7.05.19

(352) El veneno y la triaca

1.- Combatir el neomodernismo actual no es tarea para cuentacuentos ni para divulgadores de mentirijillas. Se precisa una caza eficaz de errores, una pesca de equívocos entre tiburones.

 

2.- Gran sinrazón es fiarse del Leviatán, como si pudiera ser católico anónimo. La Bestia no anhela inconscientemente a Cristo.

 

3.- Lethale venenum. La anfisbena de dos cabezas, Anomia y Ambigüedad, no necesita condescendencia, sino ser combatida con la doctrina de Cristo.

 

4.- El Caballo Troyano está dentro. Por eso, nada de adormilarse, velad, velemos. 

 

5.- Hay Triaca para este veneno: es quintaesencia bíblico-tradicional. Es virtud aristotélico-tomista. Es potencia sacramental. Es varonil determinación y competente autoridad, con el auxilio de la gracia.

 

6.- Blinda y protege tu fe con un juramento de tradicionalidad.

 

7.- No haya lugar para ambigüedades: los textos equívocos son mosquitos del error, transmisores de la filariasis de la apostasía. 

 

8.- Combatir el neomodernismo es misión pobre. No cuente con grandes recursos, no cuente con aplausos, no cuente con abundancia de medios, no cuente con apoyo institucional. 

Cuente tan sólo con la Destructora de todas las Herejías, que es la Inmaculada Concepción.

 

David Glez.Alonso Gracián

 

30.04.19

(351) El Mito del Constructivismo

—La tesis constructivista

La tesis principal de la pedagogía constructivista afirma que el alumno debe descubrir por sí solo la verdad para que ésta sea significativa en su vida.
Asimismo postula que la manera en que el alumno descubre la verdad, no es recibiéndola del docente, sino buscándola por medio de la experiencia personal. En este proceso de descubrimiento autónomo el docente es solamente un acompañante, un motivador o un guía. Es el profesor, antes bien, el que aprende del alumno, ilustrado y edificado por su inocencia epistemológica, que le sitúa ante el objeto de su experiencia con libertad cognitiva, no coaccionada ni contaminada por tradiciones ni saberes previos.

 

En un contexto constructivista, la búsqueda de la verdad consiste en un trabajo personal o de equipo que parte de los intereses previos del discente, intereses que constituyen la motivación que anima el proceso. Lo importante no es que se alcance un resultado, sino que se produzca un proceso significativo de búsqueda. Porque es la experiencia misma de búsqueda lo que se considera productiva.

Para el constructivismo, el discente no tiene ningún tipo de obligación respecto al acervo de verdades heredadas, ni reconoce la existencia de un deber para con los saberes del pasado, ni cree que exista una deuda de gratitud con el saber de la generaciones precedentes.
Su búsqueda de la verdad sólo es significativa si parte de su propia experiencia, y solamente a ella se debe. Por eso cree un derecho reclamarla y contrarreclamarla al Estado, si éste no se la garantiza.

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26.04.19

(350) Sobre un distingo maritainiano

Hay que despojar la mente católica de las adherencias del pensamiento moderno, que la oscurecen y desenfocan. Para que brille lo esencial, lo clásico, lo de siempre. Es el reto al que nos enfrentamos.

Usar el lenguaje cristalino, recio y preciso de la antigua sabiduría católica. No hay otra.

 

1.- Distinción y distingo.— No confundamos la primera, tan necesaria en doctrina, con el segundo, tan necesario en demagogia. La fragmentación de la unidad del sujeto que hace Maritain, por ejemplo, es un distingo: por un lado se considera el individuo, que es sólo parte material del Estado; por otro la persona, que es todo, incluso fin en sí misma, y más que el bien común.

Es un distingo tendencioso en clave progresista y liberal de tercer grado, de graves consecuencias morales, sociales y políticas.

Es un distingo que suplanta una verdadera distinción, la que existe entre individuación e individualidad. Es un distingo que sustituye la primacía del bien común, que es lo tradicional, por la primacía privada, que es lo moderno.

