InfoCatólica / Mater et Magistra / Categoría: Teología moral

8.05.19

Impedimentos del acto humano. Impedimentos a la ejecución.

En el artículo anterior se habló de la concupiscencia o inclinación del apetito sensible hacia un bien material, y sus efectos, que afectan al elemento voluntario del acto libre. La concupiscencia puede aparecer previamente (antecedente) a la voluntariedad del acto, y disminuir su libertad (y responsabilidad), o posteriormente (consecuente), y no disminuirla. Las pasiones son efecto de la concupiscencia, y merecen la misma catalogación moral. La pasión que más afecta a la libertad del acto es el miedo, aunque nunca la suprime completamente ni justifica la realización de un acto intrínsecamente malo. La costumbre es la repetición de un acto en el tiempo, y el hábito la inclinación en un sujeto a realizar ese acto por costumbre. Puede ser voluntario (y disminuir la libertad del acto) o involuntario.

 

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Impedimentos del acto libre que afectan el elemento ejecutivo

 

El acto libre se puede ver todavía entorpecido por un último elemento extrínseco, más allá del conocimiento y la voluntad: los obstáculos a la ejecución. Se resumen en uno, la violencia.

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24.08.18

Impedimentos del acto humano. Impedimentos de la voluntad

En el artículo anterior se describieron los impedimentos del conocimiento que entorpecen el acto libre, que son la ignorancia (de un conocimiento debido), la inadvertencia (desconocimiento puntual), el olvido, y el error o juicio equivocado. El sujeto puede ser ignorante, bien de forma invencible (no advierte el impedimento o lo ha intentado evitar en vano), que se realiza con tranquilidad de conciencia, o de forma vencible (se puede evitar, en diversos grados). Asimismo, según la voluntad frente a esa ignorancia puede ser antecedente (de haberse disipado hubiese modificado el acto, siempre excusa), concomitante (ingenua, pero no hubiese modificado el acto) o consiguiente (voluntaria, que no excusa nunca).

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24.11.17

Impedimentos del acto humano. Impedimentos del conocimiento

En el artículo precedente se trataba de la definición y condiciones del acto libre, aquel que ejerce la facultad de obrar o no, y de hacerlo en un sentido u otro. Se distinguía la libertad física o capacidad, de la libertad moral (es decir, no limitada). El libre albedrío es potencia de la voluntad, pero basada en el entendimiento, que es quien le proporciona los elementos de juicio. Su esencia radica en la capacidad de elección, para lo cual debe indispensablemente ser libre de coacción extrínseca y poseer libertad de ejercicio (obrar o no). La libertad de especificación (posibilidad de escoger el mejor entre dos bienes) le lleva a su plenitud natural. Por el contrario, la última cualidad, la libertad de contrariedad (escoger entre el bien y el mal) no perfecciona la libertad, sino que supone la posibilidad de contrariar la propia naturaleza humana que le llama a su plena unión con Dios (el Bien absoluto) y hacerse esclavo de bienes perecederos, por lo que escoger el mal supone una disminución de libertad, en lugar de aumentarla.

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4.01.17

El acto libre

El artículo precedente explicaba que el acto voluntario o elemento volitivo es aquel que procede del sujeto, con conocimiento e intención del fin y sin coacción externa. La voluntad puede ser expresa o implícita. en diversos grados (actual, virtual o habitual) o interpretativa. La razón de moralidad del voluntario la da el fin último, pero únicamente a través de medios lícitos (el fin no justifica los medios).

La licitud del voluntario indirecto (aquel acto que da un efecto bueno y otro malo) se valora en función de que el efecto buscado debe ser siempre el bueno, el fin debe ser honesto, y el efecto malo debe tener justificación proporcionada. Para imputar un efecto malo en estos casos, este debe ser previsible, y traer posibilidad y obligación de impedirlo.

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12.09.16

El elemento voluntario del acto humano

En el artículo anterior se explicaba que el acto humano es aquel que procede de la voluntad deliberada del hombre. Se caracteriza por ser racional, libre, moral, voluntario e imputable. Contiene tres elementos: el conocimiento, la voluntad y la ejecución.

El componente principal del conocimiento es el advertimiento (percepción del acto presente o futuro), que posee diversos grados. La advertencia es indispensable, relaciona el acto concreto con su moralidad y debe ser antecedente. Por último, el imperio de la razón relaciona el conocimiento con la voluntad.

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Elemento volitivo o Voluntario

Corresponde al influjo que la voluntad ejerce en el acto y es, por tanto, el elemento decisivo para la moralidad de dicho acto. Por ello amerita un estudio detallado.

El influjo de la voluntad procede del propio sujeto agente sin violencia extrínseca y con conocimiento e intención en el fin.

