Caridad Social

 

Se oye hablar mucho de justicia social, tanto en ámbitos aclesiales como fuera de la Iglesia. Todo el mundo habla de la justicia social. Pero a mí me gusta más hablar de la «caridad social». Donde hay caridad, allí está Dios. Y donde está Dios, hay amor, alegría, justicia y paz. El Reino de Dios es como un gran banquete, como una gran fiesta, en la que no importan los manjares: importa el amor.

La caridad, según Santo Tomás de Aquino, es una virtud teologal infundida por Dios en la voluntad por la que amamos a Dios por sí mismo sobre todas las cosas y a nosotros y al prójimo por Dios. La caridad supone necesariamente la gracia, que nos hace hijos de Dios y herederos de la gloria. Pero, si vivimos en pecado mortal, estamos privados de la caridad, que viene de Dios.

La caridad no se refiere únicamente a Dios, sino también al prójimo. Porque el amor a Dios nos hace amar todo aquello que pertenece a Dios o en donde se refleja su bondad y su belleza. Esa belleza y esa bondad de la creación nos permiten conocer al Creador[1].

Y es evidente que el prójimo es un bien de Dios. Por eso, el amor de caridad con que amamos al prójimo es exactamente el mismo con que amamos a Dios. No hay dos caridades, sino una sola.

Si alguno dijere «amo a Dios» pero aborrece a su hermano, miente. Pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve. Y nosotros tenemos de Él este precepto: que quien ama a Dios ame también a su hermano. (1 Jn 4, 20-21).

También los animales, las plantas, los árboles y demás criaturas irracionales deben ser amados en caridad, en cuanto que son criaturas de Dios y contribuyen a su mayor gloria y al servicio del prójimo. Santo Tomás no duda en afirma que el mismo Dios las ama también en caridad.

¿Acaso no aman ustedes a sus mascotas? Yo, a mi perrita, muchísimo. Los animales y toda la naturaleza no son sino regalos que Dios nos da para darle gloria y alabanza y para contribuir a nuestra santificación; en definitiva, todo ha sido creado para ayudarnos a alcanzar nuestro fin último. Dios Creador nos puso en la tierra para que la cuidemos y la cultivemos; no para que la destruyamos y la llenemos de basura. Dice el Catecismo:

2415 El séptimo mandamiento exige el respeto de la integridad de la creación. Los animales, como las plantas y los seres inanimados, están naturalmente destinados al bien común de la humanidad pasada, presente y futura (cf Gn 1, 28-31). El uso de los recursos minerales, vegetales y animales del universo no puede ser separado del respeto a las exigencias morales. El dominio concedido por el Creador al hombre sobre los seres inanimados y los seres vivos no es absoluto; está regulado por el cuidado de la calidad de la vida del prójimo incluyendo la de las generaciones venideras; exige un respeto religioso de la integridad de la creación (cf CA 37-38).

2416 Los animales son criaturas de Dios, a los que rodea de su solicitud providencial (cf Mt 6, 16). Por su simple existencia, lo bendicen y le dan gloria (cf Dn 3, 57-58). También los hombres les deben aprecio. Recuérdese con qué delicadeza trataban a los animales san Francisco de Asís o san Felipe Neri.

2417 Dios confió los animales a la administración del que fue creado por él a su imagen (cf Gn 2, 19-20; 9, 1-4). Por tanto, es legítimo servirse de los animales para el alimento y la confección de vestidos. Se los puede domesticar para que ayuden al hombre en sus trabajos y en sus ocios. Los experimentos médicos y científicos en animales son prácticas moralmente aceptables, si se mantienen en límites razonables y contribuyen a cuidar o salvar vidas humanas.

En definitiva, hemos de amar, en primer lugar, a Dios; después a nosotros mismos; en tercer lugar, a nuestros prójimos y, finalmente, a todos los seres irracionales, en cuanto contribuyen al amor y a la gloria de Dios y reflejan la bondad y la belleza de su Creador. Todo lo creado nos habla de su Creador. La caridad abarca los cielos y la tierra, que caben perfectamente dentro del corazón de Dios.

La caridad implica desear y hacer todo el bien posible al prójimo; nos lleva necesariamente a tener misericordia y a compadecernos de las miserias y las desgracias del prójimo, considerándolas en cierto modo como propias. Si tienes caridad, cargarás con tu cruz y también, en parte, con la cruz de tus hermanos.

