InfoCatólica / La Mirada en Perspectiva / Categoría: Balance de la crisis de Amoris laetitia

10.02.18

(248) Del paradigma posmodernista y sus anticonceptos

No ha entrado en vigor ningún  “nuevo” paradigma que no sea el mismo nuevo paradigma en que nos encontrábamos. Nos encontramos donde estábamos, en el mismo estado de crisis, pero agravado. No es sino el mismo paradigma de la posmodernidad.

Conocer su hodierno desarrollo es vital para que sus toxinas no penetren en la mente de la Iglesia, y así se cumpla la Escritura: «no os conforméis a este siglo, sino que os transforméis por la renovación de la mente» (Rom 12, 2)

 

1.- CALAMIDAD CONCEPTUAL Y PARADIGMA.— Nicolás Gómez Dávila, con su habitual perspicacia, comenta en uno de sus Escolios que «toda catástrofe es catástrofe de la inteligencia». Nosotros parafraseamos este aviso del genial reaccionario colombiano, y afirmamos que todo paradigma es paradigma de la inteligencia, esto es, plataforma conceptual, calamitosa, precisamente, por blindarse como praxis incuestionada.

Asociamos así paradigma filosófico-teológico e infortunio pastoral. Y esta asociación no es una valoración catastrofista, sino una constatación de hechos. 

—El hundimiento del catolicismo inmanentista, cual Titanic; la desmantelación posconciliar de la forma mentis católica, —no solo en España y Europa, sino en Hispanoamérica—  no es una opinión de profetas de calamidades, sino la comprobación de un paradigma calamitoso, el del posmodernismo, asumido por iglesias locales e instituciones docentes católicas bajo diversas perspectivas : teología de la liberación, teología de la anomia, situacionismo a lo Häring, aggiornamento imprudente, protoluteranismo, fenomenología antimetafísica, etc., etc.

 

2.- ES EL POSMODERNISMO, SIMPLEMENTE.— Ni el paradigma ni la calamidad son, en realidad, nuevos, porque no es nueva, en general, la corrupción conceptual de la posmodernidad. Es duro de aceptar, lo comprendemos, sobre todo para el que piensa que la Iglesia nunca ha estado tan bien como ahora. Pero si el numen se conforma con el espíritu del siglo, acaba contaminado por él y transformado en otra cosa. Ese como ahora, que decíamos, siendo referencia progresista al nuevo paradigma, nos retrotrae, en cambio, al pasado, al origen de la crisis, al pecado original de todos los paraísos artificiales, que es la libertad negativa. Lo novedoso es viejo y rancio, y no es progreso.

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2.01.18

(234) La suspensión teleológica, clave para entender la crisis

La crisis de fe en que se halla sumido el catolicismo actual es real. No es una crisis imaginaria, no es una crisis de algunos, no es una crisis fortuita ni gratuita; es una crisis real, general. 

Encontrar la causas de la crisis es tarea urgentísima. A ello nos estamos dedicando, conscientes de la gravedad del momento presente, de la necesidad de nuestra tarea, y de su complejidad. No es labor grata, en este caso, hacer de Scherlock Holmes. Pero seguir la pista, compleja y sutil, de las causas de la crisis, es empresa detectivesca. No otra cosa es la filosofía. 

Y digo que no es tarea grata porque derribar mitos, desencajar paradigmas y destronar prejuicios poderosos, siempre es labor de francotiradores y partisanos, por así decir, que han de vivir en guerra contra un enemigo incuestionado.

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I.- LAS DOS CAUSAS DE LA CRISIS

1.-Voy a enunciar de nuevo la tesis, para ceñirnos a ella. Distingo como agentes de la crisis de fe actual dos causas, una principal y otra subordinada, una intencional y otra no intencionada, una heterodoxa y otra que no quiere serlo.

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13.12.17

(230) Diccionario de la crisis -I: ¿norma general en lugar de ley?

La crisis actual de fe que agobia a la Iglesia es la crisis del modelo fenomenológico. Un modelo que no da más de sí y que colapsó.

Con la expresión modelo personalista englobamos los dos personalismos, el explícitamente heterodoxo, como por ejemplo el de Bernhard Häring o Teilhard de Chardin; y el pretendidamente ortodoxo, como el de Bernhard Häring en su primera época, las justificaciones de Teilhard de Chardin por de Lubac, o todo el conjunto de obras divulgativas que reinterpretan la doctrina católica en clave personalista.

En este último grupo incluyo manuales y libros de divulgación usados para la formación del clero y del laicado.

No dudo en calificar la crisis actual de fe como crisis personalista.  Para obtener un conocimiento exacto del problema, es preciso conocer en profundidad los sutiles desenfoques doctrinales con que se puede recontextualizar la doctrina católica, aun con voluntad de ortodoxia.

Realizamos esta labor analizando los términos, conscientes de la importancia de clarificar nociones y conceptos para enfocar con claridad los males que nos aquejan. Tras la glosa del concepto incluyo algunas citas de obras de divulgación personalista, para que las distintas acepciones sean localizadas en sus contextos.

