12.07.21

"Cantate Domino. Antología de documentos": una reseña, una invitación, un camino por recorrer

antologíaQue la Iglesia siempre veló por las artes, la cultura y la belleza es indudable; que prestó atención al canto en la liturgia y la música, es patente a los ojos de todos. Y es que no todo vale en el campo de la liturgia, no todo puede entrar en nuestros templos, no todo es válido ni puede servir para el culto divino, no todo eleva el alma a Dios ni posee santidad ni es arte verdadero.

 A fin de formar y permitir el estudio y la lectura, la enseñanza y la catequesis, se ofrece esta Antología, eficazmente dirigida por D. Óscar Valado, excelente amigo mío, y en la que hemos colaborado liturgistas, músicos y traductores, y que ha llevado mucho tiempo y revisiones lograr el resultado final, tan digno y atrayente.

  Desde S. Pío X hasta la actualidad, hay mucho en el Magisterio sobre el canto y la música en la liturgia, ya sea con documentos de mayor o menor rango (motu proprio, Decreto, Instrucción, etc.), o con discursos o alocuciones de los diferentes Papas, así como –en apéndice- los prenotandos de los distintos rituales y libros litúrgicos en lo concerniente a la música y canto.

El enchiridion o antología es exhaustivo. Nada se ha dejado atrás o ignorado. De este modo se convierte en un instrumento útil para la vida litúrgica de la Iglesia. Se recogen 253 documentos, divididos por pontificados, y a cada pontificado le precede una sugerente introducción. A lo que hay que sumar apéndices e índices analíticos y demás.

 En palabras de Presidente de la Comisión episcopal para la liturgia, D. J. Leonardo Lemos, obispo de Orense, “reunir todo este material en un solo volumen de casi un millar de páginas convierte esta Antología en una obra completamente imprescindible no solo para los especialistas del ámbito musical, sino para todos aquellos que deseen conocer lo que el magisterio de la Iglesia ha dicho en estos últimos cien años acerca de la música”.

 

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6.07.21

Humildad, humildad y más humildad necesaria

humildad

“Si quieres llegar a la verdad, no busques otro camino que el que trazó el mismo Dios, que conoce nuestra enfermedad. Ahora bien, el primero es la humildad, el segundo es la humildad, el tercero es la humildad, y cuantas veces me lo preguntases te respondería la misma cosa” (S. Agustín, Ep. 118,22).

Las palabras de S. Agustín son válidas para toda la vida cristiana, en todos los campos, y también, ¡cómo no!, para la liturgia.

La liturgia reclama la humildad de sus sacerdotes y de los ministros del altar, porque la liturgia es servicio divino, glorificación de Dios; es un don, un tesoro, del que la Iglesia es administradora, servidora, y nadie es su dueño o propietario. Ya lo advertía el Vaticano II en una afirmación muchas veces desconocida o ignorada:

“Nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna
por iniciativa propia en la Liturgia”
(SC 22).

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29.06.21

Liturgia y belleza, relación y retos (II)

2. ¿Una liturgia bella?procesión entrada

Si avanzamos un poco más en la reflexión, habremos de ir a lo nuclear de la liturgia. ¿Qué es la liturgia? ¿Meras ceremonias? ¿Unos ritos obligatorios que apenas dicen nada? ¿Un código ininteligible, y hasta aburrido, de acciones que desarrollan unos pocos mientras todos los demás asisten como espectadores?

¿Qué es la liturgia? ¡Es acción de Dios!, el gran protagonista de la liturgia es Dios mismo, que se revela en su Palabra y en sus sacramentos, que actúa, que salva, que santifica, que redime. La liturgia es el lugar especialísimo de la epifanía de Dios, de su manifestación, donde se da. Así se comprende, en primer lugar, que es su Belleza inefable la que entra de lleno en el misterio de la liturgia y que la liturgia sea el lugar primero de la Belleza divina, palpable, accesible a todos.

Por la liturgia “se ejerce la obra de nuestra Redención” (SC 2), actuando la fuerza y belleza del Misterio pascual de Cristo. Cristo es el centro de la acción litúrgica y todo es posible porque el Espíritu Santo, el divino Artista, santifica, consagra:

“El deseo y la obra del Espíritu en el corazón de la Iglesia es que vivamos de la vida de Cristo resucitado. Cuando encuentra en nosotros la respuesta de fe que él ha suscitado, entonces se realiza una verdadera cooperación. Por ella, la liturgia viene a ser la obra común del Espíritu Santo y de la Iglesia” (Catecismo, 1091).

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22.06.21

Liturgia y belleza, relación y retos (I)

belleza

Es indudable que a lo largo de los siglos, desde su mismo origen, la liturgia ha sido el gran “lugar de la belleza”, donde se han dado cita las diversas artes, tan variadas, para el culto divino.

Pero esta relación tan natural entre la liturgia y la belleza, parece haberse diluido un tanto por causas distintas; recuperarla puede ser una tarea feliz y apasionante, en la medida en que comprendemos cuán necesaria es la belleza y en la medida en que penetremos en la naturaleza auténtica de la liturgia.

1. La belleza expresa el Misterio de Dios

Un atributo divino de gran alcance es la belleza, la hermosura. Coincide con el ser de Dios, nada en él existe de fealdad, porque ésta es lo defectuoso, lo que roza la mentira, la falsedad, en última instancia, la fealdad es atributo del pecado que siempre lo deforma todo.

Dios es la suma e infinita belleza, porque es Verdad y es Amor. Un salmo, el 44, que la Iglesia le canta a Cristo mismo, afirma: “Eres el más bello de los hombres, en tus labios se derrama la gracia”; otro salmo, el 110, cantará de Dios: “esplendor y belleza son su obra”. El mismo libro del Génesis, en el relato de la creación que leemos en la santa Vigilia pascual, cuando afirma “vio Dios todo lo que había hecho y era bueno”, podría igualmente traducirse por “vio Dios todo lo que había hecho y era hermoso”, porque la misma palabra griega “kalós” significa, curiosamente, “bueno” y “bello”.

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15.06.21

"Te rogamos, óyenos" ¡¡Vamos a cantarlo, que no cuesta tanto hacer las cosas bien!!

oración fielesSería, sin duda, un gran avance en el canto litúrgico y en el relieve orante de la liturgia si se cantase la Oración de los fieles.

Para ello, es necesario antes realizar algunas precisiones. Estamos mal acostumbrados en lo referente al canto litúrgico, a su gradualidad e importancia, y por ello a veces preocupa más un canto del ofertorio o de “acción de gracias” después de la comunión, cantos que son totalmente prescindibles y mejor sería que sonase sólo el órgano, y sin embargo otros elementos que favorecen la participación de todos, como las aclamaciones, las respuestas, o la misma Oración de los fieles no se cantan ni el coro refuerza ahí el canto de todos.

O, cuántas y cuántas veces, cantos “religiosos” (que no litúrgicos) que se introducen a la fuerza en la liturgia y la desfiguran: Cantos de “perdón” en el acto penitencial, Cantos que parecen un “Gloria” pero que ni remotamente es la letra del “Gloria”, cantos antes del Evangelio que no son el “Aleluya y su versículo”, sino una cancioncilla más (por ejemplo: “Aleluya cantará quien perdió la esperanza…”). ¿No habría que hacer limpieza ya de esos cantos?

Hay elementos en la liturgia que deben purificarse o erradicarse (como esos cantos antes citados) y otros elementos que deben potenciarse. Ya la Instrucción Musicam sacram –que sigue siendo un referente- señalaba lo siguiente:

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