¿Cómo llegó el Papa Luna al Pontificado? (3ª parte)

TERCER EPISODIO DE LA AVENTURA DE ESTA CONTROVERTIDA FIGURA

RODOLFO VARGAS RUBIO

Entramos ahora en el capítulo que constituye la lógica consecuencia de la trayectoria de Pedro de Luna: su elección como papa. A pesar del entusiasmo despertado a favor de Aviñón en Francia, la hija primogénita de la Iglesia se mostraba veleidosa. Clemente VII, poco antes de su muerte, había recibido una carta insolente de la Universidad de París, que fue como una primera señal de desacato. La muerte del Papa fue vista por los principales jefes de la Cristiandad como una magnífica oportunidad de liquidar el cisma, por lo cual enviaron emisarios a la ciudad del Ródano requiriendo a los cardenales que no se convocara el cónclave hasta nuevo aviso. Lo que se pretendía, en realidad, era que reconocieran al papa de Roma sin más trámite.

En este punto una vez más se irguió imponente el cardenal de Aragón en defensa de los derechos y libertades de la Iglesia, que ve amenazados y que los poderes temporales quieren conculcar por pura conveniencia política y no por amor a la justicia. A Aviñón llegaron sendas cartas de Juan I de Aragón y Carlos VI de Francia. El cónclave, a pesar de todo, se hallaba reunido, una vez acabados los funerales por el difunto papa, el 26 de septiembre. Se entabló una viva discusión entre los electores: los cardenales franceses pretendían que se leyera la carta de su rey o que se difiriera la elección. Don Pedro de Luna se opuso tajantemente en nombre de las leyes canónicas. La experiencia del cónclave de 1378 estaba presente en su mente con todo su cortejo de tropelías e irregularidades que no podían repetirse, ya que no debía subsistir la mínima duda sobre el que resultara designado pontífice. Tres días tan solo duraron los escrutinios y de ellos emergió por unanimidad el cardenal de Aragón como nuevo papa con el nombre de Benedicto XIII. Todo el mundo estuvo de acuerdo en que fueron su talento, su inteligencia, su nobleza y autoridad nata los que le llevaron al sacro solio como el más idóneo para ocuparlo cuando se avecinaban tiempos difíciles para el papado aviñonés.

El largo reinado de Benedicto XIII está lleno de vicisitudes y salpicado de episodios de una gran densidad moral. Este hombre que alcanzaba las cimas más altas de la Iglesia y del mundo era ya un sexagenario próximo más bien a la setentena y, no obstante, iba a embarcarse en empresas que exigirían normalmente los bríos de un joven. Las circunstancias le obligaron a trasladarse de un sitio a otro; se vio, incluso, obligado a huidas precipitadas; emprendió hasta una expedición –lamentablemente fracasada– a Roma. En todo momento su tenacidad le sostuvo y le hizo indoblegable. Lo que no se puede dudar en calificar de heroica resistencia en Peñíscola constituye el ejemplo extremo. Pero ya se llegará a ello. Lo que interesa ahora es fijar la atención en dos episodios del pontificado del papa Luna especialmente significativos para la Historia entre todos los hechos que jalonan esos casi treinta años caracterizados por marchas y contramarchas, triunfos y repliegues, intrigas, conjuras, traiciones y hasta intentos de asesinato contra Benedicto XIII. Los dos episodios aludidos son: el Compromiso de Caspe y la Conferencia de Judíos de Tortosa.

Martín el Humano, hijo de Pedro IV el Ceremonioso y hermano y sucesor de Juan I de Aragón, fue el mejor amigo y sostén que tuvo el papa aragonés. Los últimos días de la vida de este monarca fueron turbados por la preocupación de no dejar heredero y no poder decidirse a designar uno entre los que podían reivindicar la corona con arreglo a los usos del Reino, pues aquel que el rey don Martín deseaba secretamente ver empuñar su cetro, o sea su nieto don Fadrique de Sicilia, conde de Luna, tenía el baldón de la bastardía. Así que murió el Rey en el monasterio de la Valdonzella, la crisis se anunció inevitable. Seis eran los pretendientes que podían seriamente exhibir derechos, entre los cuales figuraba don Fadrique, pero finalmente la sucesión había de decidirse entre sólo dos de ellos: Jaime, conde de Urgel, el más próximo pariente del monarca fallecido por línea de varón, y el infante don Fernando de Trastámara, regente de Castilla, más próximo todavía, pero por línea femenina. Hay que decir, sin embargo, que, a diferencia de Francia (donde la ley sálica excluía absolutamente a las mujeres), los usos de Aragón, si no reconocían el derecho de las hembras a reinar, sí admitían que pudieran transmitirlo a sus hijos varones (como se vio en el caso de doña Petronila).

El caso es que la situación de la Corona de Aragón, que ya daba sus primeros signos de crisis, degeneró rápidamente con motivo de la cuestión sucesoria: los distintos estados aragoneses se vieron divididos en parcialidades que ventilaban sus mutuas querellas abrazando la causa de este pretendiente o aquél. En Aragón eran los Urrea y los Luna; Centelles y Vilarreguts en Valencia, y en Barcelona el brazo eclesiástico y el secular. Verdaderamente no se había estado antes tan cerca de la ruina de la monarquía que tan pacientemente se había ido forjando a lo largo de cuatro siglos. Pues bien, fue precisamente Benedicto XIII quien intervino –con todo el peso de su autoridad, su prestigio y el predicamento de que gozaba en su patria– para capear el temporal que se anunciaba violento y de consecuencias imprevisibles. El Papa demostró en este delicado asunto su sabiduría y destreza. Consideremos una vez más, por otra parte, la increíble energía de este hombre, que con más de ochenta años, recorría incansablemente los cuatro puntos cardinales de Aragón, Cataluña y Valencia instando a la paz y a la moderación y a buscar una salida razonable y honorable para todos.

