InfoCatólica / Javier Tebas / Archivos para: Julio 2009

18.07.09

¿Te dan pena? Pues son más felices

Inhamizúa es un pueblo a las afueras de Beira, la segunda ciudad de Mozambique. Y cuando digo “pueblo a las afueras” no hablo del prototipo de urbe periférica a la que estamos acostumbrados. Inhamizúa es una acumulación de casas de barro y madera, que se distribuyen desordenadas entre cultivos y caminos estrechos. Aquí la luz llega a unos pocos afortunados, y la televisión se ve como cuentan nuestros mayores que era antaño, en comunidad, todos juntos, previo pago de un Meticai.

La casa para huérfanos en la que estamos pasando nuestros primeros días se encuentra en este lugar, rodeada por la cara más genuina de África. Aquí cuando salimos a pasear, nuestra piel pálida causa la misma expectación que una estrella de rock.

Si la sociedad mozambiqueña se caracteriza ya por la miseria, los niños de un orfanato vienen a ser los más miserables entre los miserables. Abandonos, maltratos, SIDA, niños que a veces ni siquiera conocen su fecha de cumpleaños… Cualquiera podría pensar, que ante una precariedad tan difícil de imaginar, solo cabe la desolación. Si en España -que se supone una sociedad desarrollada- ante la más mínima complicación de cualquier índole -que aquí sería envidiable- el Estado ampara el aborto. Supongo que frente a las situaciones de estos pobres niños del orfanato de Inhamizúa, los ideólogos de nuestra sociedad no tardarían en pedir una “interrupción voluntaria de la precariedad” o algún eufemismo del estilo.

Pero me atrevo a decir con convencimiento, que cada uno de los niños de este orfanato, es cien veces más feliz que los ideólogos de esa mentalidad cada vez más macabra que se extiende en nombre del “bienestar”. Porque estos niños han recibido poco, pero han sabido valorar el mejor regalo que podían darles, amor. La vida les ha enseñado el valor del amor, y a saber entregarlo con generosidad. Sus sonrisas inocentes nos dan la lección que necesitamos escuchar. La felicidad, no la encontraremos en los aspectos materiales que nos proporcionan el bienestar, en una videoconsola, un ordenador, un coche. Somos felices cuando sabemos valorar el amor que recibimos, y sabemos entregarlo a los demás.


Desde Beira, Mozambique
Javier Tebas

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15.07.09

Mozambique

Los colores en las calles de Mozambique contrastan los tonos vivos de la forma de vestir de sus gentes, con los carteles de Coca-cola que invaden cada esquina. El olor a tierra mojada, se mezcla con el humo de los coches destartalados que circulan por la ciudad.

Cuando uno llega a África no tarda en darse cuenta de que está inmerso en una realidad totalmente distinta. Basta con el trayecto en el coche desde el aeropuerto, para darte cuenta de que te rodea una forma de vida muy diferente a la que conocemos, una cultura y un modo de afrontar el día a día, que por lo que diste del nuestro, nos resulta muy peculiar.

Quizás tan solo en unos días es difícil asimilar todos los contrastes de fondo que presenta un país como Mozambique. Si el Santo Padre en su última Encíclica nos ha hablado de la necesidad de un modelo diferente para los países que padecen de miseria y analfabetismo, Mozambique –como tantos otros países en África- es un ejemplo muy claro tanto de esta necesidad, así como del descalabro de un modelo hacia el desarrollo que olvida el bien común, y que hace de los sistemas una búsqueda desproporcionada del beneficio egoísta.

La homogeneización de la cultura, en la pérdida de la tradición y las peculiaridades de los pueblos -a la que hace mucha referencia Caritas in Veritate- desnaturaliza el curso de las sociedades, en la que se amputa la idea íntegra del hombre y de su dimensión social.

La sociedad del consumo ha creado un ideal de vida que quiere imponer a todo el mundo. Unos cánones obligatorios a los que parece que todos debieran aspirar, en los que no caben las peculiaridades de unas gentes con una idiosincrasia y una tradición que les conforma también en su dimensión social.

Desde Beira, Mozambique
Javier Tebas

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11.07.09

¿Tiene sentido irme de Misión a África?


Entiendo a quienes se preguntan si tiene sentido irse lejos de Misión. En un occidente descristianizado, lleno de necesidades y de estragos que por sí solos ocuparían cientos de artículos… ¿Es un acto responsable irse a lugares remotos para ayudar a sus gentes y mostrarles a Cristo? Mientras escribo, me atañe totalmente esta pregunta. En unas horas parto hacia Mozambique de Misión.

A los días que nos resultan importantes suele anteceder una noche en vela, llena de inquietudes, pensamientos y reflexiones que nos roban el sueño. Es éste momento, quizás el más idóneo para compartir con el lector, el análisis y las razones de mi convencimiento en la necesidad y la utilidad de viajar a otros lugares, por lejanos o ajenos que nos resulten, como mensajeros (en el sentido profundo de la Misión)del Evangelio.

