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11.01.21

(456) Proselitismo y bien común

Para una mentalidad personalista, Dios no revela una doctrina, sino sólo experiencias del misterio. No tiene sentido, bajo esta óptica, hablar de apostolado doctrinal, ni de transmitir verdades de fe, ni de misión o apologética. Sólo cabe expresar, para quien así discurre, la propia experiencia religiosa, que, por ser privada, no debe poseer pretensiones de universalidad.

Esta es la cosmovisión de fondo que subyace al presente rechazo de todo apostolado intelectual. Predicar, por el bien de las almas, una doctrina inequívoca, ofendería, según esto, al pluralismo doctrinal, siempre tan eclesialmente correcto, tan fraternal, tan democrático.

Bajo esta perspectiva late un profundo escepticismo, porque en realidad, no se cree que el hombre, con su razón y con la fe, con el socorro de la gracia, pueda alcanzar un conocimiento salvífico y eficaz de Dios. Como se ha explicado en numerosos artículos de este blog, no cabe, en los parámetros del humanismo católico, una doctrina que, por ser inequívoca, sea tan necesaria al hombre caído.

Lo que se postula en cambio, conforme al pensamiento moderno, es el experiencialismo. Y es que el católico humanista, que bebe del pensamiento de la Modernidad, desconfía de todo sistema doctrinal, y aborrece la metafísica. Sólo confía en sus experiencias, quiere ver y oler y gustar y tocar, pero no quiere oír, porque sólo quiere oírse a sí mismo.

Es por ello que, para el humanismo católico, la predicación carece de sentido, siendo preferible la estética, por ejemplo, de una composición musical, o la literatura, u otros medios subjetivos, para la transmisión de experiencias. La predicación doctrinal es minusvalorada y calificada, despectivamente, de proselitismo, y con ello se la iguala, arteramente, al discurso de las sectas y las falsas religiones, naturalizando el apostolado. Pero proselitismo, aunque es una palabra sin tradición en la ciencia de los santos, tiene sin embargo cierta acepción verdadera si se redime el concepto: deseo de ganar almas para la Iglesia, columna y fundamento de la verdad (Cf.,1 Tim 3, 15).

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5.01.21

(455) Comentarios críticos a Amoris laetitia, VIII: El matrimonio en el abismo

Comentario 14

«El Evangelio de la familia alimenta también estas semillas que todavía esperan madurar, y tiene que hacerse cargo de los árboles que han perdido vitalidad y necesitan que no se les descuide» (Amoris laetitia, n. 76)

«”El discernimiento de la presencia de los semina Verbi en las otras culturas (cf. Ad gentes divinitus, 11) también se puede aplicar a la realidad matrimonial y familiar. Fuera del verdadero matrimonio natural también hay elementos positivos en las formas matrimoniales de otras tradiciones religiosas”, aunque tampoco falten las sombras. » (Amoris laetitia, n. 77)

«La mirada de Cristo, cuya luz alumbra a todo hombre (cf. Jn 1,9; Gaudium et spes, 22) inspira el cuidado pastoral de la Iglesia hacia los fieles que simplemente conviven, quienes han contraído matrimonio sólo civil o los divorciados vueltos a casar. Con el enfoque de la pedagogía divina, la Iglesia mira con amor a quienes participan en su vida de modo imperfecto» (Amoris laetitia, n. 78)

«Frente a situaciones difíciles y familias heridas, siempre es necesario recordar un principio general: “Los pastores, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las situaciones” (Familiaris consortio, 84). El grado de responsabilidad no es igual en todos los casos, y puede haber factores que limitan la capacidad de decisión. Por lo tanto, al mismo tiempo que la doctrina se expresa con claridad, hay que evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones, y hay que estar atentos al modo en que las personas viven y sufren a causa de su condición”.» (Amoris laetitia, n. 79)

 

Bajo el epígrafe «Semillas del Verbo y situaciones imperfectas» se suceden cuatro parágrafos (números 76 a 79) de gran importancia en Amoris laetitia, porque son como la llave ideológica que permite abrir la caja del capítulo 8, que es la clave de toda la exhortación. De estos cuatro párrafos hemos seleccionado cuatro pasajes fundamentales.