 

2.- Derecho y pretensión.— Aunque la segunda esté subvencionada, aunque reciba aprobación jurídica, ni son lo mismo ni podrán serlo; no se confunda lo justo con lo deseado, ni lo teorético con lo teórico.

 

3.- El distingo personalista tiene efectos negativos sobre la noción de Estado. Por un lado, funciona con potencia absoluta respecto a los individuos, convirtiéndose en árbitro público del bien y del mal, y de las pretensiones subjetivas de los ciudadanos; por otro, pide también, para la persona, potencia absoluta sobre el Estado, convirtiéndola en árbitro privado del bien y del mal, para poder autodeterminarse. 

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22.04.19

(349) Misteriosismo exagerado

Los personalistas postulan una supuesta enemistad entre el pensamiento y la razón. Aunque es un viejo tópico nominalista, frecuente en el Renacimiento, la influencia de Heidegger ha sido determinante. Para conocer este prejuicio tan extendido es útil acudir al artículo Sobre la frase de Nietzsche “Dios ha muerto", que es relevante.

Es un texto que muestra, con una claridad inusual en su autor, el sentido general de la obra heideggeriana, relacionado directamente con la famosa frase de nietzscheniana. En este estudio, Heidegger afirma algo muy importante para comprender el mal que late en la mentalidad personalista. Dice el existencialista:

«El pensar sólo comienza cuando hemos experimentado que la razón, tan glorificada durante siglos, es la más tenaz adversaria del pensar» (Martin HEIDEGGER, Caminos de Bosque, Alianza Editoria, Madrid, 1995, p. 240)

Adviértase cómo confunde la razón con el racionalismo. La época que glorificó la razón, como dice Heidegger, fue y es la Modernidad, no la Cristiandad. La identificación de racionalismo con racionalidad es espuria. Su proyección alcanza a Santo Tomás, a la escolástica en general, a la ontología, incluso a la ciencia. Es común, en el paradigma innovador, tachar de racionalista la teología escolástica.

Pero sobre todo, el personalismo, a imagen de Heidegger, que es su referencia metafísica a través sobre todo de Rahner, considera racionalistas a Santo Tomás y a Aristóteles. El menosprecio por la síntesis aristotélico-tomista es de sobra conocido. No es sólo que se tache a Santo Tomás de “demasiado objetivista", como hace Karol Wojtyla; es que todo intento de comprender la fe, de ahondar racionalmente en ella, de sustentar el conocimiento sobrenatural en una buena metafísica; toda labor sana de comprensión racional, en la medida de lo posible, de los contenidos de nuestra fe, y de exposición sistemática y organizada, es tachado de racionalista.

En este tema insiste con énfasis Gabriel Marcel. De él se aprende a descalificar como problemas las cuestiones escolásticas, y a ensalzar como misterios su irresolución. La contraposición artificial entre pensamiento religioso y razón es misteriosista. La enmarcamos dentro del giro posmoderno de la Modernidad, que se revuelve contra su versión racionalista y deviene irracionalista.

 

No se profesa la razón católica, sino una razón negativa, que sólo callando puede dejar libre el pensar. Los personalistas creen firmemente que «cuando hablamos de Dios, no es de Dios de quien hablamos». Es una propuesta de subordinación del entendimiento a la voluntad, en orden a la adquisición de una vivencia comunicable sólo por testimonio. O como diría Wittgenstein, una experiencia que no se puede decir, sino sólo mostrar (por ejemplo, mediante la estética teológica de von Balthasar.

Su fuente preferida es la teología negativa de los místicos alemanes, los esotéricos luteranos, los pietistas románticos y Lutero; los orientales, bizantinos y ortodoxos. Su dicotomía predilecta es la apuesta por Platón contra el malvado Aristóteles.

 

Contra el prejuicio misteriosista nosotros afirmamos que la razón no es racionalista, que la razón es racional. Pensar con razón es bueno, pensar sin razón es malo. Pensar con razón la fe es mejor que pensarla sin razón. La fe es razonable siendo supra-racional.

