El encanto de la Città Eterna
Algo tiene Roma que siempre me seduce. Quizás el peculiar contraste entre las acaloradas masificaciones de turistas, y los grupos de jóvenes ensotanados que pasean por sus calles. O las monjitas de temprana vocación y futuro prometedor, de vuelta de la Universitá a la Casa Generalle, en un vagón de metro lleno de narcisistas y metrosexuales al genuino estilo “Armani” o “Versacce”.
El abrazo papal de la plaza de San Pedro o las tiendas de souvenir con estampitas y rosarios. Las céntricas casas decimonónicas de la nobleza decaída que ya no despacha con el Papa, cuyas fachadas almohadilladas han sido “graffiteadas” por algún necio.
La ciudad eterna habla en clave de sentimientos. Pese a sus defectos, sus iglesias neoclásicas y barrocas, o sus grandes basílicas (que no han olvidado el culto casi constante en alguna de las capillas laterales), no pueden dejar indiferente a quien de algún modo siente suya la historia y la tradición católica.
Aunque haya sido extremadamente fugaz, he podido respirar el encanto de Roma, ese que engancha. Tanto, que no es uno supersticioso, pero no fuera a ser verdad, pasé volando por la Fontana de Trevi para cumplir con el primer trámite de una futura visita.

Javier Tebas
[email protected]

Perdonen las vacaciones, me las tomé sin avisar. La verdad es que si eres estudiante, Mayo y Junio no son buenos meses para andar con muchas cosas entre manos. Tomen de allí -de los exámenes- mi excusa mediocre y mi disculpa de blogger sin hábitos. Vuelvo a Gaudeamus con la cabeza llena de ideas.
El hecho religioso es una realidad inherente al hombre, lo queramos o no, la naturaleza humana jamás puede ser ajena a la religión. Tanto el que es apático y practica el agnosticismo, como quien es ateo o profesa con fe un Credo, todos se sitúan en una postura muy concreta y diferenciada. La cual parte por igual de un análisis personal al que se ha llegado presumiblemente a través la razón o del Don de la fe.
La política electoralista parece una ciencia inestable que ha dejado olvidada la lógica y la razón. A cambio de nuestras papeletas, quienes aspiran a ellas son capaces de hacer malabarismos circenses mientras caminan por la cuerda floja haciendo el pino.