En el n. 76 se habla de las «situaciones imperfectas» como de «semillas que todavía esperan madurar», y se asocian al Verbo vía sacramental, es decir, interpretándolas «partiendo del don de Cristo en el sacramento». O sea, que se pretende que estas situaciones imperfectas sean entendidas como semillas sacramentales del Verbo.

En el n. 77 compara estas semillas sacramentales con «los semina Verbi en las otras culturas», y afirma que «se puede aplicar a la realidad matrimonial y familiar» y se pueden encontrar también «[f]uera del verdadero matrimonio natural» como elementos positivos «en las formas matrimoniales de otras tradiciones religiosas», aunque reconociendo eufemísticamente que «tampoco falten las sombras».

En el n. 78, se enseña que, de la misma forma que la luz de la mirada de Cristo «alumbra a todo hombre», —también, al parecer, alumbra a los que viven en las mencionadas situaciones imperfectas, por eso la Iglesia dirige su «cuidado pastoral» a «los fieles que simplemente conviven, quienes han contraído matrimonio sólo civil o los divorciados vueltos a casar». Y lo hace mirando estas situaciones con amor porque, quienes participan en ellas, participan también de la vida y luz sacramentales, si bien «de modo imperfecto».

Y así, mediante eufemismos, se atribuye el carácter de semilla  sacramental al concubinato y la fornicación de «los fieles que simplemente conviven», al rechazo apóstata del sacramento matrimonial de «quienes han contraído matrimonio sólo civil», o al grave pecado de adulterio y escándalo público de los «divorciados vueltos a casar».

* * *

Resulta escandaloso 1º atribuir la luz de Cristo a estos gravísimos pecados, y 2º, pretender que los pastores aprendan a “discernirla", haciéndose dioses del fuero interno ajeno.

Y es que rechina profundísimamente en los oídos católicos que se utilicen eufemismos para mitigar la gravedad del pecado. Como se hace en el n. 79, para resumir todo lo anterior bajo la etiqueta de «situaciones difíciles y familias heridas»; y, ¿por qué este eufemismo? Pues para «evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones», se dice, pretendiendo así que, en el pecado, los pastores disciernan semillas del Verbo pero no disciernan lo pecaminoso, sino que lo dejen en suspenso.

 

Discernir, en el pecado, semillas sacramentales de Cristo, pero no discernir lo pecaminoso. Esto es, al fin y al cabo, lo que se pide en estos cuatro parágrafos. Al igual que se imaginan semillas del Verbo en las religiones adámicas, pero sin discernir lo pecaminoso de su idolatría, se deben imaginar semillas del Verbo en las ofensas contra el matrimonio, pero sin esclarecer (juzgar) su carácter pecaminoso. Lo negativo tanto de las situaciones imperfectas, como sus análogos las religiones imperfectas, sólo serían algunas sombras que no se dejan de reconocer. Pero son sombras de maduración, como quiere el punto 76, sombras de semillas aún por madurar, debilidades de un árbol cansado.

Sin embargo, la situación del matrimonio y la familia en el mundo actual ofrece una perspectiva muy diferente a la ofrecida, y muy lejos de contener la luz de Cristo, antes bien la eclipsan, sobre todo porque contienen otro numen, el de su enemigo. En el mundo actual cayeron ciertamente semillas de Cristo, pero el mundo actual las ahogó y no prosperaron, porque la tierra de la Modernidad axiológica es mala.

Un simple vistazo a la realidad del matrimonio en las sociedades actuales nos hace comprender que los males que le aquejan son mucho más que algunas sombras aquí y allá, y que lejos de ser sembradura de Cristo, es sembradura de su enemigo. La situación es trágica y desoladora.

La difusión del impudor.- Los hábitos de vida impúdica se han convertido en vicios masivos. Los católicos no dan importancia al impudor, y esto multiplica el pecado mortal, que se vuelve habitual, consolidando estructuras de pecado virtuales y reales. El impudor y la lujuria atacan hoy al matrimonio con violencia anticristiana. Los poderes del mal campean a sus anchas a través de auténticas estructuras de impudor y lujuria, en que la tecnología y la cultura sirven de instrumento de difusión, y el ocio público sirve de tentación en plural. La normalidad del impudor y la lujuria vuelve anormal la castidad matrimonial, y habitual el estado de enemistad con Dios. La crisis del sacramento de la confesión en numerosas iglesias locales consolida el mal y parece volver pandémico el estado de pecado habitual.

