12.06.18

(271) De una tentación ilustrada y pre-revolucionaria

1.- La reinterpretación positivista de la ley, en clave de reconocimiento de derechos, propicia una conciliación meramente artificial de las voluntades. Convertir pretensiones en derechos contribuye a una falsa paz, que evita el combate por la fe, y soslaya el martirio.

 

2.- La tentación ilustrada consiste en pretender igualar en sede horizontalista las pretensiones subjetivas de los miembros de la Iglesia, de forma que el desequilibrio de reclamaciones y contrarreclamaciones quede compensado por un orden convencional de relaciones.

 

3.- Un ecumenismo mal entendido, también, adopta la forma de un sistema (poliédrico, pluralista) de balanza de voluntades y contravoluntades. La apologética, como la refutación, no encajan bien esta perspectiva; se prefieren perfiles más bajos, como la teoría de los valores, el historicismo o la normatividad kantiana. La antropologización de la teología, en la estela de Rahner, contribuye a la nivelación voluntarista.

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5.06.18

(270) Esa toxina llamada ambigüedad

I.- NOS RECUERDA el Padre José María Iraburu en este post que «el valor de la palabra es máximo en el Cristianismo (cf. Jn 1,1)», y por tanto «en la palabra, hablada o escrita, está la verdad o la mentira, está por tanto la salvación o la perdición de los hombres. Y tengamos presente que el proceso del conocimiento se consuma en la expresión.»

El sentido de la fe, que es sindéresis de la doctrina, pica con su aguijón cuando es minusvalorada la palabra. La voz de la conciencia, entonces, dice al cristiano: habla con perfección, unción y claridad de Aquel en Quien crees, y de su doctrina.  Porque en esa doctrina está la salvación o la condenación.

 

II.- LA AMBIGÜEDAD NO SALVA.— Me parece a mí, a tenor de lo dicho, que dado que, con voluntad antecedente, «Dios quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2, 4), es de lógica que Dios también quiera se guarde la expresión debida, la noción ajustada al numen católico, natural y sobrenatural.

—La ambigüedad voluntaria, por tanto, en cuanto corrupción de la forma expresiva, no puede ser nunca querida por Dios, no puede ser salvífica, no tiene valor en el Cristianismo.

 

III.- NADA DE ROBINSONEAR.— En lo que atañe a la doctrina de la salvación, mejor es no ir por libre, sino ajustarse a tradición. Es tentación moderna prescindir del legado. Sepa cada cual dónde le duele el zapato, como dice el refrán; y si conoce su debilidad, que es teologar por cuenta propia, combátala y no le dé vuelo. Quien sueñe naufragar voluntariamente, para coronarse rey de su isla teológica propia, sepa no se comporta como miembro vivo, sino como quien quiere ser todo y no parte. Asimismo, quien anhele, para su teología, inmanencias e independencias, como Robinson, que no escriba su propio Sincero para con Dios, sino sus retractaciones, y vuelva al redil de Cristo.

30.05.18

(269) Tradición, traición, raíces

1.- La tradición consiste en transmisión, y más concretamente, en entrega. De algo bueno y verdadero que se recibió de otros; y así hasta la fuente original.
 

2.- Recalca con acierto Álvaro d´Ors que en la tradición el que recibe tiene un papel más importante que el que entrega

 

3.- La sucesión de entregas de lo mismo, generación tras generación, nos remonta a aquello que una sóla vez se dio para siempre, para que viva eternamente el que lo recibe.

 

4.- La tradición nos habla de fidelidad o infidelidad del heredero, que además de recibir, debe aceptar. Por eso el horizonte de la gracia es éste y no otro: Dios mueve a aceptar, no a alterar, ni a corromper, ni a recontextualizar. Dios socorre la fidelidad.

 
5.- También el que entrega puede hacerlo deslealmente, incorporando elementos extraños a la entrega, como si fueran propios de lo entregado, pero sin serlo.
 
6.- Entonces el accipiens, el que toma, es engañado: en su ignorancia, cree que heredó el don íntegro, y no una falsificación.
 
 

7.- De cómo se entrega, y se recibe lo entregado, depende que la tradición no suponga traición.

 
*  *  *
 

8.- Sin legado no hay anclaje, ni nutrientes. Es el numen nutricio que no se puede ahogar, ni edificando malamente encima, ni construyendo asfaltados que oculten su radícula.

 

9.- La acera está levantada de raíces. Son ficus, tujas, pinos viejos y aligustres. Reventaron las baldosas, descuajaron adoquines, quebrantaron el aire sedientos de intemperie.

 

10.- Si se asfixia el don, éste pugna por salir. Porque el árbol de la vida vive, y se alimenta de tradición. No hay árbol que pueda crecer sin espacio para las raíces.

 

David Glez Alonso Gracián

 

24.05.18

(268) Quintas justas, IV: luteranismo y voluntarismo en simbiosis

1ª.- La protestantización como secularización, por ejemplo de la parroquia: de sacerdote a líder parroquial. La minusvaloración de lo sacramental conlleva la sobrevaloración de la parte humana. 

 

—Consignas semipelagianas son frecuentes en un “contexto católico” de influencia luterana. Es la simbiosis entre voluntarismo fenomenológico, centrado en la experiencia religiosa personal, y fiducia protestante, centrada en el subjetivismo.

 

3ª.- La reducción consiste en hibridar la fe con la esperanza, para que creer sea ante todo confiar, y no creer. Así la doctrina pasa a un muy segundo plano.

 

—El estado de gracia, espacio de la santidad, es diluido en etapas de compromiso, tiempo de la mediocridad. Ya no se está ni en gracia ni en pecado, sino en un proceso inacabable de conversión. 

 

5ª.- El nuevo paradigma es protestante y semipelagiano a la vez. Es luterano, porque pretende vía directa sin mediación. Es semipelagiano, porque codicia la parte principal. Es luterano, porque ambiciona libertad negativa, para autodeterminarse. Es semipelagiano, porque hace depender la gracia de la voluntad. El nuevo paradigma, de este modo, es la reunión de dos principios modernos: falsa reforma y humanismo voluntarista, para un solo camino de secularización.

 
David Glez Alonso Gracián
 

20.05.18

(267) Quintas justas, III: modernismo y marxismo en sintonía

1ª.- El gran propósito del modernismo es destruir la realidad en cuanto que la realidad es católica. 

 

El gran propósito del modernismo es extraer la fe de la religión, y desechar ésta última. En esto empatiza con el giro teológico del marxismo, y por ello el modernismo predispone al marxismo.

 

3ª.- La posmodernidad es una exasperación de la modernidad, en virtud del cual el subjetivismo se difunde no sólo como racionalismo, sino también como irracionalismo: y esto conviene, sin duda, a su proyecto horizontalista e irreligioso.

 

Giro teológico del marxismo y vuelco antropocéntrico del modernismo congenian en el progresismo filosófico-teológico.

 

y 5ª.- El objetivo último del modernismo, en su conexión marxista, es incorporar los elementos esenciales de la modernidad a la religión católica, para así disociar fe y religión y producir una gran “crisis de subjetivismo” que descatolice la Iglesia.

 

David Glez Alonso Gracián