24.08.18

(288) La autarquía y la crisis del catolicismo

1.- La autarquía es el estado o condición de quien cree bastarse por sí solo; del que se considera, en fin, autosuficiente, y no necesita de moción divina que le auxilie, ni de tradición que le ampare.

—Es la esencia del moderno voluntarismo positivista, cuyo optimismo es suicida: la autarquía es el ethos revolucionario. 

 

2.- Distingo además, en consecuencia:

-Una autarquía personal, que afecta al católico que no cree necesitar ascética ni mortificación ninguna, porque se basta con su humanismo horizontalista, el servicio a los demás, o unas entretenidas experiencias de piedad.

-Una autarquía social, que afecta a sociedades enteras que se malfundamentan en sí mismas.

-Una autarquía jurídica, que afecta al derecho que se desliga del derecho natural, que debería ser su fundamento.

-Y una autarquía política, propia del estado moderno, constitucionalista y personalista, que cree no necesitar a Dios, y se sirve de constituciones y declaraciones de derechos para autoabastecerse.

Es indudable que, con el olvido del reinado de Cristo, el pensamiento católico se ha vuelto vulnerable, también, a la autarquía social, jurídica y política.

 

3.- También sería pertinente distinguir una autarquía intelectual, que para la Iglesia es ruina muy grande, y trastorna la teología. Es propia de “teólogos geniales"  que, para sincronizarse con la Modernidad, prescinden del pensamiento tradicional, como si no lo necesitaran. También es distintivo de filosofías que, por creerse muy listas, suprimen la síntesis escolástica, o la minimizan, creyendo bastarse por sí solas, o a lo sumo depender de Kant, Heidegger o Karl Rahner.

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21.08.18

(287) La salvación o la condenación afectan a cada persona concreta

1022 Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación (cf. Concilio de Lyon II: DS 856; Concilio de Florencia: DS 1304; Concilio de Trento: DS 1820), bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo (cf. Concilio de Lyon II: DS 857; Juan XXII: DS 991; Benedicto XII: DS 1000-1001; Concilio de Florencia: DS 1305), bien para condenarse inmediatamente para siempre (cf. Concilio de Lyon II: DS 858; Benedicto XII: DS 1002; Concilio de Florencia: DS 1306).

 

1.-En la Iglesia hay miembros vivos, y hay miembros muertos que son un cáncer en ella.

 

2.- Los miembros vivos son los justos, los miembros muertos son los pecadores.

 

3.- En la hora de la muerte, si un miembro de la Iglesia está vivo, o sea en estado de gracia, se salva. Si está en estado de pecado, o sea muerto sobrenaturalmente, se condena.

 

4.- No hay salvaciones colectivas ni condenaciones colectivas, no hay salvaciones en comunidad ni condenaciones en comunidad al margen del estado de gracia o de pecado de CADA persona concreta. Es cada hombre quien se salva o se condena. 

 

5.- La tesis de algunos humanismos populistas, por la cual no se salva cada hombre ni se condena cada hombre, sino la comunidad en general, es una idea dañina. Cada persona concreta es responsable de sus acciones ante Dios. La responsabilidad de cada hombre ante Dios no queda disuelta en el todo comunitario.

 

6.- Desde hace tiempo, algunos personalismos comunitaristas, rechazando el concepto de alma, promueven una vaga dimensión espiritual en que el estado de gracia o el estado de pecado quedan disueltos en un todo comunitario. Esta tesis es causa de numerosos errores, y supone una deformación de la soteriología cristiana. 

 

13.08.18

(286) Más sobre la dignidad ontológica y la dignidad moral

1.- Hemos visto en los dos artículos anteriores (284) y (285), que el ser humano tiene una dignidad ontológica. La tradición hispánica, concretamente Fray Luis de Granada, la define así: «La dignidad del hombre, en cuanto hombre, consiste en dos cosas, razón y libre albedrío» (Guía de Pecadores, lib. I, c. 18).

 

2.- También hemos visto que mediante el buen uso de la razón y del libre albedrío el ser humano orienta su dignidad ontológica a su fin último (Dios), perfeccionándose. Y que en este perfeccionamiento consiste su dignidad moral, por así decir: la ordenación racional y libre de la dignidad ontológica a su fin último, que es Dios.

 

3.- Pero cuando abusa de su razón y de su libre albedrío,  la persona se imperfecciona y se vuelve moralmente indigna: de vivir dignamente (hacia su fin último) pasa a vivir indignamente (contra su fin último). Crea, de esta manera, un grave desorden en sí mismo y en la sociedad en que vive, un desorden que debe corregirse con una pena proporcionada.

 
4. La RAE define pena como «castigo impuesto conforme a la ley por los jueces o tribunales a los responsables de un delito o falta.». El fin de la pena es que este abuso contra la dignidad moral no quede impune, sin castigo, esto es: sin corrección, sin re-ordenación, sin reparación, sin expiación, sin arreglo.
 