La difusión/normalización del divorcio/adulterio. Aumenta el número de adulterios entre católicos, y esto multiplica su aceptación moral y se difunde como una plaga. Esta difusión/normalización es figura de la difusión/normalización de la apostasía, pues el adulterio es tipo de la idolatría. Quebrantar el matrimonio sacramental ofende la unión de Cristo y de su Iglesia, y prepara la herejía, la heterodoxia, la pérdida de la fe. En realidad, quien traiciona a su cónyuge se convierte a las criaturas y se vuelve idólatra. ¿Nos extrañaremos, entonces, de la calamitosa crisis de fe que padece el catolicismo?

El crimen del aborto se ha extendido entre matrimonios de bautizados, difundido por leyes malvadas aprobadas y votadas, también, por bautizados. La sangre de los seres humanos abortados pende sobre la conciencia de cónyuges, sociedades, instituciones. Es un crimen suscitado y anticipado por la practica masiva de la anticoncepción, que no sólo mantiene alejados de la gracia santificante a los esposos, corrompiendo su unión conyugal y cegando las fuentes de la vida; sino que sumerge sus matrimonios en un nihilismo de egocentrismo. La generalizada oposición, en los años del posconcilio, a la Humanae vitae, movida por teólogos prestigiosos y pastores desviados, muestra con pavorosa claridad cuán difundida estaba y estaría la anticoncepción en la mentalidad de las viejas sociedades cristianas, en pocos decenios descristianizadas.

La trágica situación del matrimonio y la familia católica fue ya advertida, en plena consolidación de los estados liberales, por León XIII. Su diagnóstico es rabiosamente actual.

—León XIII denuncia la tragedia del matrimonio adámico, multiplicada por el liberalismo, en su encíclica Arcanum divinae sapientiae, de 10 de febrero de 1880. Ahí presenta la verdadera perspectiva con que contemplar la corrupción del matrimonio en las culturas paganas; sí, en esas mismas culturas en las que Amoris laetitia pretende encontrar semillas de Cristo y a las que agradece su admirable lucha contra mal, reconociendo en ellas la acción del Espíritu; pues bien, de ellas afirma León XIII que «apenas cabe creerse cuánto degeneró y qué cambios experimentó el matrimonio, expuesto como se hallaba al oleaje de los errores y de las más torpes pasiones de cada pueblo».

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2.01.21

(454) Comentarios críticos a Amoris laetitia, VII: ¿Matrimonio cristiano o matrimonio en general?

Comentario 12

«La alegría del amor que se vive en las familias es también el júbilo de la Iglesia. Como han indicado los Padres sinodales, a pesar de las numerosas señales de crisis del matrimonio, “el deseo de familia permanece vivo, especialmente entre los jóvenes, y esto motiva a la Iglesia”. Como respuesta a ese anhelo “el anuncio cristiano relativo a la familia es verdaderamente una buena noticia”. (Amoris letitia, n. 1).

«El camino sinodal permitió poner sobre la mesa la situación de las familias en el mundo actual, ampliar nuestra mirada y reavivar nuestra conciencia sobre la importancia del matrimonio y la familia.» (Amoris laetitia, n. 2)

 

Un grave problema de la pastoral personalista actual es que habla del matrimonio [adámico, porque necesita redención] y del matrimonio cristiano sin hacer las debidas distinciones, hablando indistintamente de uno y de otro, confundiéndolos o identificándolos; a veces distinguiéndolos sólo débilmente, como si fuera una cuestión de ideal o de valores. Es frecuente que este tipo de pastoral sobreoptimista minusvalore los efectos del pecado original en el amor humano, a menudo sobredimensionado o sobrenaturalizado indebidamente.