Creo que para fundamentar la cuestión, hay que comprender primero las caracteríticas del mal que padece nuestra sociedad occidental. Los que conocemos como “países desarrollados” sufren una miseria que aqueja especialmente al espíritu y no tanto a los problemas materiales, que -crisis aparte- parecen más o menos cubiertos en comparación con la horrible miseria que existe en otros lugares. Occidete vive un abandono total del sentido de la vida y de nuestra condición humana, y se pierde en el individualismo egocéntrico, que nos hace cada vez más autómatas y menos personas. En una sociedad apoltronada en el materialismo y la comodidad, la gran batalla que tenemos los cristianos es la del ejemplo. Un ejemplo que reavive la caridad, la conciencia de todas aquellas instancias en nuestro entorno que superan el individualismo feroz, nuestra comunidad, la familia, la Patria (si, la Patria, porqué no). En definitiva el valor de la virtud en el esfuerzo como verdadero camino a la felicidad.

Las diferencias sustanciales entre la Misión que aquí urge, y la que prima en los países subdesarrollados, hace que estas no resulten contradictorias, sino totalmente complementarias.

África, Asia o gran parte de Hispanoamérica se ven también perjudicadas y necesitadas en el aspecto espiritual. Pero no precisamente desde la apatía y la anestesia social frente a lo trascendente, que tanto caracteriza a occidente. Sino por la proliferación de sectas engañosas en el caso de Hispanoamérica, y la falta de una tradición y unos medios que asienten con firmeza el mensaje de Cristo en África o Asia. Continentes que han sufrido colonizaciones racistas y segregacionistas, las cuales han causado que haya muchísimas personas que ni siquiera han tenido todavía la valiosa oportunidad de conocer a Cristo, por la que tanto se preocuparon los primeros misioneros como San Francisco Javier.

Y a este sentido espiritual de la Misión se une la necesidad física, material, de ayudar a quienes viven en unas condiciones tan difíciles, sin medios materiales tan siquiera dignos en tantísimas ocasiones. En unos Estados casi ficticios incapaces de dar la más mínima esperanza, en sociedades desestructuradas y desnaturalizadas. Allí nuestra ayuda, donde la situación de miseria es tan generalizada, tiene todo el sentido, y constituye también un testimonio práctico de fe en aquello que Jesús nos enseñó con su ejemplo.

En cuanto envío esta entrada al blog, estoy cerrando maletas y saliendo hacia el aeropuerto. Intentaré escribir desde Mozambique tantas veces como pueda.

Javier Tebas
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1.07.09

Cuando el hombre olvida el concepto de persona

A lo largo de la historia, muchas civilizaciones han aislado a las personas discapacitadas en fortificaciones, islas o zonas inaccesibles para el resto de la gente. Aquellos que han tenido algún problema de tipo físico o mental, han sido en numerosas ocasiones temidos, marginados y rechazados por los demás.

Los espartanos arrojaban desde el Monte Taigeto a los niños con alguna discapacidad. Pero quizás no haga falta ir tan lejos para encontrar ejemplos de eugenesia o perfeccionamiento racial. Casos de sociedades que conceptuan la superioridad de una vida humana sobre otra por condiciones físicas, los tenemos tambien próximos en el tiempo.

Pienso -sin ir más lejos- en la sociedad española actual, que permite acabar con una persona por su supuesta condición física inferior o de indefensión, ya sea a través del aborto o la eutanasia. Es muy ilustrativo en este sentido, el segundo supuesto eugenésico que contempla nuestra actual ley, de tinte espartano (en el peor de los sentidos), y que ha reducido de forma muy drástica nuestra población de niños con discapacidad.

¿Cómo es posible que los hombres lleguen contemplar estas actitudes en su vida social?

Resulta imposible defender el valor intrínseco de la persona sin comprender la dimensión espiritual que la sustenta. En el momento en el que se manifiesta el materialismo, y se amputa a la persona de su dimensión espiritual, ésta se convierte en una manifestación puramente fisiológica. Muy valiosa por su desarrollo, pero cuyo valor emana de las complejidades anatómicas y su mera excepcionalidad biológica.

Cuando se olvida que el verdadero valor de la persona no radica en su parte material, y que nuestra dignidad emana del valor igual de la vida humana por sí misma. Entonces es normal que haya quien llegue a considerar -en el engaño- que unas personas son superiores a otras, basandose en sus mejores o peores condiciones superficiales, para aceptar así la capacidad de poder disponer sobre sus vidas en un criterio supuestamente superior.

Las sociedades que han tomado (o toman) una postura de valor superficial y materialista frente a la idea de persona, han escrito con sangre las páginas más tristes de la historia.

Recuperemos entonces en concepto, la dimensión completa de la persona y su valor profundo.




Javier Tebas
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