22.11.18

Bendito seas por siempre, Señor (Respuestas - XX)

     1. Una vez preparados los dones eucarísticos sobre el altar, el sacerdote se acerca toma la patena en su mano y recita en secreto una breve fórmula dirigida a Dios. Lo mismo hace a continuación con el cáliz. Si lo cree oportuno, y no hay canto, puede recitarla en voz alta y los fieles responden: “Bendito seas por siempre, Señor”.

   Por tanto, lo habitual sería hacerlo en silencio y, de vez en cuando, en voz alta, respondiendo a la plegaria. Así lo describe el Misal:

 “El sacerdote, en el altar, recibe o toma la patena con el pan, y con ambas manos la tiene un poco elevada sobre el altar, diciendo en secreto: Bendito seas, Señor, Dios. Luego coloca la patena con el pan sobre el corporal.

…Vuelto al medio del altar, toma el cáliz con ambas manos, lo tiene un poco elevado, diciendo en secreto: Bendito seas, Señor, Dios; y después coloca el cáliz sobre el corporal y, según las circunstancias, lo cubre con la palia.

Pero cuando no hay canto al ofertorio ni se toca el órgano, en la presentación del pan y del vino, está permitido al sacerdote decir en voz alta las fórmulas de bendición a las que el pueblo aclama: Bendito seas por siempre, Señor” (IGMR 141-142).

       2. ¡Bendito seas por siempre, Señor! Dios es bendito y el único Bueno (cf. Mc 10,18), Dios bendice a su pueblo y nos ha llamado a “heredar una bendición” (1P 3,9). Quien entra en el ámbito divino, recibe su bendición; quien se aparta de Él, busca la maldición, su propia perdición. Por eso Dios da a escoger entre dos caminos: “Mira: yo os propongo hoy bendición y maldición: la bendición, si escucháis los preceptos del Señor, vuestro Dios, que yo os mando hoy; la maldición, si no escucháis los preceptos del Señor, vuestro Dios, y os apartáis del camino que yo os mando hoy, yendo en pos de otros dioses que no conocéis” (Dt 11,26-28); “mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Pues yo te mando hoy amar al Señor, tu Dios, seguir sus caminos, observar sus preceptos, mandatos y decretos, y así vivirás y crecerás y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para poseerla… Pongo delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Dt 30,15-16.19).

     En las Escrituras, Dios es calificado de bendito, y así se le alaba en multitud de ocasiones: “Bendito sea Dios que vive eternamente y cuyo reino dura por los siglos” (Tb 13,1), “bendito sea el Señor, Dios de Israel, el único que hace maravillas; bendito por siempre su nombre glorioso” (Sal 71), “bendito el Señor, mi Roca, que adiestra mis manos para el combate” (Sal 143), “bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre” (Sal 112), “bendito eres, Señor, Dios de nuestro padre Israel, por los siglos de los siglos” (1Cron 29,10), “viva el Señor, bendita sea mi Roca” (Sal 17), “bendito el Señor, que escuchó mi voz suplicante” (Sal 27), “bendito el Señor, Dios de Israel, ahora y por siempre” (Sal 40).

     El creyente dispone su alma para alabar a Dios: “bendice, alma mía al Señor” (Sal 102; 103), “bendeciré al Señor que me aconseja” (Sal 15), “bendice, alma mía al Señor, ¡Dios mío qué grande eres!” (Sal 103). Bendecir es alabar a Dios, proclamar un canto de alabanza, narrar sus maravillas: “contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré” (Sal 21), “cantaré eternamente tus misericordias, Señor” (Sal 88), “es bueno dar gracias al Señor… proclamar por la mañana tu misericordia” (Sal 91), “encarecen ellos tus temibles proezas y yo narro tus grandes acciones” (Sal 144).

     También el Nuevo Testamento conoce esta bendición y alaba así a Dios. El cántico de Zacarías, entonado por la Iglesia cada mañana en las Laudes, comienza: “Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo” (Lc 1,68). El Apóstol de las gentes, al trazar un himno que ensalza el plan salvador de Dios y la recapitulación en Cristo, comienza. “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef 1,3).