El problema del primer pasaje, como de toda la exhortación en general,  es que no se sabe si se refiere a «la alegría del amor» ¿cristiano? «que se vive en las familias» ¿cristianas?, o al amor en general de las familias en general

Más bien parece esto último, porque a continuación se habla de una «respuesta a ese anhelo» (¿de familia en general o de familia cristiana?) por parte de una Iglesia muy motivada (por ese anhelo de familia en general). Más bien parece esto último, en efecto, porque en el parágrafo 2 se habla otra vez, en general, de «la situación de las familias en el mundo actual». Luego se entiende que habla en general.

Si en efecto se habla del amor familiar en sentido amplio, no en concreto del amor familiar cristiano, hay que decir que no se entiende el júbilo de la Iglesia al respecto, porque sabemos, por el dato revelado y por la experiencia misma, de la grave herida que el pecado inflige al amor familiar. ¿Puede haber una alegría del amor familiar, en general, tal y como actualmente se da, que cause tal contento a la Iglesia? ¿O más bien lo que debe suscitar en nuestros pastores es una hondísima preocupación misionera —y, por qué no, proselitista, en el buen sentido?

Se entiende que todo en general está afectado por el pecado, que lo natural está caído y es en parte antinatural, que el amor humano, aunque no destruido, está enfermo y es hijo de la ira, y que la Iglesia por eso —y no porque todo en general vaya más o menos bien, aun con sus dificultades o crisis— tiene que anunciar la Buena Nueva. Y que vaya mal no es motivo de júbilo, aunque ciertamente sí de motivación: lo que motiva a la Iglesia es poder salvar al matrimonio en general, que va mal (en los más) porque no es cristiano. No se anuncia el matrimonio cristiano porque todo vaya más o menos bien o circunstancialmente regular, sino porque, desde que Adán y Eva desordenaron el mundo, va todo muy mal para sus descendientes, o sea para todo el mundo adámico en general, incluido el matrimonio. Cristo es necesario, el matrimonio sacramental es necesario.

Pero es que resulta que esa motivación pastoral jubilosa que el texto encuentra en la Iglesia actual, se fundamenta en el «el deseo de familia» que dice encontrar en los jóvenes. Hay que preguntarse qué significa deseo de familia, si deseo de estar en familia, deseo de tener una familia, o deseo de formar una familia en general. Si se refiere a esto último, no es motivo de alegría, porque lo normal sería que los jóvenes cristianos quisieran formar una familia cristiana y no una familia en general, o sea, irredenta.

Pero si se está diciendo que los jóvenes tienen deseo de formar una familia cristiana, desde luego que es motivo de gran alegría. Y estamos de acuerdo, si fuera cierto, que ojalá lo fuera. Porque admitimos que puede ser verdad en los menos, pero no en los más, al menos en las actuales sociedades liberales descristianizadas.

No dudamos que este deseo de matrimonio sacramental existe en muchos jóvenes cristianos, a los que la gracia santificante purifica su mundo interior y eleva a un orden sobrenatural, en que la grandeza del matrimonio cristiano resplandece como auténtico anhelo. Pero, al menos en las sociedades liberales de Occidente, no es la tónica general, sino la excepción.

Cuesta entender que la Iglesia se reconozca tan contenta respecto a la situación actual del matrimonio en general. Porque la situación, en lugar de ser jubilosa, es muy grave; no es que se estén dando «numerosas señales de crisis del matrimonio»; esto más bien parece un eufemismo. Lo que existe es una profundísima descristianización de la familia, y un gravísimo deterioro, por parte de muchas Iglesias locales, de la enseñanza de la doctrina católica sobre el matrimonio.

Lo que existe, tras años de difusión del impudor, del divorcio, de prácticas anticonceptivas y abortivas, es una masiva apostasía de los matrimonios católicos. Lo que existe es una agresión de los Estados liberales, agnósticos e irreligiosos, por medio de leyes ofensivas contra la familia; y una aprobación, por parte de muchos pastores y de la pastoral política en general, de los fundamentos de la democracia liberal, la misma que persigue la familia y separa indebidamente lo social y político de lo religioso y moral.

Lo que existe, por desgracia, es una descristianización galopante de sociedades hasta hace muy poco católicas. Cierto que hay también muchas familias cristianas dando ejemplo y razón de su fe y de su amor por Cristo, pero no son las más.

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31.12.20

(453) Comentarios críticos a Amoris laetitia, VI: Una comunión de intentos

Comentario 11

«Espiritualidad de la comunión sobrenatural».

