20.07.18

Gloria a Dios en el cielo - III (Respuestas IX)

   Comienza entonces, como forma de alabanza, una enumeración de los títulos de Dios, uno y trino.

   Primero se dirige al Padre: “Señor Dios, Rey celestial, Dios, Padre todopoderoso”. ¡Éste es nuestro Dios por siempre jamás!

   Después, como auténtica confesión de fe, reconoce y aclama a Jesucristo como Dios verdadero, Hijo de Dios: “Señor, Hijo único, Jesucristo. Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre”.

   Con el canto, estas expresiones cristológicas se memorizan fácilmente en el pueblo cristiano, siendo un modo de educar en la recta fe generación tras generación. No extrañará entonces que los arrianos, aquellos que negaban la divinidad de Cristo y lo hacían solo “semejante” al Padre como una criatura más, corrigieran esta parte del Gloria para atribuir únicamente al Padre el ser Dios y Señor.

     También en los himnos hay alguna parte dedicada a la petición y súplica antes de la estrofa final. En este himno doxológico, de glorificación, la Iglesia se dirige a su Cabeza, Señor y Esposo. “Tú que quitas el pecado del mundo”: así comienza la doble invocación para suplicar “ten piedad de nosotros”, “atiende nuestra súplica” y la tercera es más desarrollada: “Tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad de nosotros”.

    Y así como cualquier himno termina con una estrofa que vuelve a alabar y glorificar a Dios, este himno concluye alabando hermosamente a Dios en cada una de las tres divinas Personas: “Sólo tú eres santo, sólo tú, Señor, sólo tú, altísimo Jesucristo. Con el Espíritu Santo, en la gloria de Dios Padre”. Clara confesión de fe cristiana: así canta la Iglesia a Dios.

    Los títulos con los que canta a Cristo y le glorifica, resultan ser, además, recta confesión de la fe ortodoxa, ya que el canto debe expresar la fe, no los sentimientos, y la letra de himnos y cantos, fáciles por tanto de memorizar gracias a la melodía, se convierten en instrumentos magníficos para grabar en las mentes las verdades de la fe.

       a) “Hijo único”, o “Unigénito”:

      Significa que Jesucristo es el único Hijo de Dios propiamente, por naturaleza, y no por adopción y gracia como los bautizados. Siendo su Hijo, es consustancial a Él, de la misma naturaleza, y no una criatura como el hombre, ni siquiera semejante o parecido a Dios. Ésta era la herejía arriana que, actualmente, ha rebrotado con otros términos.

    ¡Cuánto predicaron los Padres sobre esto! San Gregorio de Nisa decía: “El Verbo que existe antes de los siglos es el unigénito, y que el Verbo hecho carne se ha convertido en primogénito de toda criatura que en el tiempo ha nacido en Cristo” (Sobre la perfección, 62). El gran san Agustín, combatiendo el arrianismo, predicaba: “A su Hijo único en persona, al que había engendrado y mediante el que había creado todo, lo ha enviado a este mundo, para que él no estuviese solo, sino que tuviera hermanos adoptados. En efecto, nosotros somos no nacidos de Dios como el Unigénito, sino adoptados mediante éste. Él, en efecto, Unigénito, ha venido a aniquilar los pecados” (In Ioh. ev., tr. 2,13).

   El Crisóstomo, a su vez, predica: “Igual que las palabras ‘al principio era el Verbo’ designan su eternidad, la frase ‘y al principio estaba junto a Dios’ indica que es coeterno con el Padre. En efecto, el evangelista, para que nadie piense al oír ‘al principio estaba junto a Dios’, que el Padre sea preexistente a Él, ni siquiera por unos instantes, y para que no se atribuya un principio al Unigénito, se añade: ‘estaba al principio junto a Dios’. O sea es eterno como el Padre, el cual, por consiguiente, jamás estuvo privado del Verbo. Éste, en suma, existió siempre como Dios junto a Dios, aunque tuviera una persona propia y distinta” (Hom. ev. Ioh, 4,1).

            b) “Señor Dios”

       La confesión más clara y explícita de Jesucristo como Dios la hallamos en el incrédulo Tomás, que sólo cuando lo vio resucitado y capaz de tocarlo, pronuncia, como broche de oro de todo el evangelio, la profesión de fe: “Señor mío y Dios mío”.

