InfoCatólica / Deo Omnis Gloria / Categoría: Una, santa, católica y apostólica

26.02.19

De cuando rezo el rosario (I)

De cuando rezo el rosario aprendo a mirar quien realmente soy.

Por ejemplo, miro que soy una señora mayor que debe sentarse a rezar en una sillita de playa no solo para que no le duelan todos los huesos sino para que, si se duerme, como generalmente ocurre, la nuca y otras partes del cuerpo no sufran más de lo necesario. 

Soy una señora mayor con dolores que muchas veces se duerme al rezar el rosario.

Rezo rosarios que me toman hasta hora y media entre lo que me despierto y sigo durmiendo, digo, rezando. 

Eso y mil otras cosas aprendo de cuando rezo el rosario. 

Me encanta porque toda vez que aprendo algo me doy cuenta cuán unida estoy por naturaleza a María Santísima pero también por cuán profundamente me tiene unida a su corazón por habérmele consagrado aunque, también, me doy cuenta de cuán fácilmente, por mérito de la gracia, me uno a Jesús de esta manera, a un punto tal que hasta puedo verlo guillándome el ojo.

Muy dichosos nos pasamos los tres junto a los santos y almas justas de la tierra que rezan el rosario a la misma hora; tan dichosos que, no más termino me quedo con la certeza de haber –realmente- contribuido a la salvación del mundo.

Cómo no podría, de seguido, continuar contenta lo que resta del día?

Bello, muy bello, bueno y verdadero todo lo que sucede en el alma y en el mundo cuando se reza el rosario.

De vez en cuando, escribiré alguna entradita al blog sobre aquello que aprendo cuando lo rezo.

Lo haré escribiendo contenta para demostrar lo contenta que me la paso.

 

 

22.02.19

Un día como hoy desperté de un sueño / Cátedra de San Pedro 2019

“Dios todopoderoso,
no permitas que seamos sacudidos por ninguna
perturbación quienes hemos sido afianzados
sobre la roca de la confesión apostólica.
Por Jesucristo nuestro Señor".



Desperté de un sueño en que -un día como hoy- en la celebración de la Cátedra de San Pedro, uno tras otro, todos obispos y presbíteros homosexuales del mundo se presentaban ante Pedro.

Unos pedían retirarse del sacerdocio y, otros, ser reducidos a estado laical a la vez que entregados a la justicia civil. 

Se les veía arrepentidos y reconociendo amar tanto a Cristo y a la Iglesia que confesaban no ser capaces de llevar una doble vida ni cargar con el dolor de sus pecados ni el provocado a sus víctimas.

Admitían también amarnos tanto que preferían la ruina de sus existencias que ofender más a Dios.

En el hecho, el mundo contempló la gloria y el poder de Dios para cambiar el corazón humano.

Vino a ser como una de esas conversiones multitudinarias narradas en el Nuevo Testamento.

Todos los católicos nos gloriábamos en el Señor.

El mundo entero quedó estupefacto ante las maravillas de Dios.

El desconcierto llegó cuando Pedro les dijo ya que no era necesario el procedimiento solicitado debido a las recientes reformas sobre la Misericordia Divina.

De inmediato supe que el sueño del que otro día despertaré será en el que Pedro se presentará ante su Superior, arrepentido. 

Alabado sea Dios por darnos a Pedro y a sus sucesores sin ninguno de los que estaríamos comprendiendo de qué va la Cátedra de San Pedro (o la santidad)

14.02.19

La alegría de sufrir por lo que sabemos solo puede ser cosa de Dios

Cuando sea retirado el poder de los milagros, la gracia de las curaciones, de la profecía y disminuya la abstinencia; cuando callen las enseñanzas doctrinales y cesen los prodigios… “será la ocasión propicia para realizar un maravilloso discernimiento. En ese estado humillado de la Iglesia [y del ser humano] crecerá la recompensa de los buenos, que se aferrarán a ella [a Cristo] únicamente con miras a los bienes celestiales [ ]“ San Gregorio Magno (540-604 d.C)

“Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres” (Filipenses 4)

Pregonar alegría en medio de cruenta lucha parecerá estupidez o, por lo mínimo, un sin-sentido pero no lo es en cuanto que, con cada herida, muere el hombre viejo por lo que el hombre nuevo es capacitado para alegrarse por la victoria del Señor sobre su persona y sobre el mundo.  

