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4.12.21

(496) Sin naturaleza humana, en realidad

Texto 7

«El personalismo considera que existe una naturaleza humana […] La dificultad que existe es la siguiente: la palabra “naturaleza” que, en principio, parece tan clara y precisa [..] se puede emplear con varios sentidos […] entendiendo, como hicieron los racionalistas, algo definido y concluido, esencial, inalterable y aplicar ese concepto de modo unívoco a los hombres […] Pues bien, esta última noción es la que plantea un cierto rechazo por parte de los personalistas pero no porque no contenga elementos verdaderos, sino por su rigidez. ¿Cómo se compagina la noción de naturaleza humana formulada de esta manera con la evolución o con la existencia de dimensiones afectivas, subjetivas y culturales en el hombre? Es posible hacerlo, pero plantea problemas de no fácil solución. Por eso, a veces, desde el personalismo se prefiere partir de la noción de persona, porque es más flexible». (Juan Manuel BURGOS, El personalismo, Madrid, Ediciones Palabra, 2000, págs. 176-177)

 

Paráfrasis crítica

7.1, «El personalismo considera que “existe una naturaleza humana”».— Hacen bien los personalistas en admitir la existencia de la naturaleza humana. Contra los nominalistas, que la estiman una voz vacía y flatulenta. Queda por ver si de verdad creen que exista, o es sólo una creencia ambigua.

7.2, «La dificultad que existe es la siguiente».— No era verdad entonces que creen, sin más, que existe. Es un sí, pero no… O sea un falso sí. En realidad, el personalismo no cree que existe una naturaleza humana, sino muchas. O mejor dicho, una, pero cambiante, no única, sino plural. Moderadamente múltiple. Evolutiva. Modificable por el poder de la “libertad".

7.3, «la palabra “naturaleza” que, en principio, parece tan clara y precisa [..] se puede emplear con varios sentidos».— Un sentido tradicional, tomista, grecolatino y escolástico, del que sospechan, aunque no de todo. (No son radicales progresistas). Y otro sentido moderno, evolucionista, hegeliano, mutante a voluntad, fluidificado por un albedrío mal entendido, que es el que profesan.

7.4, «entendiendo [por naturaleza], como hicieron los racionalistas, algo definido y concluido, esencial, inalterable y aplicar ese concepto de modo unívoco a los hombres […] Pues bien, esta última noción es la que plantea un cierto rechazo por parte de los personalistas».— Que la naturaleza humana es algo definido, estable, y dada por el Creador, no es racionalismo, sino catolicismo. Y una verdad enseñada por griegos y romanos, que preambula la fe.

Ahora es cuando por fin queda claro en qué idea de naturaleza cree el personalismo. Llama racionalismo (u objetivismo) al pensamiento tradicional. No cree en realidad en una naturaleza definida, sino en una transformista y fluida, equívoca y cambiante a voluntad, aunque no del todo. Era el sueño del humanista Pico de la Mirandola: los hombres tiene dignidad porque pueden llegar a ser lo que quieran, no hay límites, su esencia es modelable cual plastilina. 

En definitiva, que la naturaleza humana sea algo dado, y esencial e inmutable como la misma ley natural inscrita en ella, es rechazado por su “rigidez” metafísica. Prefieren una naturaleza humana que existe, pero sometida a evolución vital y a algo más: a la experiencia y al sentimiento.

7.5, «plantea un cierto rechazo por parte de los personalistas pero no porque no contenga elementos verdaderos, sino por su rigidez».— La verdad estable e inamovible les parece rígida. Comprobamos que la etiqueta de rigoristas no es nueva.

7.6, «¿Cómo se compagina la noción de naturaleza humana formulada de esta manera con la evolución o con la existencia de dimensiones afectivas, subjetivas y culturales en el hombre?».— La escuela personalista apela a este argumento evolutivo y emotivista siempre que quiere dar por caducada la doctrina tradicional, con su fundamento aristotélico-tomista, grecolatino y escolástico, a favor del evolucionismo de corte chardiniano.

Lo hizo Joseph Ratzinger en su pobre debate con Jürgen Habermas: renunció a defender el derecho natural apelando, precisamente, al evolucionismo, cuyas tesis (asumidas como verdaderas) impedirían hablar de la naturaleza de las cosas, y por tanto de lo justo natural. Según ésto, dado que, según los chardinianos, la naturaleza humana está sometida a una experiencia de evolución, es preferible no hablar de derecho natural, mejor limitarnos a los derechos subjetivos.  No hay una naturaleza estable, sino proteica. Lo mismo en teología moral. En esta mutabilidad de la esencia del matrimonio se sustenta Amoris laetitia

7.8, «Por eso, a veces, desde el personalismo se prefiere partir de la noción de persona, porque es más flexible»— Así es. La escuela personalista sustituye la noción clásica de naturaleza por la noción de persona, tal y como el mundo moderno la concibe, aunque con moderación, introduciendo elementos piadosos. Pero esta sustitución no puede hacerse sin grave daño. Quedan afectados todos los saberes basados en la naturaleza: el derecho, la teología moral, la política, la pedagogía…

Conclusión

No se puede decir, entonces, que los personalistas crean en la naturaleza humana. Al menos, no como tradicionalmente se entiende. Profesan una naturaleza evolucionable, cambiante, no rígida, flexible, que no se identifica con el orden del ser sino con la subjetividad personal.

Las consecuencias nefastas de introducir esta filosofía privada en la pastoral eclesiástica, como si fuera doctrina oficial de la Iglesia, son evidentes. Los personalistas desustancian la persona. Amoris laetitia no viene de la nada. Ni la crisis de fe actual tampoco.