     Jesucristo es Dios. Igual al Padre en dignidad y en naturaleza, Dios como Él, pero Dios que asume nuestra humanidad encarnándose. No un profeta más, no un líder religioso cualificado, no un revolucionario, no un defensor de causas románticas y secularizadas, sino “Dios-con-nosotros”. No mero hombre, sino Dios y hombre; no disfrazado de hombre, sino Dios y hombre verdadero. No simplemente hombre, como tantos otros, sino su divinidad real bajo los velos de nuestra carne. “¡Señor Dios!”.

    Comentando ese momento cumbre, la confesión de Tomás, dice san Agustín: “Veía y tocaba a un hombre y confesaba a Dios, al que no veía ni tocaba; pero, mediante esto que veía y tocaba, creía aquello” (In Ioh. ev., tr. 121,5).

        c) “Cordero de Dios”

      “Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre”. ¿Qué significa? ¿Cuál es esta alusión a Cristo como Cordero, que en otros momentos de la liturgia romana nos vamos a encontrar?

    Comentando el pasaje (Jn 1,29) en que el Bautista califica así a Cristo, predica san Agustín: “Cordero, pues, es sólo aquel que no ha venido así, pues no fue concebido en medio de iniquidad, porque no fue concebido a partir de la condición mortal; tampoco entre pecados alimentó su madre en el útero a ese que concibió virgen y virgen parió, porque lo concibió por la fe y por la fe lo recibió. He aquí, pues, al Cordero de Dios… De Adán tomó sólo la carne, no asumió el pecado. Quien de nuestra masa no asumió el pecado, ése es el que quita nuestro pecado” (In Ioh. ev., tr. 4,10).

     Cristo, Señor Dios, es el Cordero de Dios, el único sin mancha, inmaculado y puro, capaz de ser ofrecido en expiación y ser, a un tiempo, Cordero pascual. “Así también, el Cordero en singular, el único sin mancha, sin pecado; no cuyas manchas hayan sido limpiadas, sino cuya mancha fue nula… En singular, pues, él –éste es el Cordero de Dios-, porque con sola la sangre de este Cordero en singular han podido ser redimidos los hombres” (S. Agustín, In Ioh. ev., tr. 7,5).

     ¡El Cordero de Dios, el único! “La expresión ‘he ahí’, revela cómo eran muchos los que aguardaban su llegada con un intenso deseo, acrecentado, también, por cuantas cosas se venían diciendo de Él desde hacía mucho tiempo. Lo llama ‘cordero’ para evocar en la mente de sus oyentes las palabras del profeta Isaías y las prefiguraciones de la época de Moisés y para, mediante un símbolo alegórico, más fácilmente conducirlos hasta la verdad. Bien es verdad, sin embargo, que el antiguo cordero no cargó con los pecados de nadie, mientras que éste llevó sobre sí los pecados de todo el mundo. Él enseguida sustrajo a la ira de Dios al mundo entero, amenazado de ruina” (S. Juan Crisóstomo, Hom. In Ioh., 17,1).

            d) “Hijo del Padre”:

        Otro título más, en este caso reiterativo. Ya se dijo “Hijo único”, ya se le reconoció “Unigénito”, pero la liturgia se recrea en contemplar la filiación divina, única, desde siempre, antes de los tiempos, del Hijo. Es su divinidad a la que alabamos. Es su divinidad, en cuanto Hijo único, la que se encarna y nace y nos redime. “El Padre ama al Hijo, pero como un padre a su hijo, no como un señor a su esclavo; como el Único, no como a un adoptado. Así pues, ha puesto todo en su mano. ¿Qué significa ‘todo’? Que el Hijo es tan grande como el Padre. De hecho, para la igualdad consigo ha engendrado a ese que no tuvo como rapiña ser igual a Dios en forma de Dios. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano. Cuando, pues, se dignó enviarnos al Hijo, no supongamos que se nos envió algo menor de lo que es el Padre. Al enviar al Hijo, se envió a sí mismo en otra persona” (S. Agustín, In Ioh. ev., tr. 14,11).