«Siempre hemos hablado de la inhabitación divina en el corazón de la persona que vive en gracia. Hoy podemos decir también que la Trinidad está presente en el templo de la comunión matrimonial. Así como habita en las alabanzas de su pueblo (cf. Sal 22,4), vive íntimamente en el amor conyugal que le da gloria».

«La presencia del Señor habita en la familia real y concreta, con todos sus sufrimientos, luchas, alegrías e intentos cotidianos» (Amoris laetitia, n. 314-315)

Nos parece apropiado atribuir a la familia, que constituye como una iglesia doméstica, una espiritualidad de comunión, primero natural, de medios, afectos y fines; segundo sobrenatural, de vida de gracia santificante, si es que sus miembros están en estado de gracia.

Es cierto que Dios Uno y Trino inhabita, más que en el corazón, (o sea en la voluntad en cuanto centro de los afectos familiares), en el alma del justificado, siempre y cuando éste esté en estado de gracia, tal y como se observa justamente al comienzo del parágrafo n. 314.

Lo que crea cierta inquietud es que, a continuación, parece que avisa de una doctrina nueva: «Hoy podemos decir también que…». Si va enseñar algo que puede decirse hoy es que antes no podía decirse. Y ¿qué es eso que antes no se decía y ahora sí? Pues que la Santísima Trinidad habita también en el «templo de la comunión matrimonial», en «las alabanzas de su pueblo» “íntimamente"  «en el amor conyugal que le da gloria».

Pero si es doctrina novedosa, tendría que haberla matizado más, porque podríamos conceder que Dios Uno y Trino habita en una comunión de almas en estado de gracia, pero esto no es doctrina nueva, así que puede pensarse que se refiere a la comunión familiar sin más, o a la unión afectiva e intencional de los esposos; lo cual sobrenaturalizaría indebidamente la comunión matrimonial; respecto a las alabanzas de su pueblo, parece una afirmación metafórica, porque Dios inhabita almas en gracia, no cantos, aunque se puede referir también a que el Señor puede estar presente espiritualmente entre varios que le alaban, pero entonces no estaríamos hablando de la inhabitación divina; pues no hay que confundir la inhabitacion trinitaria con la mera presencia espiritual; y que puede inhabitar en el amor conyugal que le da gloria, no se entiende en qué sentido lo dice: porque Dios Uno y Trino inhabita almas, no relaciones, no accidentes, no actos de la voluntad. ¿En ese amor conyugal que da gloria a Dios se debe sobreentender que los esposos están en gracia? ¿O basta que sean fervorosos y alaben a Dios?

Pero se confunde más la cosa en el n. 315, cuando afirma que «[l]a presencia del Señor habita en la familia real y concreta, con todos sus sufrimientos, luchas, alegrías e intentos cotidianos». ¿A qué se refiere con familia real y concreta? ¿A cualquier familia, a toda familia real y concreta, al margen de el estado de gracia o de pecado de sus miembros, al margen tal vez de su religión o del estado canónico en que se encuentren? Vale decir, dando por sentado que los miembros de esa familia estén en gracia, que inhabita en sus almas a pesar de sus sufrimientos, y sus luchas y alegrías, pero… ¿en sus intentos? ¿Intentos de qué? ¿Tal vez de cumplir los mandamientos?

Si por intentos se refiere a intentos por cumplir los mandamientos, ya no podemos estar de acuerdo. Porque si está hablando, eufemísticamente, de los pecados cotidianos contra el matrimonio o contra la familia, entonces la cosa cambia. Habría que rechazar esa forma de hablar del pecado como un intento fallido de vencer una tentación contra la ley moral. El pecado mortal no es un bienintencionado e inocente intento fallido. Así que el tema queda en la oscuridad por falta de explicitación.

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24.12.20

(452) Comentarios críticos a Amoris laetitia, V: Imperio de Cronos y pluralismo doctrinal

Comentario 8

«Es sano prestar atención a la realidad concreta, porque “las exigencias y llamadas del Espíritu Santo resuenan también en los acontecimientos mismos de la historia", a través de los cuales “la Iglesia puede ser guiada a una comprensión más profunda del inagotable misterio del matrimonio y de la familia"» (Amoris laetitia, n. 31).

