27.12.19

(400) Algunos aspectos del neomodernismo

A lo largo de muchos artículos hemos estado contemplando cómo el neomodernismo, a diferencia del modernismo, pretende pertenecer católico e incluso ortodoxo, y que apela incluso al magisterio de la Iglesia. ¿En qué consiste entonces su peligrosidad?

En primer lugar, en que quiere permanecer católico, pero también moderno. En que quiere mantenerse en los principios del catolicismo, pero al mismo tiempo en los de la Modernidad. Para ello se atreverá a caminar sobre una cuerda de equilibrio: rechazará la tradición tomista, pero no del todo: intentará reinterpretarla. Aceptará la filosofía moderna, pero no del todo: intentará catolizarla.

Pretenderá evitar el caos, pero no con demasiado orden. No querrá la ley, para no ser rigorista; pero sí querrá la norma, para no ser ácrata. La indefinición será su método. 

 

En realidad, el neomodernismo pretende hacer tan importante la vida sobrenatural que la convierte en exigencia de la naturaleza humana, naturalizándola. Cree que la unidad es tan necesaria, que no duda sacrificar a ella parte de la verdad, dilatando el depósito hasta la indefinición, pero sin querer traspasar el límite de la ortodoxia. Sustituye el bien por el valor, y las virtudes por los valores.

 

Para luchar contra el ateísmo se propone volver tan natural la vida cristiana que ésta queda desposeída de su constitutivo sobrenatural. Le parece inconcebible que el ser humano pueda haber sido creado sin haber sido elevado.

Establece falsas dicotomías: entre Dios y el ser, entre el castigo y la misericordia, entre el derecho y el Espíritu. Padece una intensa tendencia a desjuridizar la religión, a recontextualizarlo todo, a reafirmarse en lo ajeno y no en lo propio.

 

En general, profesa el liberalismo de tercer grado, el positivismo moderado, el humanismo no ateo, antropocéntricamente teocéntrico.  La libertad religiosa es entendida a la manera de la ONU, pero sin radicarla en la subjetividad, sino en la dignidad teórica, no moral, del hombre, subestimando su naturaleza caída. 

La gracia es puesta al servicio de la naturaleza humana, quedando instrumentalizada y subordinada a la exaltación del hombre. La Revelación divina contiene, para el neomodernismo, misterios inconceptualizables imposibles de categorizar ni expresar en doctrinas inequívocas. Dios revela cosas sobre Sí, ante todo, para que el hombre pueda conocer el misterio de los misterios, que es el hombre mismo.

No considera el estado de gracia ni el de pecado, antes bien prefiere uno indefinido. Los Novísimos no tienen apenas presencia en la predicación, salvo una salvación universal identificada con la resurrección.

 

21.12.19

(399) La ofensiva marxista y conservadora

56.- El neomodernismo tiene su propia norma próxima de fe.— Que no es el magisterio antimoderno, sino sus propios autores de culto, sobre todo los fundacionales. Lo ha expuesto certeramente el Padre Julio Meinvielle:

«Para caracterizar el fenómeno progresista dentro de la Iglesia, vamos a utilizar los artículos que la revista Le Monde et la Vie publica en su número de diciembre de 1962, y que lleva el título: “¿Adónde va la Iglesia de Francia?” Allí leemos en la página 63: “Sobre el plano doctrinal, el Papa Pío XII, había, el 13 de julio de 1949, castigado con excomunión a los comunistas y a sus cómplices. Tres meses más tarde Mounier comentando esta condenación, emitía la hipótesis de que era un error histórico macizo, lo que permitía el 15 de agosto de 1958 decir a un digno Padre Capellán a sus estudiantes, en presencia del Obispo de Nancy: “Vuestros maestros no son ya ni el Papa ni los Obispos, sino Emmanuel Mounier y Péguy". En esta palabra, por lo demás Péguy no era citado sino bajo su forma socialista y proletaria.» (Julio MEINVIELLE,  El progresismo cristiano, Cruz y Fierro Editores, Argentina, 1983, pág.13)

 

57.- El neomodernismo hibrida el marxismo con el conservadurismo liberal.— No es una mezcla extraña, sino coherente con el nuevo orden mundial producido tras la Segunda Guerra Mundial. Los neomodernistas apelan al socialismo idealizado, informal y “piadoso” de los personalistas, representado por Mounier, Maritain o Péguy; y se consideran “de izquierdas” en lo social y económico; pero conservadores en lo moral, mas no a la manera tradicional, demasiado “objetivista"; sino al modo ilustrado: con ese nuevo concepto moderno de libertad de autodeterminación heredado del nominalismo, tal y como lo ha sistematizado la filosofía moderna, sobre todo Hegel o Kant.