     Por su parte, san Juan Crisóstomo dice: ‘“Entregó a su Hijo Unigénito’. No a un siervo, no a un ángel o a un arcángel. Ningún padre ha sentido tanto amor por sus propios hijos como Dios por sus siervos ingratos” (Hom. in Ioh., 27,2).

 

 

 

12.07.18

Gloria a Dios en el cielo - II (Respuestas VIII)

   Los ángeles en la noche de Navidad, proclamaban la gloria de Dios y la llegada del Mesías, el verdadero Príncipe de la paz (cf. Is 9) que establecerá la paz en todos los confines de la tierra (Sal 71).

   “Los hombres de buena voluntad” son los que aguardaban al Mesías Salvador, los sencillos de corazón, los pobres de espíritu, que acogieron y creyeron las profecías y las esperanzas mesiánicas. Aguardaban al Salvador y Dios cumplió lo que había anunciado.

   La traducción castellana ha reinterpretado estas palabras y las ha traducido de otro modo: “paz a los hombres que ama el Señor”. Dios es quien ama a los hombres (cf. Tit 2,11), y porque los ama, les envía a su Hijo. No es la paz, desde luego, de “los que aman [ellos] al Señor”, como si fueran los hombres los que amaran a Dios… Se trata de mirar la benevolencia divina, destacar la iniciativa divina, su amor previo y gratuito.

  Detengámonos, con los Padres de la Iglesia, en este primer verso del salmo, cantado por los ángeles en el cielo la noche de la Navidad.

   ¿Por qué cantan los ángeles aquella noche luminosa?

 “Cuando se nos leyó el evangelio, escuchamos las palabras mediante las cuales los ángeles anunciaron a los pastores el nacimiento del Señor Jesucristo de una virgen: Gloria a Dios en los cielos, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Palabras de fiesta y de congratulación no sólo para la mujer cuyo seno había dado a luz al niño, sino también para el género humano, en cuyo beneficio la virgen había alumbrado al Salvador” (S. Agustín, Serm. 193,1).

   Cantan los ángeles y glorifican al Señor, como siempre hacen en el cielo, y en esta ocasión, introducen también su canto en la tierra siguiendo a su Jefe, que ha entrado en la tierra, naciendo:

  “Está bien que sea mencionado el ejército de los ángeles que seguían al jefe de su milicia. ¿A quién habían de dirigir los ángeles sus alabanzas, sino a su Señor, según está escrito: “alabad al Señor desde los cielos, alabadle en las alturas, alabadle, ángeles todos”? Aquí, pues, se cumple la profecía. El Señor es alabado en lo alto de los cielos y se muestra sobre la tierra” (S. Ambrosio, In Luc., II, 52).

   Cantamos la gloria a Dios, la paz en la tierra. Dirá san Jerónimo:

“Gloria en el cielo en donde no hay jamás disensión alguna, y paz en la tierra para que no haya a diario guerras. “Y paz en la tierra”. Y esa paz, ¿en quiénes? En los hombres. Y ¿por qué entonces no tienen paz los gentiles ni los judíos? Por eso se apostilla: “Paz a los hombres de buena voluntad”, es decir, a quienes reciben a Cristo recién nacido” (Sobre la Natividad del Señor, BAC, 593,959).

   El canto de paz de los ángeles resuena anunciando la salvación para que todos lleguen a ser hombres de buena voluntad:

“Una vez nacido de la virgen el Señor, cuya natividad celebramos hoy, resonó el canto angélico: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad. ¿A qué se debe que haya paz en la tierra sino a que la verdad ha brotado de la tierra, es decir, a que Cristo ha nacido de la carne? Él es también nuestra paz, que de dos pueblos hizo uno, para que nos convirtamos en hombres de buena voluntad, dulcemente unidos en el vínculo de la caridad” (S. Agustín, Serm. 185,3).

