28.03.21

Invitación a la Semana Santa y Pascua

cristo buena muerte ¡Semana mayor!, la gracia de la santificación a raudales y su culmen, la santa Pascua.

No se han de desperdiciar tantos Misterios de amor de Dios como se hacen presentes desde el Domingo de Ramos a la santa Resurrección.

Liturgias distintas, a cada cual más llamativa, más envolvente, subiendo en escala hasta llegar al Triduo pascual, acompasados, marcados los ritmos, por el Oficio divino que canta Laudes y Vísperas, que medita con el Oficio de lecturas, sus salmos, lecturas y responsorios (más aún en su forma tradicional de Oficio de tinieblas), nutriendo el alma, conduciéndola, guiándola.

Van a llegar esos días grandes y santos; está próximo el Triduo pascual. El corazón del año litúrgico palpitando con Jesucristo en su pasión y gloria, Aquel que es el mismo ayer y hoy y siempre. La Iglesia Esposa se va a deleitar en la liturgia de estos días santos con amor esponsal. No se mirará a sí misma, ni vivirá para predicar o evangelizar esos días, sino que entrará en la cámara santa, para vivir la Semana mayor con los ojos vueltos sólo al Esposo Jesucristo.

Dispondrá la Iglesia a sus hijos, a las almas fieles, para que vivan muy unidos a Cristo en su Pascua, muriendo a nuestros pecados, convirtiéndonos, y viviendo en gracia.

Dispondrá la Iglesia Madre que sus hijos oren, mediten, y se entreguen a Cristo viviendo, asistiendo, participando, integrándose, en las grandes liturgias de estos días.

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21.03.21

Preparar la liturgia con cuidado: predicar, ensayar, registrar el Misal

 cintas misal La dignidad de la liturgia -¡que es para Dios!- y la belleza de la misma liturgia requieren que todo se prepare con antelación, con tiempo, revisando que todo esté a punto, en su sitio, y que los distintos ministros realicen bien todo y sólo aquello que deben realizar, que era lo que decía el Vaticano II:

“En las celebraciones litúrgicas, cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas” (SC 28).

   Es una preparación de los ministros (cantores, salmista, lectores y acólitos) remota, habiendo sido instruidos, como también una preparación más cercana o inmediata cuando son grandes celebraciones, cuyo desarrollo es más complicado en ritos y ceremonias: “es preciso que cada uno, a su manera, esté profundamente penetrado del espíritu de la Liturgia y sea instruido para cumplir su función debida y ordenadamente” (SC 29). Hay que formar y también hay que ensayar con los distintos ministros para que realicen bien su servicio al altar. ¡Para “glorificación de Dios”!, que dice el Vaticano II (SC 10) al definir qué es la liturgia y para qué se celebra.

   Desdice enormemente de la dignidad de la liturgia, y distrae a todos, que algo no esté en su sitio, haya errores durante la celebración, o improvisaciones, o se haya olvidado encender unos cirios y se haga en mitad de la celebración, falte incienso o carbón en el turíbulo, no esté la toalla para el lavatorio de manos, etc., y se tenga que ir a la sacristía o hacer señas a alguien para subsanar el problema o esperar a que alguien acerque lo que se había olvidado.

  Vamos a concretar esta preparación cuidadosa de la liturgia con dos ejemplos.

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16.03.21

Acusación privada de los pecados, nunca en voz alta delante de todos

Cómo confesarse

Cuando leí por primera vez este texto de san León Magno, fue luminoso y muy esclarecedor. Es de una epístola suya. Se refiere al hecho de confesar los pecados, la acusación verbal de los propios pecados.

Me explico.

En los años 70 se pensaba que el Sacramento de la Penitencia debía ser, también en los signos exteriores, algo comunitario. Se creó la fórmula C -confesión y absolución comunitaria- que se reserva para casos gravísimos y con permiso explícito del Ordinario del lugar (excepto en una catástrofe). Pero muchos, precipitadamente, querían presentar estas celebraciones con la absolución comunitaria como lo más acorde con lo que fue la Tradición de la Iglesia en el Sacramento. Pensaban que todo era comunitario: la absolución y hasta la propia acusación de los pecados, exhibiendo impúdicamente los pecados, la intimidad, etc., con un falso valor eclesiológico (tal como se argumentaba): no es “la comunidad” la que perdona los pecados, sino que la potestad sacramental de perdonar y absolver corresponde al ministerio ordenado (Obispo, sacerdotes: cf. CAT 1461-62).

Craso error.

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9.03.21

S. Atanasio tratando del Triduo Pascual y la cincuentena

santa pascua

San Atanasio fue campeón de la ortodoxia, luchador de la Verdad, frente al arrianismo que se había infiltrado por toda la Iglesia. Su doctrina –Obras: La Encarnación del Verbo, Contra Arrianos, Contra Gentiles, cartas, etc.- es clara.

   Pero san Atanasio, además de la ortodoxia y la lucha antiarriana, es un testigo valiosísimo de la centralidad de la Pascua, del Triduo pascual y de los 50 gloriosos y festivos días pascuales hasta Pentecostés. Vivirlo es también, sin duda, ortodoxia, Tradición, eclesialidad.

   El Patriarca Atanasio, como sus sucesores en la sede de Alejandría, fija su mirada en la Pascua, comunica su fecha mediante una epístola (llamada “festal”) que se leía en las Iglesias de la cuenca del Nilo e Iglesias limítrofes, con una exhortación a preparar la Pascua y vivirla como la gran fiesta. Esa carta festal, con el cálculo astronómico hecho para fijar las fechas, se leía en la Epifanía.

  De ahí viene la costumbre, y la posibilidad, de realizar el anuncio de las fiestas pascuales tras el Evangelio de la Epifanía del Señor:

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2.03.21

Tres caminos para potenciar más el Evangelio en la liturgia (Palabra y Evangelio - y V)

diácono7. Recapitulando y señalando caminos

       Es tiempo en la Iglesia de serenidad, de reposo y de asimilación. La reforma litúrgica ya concluyó y es muy difícil pedagógica y espiritualmente estar integrando cada dos por tres nuevas pequeñas reformas, nuevos cambios. Hay que asimilar y asumir y vivir y realizar bien lo que ya está en los libros litúrgicos, siempre con hondura espiritual y teológica, de la que muchas veces hemos estado escasos al imponer reformas litúrgicas, sin dar explicaciones, sin ofrecer una mistagogia verdadera.

   Es lo que ya decía san Juan Pablo II con la carta Vicesimus Quintus annus, en 1988: “si la reforma de la Liturgia querida por el Concilio Vaticano II puede considerarse ya realizada, en cambio, la pastoral litúrgica constituye un objetivo permanente” (n. 10). Por eso, “no se puede, pues, seguir hablando de cambios como en el tiempo de la publicación del Documento, pero sí de una profundización cada vez más intensa de la Liturgia de la Iglesia, celebrada según los libros vigentes y vivida, ante todo, como un hecho de orden espiritual” (n. 14).  

     Para la veneración de la Palabra de Cristo en su Evangelio, el camino no puede ser inventar ritos o añadir más a los ritos ceremoniales que ya tenemos; más bien, profundizar espiritualmente en lo que ya de por sí ofrecen los actuales libros litúrgicos y realizarlos fielmente.

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