Humanismo de derechas y humanismo de izquierdas se combinan en humanista solución. La utopía de la Nueva Humanidad necesita un concepto informalista de esperanza, para el que se acude tópicamente, por ejemplo, a Péguy. Poesía, arte y cultura se ponen al servicio de una mezcla homogénea de socialismo y liberalismo en un sólo bloque ideológico.

 

58.- El neomodernismo combate el tomismo.— Los neomodernistas, medio progresistas y medio conservadores, se burlan de Aristóteles, cantan las glorias de Platón, sin conocerlo; pero a Santo Tomás, por su autoridad, prefieren reinterpretarlo y recontextualizarlo, quejándose de su objetivismo, falseándolo subrepticiamente, como hacen de Lubac o Rahner; disolviendo su principios en el pluralismo doctrinal, como hace Hans Urs von Balthasar; y refundiéndolo con la doctrina kantiana. Siendo la doctrina tomista el enemigo principal del mundo conceptual hegeliano-kantiano, es combatido por cosista, y refundido en el existencialismo heideggeriano y la fenomenología husserliana. Combatir la doctrina aristotélico-tomista es combatir, como pretende Guardini, la dictadura del cosismo. Combatir la sagrada escolástica es defender, como quiere Odo Casel, una doctrina extendida de los sacramentos, en clave misteriosista. En definitiva, el ataque al tomismo es en realidad una revisión de la mente católica, despreciada en cuanto clásica y tradicional, y puesta en oposición esencial con la mente moderna.

El P. Meinvielle, cabalmente, recalca que:

«En primer lugar, hay en los progresistas, sobre todo seminaristas y sacerdotes, un desprecio bien marcado de la filosofía y de la teología de Santo Tomás. Sabido es que para la Iglesia, Santo Tomás de Aquino es el primer Doctor que ha logrado una síntesis hasta ahora insuperada de las enseñanzas cristianas y las ha expuesto en un cuerpo de doctrina que forman toda una arquitectura. Pues bien, los clérigos progresistas desprecian la filosofía y teología tomista, arguyendo que toda ella está en dependencia de una ciencia arcaica y superada ya definitivamente. Luego, así como esa ciencia ha caducado, también caduca la metafísica y la teología de Santo Tomás. No es difícil advertir el error de estos clérigos progresistas.» (Ibid., pág. 15).

Serán los conservadores los que, aplicando la dialéctica hegeliana y el normativismo kantiano al pensamiento tomista, pretendan pasar por tomistas siendo, en realidad, católicos actualizados, esto es, modernos antitomistas

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16.12.19

(398) Titanismo y caída

52.- El neomodernista honra al ser humano más de la cuenta.— El titanismo le caracteriza. Venera en más al hombre, adora en menos a Dios. Por eso el Creador le fustiga con impaciencias, le deja endurecerse, le hace penar por su indebido amor. Irritado, Dios le permite envanecerse, cual pavo real, hasta la apostasía y la fruición de sí solo; se retira de su casa para que entre Satanás, con su humo de rendijas; encadena a algunos pastores a pecados nefastos y nefandos, por su manierismo cultor del hombre. 

 

53.-  La Religión del Nuevo Adán contra la religión del viejo Adán.— La primera es la religión del amor de Dios, la segunda, la religión del amor (caído) del hombre. La primera es teocéntrica: Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo; Dios Uno y Trino es el centro. La segunda es antopocéntrica: el homo homo homo, (Carolus Bovillus) tres veces hombre, del Renacimiento.

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14.12.19

(397) Sin Cruz y sin justicia

48.- El neomodernista es antijurídico.— Y esto confunde su concepto de redención. Rechaza términos jurídicos clásicos, como pena, deuda, satisfacción vicaria, reparaciónexpiación, castigo. El pecado, piensa el personalista, es a lo sumo una ofensa, pero no una deuda que exija ser saldada.