  Esa paz es la reconciliación entre el cielo y la tierra, es la paz entre los hombres y los ángeles:

  “Antes de que nuestro Redentor naciera en la carne, estábamos en desacuerdo con los ángeles, de cuya claridad y pureza distábamos mucho, por merecerlo así la primera culpa y nuestros diarios delitos; pues, al pecar, nos habíamos extrañado de Dios, y los ángeles, ciudadanos de Dios, nos consideraban también como extraños a su compañía; pero, cuando ya reconocimos a nuestro Rey, los ángeles nos reconocieron como ciudadanos suyos, porque, habiendo tomado el Rey del cielo la tierra de nuestra carne, la grandeza angélica ya no desprecia nuestra pequeñez: los ángeles hacen las paces con nosotros; dejan a un lado los motivos de la antigua discordia y respetan ya como compañeros a los que antes, por enfermos y abyectos, habían despreciado” (S. Gregorio Magno, Hom. sobre Ev., 1, 8, 2).

  Ahora es cuando surge un nuevo orden, ya perfecto; paz en la tierra y la gloria sólo para Dios en el cielo:

  “Cuando la paz comenzaba a reinar, los ángeles decían: “Gloria en las alturas y paz en la tierra”. Pero cuando los de aquí abajo recibieron la paz de los de arriba, proclamaron: “Gloria en la tierra y paz en los cielos”. Cuando la divinidad descendió a la tierra y se revistió de humanidad, los ángeles proclamaban: “paz en la tierra”. Y cuando esa humanidad asciende y se sienta a la derecha, los niños clamaban ante ella: “Paz en los cielos. ¡Hosanna en las alturas!” Es lo mismo que el Apóstol se dispuso a decir: “Por medio de su sangre restableció la paz, tanto en las criaturas de la tierra como en las celestiales”. Los ángeles decían: “Gloria en las alturas y paz en la tierra”, y los niños: “Paz en los cielos y gloria en la tierra”; así aparece con claridad que, igual que la gracia de la misericordia de Cristo alegra a los pecadores en la tierra, así también su arrepentimiento alcanza a los ángeles del cielo. El “gloria a Dios” fue espontáneo; paz y reconciliación para aquellos contra los que estaba irritado; esperanza y remisión para los culpables” (S. Efrén, Com. al Diatéssaron, 2,14-15).

   Dios hace de la tierra un cielo para su Hijo, y nos anuncia el cielo a nosotros, donde gozaremos plenamente si tenemos una voluntad buena y apartada del pecado:

 “Meditemos con fe, esperanza y caridad estas palabras divinas, este cántico de alabanza a Dios, este gozo angélico, considerado con toda la atención de que seamos capaces. Tal como creemos, esperamos y deseamos, también nosotros seremos “gloria a Dios en las alturas” cuando, una vez resucitado el cuerpo espiritual, seamos llevados al encuentro en las nubes con Cristo, a condición de que ahora, mientras nos hallamos en la tierra, busquemos la paz con buena voluntad. Vida en las alturas ciertamente, porque allí está la región de los vivos; días buenos también allí donde el Señor es siempre el mismo y sus años no pasan. Pero quien ame la vida y desee ver los días buenos, cohíba su lengua del mal y no hablen mentira sus labios; apártese del mal y obre el bien, y conviértase así en hombre de buena voluntad. Busque la paz y persígala, pues paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” (Serm. 193,1).

  “Por tu inmensa gloria…” Cuando la Iglesia canta himnos a Dios, se suceden las alabanzas, una tras otra, para expresar el ánimo eclesial con que se dirige a Dios: “te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias”.

    Aquí, enteramente gustando y reconociendo la inmensa gloria de Dios, manifestada plenamente en Cristo, sus maravillas incontables, la misericordia que derrama sin medida, el pueblo cristiano adora a Dios, le alaba, le glorifica y le da gracias sin cesar. La Iglesia es un pueblo de alabanza, una nación santa, “para proclamar las maravillas” de quien nos sacó de las tinieblas y nos trasladó a su luz admirable (cf. 1P 2,9).