   Cristo mismo bendice y alaba al Padre: “Yo te alabo, Padre, Señor de cielo y tierra” (Mt 11,25), “te bendigo, Padre” (Lc 10,21). Pronuncia la bendición a Dios antes de la multiplicación de los panes y peces (cf. Mt 14,19).

    3. Si el pueblo santo bendice a Dios y lo alaba, es porque antes, primero, es Dios quien ha bendecido.

    Ya en la creación, Dios bendice al hombre, a Adán y Eva: “los bendijo Dios” (Gn 1,28) entregándoles la tierra: “creced, multiplicaos…” La bendición de Dios es signo de elección amorosa a los patriarcas, al pueblo entero de Israel: “el Señor bendice a su pueblo con la paz” (Sal 28) y se implora su bendición: “el Señor tenga piedad y nos bendiga” (Sal 66), se le desea a los demás: “que el Señor te bendiga todos los días de tu vida” (Sal 127) y así bendice Aarón: “El Señor os bendiga y os guarde” (Nm 6,24).

    El plan de Dios, por Cristo, consiste en vivir su vida divina en el Cuerpo de su Hijo, ser alabanza de su gloria: “nos ha bendecido en la persona de Cristo, con toda clase de bienes espirituales y celestiales” (Ef 1,3). Esto se visibiliza en su Hijo, el Verbo encarnado, que incluso con sus gestos, bendice: “los bendecía imponiéndoles las manos” (Mc 10,16), “alzando sus manos, los bendijo” (Lc 24,50).

    El cristiano, en Cristo, ha sido “llamado para heredar una bendición” (1P 3,9), por eso el cristiano bendice y no maldice, extiende a todos la bendición de Dios, lleno de la caridad divina: “no devolváis mal por mal o insulto por insulto; al contrario, responded con una bendición, porque para esto habéis sido llamados: para heredar una bendición” (1P 3,8-9); como también san Pablo exhortará: “bendecid a los que os persiguen; bendecid, sí, no maldigáis” (Rm 12,14).

   Así, y por tanto, Dios nos bendice constantemente, y el hombre bendice a Dios, “dice bien de Dios”, glorificándole y reconociendo sus obras maravillosas.

    “La oración de bendición” es propia de la fe de la Iglesia: “La bendición expresa el movimiento de fondo de la oración cristiana: es encuentro de Dios con el hombre; en ella, el don de Dios y la acogida del hombre se convocan y se unen. La oración de bendición es la respuesta del hombre a los dones de Dios: porque Dios bendice, el corazón del hombre puede bendecir a su vez a Aquel que es la fuente de toda bendición” (CAT 2626).

   Entonces, “bendecir” alabar a Dios y reconocer sus bendiciones constantes sobre nosotros: “Bendecir es una acción divina que da la vida y cuya fuente es el Padre. Su bendición es a la vez palabra y don (“bene-dictio”, “eu-logia”). Aplicado al hombre, este término significa la adoración y la entrega a su Creador en la acción de gracias” (CAT 1078).

 

15.11.18

¿Canto de perdón? -No existe

Muchas cosas se introducen en la liturgia, como corruptela, y luego no hay manera de erradicarlas y hacer las cosas bien. Parece algo común, que muchos hacen, y hasta se pensará que es legítimo y bueno hacerlo así. Pero no. ¡Qué bien haríamos en leer, repasar y ajustarnos todos a la actual Ordenación General del Misal Romano!

    Uno de esos casos, de esas corruptelas, es el “canto de perdón” en Misas, especialmente con niños y jóvenes, que sustituye por completo, casi arrasa, el acto penitencial de la Misa.

   En la OGMR nada se dice de él, no hay abierto resquicio ni posibilidad alguna. Y sin embargo… Sin embargo se sigue haciendo así, mal. El sacerdote invita al acto penitencial (“reconozcamos nuestros pecados”) e inmediatamente el coro, atronadoramente, se lanza a cantar. Entonces se escuchan cosas -¡y con ritmo que no cuadra para lo que es la liturgia!-: “Oh pecador, ¿dónde vas errante…?” “Ten piedad, Señor… y de mí, Cristo apiádate…”, “Perdón, por aquel mendigo, por aquella lágrima que hice brillar…”, etc.

    Repitámoslo: simplemente no existe esta posibilidad en el Misal. No se puede hacer. No existe tal “canto de perdón”.