La caridad nos permite mirar a nuestros semejantes con los ojos de Dios, con los ojos del Padre que siempre disculpa, perdona y ama sin condiciones a sus hijos. La caridad es semejante al amor del padre y de la madre, que aman a sus hijos y están dispuestos a dar su vida por ellos y siempre quieren lo mejor para ellos. Por eso no hay amor más desinteresado y más puro que el amor de los padres hacia sus hijos. Así nos ama Dios a nosotros y así debemos amar nosotros a los demás.

La caridad nos obliga a amar a todos aquellos que están todavía a tiempo de alcanzar la vida eterna y de glorificar a Dios y no hay nadie, por malvado que sea, que no se encuentre en estas condiciones mientras seamos viajeros (homo viator) en este mundo. Ahora bien, una cosa es odiar al pecador (odio de enemistad) y otra muy distinta, odiar el pecado (odio de abominación). Odiar al prójimo es pecado, como lo es desearle el mal a alguien o alegrarse de sus males. Ahora bien, podemos y debemos odiar los pecados, las injusticias, luchar contra ellas y hasta reclamar el justo castigo que merece quien hace daño a los demás. Podemos y debemos odiar la idolatría, el sacrilegio, la blasfemia, la apostasía, el materialismo ateo, el agnosticismo; el perjurio, la impiedad; el adulterio, la fornicación, el pecado nefando; la crueldad y el maltrato a los animales y a la naturaleza. Podemos y debemos odiar y combatir la codicia: el apetito desordenado de dinero, que trae consecuencias perniciosas y genera tantos conflictos sociales. Toda práctica que reduzca a las personas a no ser más que medios -recursos humanos- con vistas al lucro, esclaviza al hombre, conduce a la idolatría del dinero y contribuye a difundir el ateísmo. “No podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6, 24; Lc 16, 13).

¡A cuántas almas ha alejado de Dios la práctica egoístas del capitalismo salvaje! ¡Cuántas veces hemos oído eso de «mucho ir a misa y mucho rezar pero luego mira cómo se comporta y cómo trata a sus trabajadores»! ¡Cuántas revoluciones y cuántas violencias se habrían evitado si en nuestras sociedades hubiera reinado la caridad y no el pecado! Por eso es tan urgente que todos reconozcan que Cristo es Rey y que su Ley es santa y que su voluntad consiste en cimentar toda la vida personal y social de los hombres sobre la roca firme de la caridad.

Hay “pecados que claman al cielo”. Claman al cielo: la sangre de Abel (cf Gn 4, 10); el pecado de los sodomitas (cf Gn 18, 20; 19, 13); el clamor del pueblo oprimido en Egipto (cf Ex 3, 7-10); el lamento del extranjero, de la viuda y el huérfano (cf Ex 22, 20-22); la injusticia para con el asalariado (cf Dt 24, 14-15; Jc 5, 4).

Abusar del pobre y explotar al trabajador son pecados gravísimos. Tanto, que claman al cielo:

“No oprimas al jornalero pobre e indigente, ya sea que ese trabajador sea un compatriota israelita o un extranjero que resida en una de sus ciudades. Págales su salario todos los días antes de la puesta del sol, porque son pobres y cuentan con ello. De lo contrario, pueden clamar al Señor contra ti, y serás culpable de pecado “. (Deuteronomio 24.14-15)

“¡Mira! Los salarios que no pagó a los trabajadores que cortaron sus campos están clamando en su contra. Los clamores de los segadores han llegado a oídos del Señor Todopoderoso ”. (Santiago 5, 4)