 

5.07.18

Gloria a Dios en el cielo - I (Respuestas VII)

  El nuevo día amanece y todo lo ilumina. La Iglesia canta la alabanza del Señor y glorifica la resurrección de Cristo cada mañana, en un oficio matutino de alabanza. Así nació, en Oriente, un himno que ha alcanzado una inmensa divulgación: “Gloria a Dios en el cielo”.

    Es tan bello, fue tan inmensamente popular, contiene una alabanza fuertemente teológica y muy literaria, que se extendió desde Oriente a las Iglesias de Occidente que lo recibieron y emplearon en su liturgia.

   Por ejemplo, en nuestro rito hispano-mozárabe, tan oriental y con tantos contactos con las liturgias orientales, lo introdujo en la celebración de la Misa. Así el sacerdote, durante el canto inicial (praelegendum, se llama) reza inclinado al pie del altar, sube a besarlo, y se dirige a la sede-chorus (que no es exactamente la sede presidencial romana, situada en el ábside según la tradición, sino más bien en el crucero de la iglesia) y se entona directamente el Gloria.

   Tras el Gloria, el sacerdote recita una oración llamada “post-gloriam” (sin decir “Oremos”, sino como si fuera una continuación del himno) que suele glosar o desarrollar algunas frases del himno que se acaba de entonar. Por ejemplo, la oración post-gloriam de la solemnidad de Santa María, el 18 de diciembre, es una resonancia del Gloria:

Se te debe, Señor, la gloria en los cielos,

la paz honra a los hombres de buena voluntad;

eres ciertamente glorificado por el incesante canto concertado,

pero desde el cielo te complaces también con las alabanzas de los hombres.

Haz, pues, que en la tierra,

nuestros deseos de alabarte

alcancen los méritos celestiales,

de forma que los que emulamos a las potestades

del cielo en su eterna proclamación,

alcancemos el perdón de los pecados

y participemos de la suerte de los santos ángeles

por la reconciliación en la paz del mediador.

    O la del domingo IX de cotidiano (equivalente a nuestro tiempo ordinario o per annum):

 A ti, Señor, te alaban en el cielo los ángeles y las virtudes,

a ti, desde la tierra, tributa su alabanza toda la creación;

acepta con benevolencia los obsequios de la tierra,

como te complaces en la gloria

que te rinden en el cielo.

   En Roma distinto fue el proceso. Las palabras iniciales del himno “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz”, al ser la de los ángeles en el Nacimiento del Salvador, indujeron a cantar este himno en la Misa de Navidad presidida por el Papa. Estamos en el siglo IV aproximadamente.

   De ahí, por imitación de la liturgia de Roma, pasó a las Misas episcopales en las solemnidades presididas por el obispo en las grandes fiestas. Lo vemos ya en los siglos V-VI, probablemente a causa del papa Símaco, hacia el año 500, hasta terminar también extendiéndose a las Misas presbiterales, la del sacerdote en su parroquia, en Pascua o en alguna celebración especialmente solemne, sobre el siglo VII. Luego, después de cantarse al principio sólo en Pascua, en las demás Misas solemnes, generalizándose en los siglos X-XI por influjo de los libros litúrgicos franco-germánicos y también por los usos monásticos.

   En el Ordo romano I, papal, del siglo VIII, leemos cómo se entona después del Kyrie: “Llegado (el Kyrie eleison) a su final, el pontífice, girándose de cara al pueblo empieza el Gloria in excelsis Deo, según sea propio o no del tiempo litúrgico. Se gira después de nuevo hacia oriente hasta el final del Gloria. Luego, se gira de nuevo hacia el pueblo y dice: La paz esté con vosotros y volviéndose de nuevo hacia oriente, dice Oremus y recita la oración. Una vez la ha concluido, se sienta. Asimismo, los obispos y los presbíteros se sientan” (n. 53).

   Por tanto, en el ámbito del rito romano primero fue un canto excepcional, para la Navidad, y de ahí se extendió su uso para más solemnidades en la Misa episcopal, y, por último, también para la Misa presbiteral en Pascua, solemnidades y domingos.

