antes fue tanta la cobardía y te­mor que de este hecho cobraron, que no era menester más de que el fraile enviase alguno de los niños con sus cuentas [del rosario] o con otra se­ñal, para que hallándolos en alguna idolatría o hechicería o borra­chera se dejasen atar de ellos» (III,21).

 

–La sustitución de los templos

Los misioneros del XVI, concretamente los de México, a la práctica de la destrucción idolátrica unieron muchas veces la de la sustitución cristiana, dando significado nuevo y formas renovadas a templos, lugares y fiestas, procesio­nes y danzas religiosas de la antigüedad indígena. En el valle de Cholula, junto a Puebla de los Ángeles, por ejemplo, se construye­ron iglesias en todos los lugares que antes tenían adoratorios indios. En 1537, cuando los agustinos se establecieron en Ocuila, al su­reste de Toluca, en el estado de México, hallaron que en Chalma había un ídolo famoso que recibía culto en una cueva. Sin tardar mucho, en 1540, los frailes quitaron el ídolo, no se sabe exacta­mente cómo, y allí pusieron un crucifijo, que desde entonces es veneradísimo como Santo Señor de Chalma (Ricard 302).

Sólo más tarde, en circunstancias ya muy diversas, se fué desa­rrollando en la Iglesia, también en América, una misionología de continuidad, en cuanto ésta se hizo posible, entre algunos aspectos de las religiosidades paganas concretas y la novedad suprema del Evangelio. Pero siempre afirmando cuidadosamente la fe en Jesús, ya que «ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el que podamos ser salvados» (Hch 4,12). A Él le ha sido dado «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Y «en la unidad del Padre y del Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos. Amén».

José María Iraburu, sacerdote

 

Índice de Reforma o apostasía

Bibliografía de la serie Evangelización de América

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