4.11.18

(310) Personalismo jurídico y libertad religiosa

1ª.- El concepto de libertad religiosa, en clave personalista, no favorece que la religión (la religación del hombre con Dios) sea signo de unidad social, sino todo lo contrario.

No es favorable, de ninguna manera, al catolicismo, y tiene un potente efecto descristianizador.

Absolutiza jurídicamente el derecho a reclamar y contrarreclamar (como diría Turgot) cada visión subjetiva de la religación. Y en consecuencia, paradójicamente, absolutiza el conflicto, al absolutizar jurídicamente cada postura. Es contrario, además, al espíritu misionero. 

(Si todos tienen derecho absoluto ontológico a su dios, es que el Dios verdadero no tiene derechos. Y una sociedad en que el Dios verdadero no tiene derechos es una sociedad destinada a perecer a manos de los ídolos.)

 

2ª.- Se hace imposible entonces un orden jurídico estable, fundado en principios inconmovibles, como la ley natural. Porque si el derecho depende de los ídolos, la ley se vuelve un ídolo mismo, el derecho deviene positivista, y la ley tiraniza al derecho.

El estado, de esta forma, se convierte en mero árbitro de cosmovisiones. Cada perspectiva adámica es apuntalada, abusivamente, en la dignidad humana ontológica, y encontrar denominadores comunes (la ley natural) es imposible. Triunfa el nominalismo, y con él el individualismo, deteriorándose el sentido de comunidad. Sólo queda el recurso al pacto, al contrato, y el recurso a una super-administración que haga posible este sistema de equilibrios y contente a todos. Una administración que debe profesar institucionalmente el agnosticismo. 

 

3ª.- La libertad religiosa, bajo esta perspectiva de derechos declarados, es sólo una manera sofisticadísima de coexistencia, nada más. Un manierismo sociopolítico. No fundado en la verdad, sino en el equilibrio artificial que la ley produce al convertirse en árbitro.

La desorientación del pensamiento católico contemporáneo, a este respecto, es enorme. No sólo porque, en general, padece este concepto disolvente y absolutizador de la libertad religiosa, sino porque cree, además, que es católico.

 

4ª.- No sorprende haber llegado a esto. La asimilación del concepto personalista de autodeterminación de la voluntad debía desembocar, inevitablemente, en el derecho a la autodeterminación religiosa. El colmo del sin sentido es pretender anclarlo en la dignidad humana ontológica, como si el hombre adámico tuviera derecho al estado de enemistad surgido de la Caída; como si el hombre adámico tuviera derecho a religarse con Dios en sus propios términos y no en los términos de Dios.

 

5ª.- Al afirmarse la libertad religiosa en el sentido antes dicho, que es liberal de tercer grado, se afirma, quiérase o no, que el estado es potencia absoluta, supervoluntad de poder, super-juez capaz de convertir pretensiones subjetivas en derechos absolutos sólo restringidos por el orden público. 

 

6ª.- Pero al ser las religiones adámicas, como explicamos en el post anterior, constructos surgidos del estado de enemistad en que el linaje humano se encuentra tras la Caída, el conflicto de éstas con la religión revelada está asegurado. También entre ellas. Su absolutización siempre será foco de inestabilidades. Mantener un equilibrio absoluto entre reclamaciones y contrarreclamaciones (absolutizadas por la ley) es imposible.

El conflicto social está asegurado, a menos que se aumente indefinidamente el poder del Estado controlador. Y es por eso que la laicidad institucional siempre es contraria a la libertad cristiana, siempre es conflictiva, siempre supone enaltecimiento del estado de enemistad y deviene totalitarismo. 

 
y 7ª.- Volvemos a proponer, de nuevo, recuperar el principio clásico de tolerancia condicionada, por el cual las religiones adámicas son relativos ordenables al bien común. No existe derecho ontológico a profesar el estado de enemistad, en ninguna de sus reclamaciones y contrarreclamaciones religiosas.
 
