InfoCatólica / La Mirada en Perspectiva / Categoría: Clasicidad

7.12.19

(396) Domesticar la Revolución

44.- La Ciudad cristiana se funda en el orden natural del ser y sobrenatural de la gracia. Orden orgánico transmitido de generación en generación. Orden que, en cuanto dado y recibido, es tradicional.

La ciudad moderna, por el contrario, se sustenta, malamente, en el orden artificial del devenir y del valor. Orden que, en cuanto reclamado y contrarreclamado, como diría Turgot, es antitradicional: por ser susceptible de invención, por ser constructo subjetivo, por ser un mero artefacto de equilibrio y autodeterminación.

 

45.- El empeño oscuro y ambiguo del neomodernista es catolizar sin catolicismo el orden del devenir, de forma que conviva, ambiguamente, con el orden del ser y de la gracia, y pueda optarse por el primero en público, y por el segundo en privado. Es el viejo sueño anfisbeno del liberalismo de tercer grado: devenir institucional y piedad privada.

 

46.- Los neofilósofos y neoteólogos, entonces, sacralizarán el orden del devenir mediante la ideología personalista y la Nueva Teología. Pero no lo sacralizarán demasiado, sino sólo un poco. Quieren un orden intermedio, ni muy moderno ni muy católico.

Quieren catolizar la Revolución y así rehuir las nuevas guillotinas. Quieren domesticar el devenir y así eludir “la dictadura del cosismo", es decir el orden del ser. Para ello, se harán semipelagianos. Para ello, ensalzarán la dignidad ontológica y olvidarán la dignidad moral. Para ello, esconderán al Crucificado. Para ello, rebajarán el principio penitencial. Para ello, relativizarán sacramentales, novenas, culto de dulía en general. Para ello, predicarán igualdad, libertad y fraternidad y gracia para todos a partes iguales y en la misma proporción. Para ello, considerarán caduco el derecho natural, y preferirán la Declaración de los derechos humanos.

Ruben Calderón Bouchet explica lúcidamente este proyecto de aprobación de la Revolucion por gran parte del pensamiento eclesial moderno:

«La revolución se formó y se hizo contra la Iglesia. Este es un hecho que muchos católicos no quieren entender y aferrándose, por cualquier razón desconocida, a la institución eclesiástica, tratan de dar una explicación que les permita conciliar los ideales y las utopías modernas con los principios reales de la fe». 

«Se debía admitir la vigencia de estos factores y ver cuál podía ser el papel de la Iglesia Católica en el seno de una sociedad pluralista, democrática y revolucionaria, sin condenar todo el proceso que llevaba en su seno las puestas modernistas» (Rubén CALDERÓN BOUCHET, La Iglesia frente a la ideología, Verbo, núm. 563-564, 2018, pág. 259).

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24.11.19

(393) Traición y afán de novedades

31.- «Os bilingue detestor!».—  La boca de dos lenguas la detesto (Pr  8, 13). El hombre de tradición aborrece lo ambiguo.

Postula el alma sin tradición, con lengua torpe y ambigua, una doctrina ambivalente y oscura, que se resume así: con Cristo y contra Cristo también, dependiendo de la ocasión. Su ambigüedad es traición.

Su método es poner entre paréntesis el depósito, no sea que obligue, pero sin negarlo, no sea se note la revolución. Su objeto es evitar la cruz recibida, obviar la herencia de Calvario, evitar la sangre en el Circo.

Deteste el hombre tradicional la mente anfisbena y revolucionaria, que es la nada que quiere ser, la sombra que quiere suplantar a la luz, para ocupar el paraíso.

 

32.- Grata rerum novitas.— Agradable es la novedad de las cosas, dice el refrán latino. Al hombre sin tradición, como apunta la paremia, todo lo nuevo le place, aun siendo contra razón. Y para decir lo nuevo, que le resulta grato (por ser malo), sin que se advierta que es nuevo, duplica su rostro. Con Cristo se muestra doliente, pero no atricionado, que nunca es agradable el miedo aunque sea santo; con el mundo moderno se muestra contento, más nunca crucificado.