     Ya el Directorio Canto y Música en la celebración, del Sdo. Nacional de Liturgia lo advertía: “El respeto debido a los textos del Ordinario de la Misa desaconseja la sustitución de las fórmulas del acto penitencial por otros cantos” (n. 151). ¡También podría haberlo afirmado más tajantemente!

     ¿Y con niños y jóvenes? El Directorio para la Misa con niños tampoco da pie a esta posibilidad. Lo más que dice, sensatamente en este caso, que “ayudará para mover la afectividad de los niños que el sacerdote les invite algunas veces con sus propias palabras, por ejemplo, para el acto penitencial…” (n. 23), o sea, que adapte la introducción del Misal, pero no que se incluya ahí un canto.

    Con lo cual, volvamos a la OGMR. Hay sólo tres formas del acto penitencial. Tras la introducción del sacerdote, se hace silencio.

Después, 1ª fórmula, todos rezan a la vez el “Yo confieso”.

O bien, 2ª fórmula, se hace el diálogo con el sacerdote: “Señor, ten misericordia de nosotros – Porque hemos pecado contra ti…”

O bien, 3ª fórmula, “Tú que has venido a salvar a los pecadores: Señor, ten piedad”…

Tras lo cual el sacerdote concluye con la fórmula: “Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros…”

   Si no se ha usado la tercera fórmula del acto penitencial, entonces se canta el Kyrie, el “Señor, ten piedad”. Éste sí, cantado, siendo invocación a Cristo.

    ¿Fácil, no? Pues sólo hay que seguir con fidelidad el Misal romano.

 

8.11.18

Te rogamos, óyenos - II (Respuestas - XIX)

            7. Oramos también, y por tanto es oración de los fieles, con las preces de Laudes y de Vísperas. Pero éstas tienen otra forma, otra configuración.

   Las preces de Laudes son preces para santificar la jornada, preces de consagración del día, al modo de las tradicionales oraciones de “ofrecimiento de obras”. No interceden por los demás, sino que el “nosotros eclesial”, quienes rezan Laudes, piden por sí mismos para vivir santamente la jornada: “en las Laudes se tienen preces, consagrando a Dios el día y el trabajo” (IGLH 51), “Corno es tradicional en la oración el que, sobre todo por la mañana, se encomienda a Dios todo el día, en las Laudes matutinas se hacen invocaciones para encomendar o consagrar el día a Dios” (IGLH 181), “invocaciones hechas para consagrar el día a Dios en las Laudes matutinas” (IGLH 182).

    Estas preces están dirigidas directamente a Dios –pensando en la recitación individual del Oficio divino- y cada petición puede reforzarse con una respuesta orante, que se señala al principio, o responder orando en silencio, o también recitando juntos, a una voz, la segunda parte de esa petición.

    Lo explica la Introducción General a la Liturgia de las Horas:

 189. Las preces que han de ser utilizadas en el Oficio están dotadas de tal estructura que pueden adaptarse a la celebración con el pueblo, a una pequeña comunidad y a la recitación hecha por uno solo.

 190. Por ello, las Preces en la recitación con el pueblo o en común van precedidas de una breve invitación hecha por el sacerdote o el ministro, en la que se propone el tipo de respuesta que ha de ser repetida de un modo invariable por la asamblea.

 191. Las intenciones se enuncian, además, en lenguaje dirigido a Dios, de forma que puedan convenir tanto a la celebración común como a la recitación por uno solo.

 192. Cada fórmula de las intenciones consta de dos partes, la segunda de las cuales puede utilizarse como respuesta variable.

 193. Por ello, se pueden seguir diversos modos de forma que el sacerdote o el ministro digan ambas partes y la asamblea interponga una respuesta uniforme o una pausa de silencio, o que el sacerdote o el ministro digan tan solo la primera parte y la asamblea la segunda.

     En esas preces de Laudes elevamos súplicas con este tenor espiritual: “Vela, Señor, sobre nuestros pensamientos, palabras y obras, a fin de que nuestro día sea agradable ante tus ojos” (Viernes I), “Que sepamos bendecirte en cada uno de los momentos de nuestra jornada y glorifiquemos tu nombre con cada una de nuestras acciones” (Sábado I), “Te ofrecemos, Señor, los deseos y proyectos de nuestra jornada: dígnate aceptarlos y bendecirlos como primicias de nuestro día” (Martes II), “Al comenzar este nuevo día, pon en nuestros corazones el anhelo de servirte, para que te glorifiquemos en todos nuestros pensamientos y acciones” (Jueves III).