Sólo cuando el orden jurídico establece como absoluto la Verdad, y se subordina a ella, son posibles el bien común y la vida social virtuosa. Porque sólo el estado de amistad con Dios tiene derechos absolutos.
 
 
SÉPTIMAS MORALES Y POLÍTICAS

1.11.18

(309) La libertad religiosa en la encrucijada

Respecto a las religiones adámicas, el pensamiento clásico ha defendido siempre la necesidad de un principio de tolerancia que las relativice en orden al bien común y al reinado social de Cristo, garantía de vida social virtuosa en la unidad católica.

Este principio de tolerancia, rectamente entendido, tiene un fundamento teológico, que es la propia teologalidad de la fe. No cabe, por tanto, establecer un paralelismo indebido entre la religión revelada y las religiones adámicas. Ni siquiera fundamentándolo en la naturaleza humana.

Tampoco cabe, como pretende el constitucionalismo liberal, sustentar en la naturaleza humana una libertad religiosa absoluta en sentido moderno, esto es, como libertad negativa. Las religiones adámicas, como constructos surgidos del estado de enemistad original, no pueden considerarse “absolutos positivos” sin grave daño para el bien común.

Por influencia del personalismo, de raigambre liberal, las religiones adámicas han sido absolutizadas como derechos ontológicos privados. Como consecuencia, la vida social queda fragmentada y el estado reducido a mero árbitro de reclamaciones y contrarreclamaciones religiosas, dando lugar a innumerables conflictos.

 

1.- La ligazón originaria

Dios creó y elevó al ser humano «en un estado de inocencia y gracia» santificante (Catecismo mayor, 57).  Esta creación y elevación constituían una auténtica ligatio, es decir, una verdadera ligazón del hombre con su Creador y Santificador. Esta ligazón no era sólo de imagen y semejanza, sino también de gracia: era una relación, además de natural, sobrenatural.

Contra la escuela personalista en general, y su Nueva Teología en particular, creemos que esta elevación sobrenatural fue gratuita, puesto que Dios pudo haber creado a la criatura racional sin ordenarla a la visión beatífica.

—Lo que fue un regalo a la naturaleza humana no lo hemos de considerar una exigencia de la misma en orden a su autorrealización. Viene bien recordarlo, como hizo Pío XII en 1950 con esa segunda Pascendi que es la excepcional Humani generis, 20:

«Otros desvirtúan el concepto del carácter gratuito del orden sobrenatural, pues defienden que Dios no puede crear seres inteligentes sin ordenarlos y llevarlos a la visión beatífica. Y, no contentos con esto, contra las definiciones del concilio de Trento, destruyen el concepto del pecado original, junto con el del pecado en general en cuanto ofensa de Dios, así como también el de la satisfacción que Cristo ha dado por nosotros.»

Por tanto, la ligazón originaria del hombre con Dios era en definitiva un estado de amistad gratuito que Dios no debía al hombre, pero que quiso dárselo. 

 

2.- La des-ligación originada por el pecado

Mas el hombre, por el pecado, cayó de este estado de inocencia y gracia, y quedó en un estado que Trento describe con precisión:

«habiendo perdido todos los hombres la inocencia en la prevaricación de Adán, hechos inmundos, y como el Apóstol dice, hijos de ira por naturaleza, según se expuso en el decreto del pecado original; en tanto grado eran esclavos del pecado, y estaban bajo el imperio del demonio, y de la muerte» (Ses. VI, cap. I)

La desligación originada del hombre con Dios es, en definitiva, un estado de enemistad

Una vez caído del estado de amistad, al ser humano le resulta imposible volver a re-ligarse a Él sin haberse reconciliado antes. Resultándole imposible, además, reconciliarse a su manera. Es precisamente este manierismo religioso, como deseo de “autodeterminación religiosa", la pretensión que ofende sustancialmente al plan de Dios. Porque toda tentativa de forzar a Dios a reconciliarse no en los términos de Dios, sino en los términos y desvarios del hombre caído, es un abuso de la libertad. Es, de hecho, la esencia del abuso original.