Pero el Liberalismo infiltrado en la Iglesia ha provocado que estas cosas se olviden y se dejen de predicar. Quien dice amar a Dios y no ama al prójimo es un mentiroso. Los presidentes, empresarios, gerentes, directores… Todos los que tienen (o tenemos) responsabilidades sobre los trabajadores tienen la obligación de tratarlos con caridad, como si fueran sus propios hijos. ¿Alguien explotaría a su hijo? ¿Alguien le pagaría un sueldo injusto a su hijo? ¿Alguien trataría a su hijo como si fuera una cosa, como si fuera un medio para enriquecerte a su costa? ¿No es la mayor alegría de un padre ver a sus hijos felices y con sus necesidades vitales cubiertas? Por caridad, estamos obligados a querer lo mejor para nuestros empleados y a hacerles todo el bien posible. Esa persona que trabaja para mí es un padre o una madre, tiene hijos, sufre enfermedades y tiene preocupaciones y problemas, igual que tú. Y si amas a Dios, por caridad, verás que tus empleados necesitan un sueldo justo; y que no es decente aprovechares injustamente de ellos; que tus empleados necesitan tener contratos dignos y jornadas laborales razonables que les den estabilidad y tranquilidad para poder mantener a la familia y educar a los hijos en paz.

La solución a los problemas sociales no pasa por la lucha de clases, no pasa por el odio. Pasa por la caridad. Y la caridad pasa por la gracia de Dios y por reconocer que Cristo es Rey. Si los gobernantes y los empresarios (presidentes, jefes, directores, etc.) vivieran en gracia de Dios y con caridad, el mundo sería más justo, más humano y más habitable. Por eso hay que recuperar la centralidad de Dios y de la caridad. Dios es Caridad. La caridad es la más excelente de todas las virtudes. Es la que más nos une a Dios. Y sin la caridad, ninguna otra virtud puede ser perfecta. La caridad va más allá de la justicia y la perfecciona.

Dios y caridad: todo lo demás vendrá por añadidura. Pero Dios en el centro. Hay católicos que son verdaderos sepulcros blanqueados: los que pretenden ser piadosos a unas horas y viven como impíos a otras. No se puede ser católico, ir a Misa y comulgar y luego aprobar o promover el aborto en tu país o en todo el mundo, como hacen, por ejemplo, Joe Biden o Nancy Pelosi. No se puede ir a Misa, asistir a retiros, etc., y luego tratar a patadas a tus empleados, explotarlos y aprovecharte de ellos para enriquecerte tú. O que su vida y sus problemas te importen un bledo porque «nos son asunto tuyo» y cada uno tiene que apañárselas como pueda. Tú no solo eres responsable de tu vida: también eres responsable de la vida de tu prójimo. 

¿Habría multimillonarios si reinara la Caridad? ¿Es decente vivir en el lujo y comprarse mansiones, yates y coches carísimos mientras tus prójimos, tus hermanos o tus hijos pasan hambre, carecen de trabajo o de un techo digno? ¿Puede alguien mirar hacia otro lado y no compadecerse hasta las lágrimas cuando unos padres no pueden vivir con dignidad ni proporcionales a sus hijos lo necesario para crecer decentemente?

La justicia consiste en dar a cada uno lo que le pertenece estrictamente. La justicia prohíbe el fraude y el engaño y trae consigo la paz y el bienestar. Y hay que evitar cualquier injusticia por insignificante que parezca.

Pero la caridad social perfecciona la justicia y va mucho más allá. No reconoce más límites que los que imponen las propias posibilidades y la prudencia. La caridad social impulsa a darse totalmente al prójimo, hasta el heroísmo y la plena renuncia de sí mismo: Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos. La caridad social es obligatoria y necesaria para la salvación, es inseparable del estado de gracia y se desprende con toda claridad de las palabras del Señor: «amaos los unos a los otros como yo os he amado».

Pero sin Dios, no podemos hacer nada. La Eucaristía contiene al mismo Jesucristo verdadera, real y sustancialmente. Jesucristo se da a sí mismo en la Eucaristía por amor. Recibir la comunión sin tener caridad es recibirla solo materialmente: Cristo no penetra más allá de los labios. El que se acerca a comulgar en gracia de Dios, recibe un anticipo de la gloria del cielo; pero quien comulga a sabiendas en pecado mortal, él mismo, imitando a Judas, se traga su propia condenación, de modo que si no hace a tiempo verdadera penitencia por tal sacrilegio, va irremisiblemente al infierno. El pecado grave es una forma de muerte. Y lo que constituye su gravedad es su oposición más o menos directa a la caridad.