    Las mismas respuestas para las preces de Laudes son significativas, unas veces son de alabanza, otras de súplica: “Concédenos, Señor, tu Espíritu”, “Santifica a tus hermanos, Señor”, “Bendícenos y santifícanos, Señor”, “Gloria a ti Señor, por los siglos”.

     Las preces de Vísperas, en cambio, al final de la jornada, al atardecer, sí son una oración de intercesión: “Las intercesiones que se hacen en la Misa de rito Romano se repiten también a la Hora de Vísperas, aunque de modo distinto, tal como se describe más adelante” (IGLH 180), “Con el nombre de preces se designan… las intercesiones que se hacen en las Vísperas” (IGLH 182), “a las Vísperas, las preces son de intercesión” (IGLH 51). Incluso señala el alcance de esta intercesión, semejante a la oración de los fieles en la Misa: “Como la Liturgia de las Horas es, ante todo, la oración de toda la Iglesia e incluso por la salvación de todo el mundo, conviene que en las Preces las intenciones universales obtengan absolutamente el primer lugar, ya se ore por la Iglesia y los Ordenados, por las autoridades civiles, por los que sufren pobreza, enfermedad o aflicciones, por los necesidades de todo el mundo, a saber, por la paz y otras causas semejantes” (IGLH 187).

    Se realizan igual que en Laudes: van dirigidas no a los fieles (como se hace en la Misa), sino a Dios directamente; se responde con la respuesta que ofrece el formulario, o recitando juntos la segunda parte de la petición o en silencio orante y sagrado. Se pueden añadir otras peticiones, también dirigidas a Dios como las anteriores, breves, y evitando repeticiones de unos y otros (si ya se ha pedido por todos los enfermos, no es lógico añadir otra petición más por un enfermo, puesto que ya se ha rezado antes también por él…). La última petición de las preces de Vísperas siempre será por los difuntos (cf. IGLH 186).

    8. Recapitulando, hemos de reconocer la importancia grande de la oración de intercesión para la vida cristiana y cómo forma parte de la naturaleza suplicante de la liturgia cristiana.

    Con la intercesión, vivimos más íntimamente la misericordia de Dios y suplicamos su gracia para todos; con palabras de Benedicto XVI:

“al mismo tiempo, la petición de intercesión quiere manifestar la voluntad de perdón del Señor. Esta es la salvación de Dios, que implica misericordia, pero a la vez denuncia de la verdad del pecado, del mal que existe, de modo que el pecador, reconociendo y rechazando su pecado, deje que Dios lo perdone y lo transforme. Así, la oración de intercesión hace operante, dentro de la realidad corrompida del hombre pecador, la misericordia divina, que encuentra voz en la súplica del orante y se hace presente a través de él donde hay necesidad de salvación… Amor a los hermanos y amor a Dios se compenetran en la oración de intercesión, son inseparables… Con la oración, deseando lo que es deseo de Dios, el intercesor entra cada vez más profundamente en el conocimiento del Señor y de su misericordia y se vuelve capaz de un amor que llega hasta el don total de sí… Creo que debemos meditar esta realidad. Cristo está delante del rostro de Dios y pide por mí. Su oración en la cruz es contemporánea de todos los hombres, es contemporánea de mí: él ora por mí, ha sufrido y sufre por mí, se ha identificado conmigo tomando nuestro cuerpo y el alma humana. Y nos invita a entrar en esta identidad suya, haciéndonos un cuerpo, un espíritu con él, porque desde la alta cima de la cruz él no ha traído nuevas leyes, tablas de piedra, sino que se trajo a sí mismo, trajo su cuerpo y su sangre, como nueva alianza. Así nos hace consanguíneos con él, un cuerpo con él, identificados con él. Nos invita a entrar en esta identificación…” (Benedicto XVI, Audiencia general, 1-junio-2011).