 

3. Una manera irreconciliada de religarse, que es des-ligación

La conocida etimología de la palabra religión, religatio, religación, nos remonta a la religatio adámica, es decir, al intento de re-ligación sin reconciliación del hombre con Dios tras la Caída. Un intento que está marcado indefectiblemente por el deseo de independencia, fruto del estado en que queda el linaje humano tras la pérdida del estado de amistad.

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26.10.18

(308) Principios y contraprincipios de sana política católica

1ª.- El derecho natural no es opinable.

 

2ª.- No hay que exponer a la sociedad a las mutaciones ideológicas del positivismo jurídico. Hay que garantizar que, respecto al bien común, la vida social repose sobre principios estables.

 

3ª.- La tradición política hispánica incide, especialísimamente, en una renovación del derecho penal clásico en sus fundamentos antropológicos y teológicos, también para el derecho eclesiástico.

Por ejemplo, para evitar que la autoridad desista de su potestad. 

Para que el derecho canónico y su teología moral consiguiente se libere de la influencia del derecho administrativo moderno (dejando de denominar, por ejemplo, “situación irregular” al adulterio).

 

4ª.- El constitucionalismo es hoy, ante todo, el sistema de la democracia cristiana. Por eso la secularización promovida por el constitucionalismo es la secularización promovida por la democracia cristiana.

 

5ª.- La democracia cristiana constitucionalista contiene actualmente un principio liberal de tercer grado. La idea de un estado católico resulta, por eso, en su perspectiva, un antivalor. 

 

6ª.- El constitucionalismo es personalista, porque fundamenta la defensa del ciudadano en la distinción individuo/persona. Suprime la noción de dignidad moral, sobredimensiona el concepto de dignidad ontológica, hace innecesaria la realeza del bien común. 

 

y 7ª.- Con la imposición del tercer grado de liberalismo en el derecho público, se difunde la secularización y el indiferentismo, se desactivan el derecho natural y penal, y desaparece el derecho público cristiano. Las leyes civiles dejan entonces de estar sustentadas en la ley natural y divina. El orden de la gracia, en consecuencia, queda desligado de la vida social, con lo que se apuntala la secularización.

 

Que la unidad católica pueda parecer más o menos imposible, hoy día, ni merma el esplendor de la doctrina clásica, ni mengua el poder de Dios Todopoderoso. La tradición política hispánica entiende que no es lícito en la vida política apartarse de los preceptos de Dios y legislar sin tenerlos en cuenta para nada. Y de esta tesis hace su bandera. Como apunta con lucidez Caturelli:

«Pero estas imposibilidades o dificultades para nada alteran la doctrina. Es eternamente verdadero que el error no tiene derecho alguno, aun en un Estado como la China actual; será entonces menester la tolerancia del error en virtud del bien mayor de la Iglesia y de las almas (en hipótesis) sin que esto cambie la esencia de la doctrina; por ejemplo, deberá tolerarse el «pluralismo» de opiniones (subjetivamente sinceras, sostenidas por personas concretas que debemos amar en Cristo) pero mantener sin desmayos la verdad objetiva de la doctrina católica.» (Alberto CATURELLI, Liberalismo y apostasía, Gratis Date, Pamplona 2008, p.13)

 
David Glez. Alonso Gracián
 
 
SÉPTIMAS MORALES

(305) Séptimas morales y políticas, I: cosas que hacen falta

(306) Séptimas morales y políticas, II: Asaltar la Bastilla

(308) Séptimas morales y políticas, III: Principios y contraprincipios de sana política católica

23.10.18

(307) Cuatro consecuencias indirectas de la reforma personalista

1.- La difusión del personalismo en el pensamiento católico ha tenido consecuencias relevantes en teología, filosofía y derecho, entre otras disciplinas.