 

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NORMA (en lugar de ley)

Es el término con que el personalismo teológico se suele referir en general a la ley moral, sea la ley natural, la ley eterna, la eclesiástica o la civil, indistintamente. Con este vocablo se proporciona a la noción de ley un sabor inmanente, axiológico, ideal, arbitrario y convencional, más adecuado para resaltar la primacía de la persona particular sobre lo abstracto y general. De alguna manera, utilizando norma en lugar de ley moral se produce una nivelación de lo divino y lo humano, de lo inmutable y lo mutable. A menudo va asociada en plural al calificativo generales, “normas generales", para hacer alusión a los preceptos universales, y crear así una falsa dicotomía entre lo particular (lo concreto y personal) y lo general (lo abstracto y universal)

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30.11.17

(227) Modernismo, paradigma personalista y crisis de fe

El semipelagianismo ha parido una semiortodoxia de la que va a ser difícil librarse. Una especie de humanismo que pretende ser plenamente católico. Y es que la mentalidad voluntarista ha engendrado un paradigma bonachón de dos cabezas: el personalismo y su paralelo teológico, la Nueva Teología: Maritain, Teilhard de Chardin, Rahner, Blondel, Mounier y tantos otros, han suministrado al nuevo modelo su acervo de tópicos. Por desgracia, pocos dudan de su catolicidad, se da por supuesta.

 

1.- No más de ciencuenta años de fenomenología han bastado para hacernos entrar en crisis; para amalgamarnos a un nuevo sistema de error, que hace urgente la reforma, o su conclusión será la apostasía.

Nos toca a nosotros, por sentido de la responsabilidad, señalar el mal; y a la autoridad correspondiente, que es la Iglesia jerárquica, disolver la nube tóxica y sanear el ambiente, hacerlo respirable, devolver a la mente católica su lustre y su brillo tradicional.

Se precisa Escritura, Tradición y tradiciones, Magisterio y mucho Santo Tomás, para deshacer el entuerto. 

 

2.- Porque el catolicismo está en crisis.- Y no una crisis cualquiera, sino una crisis de identidad, una crisis de fe, una crisis de indigestión de tópicos. 

—Un paradigma de lugares comunes. Pero, ¿difundidos por quién? Se preguntará el lector. Y yo respondo según lo visto: además de por los propios modernistas, por los existencialistas antisustancia, los antiaristotélicos, los antiescolásticos de toda condición; por los alérgicos al polen tomista, herederos de Scoto y Ockham.

—La crisis es evidente en dos sentidos: 1º) algo va mal en la mente de la Iglesia —de lo contrario, no se generalizaría la heteropraxis; y 2º) hay una toxina filosófico-teológica que lo provoca de lo contrario, no se generalizaría la heterodoxia. 

 

3.- La evidencia de la crisis se manifiesta en lo que he denominado paradigma personalista de la Nueva Teología. ¿En qué consiste este paradigma? En una idiosincrasia de valores humanistas, en que se hibridan lo natural con lo sobrenatural, y de esta hibridación piadosa surge un nuevo modelo de “ortodoxia".

Y es que si autores como Maritain, Mounier, Rahner, Teilhard de Chardin o Blondel, por ejemplo, son considerados autores de sana doctrina y pensamiento confiable, es que, como decimos, algo va mal en la mente católica.

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31.08.17

(207) Inconveniencias eclesiales XV: equiparación de valores y mandamientos. Difundiendo el convencionalismo

El mundo aceptará la moral cristiana solamente en la medida en que ésta deje de serlo. La apostasía, en este sentido, es una asimilación al mundo, una disolución del principio católico en el espíritu del siglo.

Y es que el mundo deja de tener problemas con la moral que defiende la Iglesia si esta moral se despoja de su identidad, y se vuelve otra cosa. Y como la identidad de la moral cristiana se llama ley eterna, en la medida en que la Iglesia la minusvalore, desprecie, relativice y transmute en otra cosa, la moral cristiana será aceptada por el mundo, y el martirio evitado.

Por tanto, la difusión de una moral cristiana falsificada equivale a la difusión de una conversión al mundo, implícita y soterrada. Falsificada, es decir, sin ley. Haciendo proselitismo de la anomia, la ley moral queda silenciada, y el principio católico disuelto en el mundo y desaparecido. Se vuelve convencional, es decir, pactado con la mente secular: subjetivizado, inmanentizado, des-objetivizado.

Una manera de falsificar la moral cristiana, que es moral de vida y no de muerte, es confundirla con las ideas que acerca de ella tiene el mundo. Equiparando valores y mandamientos, por ejemplo. Transformando lo transcendente en inmanente, lo eterno en efímero, lo dado a priori en elaborado (o discernido) a posteriori. Considerando la ley natural un mero constructo mental, como son los valores, se desfigura la moral cristiana y se la transmuta en otra cosa: algo muerto y sin vida.

 

En el artículo de D. Rodrigo Guerra López, publicado en la Revista Medellín de la CELAM (el Consejo Episcopal Latinoamericano) dedicado a la exhortación postsinodal Amoris Laetitia, encontramos afirmaciones en este sentido. En Infocatólica, Bruno M., en un excelente artículo, ha demostrado el subjetivismo con que el autor pretende fundamentar el capítulo 8 del documento pontificio. Asimismo, el P. Francisco José Delgado, en un interesantísimo post, ha desvelado su probabilismo.

Yo quisiera detenerme a analizar, en esta ocasión, una afirmación relevante del artículo de Rodrigo Guerra. Tras afirmar que el cristianismo no es un moralismo, y que Jesucristo no puede reducirse a valores, sugiere una equiparación en clave convencionalista entre valores morales y preceptos de la ley moral. Cito en negrita las palabras de Rodrigo Guerra y las comento a continuación.