   Testimonio elocuente de la intercesión, es la palabra de san Agustín; se confía en la eficacia de la oración, movidos por gracia, para que Dios haga su obra:

 “No hay que dudar que podía darnos esto sin pedírselo, pero quiso que nuestra misma oración nos revelara a quién debíamos estos beneficios. ¿De quién sino de aquel a quien se nos mandó que se lo pidamos? Por consiguiente, no tiene la Iglesia en esta cuestión que hacer difíciles indagaciones y sí solamente atender a sus oraciones. Ora la Iglesia a fin de que los incrédulos crean, y Dios los convierte a la fe; ora para que los fieles creyentes perseveren, y Dios da la perseverancia final” (De don. persev., VII,15).

 “¿Cuándo no se oró en la iglesia por los infieles y por sus enemigos, a fin de que Dios los trajera a la fe? ¿Qué cristiano que tuviera algún amigo, o pariente, o esposa infiel no ha pedido a Dios el espíritu bueno y corazón sincero que obedeciese a la fe cristiana? ¿Qué fiel no ha pedido para sí mismo incesantemente la gracia de permanecer unido para siempre a Jesucristo? Y cuando el sacerdote, invocando la misericordia de Dios sobre los fieles, dice: “Dales, Señor, perseverar en ti hasta el fin", ¿hay quien se atreva a mofarse, no digo de palabra y exteriormente, pero ni con el pensamiento, de tal oración?… ¿Quién podría gemir ante el Señor para obtener lo que desea recibir, cuando cree que lo puede conseguir por sí mismo sin la ayuda de su gracia?” (De don. persev., XXIII,63).

    Entonces, ¿qué es interceder? ¿Qué hacemos en la oración de los fieles? ¿Qué hacemos en Vísperas o cada vez que se nos indican unas peticiones para que todos oremos?

«Si oras solamente por ti, serás el único intercesor en favor tuyo. En cambio, si tú oras por todos, también la oración de todos te aprovechará a ti, pues tú formas también parte del todo. De esta manera, obtendrás una gran recompensa, pues la oración de cada miembro del pueblo se enriquecerá con la oración de todos los demás miembros». (San Ambrosio, Tratado sobre Caín y Abel).

 

1.11.18

Te rogamos, óyenos - I (Respuestas - XVIII)

     1. Ya el apóstol san Pablo exhortaba: “Ruego, pues, lo primero de todo, que se hagan súplicas, oraciones, peticiones, acciones de gracias, por toda la humanidad, por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos llevar una vida tranquila y sosegada, con toda piedad y respeto. Esto es bueno y agradable a los ojos de Dios, nuestro Salvador” (1Tm 2,1-3).

      Los fieles cristianos, los bautizados, oraban ejerciendo su sacerdocio bautismal; elevaban a Dios preces y súplicas. Pronto, muy pronto, la Iglesia asumió en su liturgia la tarea de pedir e interceder. Recordemos, por ejemplo, el testimonio de san Justino, a mitad del siglo II: “[tras la homilía] luego nos levantamos todos juntos y elevamos nuestras oraciones” (I Apol. 67), “y por todos los demás donde quiera que estén” (I Apol. 65).

    Esta oración de los fieles, con ese carácter de súplica, se extendió a todos los ritos y familias litúrgicas, normalmente tras la homilía y cercana la presentación y ofrenda del pan y del vino. Los catecúmenos y los penitentes asistían a la Misa hasta que acababa la homilía; entonces los despedía el diácono: “Catecúmenos, id en paz”, “Penitentes, id en paz”. Sólo se quedaban en la basílica para el rito eucarístico los ya bautizados, es decir, los fieles cristianos. Por eso estas preces se llaman “oración de los fieles”, porque son los fieles bautizados quienes oran. Es muy importante este matiz, como luego veremos.

     2. Esta oración de los fieles es un gran ejercicio de oración, una intercesión grande, amplia, con un corazón eclesial y católico que presenta súplicas por todos los hombres. Interceder, como Cristo en la cruz por sus propios verdugos, es un ejercicio de caridad teologal. Nadie queda excluido de la oración de la Iglesia, nadie rechazado. Los fieles cristianos en la liturgia ejercen su sacerdocio bautismal elevando oraciones de intercesión.