Las circunstancias del Compromiso de Caspe son conocidas. Distintos parlamentos se reunieron en representación de los estados peninsulares componentes de la Corona, con el objeto de fijar la propia política a seguir para la designación del sucesor de Martín el Humano. No faltó, desgraciadamente, algún episodio deplorable como el asesinato del arzobispo de Zaragoza, enemigo del conde de Urgel, a manos de un partidario de éste, Antonio de Luna, pariente del Papa. Éste demostró en la ocasión su espíritu recto e imparcial, condenado sin reservas el execrable hecho y sancionando a su autor. Como no se viera clara, en esta sazón, la solución al problema sucesorio, Benedicto XIII, usando de su autoridad y remontándose a una antigua costumbre goda, propuso la elección del nuevo rey por compromisarios de Aragón, de Barcelona y de Valencia, lo que fue aceptado por todos. En Alcañiz, el 16 de febrero de 1412, se llegaba a la famosa “Concordia”, de la cual resultó la designación de nueve compromisarios: tres por cada uno de los estados de la monarquía. Reunidos éstos en Caspe, oyeron las peroraciones a favor de cada uno de los pretendientes al trono y se encerraron a deliberar para tomar una decisión según su “ciencia, prudencia y conciencia” como les recomendó el Papa. Aquí brilló el poder de convicción del Padre Maestro fray Vicente Ferrer, el más elocuente de los compromisarios y consejero de Benedicto XIII. Gracias a él se dio la Corona de Aragón al Trastámara, Fernando de Antequera, que se convirtió en Fernando I.

Historiadores catalanes suelen deplorar esta elección y el que se pospusiera al conde de Urgel, a quien llaman “el Desdichado”. Se ha llegado a decir que el compromiso fue amañado a favor del castellano. Pero esto contrasta con los testimonios de la época, inclusive con los de los de la Casa de Urgel, que no tienen sino elogios para la probidad de los compromisarios. Otra cuestión es el acierto o no en la persona elegida. Benedicto XIII, auténtico artífice del Compromiso, veía sinceramente en el de Antequera un válido soberano para su patria. Aparte el hecho de la amistad de vieja data que le unía a los Trastámara, el infante castellano tenía experiencia de gobierno –como regente de Castilla– y no se había desempeñado mal. Además, con la perspectiva de la Historia, puede considerarse éste como otros de los pasos en firme hacia la unidad de los reinos hispánicos, vocación natural de los mismos (aunque no estén todos de acuerdo en la forma en la que efectivamente se llevaría a cabo). El Compromiso de Caspe ahorró a Aragón inútiles guerras como la que había ensangrentado Castilla, la que estaba aún en curso entre Inglaterra y Francia o la que había de estallar en Inglaterra entre las Dos Rosas.

Justamente por la época que nos acaba de ocupar, el neo-electo emperador Segismundo, de la Casa de Luxemburgo, se hallaba especialmente empeñado en acabar con el Cisma, complicado con la existencia de una tercera obediencia. Cabe aquí repasar brevemente el estado de cosas. A la muerte de Urbano VI, sus cardenales, en vez de dar rápida solución a la división de la Cristiandad plegándose a Clemente VII, procedieron, como se vio, a la elección de Bonifacio IX (1389-1404). Ya se habló de la elección de Benedicto XIII como sucesor de Clemente VII en 1394. Bonifacio IX murió, siendo sucedido por Inocencio VII (1404-1406), quien, a su vez, lo fue por Gregorio XII (1406-1415).

Mientras tanto, se habían ido abriendo paso las tesis conciliaristas, de acuerdo con las cuales, un concilio general es superior al Papa. Así pues, cardenales tránsfugas de las hasta entonces dos obediencias en pugna, animados por doctores de la Universidad de París (entre ellos Jean Gerson, Pierre d’Ailly y Zazarella), se reunieron en Pisa, donde se abrió un concilio acéfalo en 1409. El conciliábulo de Pisa depuso tanto a Gregorio XII como a Benedicto XIII y nombró en su lugar, en absoluto desprecio de los cánones, a Pietro Filargio, que tomó el nombre de Alejandro V, el cual murió poco después, siendo reemplazado por Juan XXIII (Baldassare Cossa, que no hay que confundir con Roncalli). O sea que ahora había tres obediencias: la romana (Gregorio XII), la aviñonesa (Benedicto XIII) y la pisana (Juan XXIII). De otro lado, en Bohemia comenzaba a difundirse con fuerza la doctrina disidente de Jan Huss, a quien puede considerarse como precursor del protestantismo.

El emperador Segismundo percibía el grave peligro para el Imperio del triunfo de los husitas en una parte estratégica de sus dominios; así que decidió sofocarlos. Pero, ¿cómo lograr su condena? ¿A qué papa recurrir? Se hacía, pues, urgente una salida rápida y definitiva del cisma, que llevaba ya más de treinta años sin resolverse para escándalo de la Cristiandad. Para ello pensó Segismundo en convocar un nuevo concilio, pero ésta vez debía cuidarse de atacar el primado papal. En efecto, el Emperador logró que Juan XXIII lo convocara en Constanza para 1414.

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