El bautismo y la confesión son medicinas purgativas que nos limpian de la suciedad del pecado y nos dan la gracia santificante o nos la devuelven, si la habíamos perdido por el pecado mortal. La Santa Comunión es medicina reconfortante para quienes se han librado del pecado. La Eucaristía nos arma contra los enemigos y nos defiende contra el odio, la envidia y los demás pecados. Uniéndonos a Nuestro Señor, nos llena de amor, de alegría, de bondad y de paz. Solo la caridad nos permite sacar provecho de la Eucaristía. Hay que adorar el amor que nos da Cristo Sacramentado; obedecer a Cristo, que quiere ser comido. Es preciso obedecer a la caridad que está en nosotros y nos urge a unirnos a Cristo y a entregarnos a los demás.

En las horas trágicas que nos está tocando vivir, mantengámonos en gracia: confesémonos, recemos el rosario, adoremos al Santísimo; participemos con frecuencia en la Santa Misa y comulguemos para permanecer al abrigo de todo cuanto se opone a la caridad. Y tratemos de vivir amando a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.

Que la Virgen María, la llena de gracia, ejemplo de caridad y de humildad, nos defienda de nuestros enemigos e interceda por todos nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.


[1] «Si alguno dijere que la luz natural de la razón humana es incapaz de conocer con certeza, por medio de las cosas creadas, el único y verdadera Dios, nuestro Creador y Señor, sea excomulgado»


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12 comentarios

  
Masivo
No conocia esa cita del Deuteronimio, muchas gracias y excelente artículo, como siempre.
06/08/22 8:21 PM
  
claudio
Respetado Pedro, sigues aferrado a la Doctrina, ahora con las Virtudes como acciones para hacer el bien vs. los vicios que son las mismas acciones humana pero para hacer el mal y para colmo tuyo eliges a las Virtudes y el mundo mundano qué pinta...
Te encolumnas como buen alumno de San Pablo: "Aunque tuviera el don de profecía y descubriera todos los misterios y la ciencia entera, aunque tuviera tanta fe como para trasladar montes, si me falta el amor nada soy. Ahora, pues, son válidas la fe, la esperanza y el amor; las tres, pero la mayor de estas tres es el amor".
Para qué insistir con 1 Cor 13 en los casamientos si luego cierran el leccionario y la fiesta es más importante.
La reivindicación de la Caridad es parte de la misión y una forma concreta, palpable y visible de la acción social irrenunciable. Difiere de la solidaridad que es más una figura jurídica y de menor jerarquía de fundamento que el Amor de Dios.
________________________________________________
Pedro L. Llera
La solidaridad es la caridad secularizada; es decir, el auxilio y la ayuda mutua pero sin Dios. La solidaridad es como el sucedáneo de la caridad: pretende parecerse a la caridad pero ni se le parece... Una imitación burda. Con la solidaridad han querido sustituir a la caridad. Pero no cuela.

Dios es Caridad. El Anticristo será solidario.

06/08/22 8:34 PM
  
Trieste
Artículo excelente. Todos pecamos de falta de caridad, pero algunos mucho más. Es el caso de los que después de forrarse durante muchos años , hacen ERES en su notaría , para no ver mermado su progresivo enriquecimiento, mientras se inflan de retiros, misas y predican a los demás. Son sepulcros blanqueados.
06/08/22 10:12 PM
  
hornero (Argentina)
El P. Castellani dijo al inicio de una conferencia: “Voy a hablar de cultura, porque si me hubieran pedido hablara de educación, diría: “No existe, He dicho”.

Podemos aplicar esta sentencia categórica de Castellani a la caridad. Si se trata de la virtud teologal, sólo Dios sabe en qué medida la haya; pero, si se trata de la solidaridad profana, podemos afirmar que hay un hipócrita despliegue ostentoso de la misma, mientras se asesina a los hijos. Punto.

Es un hecho de experiencia que la Babilonia del Apocalipsis se derrumba entre proclamas que intentan silenciar los ayes y alaridos. No sólo lo niegan, tampoco lo quieren. Los “progresos” del mundo moderno cobijan bien a las multitudes, ufanas de vivir bajo su sombra y bienestar.

No hay uno que exclame como Sansón: “¡Muera Sansón con los filisteos!” ( Jueces 16, 30). No se tiene el valor de desear y orar por la caída del mundo demoníaco que nos cobija.

Hay un solo camino para alcanzar esta heroica vocación: María, La Señora Vestida de Sol, La que pisará la cabeza del dragón.