    Para comprender mejor aún lo que es la oración de intercesión, acudamos al Catecismo, en los nn. 2634-2636. La oración de intercesión “nos conforma muy de cerca con la oración de Jesús”, el gran intercesor, sumo Sacerdote y Mediador ante el Padre. Interceder es “pedir en favor de otro” y es “lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios”. Al orar intercediendo, participamos de la misma oración de Cristo al Padre y “es la expresión de la comunión de los santos” (CAT 2635). Las súplicas de intercesión, esta oración de los fieles en la liturgia, abarcan a todos los hombres y sus necesidades y sufrimientos: “la intercesión de los cristianos no conoce fronteras: por todos los hombres, por todos los constituidos en autoridad, por los perseguidores, por la salvación de los que rechazan el Evangelio” (CAT 2636).

    Los fieles no sólo oran por sí mismos y sus necesidades personales, o de su comunidad concreta; con Cristo oran por la salvación de todos y así el corazón se dilata, se ensancha, siendo un corazón realmente católico. Por eso, además de “oración de los fieles”, se llama “oración universal” a estas plegarias de la Misa.

    3. En nuestro Misal romano está muy claro el sentido, el alcance y el contenido de la oración de los fieles, restaurado por mandato de la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium: “Restablézcase la ‘oración común’ o de los fieles después del Evangelio y la homilía, principalmente los domingos y fiestas de precepto, para que con la participación del pueblo se hagan súplicas por la santa Iglesia, por los gobernantes, por los que sufren cualquier necesidad, por todos los hombres y por la salvación del mundo entero” (SC 53).

   Esta oración de los fieles se había dejado de practicar en la liturgia ya por el siglo VII y sólo quedaba un bellísimo vestigio: la oración universal en la Acción litúrgica del Viernes Santo, donde el diácono propone cada intención, se ora en silencio y después viene una oración del sacerdote. Era el modo solemne de hacerlo del rito romano, y se acepta la hipótesis de que aquí tenemos el texto que se venía usando en las comunidades romanas desde el siglo III en el culto ordinario (cf. Jungmann, 608). Ahora lo conservamos y disfrutamos cada Viernes Santo.

   La Ordenación general del Misal romano (nn. 69-70) es clarísima y concluyente a este respecto, aunque generalmente no se suelen conocer estas disposiciones sobre la oración de los fieles, actuando más la buena voluntad o la salvaje creatividad:

69. En la oración universal, u oración de los fieles, el pueblo responde en cierto modo a la Palabra de Dios recibida en la fe y, ejercitando el oficio de su sacerdocio bautismal, ofrece súplicas a Dios por la salvación de todos. Conviene que esta oración se haga de ordinario en las Misas con participación del pueblo, de tal manera que se hagan súplicas por la santa Iglesia, por los gobernantes, por los que sufren diversas necesidades y por todos los hombres y por la salvación de todo el mundo.

70. La serie de intenciones de ordinario será:

a) Por las necesidades de la Iglesia.

b) Por los que gobiernan y por la salvación del mundo.

c) Por los que sufren por cualquier dificultad.

d) Por la comunidad local.

     4. La oración de los fieles, aunque parezca una obviedad, es la oración de todos los fieles presentes: “Te rogamos, óyenos”, “Señor, escucha y ten piedad”… Cuando todos oran juntos así, entonces se está realizando la oración de los fieles.

    Pero ha ocurrido un desplazamiento insano: parece y se ha asumido que la oración de los fieles es la petición que se lee; que oración de los fieles es que algunos fieles pueden -¡como un derecho!- leer una petición para intervenir (“participar”, lo llaman confundiendo qué es participar y qué es intervenir). Es camino equivocado.

     Se ha desplazado lo importante hacia algo muy secundario; de importar la oración en común de todos a una indicación-monición que orienta, a dar todo el peso o importancia a que sean muchos (o varios) lectores los que lean la correspondiente petición. “De los fieles” no es sinónimo de que varios fieles tengan que leer las peticiones, sino de que todos los fieles oren juntos. ¿Se ve con claridad cómo ha cambiado en la práctica realmente el enfoque?

    En las liturgias orientales, siempre y exclusivamente es un diácono, y solo un diácono, quien enumera las intenciones, normalmente breves, para que el pueblo santo ore y encomiende; también así, con un diácono, lo señala el rito hispano-mozárabe en sus dípticos.