Esta definición clásica de Santo Tomás de Aquino nos permite descartar diversas nociones con las que podría existir confusión: la de los impulsos animales, la del desconocimiento del fin, la procedente de una coacción física externa, la de lo deseado sin que la voluntad pueda influir en ello, la de lo permitido aunque no querido, y la de lo realizado por ignorancia.

Condicionantes de la voluntad:

El acto de la voluntad, o Voluntario, se puede clasificar según diversos condicionantes:

Puede ser elícito (si es un acto de la propia voluntad, como elegir) o imperado (si es de otra potencia bajo el mandato de la voluntad, como mirar).

Puede ser perfecto (si se realiza con advertencia y consentimiento plenos) o imperfecto (si alguna de las condiciones no es plena).

También según la voluntad pueda (libre) o no (necesario) abstenerse del acto. Por ejemplo, la voluntad no puede abstenerse de las funciones fisiológicas, aunque sean dirigidas por ella.

Puede ser puro (si la voluntad desea todos sus aspectos, como amar a Dios), o mixto de involuntario (si la voluntad desea uno de ellos, pero no todos, como por ejemplo tomar una medicina amarga para sanar).

Puede ser directo, o voluntario en sí mismo (si se busca el efecto que provoca el acto, como hidratarse al beber agua), o indirecto, o voluntario en su causa (si simplemente se permite aunque no se busque, como en el caso anterior que se vacíe una botella).

Puede ser positivo, si se trata de acto realizado (hacer un regalo), o negativo, si se trata de un acto omitido (no devolver un saludo).

Puede ser explícito, si el objeto es concreto (mostrar desagrado por una pintura), o implícito, si se incluye en un acto indeterminado (que a uno le gusten los niños).

Puede ser expreso, si se manifiesta la voluntad externamente (con una palabra o un gesto), o presunto, si esta se supone razonablemente (por ejemplo un niño que compra golosinas sin que su madre lo sepa, pero en ocasiones anteriores se lo ha permitido).

Tipos según el momento de la voluntad:

La voluntad puede ser actual si la intención está presente en el momento del acto. Puede ser virtual, si sigue influyendo en el acto por su presencia previa (pongamos por caso la intención inicial de viajar a un destino, aunque durante el trayecto tal voluntad no se halle presente en cada momento). Puede ser habitual si la voluntad se tuvo antes, aunque ya no influya en el acto, y no se retractó (por ejemplo, una persona manifestó una vez querer ser enterrada en sagrado, pero en su agonía no manifiesta ese deseo ni otro sobre el mismo tema). La de más difícil valoración es la voluntad interpretativa, por la cual la voluntad no se tuvo en ningún momento, pero se puede suponer que, de haber tenido la oportunidad de reflexionar sobre ello, la hubiese tenido. Un ejemplo es el de una persona inconsciente que precisa amputar un miembro tras un accidente para salvar su vida. Los galenos que le atienden presupondrán que preferirá salvar su vida a perder el miembro, pero no pueden tener constancia de ello. Otro ejemplo clásico es el de los misioneros que bautizaban paganos inconscientes en sus últimos momentos de vida, suponiendo que de haber conocido el cristianismo, habrían deseado serlo.

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Algunos casos particulares del acto voluntario

  1. El acto voluntario tiene mayor razón por el fin último que por el mediato. Si obramos un acto de generosidad por amor a Dios, el amor a Dios (fin último) da cuenta del acto en mayor medida que el mediato (dar generosamente). Del mismo modo, quien golpea a otro para dejarlo indefenso y robarle, es antes ladrón que agresor.

  1. Los actos voluntarios imperfectos nunca constituyen pecado grave. Cuando un acto pecaminoso se hace sin plena advertencia, o pleno consentimiento (o ambos), en ningún caso se comete pecado mortal, por no ser plenamente humano.

  2. Todos los actos voluntarios son libres, excepto la tendencia a la felicidad natural y sobrenatural. Al juicio humano, todos los objetos se aparecen con su parte virtuosa y su parte defectuosa, por lo que la tendencia hacia ellos es voluntaria y su elección libre. Únicamente la búsqueda de la felicidad, impresa por Dios en el corazón del hombre, es involuntaria e inevitable.

  3. El acto voluntario bajo coacción sigue siendo voluntario. Todo acto no impedido físicamente es voluntario, aunque la amenaza externa puede suponer un atenuante para su valoración, pero no elimina la responsabilidad moral. Mientras exista opción, existe responsabilidad.

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El voluntario indirecto

Uno de los casos más comunes y difíciles de valorar en teología moral es el llamado voluntario indirecto, en el cual el acto escogido tiene dos efectos, uno bueno y otro malo.

Las condiciones de valoración son las siguientes:

A) El acto debe ser lícito en sí mismo, o al menos indiferente. Ningún acto malo justifica un efecto bueno, puesto que el fin no justifica los medios. No se puede hacer un mal para conseguir un bien, puesto que el mal es, en sí mismo, negación de Dios, y por tanto, negación radical del Bien. Recuérdese el cinismo de Caifás (“conviene que muera un inocente antes de que perezca una nación”).