La razón puede servir de guardiana de la fe, de perro ladrador y mordedor suyo. Porque sabe que la fe la fortalece e ilumina, y que su rechazo la deja ofuscada y a merced del error, por el pecado. Es bueno defender racionalmente la fe, es bueno intentar comprender todo aquello que Dios mismo nos concede comprender. Es bueno conocer al ser en cuanto ser, es buena la metafísica.

Pretender que todo intento de profundización, de explicación, de apologética con argumentos, es absurdo, no deja de ser irrespetuoso y ofensivo contra la propia fe. Porque la fe no destruye la razón ni la deja al margen, ni la descuaja de la experiencia.

Lo explica con precisión y claridad Romano Amerio:

«La razón no puede llegar a demostrar las verdades sobrenaturales, como la Trinidad, la unión hipostática, la resurrección de la carne o la Presencia Real en la Eucaristía. Éstas son verdades propuestas por revelación y aprehensibles solamente por la fe. Pero esa imposibilidad no quita al acto de fe su carácter razonable: sigue siéndolo en grado sumo. En efecto, la razón, reconociéndose finita, ve que más allá de su límite pueden existir verdades cognoscibles (porque la cognoscibilidad se refiere a lo verdadero), pero no aprehensibles por evidencia racional. A tales verdades la razón se adhiere con un asentimiento; sin embargo este asentimiento no está producido por la necesidad lógica de la evidencia, sino por un determinante sobrenatural que es la gracia » (Romano AMERIO, Iota unum, Criterio Libros, Madrid, 2003, p. 265)

El gran error personalista acerca de la fe es afirmar que no consiste en creer, sino en experimentar, confiar, sentir, etc; que no consiste en creer sino en vivir, en llevar una vida auténtica, como diría Heidegger; que no consiste en creer sino sumergirse en el Misterio, en tener una experiencia personal o de descubrimieto de sentido, como diría Frankl.. 

De aquí el nefasto lugar común que dice que la fe es algo que no se entiende hasta que no se vive. Pero, ¿acaso la vida no es razonable? ¿Acaso el conocimiento no forma parte de la vida misma? ¿Acaso la voluntad salvífica antecedente de Dios no consiste en que todos se salven y alcancen el conocimiento de la verdad (1Tim 2, 4)?

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19.04.19

(348) Liberalismo de tercer grado

León XIII en su encíclica Libertas praestantissimum de 1888, n.14, define el liberalismo de tercer grado como aquel que afirma que «las leyes divinas deben regular la vida y la conducta de los particulares, pero no la vida y la conducta del Estado».

Este tipo de liberalismo, además, considera que es «lícito en la vida política apartarse de los preceptos de Dios y legislar sin tenerlos en cuenta para nada.»

El Pontífice califica estas afirmaciones de «absurdo error». Y da la siguiente razón:

 «Es la misma naturaleza la que exige a voces que la sociedad proporcione a los ciudadanos medios abundantes y facilidades para vivir virtuosamente, es decir, según las leyes de Dios, ya que Dios es el principio de toda virtud y de toda justicia. Por esto, es absolutamente contrario a la naturaleza que pueda lícitamente el Estado despreocuparse de esas leyes divinas o establecer una legislación positiva que las contradiga. »


El liberalismo de tercer grado se caracteriza, por tanto, por la relegación de los deberes religiosos a la vida privada.

Nos interesa la primera acepción de relegar que aporta el Diccionario de la RAE: «Entre los antiguos romanos, desterrar a un ciudadano sin privarlo de los derechos de tal.». Es decir, relegar es desterrar sin privación de derechos.

En el contexto que nos ocupa: apartar el deber religioso de la vida social y política pero sin negar a los ciudadanos su derecho a la religión que deseen, no a la que están vinculados por el hecho mismo de la Encarnación del Verbo, sino a la religión que deseen.

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