Eclipse de Dios

Con el advenimiento del verano el balón se erigió en el centro del universo. Se paralizó en seco el planeta para contemplar en éxtasis a las estrellas fugaces del bautizado como deporte rey. Deidades de oropel exhibidas en la pasarela de un firmamento galáctico falaz, diseñado a imagen y semejanza de la FIFA y vendido al mundo, a precio de oro, como holograma global.
Los astros del balón eclipsaron por momentos todo lo demás, incluso al mismo Dios. La angustia vital de un planeta, que se desangra en guerras y crisis intestinas, desapareció por hipnosis colectiva e higiene mental.
Se llenaron las plazas de devotos feligreses que incensaban a sus ídolos. La liturgia del balompié congregó a millones de hombres y mujeres con un mismo atuendo unisex. Los templos profanos de plástico y cemento acogieron a turbas sedientas de goles, hechizadas bajo el sortilegio del balón.
Antiguamente los reinos luchaban en buena lid por altos ideales, hoy las naciones por la posesión del balón. Y en eso hemos sido los mejores. España dominó el planeta fútbol y ese dominio mundial nos trajo saudades del Imperio, de la conquista del mundo para Cristo, rosario en mano, bajo el signo de la cruz.
No digo que no se pueda seguir el fútbol sanamente, con amigos o en familia, y alegrarse de los laureles patrios. Critico la masificación idolátrica del circo millonario y su poder borreguizante. Un mero entretenimiento no puede ser nunca el ideal más alto de nadie, ni inocularnos sutilmente el veneno de la mundanidad.
Muchos chavales tienen entronizados los posters de sus atléticos ídolos de pies de barro en la habitación, banderas, bufandas, tal vez una camiseta firmada. Pero en muchas de esas habitaciones posmodernas ha desaparecido el crucifijo, la imagen de la Virgen, la más mínima alusión a la fe. Una tertulia deportiva o unos vídeos sustituyen a las oraciones de la noche.