Por tanto no duda, por suavizar la muy áspera religión de la cruz, disimular sus espinas y clavos, obviar el madero, reinterpretar la resurrección como salvación para todos. No duda usar la lija para endulzar la doctrina católica (tan poco igualitaria) de la predestinación, y acolchar la cruz con el auxilio de la técnica, no sea que duela.

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20.11.19

(392) Clasicidad, IV: tradición y bien común

16.- La tradición transfiere el bien común presente a la generación siguiente.

El bien común se comunica a través de la traditio

Bien común es todo bien comun-icable por tradición.

La tradición es el órgano transmisor del bien común.

La traditio es entrega del bien común.

 

17.- La primacía de la tradición se deduce de la primacía absoluta del bien común.

 El bien individual privado no es comun-incable, luego no se identifica con el bien común ni en sí ni como sumando de un total de bienes individuales privados.

El bien privado no es objeto propio de la traditio salvo cuando sirve al bien común.

 

18.- Revolución es sustitución de la primacía del bien común por la supremacía del bien individual privado.

Revolución es conmutación del bien comun-icable por el bien incomun-icable. 

 

19.- Revolución es reclamación y contrarreclamación (Turgot) de bienes incomunicables absolutizados.

Revolución es reemplazo del orden político social del bien común por el orden subjetivo del bien individual privado.

Revolución es suplantación de la comun-icación por la incomunicación. De lo orgánico por lo inorgánico. 

 

20.- Revolución es interrupción y quiebra de la traditio y por tanto del bien común.

 
David Glez.Alonso Gracián
 

15.11.19

(391) Clasicidad, III: Cambio y revolución

11.- En su lucidísima crítica a la obra de Maritain, contrastándola con la de los polemistas católicos, concretamente Bossuet, el gran Leopoldo Eulogio Palacios comentaba que «la variación es signo del error. ¿Varías? ¡Luego yerras!». (LEOPOLDO EULOGIO PALACIOS, El Mito de la Nueva Cristiandad, Rialp, Madrid, 1952, pág. 12).

 

La variación, el cambio, la innovación, la novedad, la diferencia indebida, la mutación son indicios de error. El crecimiento, la perfección, la aplicación, la explicitación, el enriquecimiento, la glosa fiel son signos de verdad.

 
La variación no se hace verdadera por más que se apoye en la potestad. ¡La norma no vuelve verdadero lo que es falso!
 

12.- La traditio garantiza el bien común porque entrega fielmente el legado, que es bien comunicable y universal. Fielmente significa sin cambio, sin variación, sin corrupción, es decir sin alteración.

Es virtud del accipiens la recepción agradecida de la herencia, y por tanto su custodia. La protege frente al Maelstrom, la defiende con su vida, la engrandece comprendiéndola mejor, extrayendo con manos de hierro sus virtualidades ocultas, con temor y temblor y auxilio divino. 

 
13.- El hombre tradicional, en cuanto accipiens, es hombre deudor, y en él se cumple la Escritura, que cuestiona: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿de qué te glorías, como si no lo hubieras recibido?» (1 Cor 4, 7).

 

La visión tradicional del mundo no es otra: es la del Padre Nuestro: dimitte nobis debita nostra, sicut et nos dimittimus debitoribus nostris. Y es que todo lo hemos recibido de Dios, somos deudores suyos, tanto en el orden natural como en el sobrenatural. Por eso explica Santo Tomás que

«El hombre es constituido deudor, a diferentes títulos, respecto de otras personas, según los diferentes grados de perfección que éstas posean y los diferentes beneficios que de ellas haya recibido.[…] Así, pues, después de a Dios, el hombre les es deudor, sobre todo, a sus padres y a su patria» (S. Th., II-II, 101, 1)

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12.11.19

(390) Clasicidad, II: Revelación, tradición y subversión revolucionaria

6.- La Revelación es traditio porque es entrega sobrenatural de verdades naturales y sobrenaturales. Entrega en que Dios es tradens y el creyente, por la fe, la verdad y la gracia que nos trae Jesucristo (Cf. Jn 1, 17), es accipiens

«La Revelación es la manifestación que Dios hace a los hombres, en forma extraordinaria, de algunas verdades religiosas, imponiéndoles la obligación de creerlas.