Que se proponga que la Iglesia, columna y fundamento de la verdad (Cf. 1 Tim 3, 15), debe dejarse guiar por la realidad concreta tal y como ésta se despliega en su devenir histórico, no es sólo una muestra de hegelianismo, sino también de existencialismo ético, es decir, de situacionismo.

Por el primero, se sumerge el conocimiento en el devenir, distrayéndolo de la esencia de las cosas, —que es universal y se alcanza por abstracción—; por el segundo, se evita lo universal y se prefiere lo particular concreto, aumentando así la incerteza.

Porque cuanto menos universal sea el conocer, más incierto se vuelve. Y es precisamente lo que se pide aquí. Que la iglesia se deje guiar por lo particular históricamente devenido, renunciando a sus certezas y seguridades, que es casi un lema del autor del texto.

Pero sucede, sin embargo, lo contrario que dice el texto, porque cuanto más particular y concreta es la cosa conocida, menos profunda es la comprensión alcanzada de ella. El conocimiento es mayor cuanto más se penetra en la esencia universal, y menor, cuanto más se aleja de ella. Es un rasgo nominalista pretender que el momento histórico por el que atraviesa la familia, en plena disolución de la misma por efecto del espíritu de la Modernidad, conduzca a la Iglesia a una comprensión más profunda.

Habría que preguntar, además, comprensión de qué. Porque se dice que «del inagotable misterio del matrimonio y la familia», así, sin más, como si no fuera una realidad cuya esencia es accesible a la razón, (y como si no tuviera un aspecto sobrenatural —el sacramental— que lo supone y perfecciona, accesible por la fe); es claro que la comprensión puede aumentar, pero no en virtud del devenir histórico, lo cual supone una idea inaceptable de progreso, sino en razón del ejercicio jerárquico (no popular ni democrático) del Magisterio de la Iglesia. La comprensión de las cosas no cambia necesariamente a mejor en función del tiempo.

 

No hay que olvidar además que, para la mentalidad personalista que anima las muchas páginas de Amoris laetitia, las realidades naturales y sobrenaturales son misterios ocultos a los que no se tiene acceso por la doctrina sino por la experiencia subjetiva interna, en clave pseudomística; los personalistas creen que la doctrina sólo es una aproximación al arcano, siempre incompleta y siempre ineficaz, siendo el objeto de la comprensión no un conjunto de verdades sino una realidad ignota inaccesible a una doctrina. Pero el matrimonio y la familia son, en parte, accesibles a la razón, que puede abstraer su esencia universal y aprehenderla eficazmente, aunque de forma parcial; y a la fe, que recibe la verdad revelada acerca del matrimonio y su plan salvífico.

El responsable de este escepticismo, por el que se profesa que nunca se llega a conocer la realidad, es Kant, y antes Ockham. El matrimonio y la familia, también en su dimensión natural, serían un secreto nouménico que sólo se desvelaría a través de la experiencia personal o comunitaria de la historia en sus condicionantes existenciales concretos. Por lo que la doctrina al respecto podría cambiar (nueva “profundización” de lo informulable) en tanto cambiaran las experiencias históricas del noúmeno, y en tanto lo secreto (del matrimonio) se fuera manifestando en el fluir de la historia.

 

Comentario 9

«Ante las familias, y en medio de ellas, debe volver a resonar siempre el primer anuncio, que es “lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario”, y “debe ocupar el centro de la actividad evangelizadora”. Es el anuncio principal, “ese que siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y ese que siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra”. Porque “nada hay más sólido, más profundo, más seguro, más denso y más sabio que ese anuncio» y “toda formación cristiana es ante todo la profundización del kerygma”» (Amoris laetitia, n. 58)

Volvemos a lo mismo, al pluralismo doctrinal. No habría una doctrina inequívoca, una forma precisa, providencialmente eficaz, de comunicar la verdad, sino muchas, cambiantes según en el momento histórico y personal; por lo que habría que escuchar de diversas maneras y anunciar de una forma u otra, porque todas se suponen válidas —siempre y cuando, como quiere H. Urs von Balthasar en La verdad es sinfónica, no sean cacofónicas.

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