   El contenido del Gloria es el de un himno bien articulado, que goza del sabor de la Tradición eclesial, cantado por muchas generaciones en la liturgia tanto de Oriente como de Occidente. Une la alabanza, la petición y la glorificación de Dios (que se llama doxología).

  Gloria in excelsis Deo et in terra pax hominibus bonae voluntatis!

    Arranca el himno en tono sumamente festivo con las mismas palabras que los ángeles cantaron la noche del nacimiento del Salvador. Así dispone el alma con júbilo y estupor ante la bondad de Dios y su misericordia.

    ¡Gloria a Dios! Glorificar a Dios es reconocerle como Dios único y alabarlo, es proclamar y cantar sus maravillas renunciando el hombre a buscar su propia gloria o enaltecimiento, sin idolatrarse ni idolatrar a nada ni a nadie.

    “Al Señor, tu Dios, adorarás, y sólo a Él darás culto” (Dt 6,13). Al pueblo de Israel, y hoy a la Iglesia, se le dice: “¡dad gloria a nuestro Dios!” (Dt 32,3). Los salmos son un continuo canto, dichoso y feliz, de la gloria de Dios: “los cielos proclaman la gloria de Dios” (Sal 18A), “glorifica al Señor, Jerusalén” (Sal 147). Todos están invitados: “Aclamad la gloria y el poder del Señor” (Sal 28), porque “grande es el Señor, merece toda alabanza” (Sal 144), “grande es el Señor y muy digno de alabanza” (Sal 47). “Glorificadlo” (Sal 21).

     La vida cristiana es una continua alabanza y glorificación de Dios. Nuestras buenas obras deben ser causa para que otros “den gloria a vuestro Padre que está en el cielo” (Mt 5,16) mientras que glorificamos a Cristo Señor en nuestros corazones (cf. 1P 3,15) de forma que todo, absolutamente todo lo que hagamos, es “para gloria de Dios” (1Co 10,31). Vivimos así como canta el salmo 113B: “No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria”.

 

 

28.06.18

Señor, ten piedad - II (Respuestas VI)

   Todo esto condujo a la expresión griega “Kyrie eleison”, que se introduce en la liturgia y que, en su lengua original griega, se ha mantenido hasta hoy. ¡Señor, ten piedad!

   En las liturgias orientales se introdujo el “Kyrie eleison” como respuesta a las letanías, gozando de aceptación popular.

   Egeria, en el relato de su peregrinación, encuentra una letanía que los niños y todos responden: “Kyrie eleison”, y que ella matiza diciendo “entre nosotros se dice ‘miserere nobis’”. En el oficio vespertino, ante la Anástasis, se realiza esta oración dirigida por el diácono, orando por todos, y los presentes responden: “Kyrie eleison”:

 “El obispo se levanta y se coloca ante el cancel, o sea, delante de la cueva, y alguno de los diáconos hace conmemoración de cada uno, como suele ser costumbre. Dichos por el diácono los nombres de cada uno, siempre hay allí muchos niños, respondiendo: “Κυριε, ελεισον”, como decimos nosotros “miserere nobis”. Contestan muchísimas voces” (XXIV,5).

   Las Constituciones Apostólicas, ya en el ámbito sirio, también conoce letanías de petición u oraciones, que pronunciadas por el diácono, se responden “Kyrie eleison”. Tras la liturgia de la Palabra, antes de despedir a los catecúmenos se ora por ellos: “Restablecida la calma, dirá: -Orad, catecúmenos. Y todos los fieles oran por ellos con fervor, diciendo: Kyrie, eleison” (VIII,6,3-4). Y se afirma que “después de cada una de las intervenciones del diácono el pueblo responderá: Kyrie eleison, como ya hemos indicado, y los niños lo harán los primeros” (VIII,6,9). Cuando ya se han marchado catecúmenos y penitentes, comienza una larga oración universal, con preces pronunciadas por el diácono y, al igual que la anterior, se sobrentiende que el pueblo responde igualmente “Kyrie eleison” (VIII,10,1-22).