Nadie en la Iglesia, sino sólo María, ha recibido de Cristo esta eminente Misión.

Cristo permanece junto al Padre: “Siéntate a mi diestra, mientras pongo a tus enemigos bajo tus pies” (Ps 110, 1). La Infinita Majestad de Cristo no es compatible con asestar al demonio el golpe final, sería para él un honor. Por eso ha sido elegida María, por su humildad extrema y fortaleza de Mujer, para humillar al maldito.

Así, toda resistencia contraria a María, al silenciado triunfo de Su Corazón Inmaculado en el mundo, lo es contra Cristo. “Quien rechaza a Mi Madre, a Mí me rechaza” (Jesús, San Nicolás, Argentina).

Quienes quieran de verdad arrasar el mundo moderno, cueste lo que cueste, y caiga quien caiga, súmense a las fuerzas victoriosas que Ella Conduce. Su Aurora nos provee la buena disposición para este combate.

No hay Cristo sin María, ni Iglesia sin María, ni Victoria sin María.

¡Babilonia delenda est!


06/08/22 11:21 PM
  
Vicente
de la profesión de la fe verdadera nace la caridad social y la esperanza cristiana.
07/08/22 9:11 AM
  
Federico
Muy buen artículo
07/08/22 9:43 AM
  
Juan Mariner
La CARIDAD ha sido históricamente tergiversada por la jerarquía de modo interesado, equiparándola al concepto "Limosna" por los aristócratas y, después, al concepto laico "Solidaridad" por los burgueses en un guiño hacia sus proletarios genuflectos. Es como la perversa palabra laica "Tolerancia" (no me gustas nada, pero te tolero para bien de los dos), que debe ser sustituida por la de "Convivencia".
07/08/22 11:50 AM
  
SGM
"Que la Virgen María, la llena de gracia, ejemplo de caridad y de humildad, nos defienda de nuestros enemigos e interceda por todos nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte." Así sea, por nuestra salvación porque el amor cubre la multitud de pecados cometidos (1 Pedro 4:8) y el amor nos hace valientes, quita el temor (1 Juan 4:18) es el don del Espíritu Santo por excelencia (1 Corintios 13: 1-13.)
San José, San Juan apóstol y santa María Magdalena rueguen por nosotros. Sagrado Corazón de Jesús has nuestro corazón semejante al tuyo. Amén.
07/08/22 9:35 PM
  
Luis María Piqué Muñoz
¡Siempre habrá Pobres entre vosotros, que tendréis la Obligación de practicar la Caridad con ellos! Pero No solo material ¡sino Espiritual, Amor es lo que más desea el Pobre, cómo me agradece el Pobrecito de la Tierra ¡yo soy un Pobrecito de la Tierra! cuando le Saludo y no le puedo dar Limosna! ¡La Limosna Lava los Pecados! Los satánicos Ricos Avaros viven de la Explotación y Robo del Hombre ¡Hay Ricos porque hay Pobres! ¡Hay Pobres porque hay Ricos! ¡Hoy ya no hay Odio al Pecado ¡ya No hay Pecado, el Hombre es Dios, seréis como dioses! ¡sólo impera el Odio a Dios! ¡Ay! ¡Muera los Ricos Avaros! ¡Viva los Pobres! ¡Viva la Limosna! ¡Viva el Amor! ¡Viva Dios!
08/08/22 2:47 PM
  
hornero (Argentina)
No hay duda de que los ricos que aman sus riquezas más que a sus hermanos los hombres, son una calamidad.

El sistema moderno de producción-consumo se rige en nuestro mundo actual por la avaricia, encubierta con el nombre de competencia, de libre comercio, y otros tantos eufemismos.

El Moloc exige sacrificios de bienes materiales y humanos, de miserias y de vidas, de vivos y de no nacidos.

Lo que sorprende es que muchos cristianos, obispos incluidos, se retuercen ante la necesaria hecatombe de la moderna Babilonia. No están dispuestos a aceptar su error de permanecer adheridos al mundo, a sus prebendas, a sus iniquidades; por más que con la boca las condenen, defienden la continuidad del “sistema” impuesto por la tiranía del poder mundial.

El clero, con su silencio generalizado, es responsable de que el mundo no se convierta. Rechazan a la Virgen, esto es harto evidente; no quieren ni oír hablar del triunfo del Corazón Inmaculado de María en el mundo, porque supone la derrota de la modernidad.

