InfoCatólica / Javier Tebas / Archivos para: 2009

13.11.09

Nada sin Dios

Desde el momento en el que la nefasta Revolución Francesa desnudó a una joven bailarina, profanó la catedral de Notre Dame de París y la erigió como imagen de culto a la “Diosa Razón”, el mundo moderno levanta su civilización sobre los cimientos más endebles y perversos que uno pueda imaginar.

Los primeros liberales, lejos de profundizar en el valor de la Razón, amputaron a ésta el valor y las cualidades de las que habló Santo Tomás, y negaron su capacidad de alcanzar lo trascendente, o de fundamentar en lo divino aquellas verdades que solo en Dios pueden encontrar su origen.

De modo que la última instancia sobre lo bueno y lo malo, el bien y el mal, o los derechos de las personas, no tiene un último origen divino y por ello inmutable, sino que viene determinada por el intento de raciocinio una piara de masones reunidos en Asamblea, o quizás por un Tribunal de aquí o allá, que erige sus decisiones sin reconocerse sometidos a una instancia superior.

Y eso es lo peligroso, creerse en la cima de la pirámide, no tener la sencillez y la humildad de reconocernos por debajo de la ley de Dios, creer que los hombres, reunidos en hemiciclos están un escalón por encima de Dios. Y que si acaso se respeta la ley Natural, es porque ellos la consideran tal, y nunca por su deber con el origen divino del poder y la Verdad.

La “divina laicidad” nos obliga a profesar una fe en la positivización humana de nuestros derechos. Y tan perversa es la inducción a una fe ciega por el “consenso” y por la divinización de las tipificaciones legales con presunción de racionales, como humilde es saberse por debajo de Dios y reconocer la ley que de Él emana.

Javier Tebas
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2.11.09

Yira yira

Me pregunto si no estamos haciendo suficiente. No puedo evitar pensar que defender la vida en una tertulia entre amigos, acudir a una manifestación o llevar unos piececillos en la solapa, son esfuerzos necesarios, pero todavía extremadamente pequeños en proporción a la magnitud de la atrocidad que tenemos delante.

Mientras vuelvo en tren a Madrid, cruzando a 300 kilómetros por hora los paisajes de España, me doy cuenta de que el engranaje de la sociedad funciona indiferente a cualquier mínima preocupación. El AVE de la mañana, en el tiempo que cuesta tomar un café y leer el periódico, nos lleva a todas estas personas al trabajo, a la universidad, quizás a casa después de un fin de semana fuera.

Entonces me doy cuenta de que es irremediable ser parte de esa corriente que vive en el día a día las facilidades de una sociedad que ha superado los límites del desarrollo y el confort. Somos una suma de individuos completando nuestra agenda rutinaria, interpretando un papel preestablecido en el que no hay lugar a la improvisación.

Leo en ABC que a 95 de cada 100 niños a los que se diagnostica Síndrome de Down durante la gestación les matan bajo el segundo supuesto de la despenalización del aborto. Un consenso eugenésico macabro que ha conseguido introducir una nueva “comodidad” en la sociedad del bienestar, la de no tener que ver ni cuidar a personas con alguna discapacidad.

Me dan ganas de escupir el café, que tiembla por el movimiento del tren junto al ordenador portátil. No solo porque me distraje escribiendo y ahora esté frío, sino porque estoy tan asqueado que se me ha hecho un nudo en el estómago. Estoy asqueado de un mundo hipócrita que se jacta con el humanismo paralímpico, con presidentes que ofrecen trabajo por la tele a jóvenes con Síndrome de Down, para luego cometer con ellos una temprana matanza sin precedentes. Estoy asqueado de una sociedad deshumanizada, autómata, que si apenas sabemos reaccionar no nos acercamos a agotar los recursos y esfuerzos que merecería evitar un genocidio de inocentes.

Pero desde la ventana del tren ya se ve el Cerro de los Ángeles y las afueras de Madrid, y como dice el conocido tango de Gardel “al mundo nada le importa, yira, yira”.

Javier Tebas
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29.10.09

Vacaciones de invierno

Me gusta pasear abrigado en invierno. Siempre me ha resultado agradable meter las manos en los bolsillos, cruzarme una bufanda por el cuello, y caminar despacio mientras mi aliento se transforma por un instante en ese humillo que se desvanece tan rápidamente.

Confieso que los paseos fríos llegan a su máxima expresión bajo el ambiente de las luces navideñas. La verdad es que no me desagrada que las pongan en noviembre con fines comerciales, ni me importa demasiado que sean un derroche de formas abstractas que olvidan el verdadero sentido de la Navidad. Quizás sea porque son fechas para dejar a un lado mi espíritu crítico, o quizás simplemente porque irradian esa luz hogareña tan hipnotizante, que crea un ambiente tenue como la tulipa del salón, y que te invita a pararte a pensar en los detalles y en las pequeñas cosas que cada día pasamos por alto.

Si aún en octubre ya estoy pensando en la Navidad, es porque el otro día, en uno de los paseos fríos que ya nos adelanta el otoño, le contaba a un amigo mi hipnotizada transigencia con ciertos aspectos “paganizantes” de esas fechas. Pero mi amigo -que me conoce bien y quería despertarme- sacó el tema del Consejero de Educación Catalán, que va a aprobar sustituir el nombre de las vacaciones navideñas por “vacaciones de invierno”, y la Semana Santa por “vacaciones de primavera”. ¡Y no solo consiguió despertarme! hasta tuve que buscar el banco más cercano para sentarme y sentir sobre las sienes el peso de la imbecilidad del mundo que nos rodea.

