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30.01.25

Faros afianzados en el ser de Dios

“Discutamos qué sea más importante, el templo o la Fe, y está claro que es más importante la verdadera Fe. Por tanto, ¿quién ha perdido más, o quién posee más, el que retiene un lugar, o el que retiene la Fe? El lugar ciertamente es bueno cuando  allí se predique la Fe Apostólica: es santo, si allí habita el Santo”.

San Atanasio, Carta pascual. Año 356

(Tomado de “Poco y católico")

 

Entre paganos y sin templo, la fe de Esdras y Nehemías recibió fuerza y maduró en el exilio.

Casos como el suyo llenan la Sagrada Escritura, los casos se repiten hoy delante nuestro y apenas nos damos cuenta de que la Iglesia de ninguna manera se ve reducida ni su luz opacada; al contrario: cada día, se descubren nuevos santos sacerdotes y seminaristas así como bautizados a los que Dios conduce hacia ellos, para que el rebaño no se pierda, para que se conserve la fe.

Que la fe es más que el edificio hecho de piedra, la fe está hecha de la piedra sólida de la Palabra de Dios, de su amor por sus criaturas. De su no poder dejar de ocuparse hasta del más pequeño y del miserable. De esa cosa rara que tiene Dios de no dejar que su plan se estropeé porque sería como dejarse morir. Así no hace Dios las cosas, sino que las hace completas, buenas, sanas, plenas.

Por eso es que hemos de andar con los ojos bien abiertos, porque no es en cualquier lugar que Dios va residir, no es de cualquier alma de la que se servirá para que recibamos instrucción.

No tiene sentido que Dios se sirva de un alma atribulada por el pecado para fortalecer nuestra fe. Sería lo contrario: de un alma dedicada a amar a Dios es de quien recibiríamos la instrucción conveniente y oportuna, de faltamos eso, la recibiremos de Dios directamente.

Cuando anduve cercana a presbíteros y seminaristas algunos me decían que no me preocupara para la condición del alma de los sacerdotes ya que “la gracia suple”, es decir, aquella alma no será un impedimento para que la gracia de los sacramentos, por ejemplo, cumpla su cometido. Y es cierto, lo tengo clarísimo con la experiencia cercana de muchos párrocos que han pasado por aquí. De todo tipo me ha dado Dios conocer a sus hijos consagrados. Y sé que la “gracia suple”.

Sin embargo, siempre me ha molestado que se abuse de esa manera de la acción de la Gracia. Como si fuera un instrumento a nuestro servicio en lugar de la propia vida de Dios que se dona.

Por eso, por eso… y muchas cosas más, ando, noche y día, con los ojos bien abiertos; para no perder oportunidad de recibir luz de faros afianzados en el ser de Dios, en su gracia. Faros que aceptaron su vocación y ponen todo su ser en amar y servir a Dios. Y se les nota en sus virtudes, en su oración, en su caridad; en esa luz que difunden, que no es propia, sino de Dios.

La fe, al madurar se fortalece y crece, así como crece la Iglesia y cada día es más fuerte. Es que todo lleva el impulso de la Gracia, la propia vida de Dios echando vitalidad y afianzando todo, para que podamos juntos, al final, regocijarnos en su presencia.

Que nuestro centro sea la fe, fe en Jesucristo, aunque no tuviéramos templo.

16.01.25

La fe de María

“Permanece asiduamente en tu santuario interior. No te des a nada con exceso; conténtate con el uso sencillo de las cosas presentes de las que hay que ocuparse cuando es preciso, sin que tu corazón se pegue a ellas. Remite a Dios enseguida todo acontecimiento triste o alegre, vive sin multiplicidad, a fin de que Dios permanezca presente en ti. Rechaza todo impedimento. No desees complacer a nadie, salvo a Dios sólo. Elige con María la mejor parte, no vagabundees de aquí para allá.

Vuelve sin cesar a la soledad, a la conversación interior. El que tú buscas no puede encontrarlo ningún sentido ni ninguna inteligencia, sólo las almas puras lo reciben. Que Él sea tu pensamiento, tu búsqueda continua, y, pase lo que pase, sigue tu camino.

Vuelve siempre así al interior donde está presente la verdad misma. Permanece en paz, soporta todo, ten confianza en Dios, haz lo que esté en tu poder, y pronto recibirás una maravillosa luz para conocer los caminos tan perfectos de la vida interior”.

Juan Lanspergio, S. XVI -Monje Cartujo
Tomado de “Poco y católico”, en Facebook.

— O —

Supongo que lo habrán hecho, me refiero a algún estudio sobre la razón por la que los gatitos aman los portales o pasitos.

Mi gatito no le prestaba atención al portal desde aquella vez que San José terminó hecho añicos en el suelo; sin embargo, decidió que este año no se privaría de darse un gusto. 

Aquello fue un caos. De lejos se escuchaban voces de espanto. Quién era? Los pastorcillos que no daban crédito a sus ojos ante la escena.

El gatito, que –por buscar el calorcito del Niño- empujó a San José de cabeza a un barranco y que, sin pedir permiso a la mamá, decidió –sencillamente- acurrucarse sobre la piernecita del bebé.

“Avemaría!. Pueden imaginarlo?” Así habrá quedado el pobre portal.

Dichosamente, no hubo piezas quebradas, solo San José con una chichota descomunal y que adolorido, se escondía de María por la vergüenza que le daba haberse dejado sorprende por aquél monstruo.

Lo que San José no sabía es que Santa María, comprendía, perfectamente.

Una amenaza de este tamaño cerniéndose sobre la Sagrada Familia me hizo pensar en lo que sería para las santas personas, simplemente, vivir en ese periodo de la historia; por un lado, escribas y fariseos y, por otro, el imperio romano.

En nuestro tiempo, muchos se duelen por el estado al que ha llegado la Iglesia pero, si lo meditaran un poco, quizá delante del portal y –por en medio- un gatito, se darían cuenta que quizá este no es el peor momento de la historia y que, quizá fue uno muy malo, bastante malo, peligroso y difícil, el que vivieron María y José. Y, sin embargo, aquí estamos. 

Se debe recurrir a la soledad, como dice el cartujo arriba citado, a la soledad y al silencio del santuario interior para tomar distancia en el tiempo y espacio. Alejarse hasta que podamos ver al planeta Tierra del tamaño de una mota de polvo para, empezar a comprender la magnitud y dimensión de la fe de María (y San José)

Alguno pide una fe como la suya? Pidámosla.