Algunas acciones son en sí mismo malas, y por tanto no ofrecen dudas en cuanto a su ilicitud (levantar falso testimonio, blasfemar, cometer adulterio, matar a un inocente, etc.). En otras, en cambio, puede existir la duda (por ejemplo, ocultar información a quién tiene derecho a ella, si se tiene la certeza de que se empleará para un mal fin). Se hace preciso atender al objeto de la acción (mediato y remoto) y a las circunstancias. Aunque amerita un examen caso por caso, en general los moralistas tienden a examinar preferentemente el derecho del agente a la acción y la no lesión del derecho de un tercero.

B) El efecto primordial o inmediato debe ser el bueno, y no el malo. Un ejemplo contemporáneo clásico es el uso de hormonas estrogénicas. Si se emplean para el tratamiento de enfermedades de los ovarios, es lícito su uso, aunque provoque un efecto anticonceptivo no deseado, porque no es ese el fin primario buscado. Por contra, en una mujer sana, en la que el primer uso del fármaco es precisamente el de evitar la concepción, es ilícito su uso.

La discusión se centra habitualmente sobre la primacía del efecto bueno. Es un tópico frecuente en los debates sobre la licitud del uso de la fuerza en defensa propia, con riesgo de dañar gravemente a otros. No sólo en caso de agresión personal, sino también en la pena de muerte o en la guerra justa. Hay que estudiar el motivo princeps del acto. Con frecuencia hay diversas posiciones en cada caso particular entre los moralistas.

C) El fin del agente debe ser honesto, es decir, buscar únicamente el efecto bueno, y permitir el malo. Es decir, no es lícito siquiera buscar ambos, sino exclusivamente el bueno. Esto supone hacer un juicio de conciencia, que únicamente el agente y Dios pueden realizar con pleno conocimiento. Por tanto, desde fuera se debe evitar realizar juicios arriesgados sobre el fin buscado, salvo que este haya sido expresado de forma clara, y tengamos seguridad de que dicha opinión es sincera y expresada conscientemente. Como dice san Ignacio de Loyola, se ha de tratar siempre de salvar la intención.

D) El efecto malo debe tener una causa proporcionada al daño que producirá. Todo efecto malo, aunque sea secundario y honestamente no buscado, siempre es moralmente reprobable, por tanto, su consecuencia debe estar justificada por un beneficio proporcional, perceptible a la recta razón. Nuevamente, la defensa propia suele ser el ejemplo más traído: hasta qué punto podemos emplear- para defender legítimamente a un inocente- un grado de fuerza que pueda dañar gravemente a otros.

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Imputabilidad de la causa indirecta de un efecto malo

  1. Que el efecto sea previsible, aunque sea confusamente. Un efecto indirecto completamente inesperado, es de suyo involuntario, y por ende, el acto es inculpado al agente. Quien conduce a alta velocidad debe prever la posibilidad de salirse de la vía, pero no puede prever que un neumático reviente.

  2. Que se pueda impedir. Es decir, que exista libertad para no poner en marcha la causa, o para quitarla una vez puesta. Una mujer que viste decentemente no puede impedir que haya hombres que tengan malos pensamientos con ella.

  3. Que exista obligación de impedirlo. Un agente de la ley tiene obligación de perseguir al malhechor, pero no así un particular; por tanto, la abstención del primero es imputable moralmente, y la del segundo, no.

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Resumen

El acto de la voluntad procede del propio sujeto, debe suponer el conocimiento e intención del fin y carecer de coacción externa. Es el elemento decisivo para calificar la moralidad del acto.

La voluntad puede ser actual (si opera en el momento del acto), virtual (si ha puesto en marcha el acto, aunque no opere en todos los momentos del mismo), habitual (cuando la voluntad se halló presente en actos previos similares) e interpretativa (cuando se supone que de haber tenido voluntad, hubiese sido esa).

La razón del Voluntario la da el fin último, más que el intermedio. Todos los actos voluntarios son libres, excepto la tendencia a la felicidad. Los actos sometidos a coacción no física, siguen siendo voluntarios, aunque pueda atenuarse su responsabilidad.

El voluntario indirecto es un caso clásico de controversia moral. Es un acto que tiene dos efectos, uno bueno y otro malo. Para ser lícito el acto debe ser bueno en sí mismo (el fin no justifica los medios), el efecto bueno debe ser primario al malo, el fin debe ser honesto (es decir, el agente debe buscar el efecto bueno y únicamente permitir el malo), y el efecto malo permitido debe tener justificación proporcionada al daño que provoca.

Para valorar la imputabilidad de la voluntad de un acto con un efecto indirecto malo, este debe ser previsible, poderse impedir y que exista obligación de impedirlo.