Morir y perdurar en el tiempo
El 21 de Mayo de 1972, un hombre llamado Lazlo Toth se abalanzó con un martillo sobre la Piedad de Miguel Ángel en el Vaticano, causando serios destrozos a una de las obras de arte más admiradas. Su único objetivo era el de grabar su nombre en los anales de la Historia.
Quizás movido por el miedo - desencadenado en una paranoia macabra- este joven australiano (residente en Hungría) expresó fatídicamente el temor a que su persona, pasase por el mundo desapercibida por el resto de los humanos. O a que su recuerdo fuese solamente uno más entre tantos millones, anónimos y olvidados por el ineludible transcurso de los años.
La obsesión por hacer perdurar nuestro nombre en el tiempo, por encima de la mera voluntad ejemplarizante en la memoria de nuestros seres queridos, que nos sucederán en él. Pone sobre la mesa actitudes llevadas al extremo, como la de Toth, y tantas cada cual más calamitosa en la Historia del hombre, que son consecuencia de la propia naturaleza humana, encarcelada en la barrera mental de ésta concepción espaciotemporal, a la que través de nuestras limitaciones físicas estamos avocados hasta la muerte, o mejor dicho hasta la resurrección.