Se dice “en forma extraordinaria", para distinguirla del conocimiento natural y ordinario que alcanzamos por la razón» (SADA y ARCE, Curso de Teología dogmática, Palabra, Madrid, 1993, pág. 33).

 

7.- La Revelación termina con los apóstoles. No continúa. El conjunto de verdades entregadas es contenido en un depósito para ser entregado por traditio de generación en generación, custodiado fielmente. Depósito cerrado en que no cabe añadir nada, sólo comprenderlo cada vez mejor, aplicarlo y determinarlo autoritativamente, explicitando  (sacando afuera), potestativamente, sus riquezas generación tras generación. 

 

8.- La Revelación comunica dos tipos de verdades: naturales, que se pueden conocer por la razón; y sobrenaturales, que no se pueden conocer por la razón.

El motivo de entregar sobrenaturalmente verdades naturales son las muchas dificultades que para conocerlas padece el hombre adámico, no sólo por la dificultad intrínseca de las mismas, sino por la ofuscación de su razón por el pecado, el influjo subjetivista de las pasiones, los defectos personales y en general la condición caída del hombre.

«Porque, aun cuando la razón humana, hablando absolutamente, procede con sus fuerzas y su luz natural al conocimiento verdadero y cierto de un Dios único y personal […] y, asimismo, al conocimiento de la ley natural, impresa por el Creador en nuestras almas; sin embargo, no son pocos los obstáculos que impiden a nuestra razón cumplir eficaz y fructuosamente este su poder natural. Porque las verdades tocantes a Dios y a las relaciones entre los hombres y Dios se hallan por completo fuera del orden de los seres sensibles; y, cuando se introducen en la práctica de la vida y la determinan, exigen sacrificio y abnegación propia.

Ahora bien: para adquirir tales verdades, el entendimiento humano encuentra dificultades, ya a causa de los sentidos o imaginación, ya por las malas concupiscencias derivadas del pecado original. Y así sucede que, en estas cosas, los hombres fácilmente se persuadan ser falso o dudoso lo que no quieren que sea verdadero». (PÍO XII, carta encíclica Humani generis, 12 de agosto de 1950, n. 1 y 2).

 

9.- La Revelación es moralmente necesaria para conocer con facilidad, con firme certeza y sin error dichas verdades naturales morales y religiosas (Denz 1786). Y absolutamente necesaria para conocer verdades sobrenaturales, a las que se tiene acceso por la fe sobrenatural. (Cf. ARCE y SADA, Op. cit., pág. 36). «Puesto que nos elevó al orden sobrenatural, era indispensable que nos manifestara ese orden» (SANTO TOMÁS, I, q, 1, a.1).

La traditio sobrenatural, por tanto, le es necesaria al hombre, moralmente, por las verdades naturales que entrega. Absolutamente, por sus verdades sobrenaturales.

 

10.- El hombre sin tradición, es decir,  el hombre revolucionario, renuncia a su papel de accipiens. Revolución es rechazo de la deuda pendiente con la verdad entregada. Principio de independencia respecto de lo entregado por Dios.

Que, por ser necesario a dos niveles, natural y sobrenatural, obliga doblemente, suscita un deber moral y racional y un deber teologal. Razón y fe obligan, naturaleza y gracia obligan.

Rechazar este doble deber es afirmar un doble principio de independencia: respecto del orden moral natural y respecto del orden sobrenatural que lo auxilia.

Revolución por tanto es contraorden: subjetivismo contra realidad, derechos personales contra derecho natural y divino, constructo teórico contra legado.

Revolución es desorden, ceguera y sordera voluntarias a la traditio. Revolución es quebrantamiento de la entrega.
 

David Glez. Alonso Gracián