    ¿Nuestro Misal romano qué dice? “Las pronuncia el diácono o un cantor o un lector o un fiel laico desde el ambón o desde otro lugar conveniente” (IGMR 71). ¡Uno!, uno solo lee toda la serie de intenciones –no un lector por petición- para que todos los fieles oren intercediendo. Si hay diácono, a él corresponde desde siempre este oficio; si no, un lector. Es necesario reajustar esto, para que se eviten los desfiles de personas subiendo y bajando para leer una petición y se insista más en lo verdaderamente importante: la respuesta orante de los fieles.

     5. A la propuesta de oración que hace el diácono o un lector (“Pidamos por…”), todos los fieles, a una sola voz, oran suplicando a Dios. Ésta sí es la verdadera oración universal u oración de los fieles.

    Dice el Misal romano: “el pueblo, de pie, expresa su súplica, sea con una invocación común después de cada intención, sea orando en silencio” (IGMR 71).

   Los fieles todos oran respondiendo a la intención de oración que se les ha propuesto; y esta respuesta es la auténtica y genuina oración de los fieles:

            -Te rogamos, óyenos.

            -Señor, escucha y ten piedad.

            -Señor, ten piedad.

            -Kyrie eleison.

            -Escúchanos, Señor…

      Esta oración, en los domingos y principales fiestas, muy bien podría ser cantada y así solemnizar la oración de los fieles. Varias melodías para estas respuestas las tenemos en el Cantoral Litúrgico Nacional de España y en las ediciones de libros de Oración de los fieles. El hecho de cantarlas sirve para reforzar la oración de todos y destacar que esto es lo verdaderamente importante, más que el hecho mismo de leer una petición. La Ordenación del Leccionario de la Misa sugiere que se cante (cf. OLM 31).

        6. En casi todas las liturgias orientales y occidentales, el formulario o las preces que se elevan a Dios son un formulario fijo, invariable, recitado por el diácono. No hay lugar para la variedad ni la improvisación. Son largos, en forma de letanías.

    Al restaurarse la oración de los fieles en nuestro rito romano, no se han buscado unas fórmulas fijas, sino que se ha dejado cierta libertad para componer las peticiones mientras incluyan súplicas por la Iglesia, el gobierno de las naciones, los que sufren y la propia comunidad local.

     Como son una ayuda, una indicación, una orientación para que todos los fieles oren, han de ser breves, concisas, y no moniciones amplias o crónica de sucesos: “sean sobrias, formuladas con sabia libertad, en pocas palabras, y han de reflejar la oración de toda la comunidad” (IGMR 71).

    Al redactarlas hay que tener claro que se dirigen como exhortación a los fieles para que oren: “Por la Iglesia…”, “oremos por…”, al igual que las demás moniciones de la Misa: “orad, hermanos…”, “inclinaos para recibir la bendición”, etc. Son indicaciones dirigidas a todos los fieles. En modo alguno son oraciones dirigidas por un lector a Dios: “Te pedimos, Señor, que…”, “Señor, queremos rezar por…”, porque esa es la manera propia del sacerdote orando in persona Christi, no de un diácono o de un lector que propone a todos una intención para orar. Las moniciones y peticiones se dirigen a los fieles, nunca se dirigen a Dios. ¡Es algo básico, fundamental!, que viene de toda la Tradición litúrgica de la Iglesia.

 

 

 

25.10.18

Los tipos de silencio en la Misa

El cultivo del silencio en la acción litúrgica favorece la sacralidad del rito, su profundidad y su verdadera participación plena, consciente, activa, interior y fructuosa.

“Pastoral” será también el trabajo educador en torno al silencio ya que muestra la Presencia de Cristo propiciando la respuesta de fe; en palabras de Juan Pablo II:

“Puesto que la Liturgia es el ejercicio del sacerdocio de Cristo, es necesario mantener constantemente viva la afirmación del discípulo ante la presencia misteriosa de Cristo: «Es el Señor» (Jn 21, 7). Nada de lo que hacemos en la Liturgia puede aparecer como más importante de lo que invisible, pero realmente, Cristo hace por obra de su Espíritu. La fe vivificada por la caridad, la adoración, la alabanza al Padre y el silencio de la contemplación, serán siempre los primeros objetivos a alcanzar para una pastoral litúrgica y sacramental” (Juan Pablo II, Carta Vicesimus Quintus Annus, n. 10).

 

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