El castigo, esto es la pena, entra en el plan de Dios y es conforme a su sabiduría y a su Evangelio, porque pretende la restauración de la dignidad moral vulnerada y el orden social afrentado. Pretende, en definitiva, que con la permisión del abuso se obtengan bienes. Tal es el sentido de su Providencia. Por esto, toda pena impuesta por la autoridad legítima responde a la necesidad concreta de volver a ordenar lo que se desordenó, tanto en el reo como en la víctima, tanto en orden al bien particular como en orden al bien común. 

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8.08.18

(285) Juicios prudenciales utópicos y Nueva Humanidad

1. Los juicios prudenciales utópicos

El humanismo contemporáneo, afectado de peliagianismo, ha introducido un utopismo en la teología moral y en el derecho, orientando la consideración de lo que es justo hacia el ideal, y no hacia la realidad.

Este utopismo positivista se manifiesta, por ejemplo, en la absolutización indebida de valoraciones meramente prudenciales, elevadas a juicios absolutos a priori desligados del estado actual del hombre, o de la naturaleza de las cosas.

Nicolás Gómez Dávila, en uno de sus Escolios, afirma que «nada más peligroso que resolver problemas transitorios con soluciones permanentes». Creo que refleja bien la inconveniencia, y la injusticia también, de aplicar utópicamente valoraciones totales a priori a cuestiones prudenciales. ¿Quién puede conocer todas las circunstancias, los detalles, los acontecimientos? ¿Quién puede conocer todo lo que ocurre y está ocurriendo, para poder emitir un dictamen prudencial que abarque la totalidad del presente y del futuro?

La inconveniencia de un juicio semejante no tiene en cuenta que aunque el ser humano, en estado caído, es libre, está inclinado al mal y puede abusar de su libertad en cualquier momento, incluso alterando el estado actual de las cosas, corrompiendo el orden público gravemente y dañando el bien común. 

 

2. La dignidad humana en clave utópica

De entre las obras de Santo Tomás de Aquino, Leopoldo-Eulogio Palacios entresacó un principio de inestimable valor, que ilumina mucho la cuestión. Es el siguiente:

«lo que es primario y principal en el orden del ser es secundario y accesorio en el orden del bien, y viceversa»

Este principio, aplicado al concepto de dignidad humana, nos dice que en el orden del bien, y por tanto en el orden de la justicia, (es decir, del derecho, y tambien de la teología moral), la dignidad ontológica es secundaria respecto a la dignidad moral.

Es decir, en lo relativo al pecado lo decisivo es la dignidad moral, no la ontológica. Porque de esta dignidad o indignidad moral depende el bien común, depende incluso la condenación/salvación de la persona. 

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3.08.18

(284) Concepto confuso de dignidad humana

1.- El concepto de dignidad humana, como el de persona, ha sufrido un desenfoque considerable por obra de algunos personalismos contemporáneos.

En general, podemos decir que las escuelas personalistas, en mayor o menor grado, confunden la dignidad ontológica del ser humano con su dignidad moral, y la dignidad moral con la dignidad sobrenatural. Parecen rechazar, en clave pelagiana o semipelagiana, y contra la tradición y la doctrina de la Iglesia, que esta dignidad divina pueda perderse.

Malinterpretar el concepto de dignidad humana puede tener graves consecuencias doctrinales. Entre otras, la deformación de nociones clave de la moral cristiana, como son los conceptos de castigo, pena, delito, pecado, bien común, expiación, etc., que quedarían seriamente afectadas en su significado teológico y en sus implicaciones jurídicas y antropológicas. 

 

2.- La dignidad de la naturaleza humana es una cosa, conforme enseña la Tradición: «Despierta, oh hombre y reconoce la dignidad de tu naturaleza: recuerda que has sido creado a imagen de Dios» (San León Magno, Sermón 27).

 

3.- Pero la dignidad moral es otra, conforme enseña la Tradición: «el hombre al pecar, se separa del orden de la razón y por ello decae en su dignidad humana…húndese en cierta forma en la esclavitud de las bestias» (Santo Tomás de Aquino, II-II, q.64, a. 2)

 

4.- El equívoco personalista consiste en creer que ambas son la misma, y que el ser humano conserva siempre intacta la dignidad moral. Sin embargo, ésta se reduce al cometer el mal.

 

5.- El ejercicio de la libertad moral, en relación al fin último, nos dice de la mayor o menor dignidad moral de una persona. Como lúcidamente distingue Leopoldo Eulogio Palacios: 

«son sus obras concretas las que nos tienen que decir si un hombre es buena o mala persona, persona digna o persona indigna… se es malhechor o se es justo por algo diferente a la persona humana tomada en su aspecto ontológico» (Iglesia y libertad religiosa, Anales de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Madrid, 1979 n°56, p. 295)

 

6.- Por todo esto, es un grave error «considerar la perfección ontológica como si fuera la perfección moral» (Miguel AYUSO, Libertad y dignidad, Verbo, Madrid 2003, n° 419/20, p. 857)

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