  En Roma entró el “Kyrie eleison” como respuesta a las letanías de oración u oración universal que pronunciaba el diácono aproximadamente por el siglo V y por influencia oriental. Ha llegado hasta nosotros, en los libros litúrgicos, la deprecatio Gelasii, unas preces que se atribuyen al papa Gelasio a la que los fieles responderían “Kyrie eleison”: es una letanía romana al inicio de la Misa. La veremos cuando tratemos de la Oración de los fieles.

   Pero, sin embargo, la letanía desapreció aunque supervivió el Kyrie eleison al inicio de la Misa, como canto autónomo, vestigio de la antigua letanía romana con intenciones y súplicas adelantada a los ritos iniciales de la Misa. Esto ocurrió ya en época de san Gregorio Magno (s. VI-VII).

   El Sacramentario Gregoriano afirma que la Misa comienza con el canto del Introito “y luego el Kyrie eleison” (Gr-H 2), y el Ordo romanus I, del siglo VIII, al describir la Misa papal, señala:

 “La schola, una vez ha acabado de cantar la antífona del salmo, empieza el Kyrie eleison. Y acto seguido los acólitos colocan los ciriales en el pavimento de la iglesia: tres, en efecto, en la parte derecha, tres en la izquierda y uno en el medio, en el espacio que queda entre los demás. El que ocupa el primer lugar de la schola aguarda a que el pontífice le indique cuando quiere poner fin a las invocaciones titánicas y se inclina hacia el pontífice” (n. 52).

    En la liturgia romana, existen unas letanías, además, que se cantan con el Kyrie eleison durante algunos oficios, entre los que hay que destacar la Vigilia pascual. Cuando van en procesión al baptisterio, cuando están bautizando, cuando luego retornan se cantan las letanías que se llaman “septena”, “quina” y “terna”, por el número de veces que se repetía la invocación con la respuesta “Kyrie eleison”: “Para emplear santamente aquel tiempo se cantaban tres veces las letanías, pero de forma que, en un principio, cada invocación era repetida siete veces, después cinco y, finalmente, tres” (M. RIGHETTI, Historia de la liturgia, tomo I, Madrid 1955, 827).

  Cuando es cantado, se fue desarrollando la invocación con diversos tropos, frases alusivas a Cristo que terminaban con invocación Kyrie eleison. Estas melodías, a partir del siglo X, con el nuevo florecimiento del gregoriano, se hallan en el Kyriale. Estos tropos dieron nombre a las Misas, por ejemplo, “Lux et origo”, “Orbis factor”, “Pater cuncta”, etc.

   Así llega hasta nosotros el “Kyrie eleison – Señor, ten piedad” en el Ordinario de la Misa. Se mantiene como un canto autónomo, independiente, de aclamación a Cristo al inicio de la Misa una vez que ha terminado el acto penitencial y antes del himno Gloria.

   Es un canto “con el que los fieles aclaman al Señor e imploran su misericordia” (IGMR 52), ya que es confesión de fe, reconocimiento de Cristo como único Señor y apelación a su entrañable misericordia. Pertenece a todos los fieles cantarlo, y no se reserva únicamente al coro o schola: “deben hacerlo ordinariamente todos, es decir, que tanto el pueblo como el coro o el cantor, toman parte en él” (IGMR 52). Normalmente cada invocación se canta dos veces, “pero no se excluyen más veces, teniendo en cuenta la índole de las diversas lenguas y también el arte musical o las circunstancias” (IGMR 52). Este canto del “Señor ten piedad” se realiza si no forma parte antes del acto penitencial.

   Con la reforma litúrgica por mandato del Concilio Vaticano II, el “Señor, ten piedad” se ofrece como tercera fórmula del acto penitencial.

   Tras la monición sacerdotal invitando al recogimiento interior y humilde confesión de las culpas, hay una pausa de silencio. Entonces el sacerdote, o un diácono, pronuncia cada una de las invocaciones, o tropos, que terminan cantando “Señor, ten piedad”, que luego repiten todos. Dice la Ordenación general: “Cuando el Señor, ten piedad se canta como parte del acto penitencial, se le antepone un “tropo” a cada una de las aclamaciones” (IGMR 52).