Por eso, les guste o no, deberán soportar la humillación, la derrota y el derrumbe de la moderna Babilonia.





11/08/22 1:50 AM
  
hornero (Argentina)
La Argentina no es excepción en la lucha establecida entre la Virgen y el dragón. Padece en medida semejante los males que padece el mundo en general.

Pero, no obstante, ha sido ELEGIDA por Cristo y María para llevar a cabo desde aquí la Misión del llamado a los hombres todos a la Conversión.

Por esto hablan Jesús y Su Madre, dejándonos sus Mensajes en San Nicolás.

Si nuestros obispos argentinos no entienden o no aceptan este llamado, se hacen responsables de los rigores de la tribulación purificadora que deba padecer nuestro pueblo y el mundo. Porque si ellos fueran dóciles al llamado de Cristo y de María aceptarían, leerían, meditarían y difundirían los Mensajes ya publicados y autorizados desde 1983 hasta 2016, treinta y tres años de Mensajes casi diarios. Y los Mensajes darían sus frutos de Conversión.

Están obstruyendo la Misión de la Virgen, no hacen ninguna gestión ante el obispo actual de San Nicolás que decidió por su cuenta no publicar los Mensajes a partir de 2017 hasta hoy. “Derribaré a cualquier enemigo que se oponga a Mi pedido de hacer conocer lo que digo a la humanidad. Voy a hacer de este País verdaderos creyentes de Dios” (Mens. de la Virgen en San Nicolás, 25-5-2014).

Desafían abiertamente a la Madre de Cristo: “Quien rechaza a Mi Madre, a Mí me rechaza” (Mens. de Jesús, en San Nucilás).

Señores obispos, reflexionen. La Virgen ha depositado en ustedes la responsabilidad de comunicar sus Mensajes a toda la Iglesia, en primer lugar, a sus hermanos en el episcopado.

Naturalmente, no pensarán que van a detener la Misión de María. Entonces ¿qué es lo que los detiene?


11/08/22 11:42 PM
  
hornero (Argentina)
Los detiene la falta de visión profética; incluso la errada afirmación ambigua de que la Revelación se cerró con la muerte del último de los apóstoles. Ambigua, porque el Depósito de la Fe contiene las verdades no como conocimiento actual, sino potencial.

Lo prueba la lentitud en la proclamación de los dogmas y el crecimiento progresivo de la doctrina. El Reino es como un tesoro escondido (Mat 13, 44). ¿Quién conoce en plenitud el Misterio de Cristo?

Si no podemos proclamar un mundo más verdadero y excelente que el construido por el racionalismo-nihilista y ateo, carecemos de argumento frente al mundo moderno.

La filosofía aristotélico-tomista debe continuar su camino. Se detuvo ante los seres materiales singulares, las cosas. Conquistó el cielo de las verdades universales metafísicas, las vinculó con los entes materiales singulares, pero no exploró la realidad última inteligible y sacra de las cosas en cuanto singulares.

Ahí permanece oculto su verbo inteligible participado por la Sabiduría de Amor del Verbo Creador.

Así, permanece inexplorado el universo en esta su dimensión inconmensurable, que hace de él una vastedad que hunde sus raíces en Dios Creador y Redentor. Porque Cristo lo asumió en Sí (Col 1, 17), “He aquí que hago todo nuevo” (Apoc 21, 5).

El cosmos, la tierra y los espacios siderales, está llamado a aportar los manantiales de sabiduría y amor que guarda, para construir con ellos la Civilización del Amor (Pablo VI). El hombre trabaja conforme a su dimensión material-espiritual.

La gran colmena con la que se ha comparado a la ciudad humana, acumula en sus celdas el néctar elaborado por los hombres, libado en el cáliz virginal de las creaturas.

“La noche que ha caído sobre el mundo, y que oprime los corazones, tiene señales claras de un alba que vendrá, a la que besará un Sol nuevo y más esplendoroso” (Pío XII).

Sí, una hoguera de sabiduría de amor ha de iluminar la Civilización del Amor. Unos traen las leñas, otros aportan el fuego.

La Aurora de María nos ofrece unas y otro.





12/08/22 5:44 PM

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