Al incorporarse el numen católico elementos conceptuales de la Modernidad, se ha incorporado también, inevitablemente, elementos intelectuales de la mal llamada reforma luterana, del humanismo renacentista, del racionalismo ilustrado, del liberalismo ideológico, del marxismo cultural y, en general, del ethos revolucionario del Estado Mundial.

Son, por tanto, efectos indirectos, no directamente queridos, pero confusamente asumidos, aunque no del todo conscientemente.

 

2.- Consecuencia 1ª.— Primacía de lo teórico.  Transformación de lo teorético en teórico. Abandono de la contemplación de los primeros principios en pos de las ideaciones de la conciencia. Lo doctrinal tiende a lo ensayístico. Introducción abusiva de teologías y filosofías privadas en la función docente de la Iglesia. Abandono de la filosofía del ser por la filosofía de los valores. 

 

3.- Consecuencia 2ª.— Primacía de la voluntad. Transformación de la libertad como potencia ordenada en potencia absoluta, es decir como libertad negativa. Lo bueno se desliga del ser y se religa al querer. El obrar deja de seguir al ser, es el ser el que sigue al obrar. La voluntad como autodeterminación. Filosofía de la acción. Principio de Inmanencia. Experiencialismo. Fenomenología.

 

4.- Consecuencia 3ª.— Primacía de la conciencia. La conciencia subjetiva es sobrepotenciada. El juicio moral deviene valoración personal. La comunidad política se convierte en Estado como árbitro de reclamaciones y contrarreclamaciones. Sustitución de la ley objetiva por la norma convencional. El derecho administrativo usurpa funciones del derecho penal. La idea de pena y sacrificio expiatorio son sustituidas por la idea de sanción y corrección. La anomia de la ley se combina con supernormativismo. Declive de la teología penal en favor de una nueva teología administrativa (como ejemplo: el adulterio ya no es adulterio sino situación irregular)

 

5.- Consecuencia 4ª.— Primacía de lo personal. Relativización de las mediaciones. Declive del culto de dulía. La autoridad se concibe como autoritarismo, por lo que desiste de su potestad; pero la obediencia es entendida, por contra, como obediencia absoluta. La idea de ciudad católica visible, amurallada y perfecta, cede ante la idea de pueblo invisible, imperfecto, laico y peregrino, en constante movimiento de búsqueda. El derecho público cristiano cede ante los derechos humanos. Transformación de la libertad de cultos como pretensión tolerada por la comunidad política, en libertad religiosa como derecho exigible al Estado.

David Glez. Alonso Gracián

19.10.18

(306) Asaltar La Bastilla

1ª.- No pretenda la Iglesia asaltar La Bastilla, sino instaurar el Reino de los Cielos.

 

2ª.- No pretenda la Iglesia evitar el Maelstrom sumándose a sus olas.

 

3ª.- No pretenda la Iglesia ser cuerpo de Adán sino Cuerpo de Cristo.

 

4ª.- Y si pretende lo que no debe pretender, con objeto de ser lo que no debe ser, que la sacuda el oleaje más fuerte, que es la sangre de los mártires. Que no hay reforma mejor que la pasa por la Cruz.

 

5ª.- No es la Iglesia un adminículo del Leviatán, sino el cuerpo del León que habrá de abatirlo.

 

6.- No enseña la Iglesia a base de democratazos. 

 

y 7ª.- La Iglesia, «Casa del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad»(1 Tim 3, 15), busque «la paz de Cristo en el reino de Cristo» (Pío XI, Quas primas 1, 1925),  guardando «con suma vigilancia el depósito tradicional de la santa fe» (San Pío X, Pascendi, 1907). Porque Dios, «por una gracia particular, nos ha llamado a la Iglesia de Jesucristo, para que con la luz de la fe y la observancia de la divina ley, le demos el debido culto y lleguemos a la vida eterna.» (Catecismo Mayor, 147).

 
David Glez. Alonso Gracián
 
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SÉPTIMAS MORALES

 

(305) Séptimas morales y políticas, I: cosas que hacen falta

(306) Séptimas morales y políticas, II: Asaltar la Bastilla