Nos hemos olvidado de que la Tradición Católica no es un mero componente histórico presente en nuestra cultura, sino que Tradición Católica es la propia semilla y el fundamento de nuestra cultura y de nuestra sociedad. En el momento en el que olvidamos que hemos crecido sobre la cristiandad, y la rebajamos a un “componente histórico a tener en cuenta” para relegar la fe al ámbito puramente privado, estamos dando pie a que imbéciles como el Consejero de Educación Catalán hagan este tipo de propuestas.

Parece que ya vemos las consecuencias del segundo estadio de las tesis gramscianas. Primero relegar la fe y la religión a una dimensión menor, accesoria, pretexto de otras luchas y reducida progresivamente, para luego suprimir todo vestigio de ésta e imponer una “conciencia política” que no contemple nada de lo trascendental.

Cualquier día nos levantaremos en el 18 Brumario de la era 70 después de la fundación de la ONU. Y no sé si para entonces los católicos ya habremos despertado.


Javier Tebas
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14.10.09

La prostitución y quienes se lucran de ella

Aunque las culturas de Mesopotamia, los sumerios, los fenicios, los griegos y tantas otras sociedades ya practicasen la prostitución, no creo que por milenaria pueda justificarse de ningún modo. Tan milenaria y extendida fue también la esclavitud, el sometimiento de la mujer o tantas otras expresiones de la imperfección del hombre a lo largo de la historia.

Pero la prostitución hoy, sigue gozando de una cierta aceptación hipócrita por parte de la sociedad, que sigue sin querer ver la continua injusticia cada día ante sus ojos.

La progresía que se jacta de defender a la mujer, no ha sabido ser tajante con lo que no es otra cosa sino una explotación machista. Una explotación del hombre que somete la integridad más íntima de las mujeres a un puñado de euros, para satisfacer egoístamente sus vicios. Aquí no hay excepcionales voluntarismos como las cuatro señoras de dudosa capacidad mental que se pasean por los platos, afirmándose orgullosas de ser prostitutas. Aquí hay un raciocinio muy claro por el que a nadie le gustaría ver a un ser querido –una madre, una hija, una hermana- en esa situación. A nadie. Ni a los carcas conservadores más cavernícolas, ni al progres más desaforados.

Cuando decía más arriba que la sociedad no quiere ver la profunda injusticia cada día “ante sus ojos”, iba al pelo para los lectores de la prensa de papel, que publicita y se lucra de anuncios de prostitución descarados, pagados por redes mafiosas y explotadoras de mujeres de diversos países. Cabría recordar a los directores de estos periódicos, a todos, la Ley Orgánica 10/1995 que en su artículo 188 establece una pena de 2 a 4 años de prisión, y una multa de 12 a 24 meses, para quienes aún con el consentimiento de la persona, se lucren del ejercicio de la prostitución.

Hay una excepción entre los periódicos generalistas que no acepta anuncios de prostitución. Y no es El Mundo, La Razón, ABC, ni El País o La Vanguardia, todos esos son escaparate de redes mafiosas de prostitución. El único que curiosamente ha decidido no ser partícipe de ese delito es el diario Público. Si, ese panfleto descaradamente sesgado y ultraizquierdista. ¡Qué cosas!.

Javier Tebas
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25.09.09

La libertad que nos vende el liberalismo

Me sorprendía en una película la frase de que la actitud de los hombres a lo largo de la historia es una evolución circular que pasa de la esclavitud a la libertad, de la libertad a la comodidad y el conformismo, del conformismo a la apatía, y de la apatía a la esclavitud. No se si será del todo cierto, pero de lo que no tengo ninguna duda es de que la apatía es el paso previo a la esclavitud. ¿Porqué entonces un concepto a priori tan positivo como la libertad, parece tener esa tendencia a degenerarse?. La razón es que en nuestra mentalidad liberal hemos sustituido el concepto de la verdadera libertad por el del voluntarismo.

Cuando los autores de la filosofía liberal hablan de las libertades del individuo, y elevan las decisiones individuales a un rango de infalibilidad cuasi sagrada, es cuando inspiran la concepción voluntarista de la vida. Todos conocemos, e incluso hemos utilizado alguna vez el argumento de que “tu libertad termina donde empieza la del otro”. Pero tengo que contradecir a uno de los axiomas de nuestra sociedad, porque no creo que podamos aceptar que la libertad es un “haz lo que quieras con tal de no molestarme”. Cuando creemos que la dignidad, el bien, o la legitimidad de las cosas depende de lo que nos apetezca hacer, o cuando creemos que la única condición para hacer lo que nos venga en gana es no molestar al vecino, estamos desarrollando una concepción de libertad que sin duda camina directamente hacia la esclavitud.

El voluntarismo tiene una dimensión legislativa muy peligrosa. De su mano vienen leyes como la del matrimonio gay bajo el argumento de “que hagan lo que quieran en su casa” o la del aborto, que por lo general no importa demasiado porque a la gente no le afecta, todos han nacido ya así que no se ven amenazados. También temas candentes como la prostitución y el argumento para legalizarla de “que hagan lo que quieran con su cuerpo” o la eutanasia “si quiere suicidarse que lo hagan, es su vida”. Con que a mí no me molesten, todo vale.

Aunque les duela a determinados católicos que de buena fe intentan defender el liberalismo o alguno de sus aspectos, esta es la libertad que nos venden. No la que viene de la Verdad, no la libertad de la que hablaron San Agustín o Santo Tomás, sino el más absoluto voluntarismo netamente liberal del que habló Rousseau, y que está acabando con nosotros.


Javier Tebas
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