   Esta invocación se dirige a Cristo como una aclamación y reconocimiento de su redención: “Tú, que has sido enviado a sanar los corazones afligidos: Señor, ten piedad”, “Tú, que no quieres la muerte del pecado sino que se convierta y viva: Cristo, ten piedad”… Se dirigen a Cristo directamente, añadiendo una oración de relativo para explicitar algún aspecto de su persona y su misión salvadora.

  Desfigura este sentido, y lo vuelve monótono, cuando se convierte en una petición de perdón indicando algún pecado: “Porque hemos sido egoístas… Porque no hemos sabido comprender y acoger: Señor, ten piedad”. Aparte de que es un lenguaje pobre, muy poco adaptado a la tradición litúrgica romana, olvida que aquí lo importante es mirar a Cristo: “Tú, que…”, y no enumerar una confesión de las propias culpas. Tampoco, es evidente, se puede sustituir el Kyrie eleison por un genérico “canto de perdón”, que en ningún lugar de la IGMR se cita o se da la posibilidad.

 

 

22.06.18

Señor, ten piedad - I (Respuestas V)

   Como aclamación a Cristo, petición de la Iglesia, se introdujo esta expresión en la liturgia, respetando la forma griega: Kyrie eleison, como respetó otras palabras en su lengua original: Aleluya, amén, hosanna.

   ¿Qué piedad es ésta? La ternura y la misericordia entrañable que, en Jesucristo, se ha volcado por completo sobre la humanidad, ya que Cristo es el rostro visible de la piedad del Padre.

   ¡Ten piedad! Los salmos, y el Antiguo Testamento en general, están plagados de súplicas a Dios despertando su piedad o de acción de gracias porque Dios ha manifestado su piedad y su misericordia.

   El salmo 85, la oración de un pobre ante las adversidades, invoca la ternura de Dios que no se queda indiferente ante el sufrimiento: “Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día; alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti; porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan”. El orante, el pobre, el afligido, reconoce que Dios es “lento a la cólera y rico en piedad” (cf. Sal 85; 102; 144).

   Se reconoce cuán grande es la piedad de Dios: “el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas… bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan” (Sal 144). Es una piedad inmensa y tierna por la que se alaba al Señor: “mantiene su fidelidad perpetuamente, que hace justicia a los oprimidos, que da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos, el Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos” (Sal 145).

   Se puede confiar en el Señor e invocar su piedad con una súplica confiada cuando se está afligido: “piedad, Señor, que estoy en peligro: se consumen de dolor mis ojos, mi garganta y mis entrañas” (Sal 30). Se aguarda al Mesías Salvador que mostrará su piedad: “él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres” (Sal 71).

    Todo esto se cumple perfecta, colmadamente, en Jesucristo. Él es invocado. A él Se dirige el ciego con una súplica: “Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí que soy pecador” (Lc 18,38), y la mujer cananea, atrevida y valiente por su fe: “Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David, mi hija tiene un demonio muy malo” (Mt 15,22). El centurión romano así se dirige a Cristo: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa…” (Mt 8,8) y Jairo, una vez recibida la noticia del fallecimiento de su hijita, se vuelve a dirigir a Jesús diciendo: “Señor, mi hija acaba de morir” (Mt 9,18).

  Kyrie eleison! ¡Señor, ten piedad! La petición de piedad va precedida de una invocación a Cristo que es una auténtica confesión de fe. Si “Señor” en el Antiguo Testamento se reserva exclusivamente al Altísimo, el Nuevo Testamento lo aplica a Cristo adorando su divinidad. Se le califica de “nuestro Señor Jesucristo” (Hch 4,10; 15, 25) porque “Dios lo ha constituido Señor y Mesías” (Hch 2,36).

   San Pablo confiesa que hay “un solo Señor, Jesucristo” (1Co 8,6), y mantiene firmemente que la auténtica y plena confesión de fe es proclamar que “Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (Flp 2,11), ya que “si profesas con tus labios que Jesús es Señor, y crees con tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo” (Rm 10,9).