Cierto, en los últimos años hemos visto caer a muchos de quienes conservamos la certeza de que guerrearon como hombres y mujeres de Dios. Me refiero a algunos teólogos, varios de los cardenales que presentaron la dubia y a cristianos perseguidos pero también amigos y gente muy cercana que, por cosa de Dios, murió guerreando para Dios.
Muchos de nosotros, en este momento, podríamos estar siendo pasados por altas temperaturas o cocidos a fuego lento.  
Si, las circunstancias son abrumadoras pero no se debe dejar pasar por el alto el hecho que el hombre viejo, por ser finito, muere a manos de asuntos temporales solo para que el hombre nuevo, hecho para la vida sobrenatural, se levante capacitado por la gracia para, desde ahora, degustar de los bienes celestiales.

Sí, ese que -por ejemplo- recibe fortaleza para la batalla contra la enfermedad propia o de un ser querido es el hombre nuevo quien, mientras lucha, sufre y de a poco muere, es transformado por la recepción de la Eucaristía en otro Cristo; tan semejante a la segunda persona de la Trinidad que a la vez que comprende que su fin se aproxima es capaz de alegrarse, reír y bromear con su madre, parientes y amigos.
No recuerdo si existe registro de un Pablo de Tarso alegre pero, bien que sabía el santo de estas cosas y bien que lo sabían los santos, muchos de los que, como santa Teresita, pedían a Dios sufrir; cosa que, cuando lo supe, me hizo estremecer ya que no se sufrir de tanto miedo que le tengo; es decir, sufro de solo pensar que sufriré y cuando sufro, sufro el doble, por sufro por verme sufrir pero, además, sufro el sufrimiento de cualquier cosa que me hace sufrir. Soy una calamidad sufriendo. Nadie podría ponerme como ejemplo de “fortaleza", a decir verdad. 
La menos adecuada para hablar de sufrir soy yo pero me ha puesto Dios en Infocatólica y ha de ser quizá, solo para que refresque en tu memoria la certeza de que es el hombre nuevo quien, verdadera y realmente, mira a Dios.
El dolor, la sangre, el sudor y el llanto podrían no dejártelo ver claramente pero, en verdad, lo estás mirando y lo mirarás más frecuentemente y mejor; y lo mirarás plena y perfectamente más adelante con lo que tu gozo será eterno e inefable.
Por eso, aunque ahora mismo “camines por valle de sombra de muerte” (Sal 23), no temas ni te inquietes “por cosa alguna [no por la enfermedad ni la muerte, no por el dolor, no por la ruina financiera, no por la devastación moral, no por el sufrimiento propio o ajeno]; antes bien, en toda ocasión, presentad a Dios vuestras peticiones [por todos y también por ti], mediante la oración y la súplica [suplica, gime, implora, grita porque serás escuchado], acompañadas de la acción de gracias [mucha, mucha gratitud se desprenda de tus labios a toda hora] Y la paz de Dios [porque habrá paz instalada en tu alma como aire en tus pulmones], que supera todo conocimiento [cierto, será incomprensible], custodiará [bajo cualquier circunstancia] vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4)

Algunos han muerto, otros morirán pero nos habrán hecho testigos de la capacidad que Dios confiere al hombre nuevo: la alegría de sufrir por lo que sabemos solo puede ser cosa de Dios.

12.02.19

En efecto, somos más felices

De una noticia reciente leí que, uno de los cinco hallazgos de un estudio de Pew Research Center arrojó la conclusión de que «Las personas activamente religiosas son más propensas que sus pares menos religiosos a describirse como “muy felices”».

No me hace falta un estudio para saber que las personas religiosas practicantes somos más felices aunque me alegra mucho que publiquen esos análisis ya que parece ser la única forma de convencer a los escépticos.

Qué les dire? No solo los religiosos practicantes sino los católicos practicantes y, sobre todo, los católicos que son “como los de antes”.

“Existen estudios que lo demuestren?”
Ninguno que yo sepa pero, como dije, no necesito de estudios para saber ya que me basta con llevar cuenta de lo contentos que se la pasan mis amigos, familiares y conocidos.

“A ver y, cómo lo demuestras?”
Lo demuestro haciéndoles notar cuanto sufren y, si se atreven, a que observen los frutos del sufrimiento. Sí, porque sufren y, a la vez, están más contentos que el resto.