La justicia se predica para la comunidad temporal, no para la comunidad sobrenatural, que es la Iglesia, ni para las relaciones del hombre con Dios, ni del miembro de la Iglesia con Cristo Cabeza. Para estas realidades se postula una misericordia desjuridizada, un bondadismo sin justicia, una pseudomisericordia que clama al Cielo.

Se minimiza por tanto el derecho penal, desaparece el concepto tradicional de castigo, que es aceptado, a lo sumo, como corrección medicinal, pero no como pena expiatoria. La pena, propiamente hablando, es reemplazada por la sanción administrativa. El estado de pecado es sustituido por el estado o situación de irregularidad, en clave administrativista.

 

49.- El neomodernista malentiende el pecado original y personal.— Porque no considera su efecto principal, que es hacer recaer sobre el género adámico la ira de Dios y su justa indignación. Ignora, por ello, el pecado como un estado desordenado de enemistad, personal y social, que demanda corrección y restauración vindicativa.

Por el contrario, predica un Dios que no se aira con quien le traiciona, sino que ama igualmente a todos, como si nadie le hubiera ofendido, o hubiera sido sin querer, o incluso ¡meritoriamente!, como acto significativo de la humana libertad, que supuestamente Dios respeta. Predica un dios indiferente al pecado. El neomodernista se excusa torticeramente en la inmutabilidad divina para defender la impunidad, para borrar los contornos del estado de gracia y del estado de pecado, para disolver en las aguas modernas del Maelstrom (aguas de soberbia, de indiferentismo, de revolución), la deuda contraída con Dios.

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7.12.19

(396) Domesticar la Revolución

44.- La Ciudad cristiana se funda en el orden natural del ser y sobrenatural de la gracia. Orden orgánico transmitido de generación en generación. Orden que, en cuanto dado y recibido, es tradicional.

La ciudad moderna, por el contrario, se sustenta, malamente, en el orden artificial del devenir y del valor. Orden que, en cuanto reclamado y contrarreclamado, como diría Turgot, es antitradicional: por ser susceptible de invención, por ser constructo subjetivo, por ser un mero artefacto de equilibrio y autodeterminación.

 

45.- El empeño oscuro y ambiguo del neomodernista es catolizar sin catolicismo el orden del devenir, de forma que conviva, ambiguamente, con el orden del ser y de la gracia, y pueda optarse por el primero en público, y por el segundo en privado. Es el viejo sueño anfisbeno del liberalismo de tercer grado: devenir institucional y piedad privada.

 

46.- Los neofilósofos y neoteólogos, entonces, sacralizarán el orden del devenir mediante la ideología personalista y la Nueva Teología. Pero no lo sacralizarán demasiado, sino sólo un poco. Quieren un orden intermedio, ni muy moderno ni muy católico.

Quieren catolizar la Revolución y así rehuir las nuevas guillotinas. Quieren domesticar el devenir y así eludir “la dictadura del cosismo", es decir el orden del ser. Para ello, se harán semipelagianos. Para ello, ensalzarán la dignidad ontológica y olvidarán la dignidad moral. Para ello, esconderán al Crucificado. Para ello, rebajarán el principio penitencial. Para ello, relativizarán sacramentales, novenas, culto de dulía en general. Para ello, predicarán igualdad, libertad y fraternidad y gracia para todos a partes iguales y en la misma proporción. Para ello, considerarán caduco el derecho natural, y preferirán la Declaración de los derechos humanos.

Ruben Calderón Bouchet explica lúcidamente este proyecto de aprobación de la Revolucion por gran parte del pensamiento eclesial moderno:

«La revolución se formó y se hizo contra la Iglesia. Este es un hecho que muchos católicos no quieren entender y aferrándose, por cualquier razón desconocida, a la institución eclesiástica, tratan de dar una explicación que les permita conciliar los ideales y las utopías modernas con los principios reales de la fe». 

«Se debía admitir la vigencia de estos factores y ver cuál podía ser el papel de la Iglesia Católica en el seno de una sociedad pluralista, democrática y revolucionaria, sin condenar todo el proceso que llevaba en su seno las puestas modernistas» (Rubén CALDERÓN BOUCHET, La Iglesia frente a la ideología, Verbo, núm. 563-564, 2018, pág. 259).

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