“Pero cómo puede ser eso? Es que Dios los prefiere?”
Pues, no, no me parece, aunque, vaya usted a saber lo que pasa por la mente de Dios.

Solo digo que observen cuánto sufren pero, además, que son católicos que conocen el catecismo, se consagran a Jesús por María, rezan a diario el rosario y algunos “Las Horas”, oran y cumplen con sus deberes y, además, se ofrecen como hostia viva siendo que obedecen sin chistar y no se quejan, practican la benedicencia y se les ve solidarios, perdonan y son amables, más que la mayoría; pero, sobre todo, porque -quienes no gozan de buena salud- aquellos que –incluso- padecen en carne propia una enfermedad terminal o la sufren en algún familiar cercano, saben perfectamente qué hacer con el sufrimiento porque lo que, al final de cuentas, así como participan del dolor participan también del consuelo. Quién no estaría la mar de contento?

Muchos, muchísimos conozco a quienes podría nombrar, incluidas figuras públicas de quienes nadie sospecha sufren de manera indescriptible.  Sí, si… están sufriendo pero están contentos y solo puede ser cosa de Dios. El caso es que son felices. Es un hecho.

Ni que se diga cuando además son católicos que frecuentan la misa de antes.
Es una maravilla lo que la amada liturgia hace por ellos.
Y es que, el anterior misal facilita sumergirse en Cristo durante la santa misa; es decir, desde la gravedad y el silencio, facilita que el alma se sumerja en la actualización del Misterio tal como muchas veces ha señalado Benedicto XVI y el Card. Robert Sarah.

“Acaso estás diciendo que esa profundidad no la alcanza el alma con la misa nueva?”
Claro que la alcanza y lo hace, principalmente, porque el Señor es muy grande pese a las gravísimas faltas que nos permitimos bajo el nuevo misal del que, por cierto, no hay forma que la mayoría siga las rúbricas al pie de la letra ni de que parezca la misma misa de una parroquia a otra.

Y es que, con el viejo misal, es imposible desobedecer, por eso y otras cosas, la liturgia de antes enriquece y es una de las razones por las que forma sacerdotes y fieles obedientes.

En resumidas cuentas, cuando un estudio demuestra que los religiosos practicantes son más felices y cuando se les ve hiper-más-felices a una fracción a pesar de que aprecian la tradición, la liturgia y sufren mucho, a un presbítero u obispo debería llamar la atención el hecho y, por caridad, aproximarse en lugar de, como algunos hacen, conducirse de manera vergonzosa.

Un presbítero u obispo tendría que actuar con caridad e inteligencia para darse cuenta que en estos católicos el Señor ha dado forma a un feliz ejército que nada pretenderá que no sea para mayor gloria de Dios y salvación de las almas

Los tendrían que tomar bajo su cuidado, facilitarles el agregarse a la comunidad y favorecer que celebren la misa de antes para, por lo menos, alegrarles la vida un poquito ya que han demostrado su amor a Cristo en la voluntad de crecer en su semejanza auxiliados por Nuestra Señora, administradora de todas las gracias.

Yo, de ser presbítero u obispo, es lo que haría; claro, el asunto es que yo sería un cura u obispo “como los de antes”; sería como el padre Sixto en la parroquia Patriarca San José en Alajuela, Costa Rica quien sufre a la vez que se la pasa re-contento y quien, además- ¡bendito sea Dios!, ha tenido dos magníficos obispos: Mons. Angel Sancasimiro y Mons. Bartolomé Buigués; de suerte, españoles.

 

5.02.19

Sacerdotes sin tiempo para amar

El hecho es que existen sacerdotes con tiempo para amar y otros que no.

El hecho es que resulta imposible no darse cuenta debido al efecto que el amor produce en el alma.

A qué se debe que, contrario a lo que se espera, para amar no les quede tiempo?

Muchas son las razones pero, sean las que fueren, el caso es que un sacerdote sin tiempo para la caridad, es un sacerdote desnaturalizado que, cuando se ha visto que no tiene remedio, más le valdría dejar el sacerdocio. Quizá es que nunca tuvo vocación, realmente.

Un sacerdote profundamente alejado del amor viene a ser como un padre de familia que, por dar prioridad a su trabajo, no le que queda tiempo para amar a su familia.

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