InfoCatólica / La Mirada en Perspectiva / Categoría: Postmodernidad

15.05.18

(266) Iglesia y nuevo orden mundial. Notas orientativas

1.- La difusión planetaria de un nuevo orden antimetafísico es un obstáculo para la Iglesia en el mismo sentido en que lo es la revolución.

Más aún, por ser el proceso de globalización un proceso revolucionario sin fecha, es un obstáculo crítico, que exige lo mejor y más sólido del pensamiento católico para poder ser salvado. 

Todavía, sin embargo, hay quienes creen que 1789 se puede leer en católico. Pero si la Iglesia adopta por ósmosis los principios neotéricos,  pierde su identidad y desactiva su mediación salvífica.  El mayor reto es mantener incólume su doctrina y enderezada su praxis, siempre ordenada al fin último y a hacer posible la vida virtuosa personal y social. 

 

2.- En cuanto nuevo orden, va precedido de graves conflictos y enormes sufrimientos. Pienso, por ejemplo, en la II Guerra Mundial, que le sirve de preparación.

Como todo aplanamiento axiológico general, tan propio de apisonadoras totalitaristas, el proceso globalizador produce una uniformación positivista de las conciencias. (A las que se reserva, en cambio, para salvar las apariencias, un núcleo privado de subjetivismo, el suficiente para hacer posible su  pluralidad, necesariamente relativista.)

3.- Los valores del nuevo orden apisonan, nivelan, horizontalizan, obligando (por ley) a mirar todas las cosas a ras del suelo; dinamitan la verticalidad para fundar solares yermos, sobre los cuales edificar la ciudad terrena planetaria. Pero la Iglesia no está indefensa ante el horizontalismo mundial, salvo que acepte sus principios y se terrenalice.

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2.05.18

(264) Iglesia visible y Leviatán

1. La Iglesia, sociedad visible

Afirma el Catecismo Mayor144, que «el noveno artículo del Credo nos enseña que Jesucristo fundó en la tierra una sociedad visible».

El énfasis puesto en la visibilidad de la divina fundación, responde a una sabia pedagogía magisterial: dejar claro a los creyentes que la obra de Jesucristo es cierta y no dudosa, reconocible y distinguible.

Consultando el diccionario de la RAE confirmamos la acepción: algo es visible cuando «se puede ver»,  «tan cierto y evidente que no admite duda»; y llama la atención «por alguna singularidad».

Está muy claro, por ello, que esta singular sociedad fundada por Nuestro Señor Jesucristo, por ser visible, debe suscitar certezas y no dudas, debe ser lo que es y no otra cosa, debe tener el rostro que le corresponde, y no el del Leviatán.

 

2. La invisibilidad como tentación

La Iglesia, que es Arca de salvación, siendo visible puede ser encontrada; pero también rastreada, acuciada, combatida por quien rechaza la salvación, y prefiere ahogarse. Si no es visible no es cazada, pero tampoco descubierta. Si no es visible, no puede ser perla que se halla en el campo. 

La invisibilidad confesional, el mimetismo a ultranza, la integración en la Modernidad, no supone un aumento del alma, no implica una mayor autenticidad ni un mejor fruto. La tentación de mostrarse dudosa, incierta, inconsistente, líquida, adaptable al recipiente de los valores del orden mundial, es una tentación que sólo se puede resistir con la gracia, con los conceptos y principios de la clasicidad, con el deseo del martirio. 

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21.04.18

(263) Quintas justas, II: modernidad y catolicidad, una amistad imposible

1ª.- Modernidad contra catolicidad.- No hay manera de congeniarlas. Cuando se intenta la simbiosis, la mente católica percibe ese conato como una tensión infructuosa, problemática, sin resolución posible; como una fragmentación interna que deviene en crisis.

 

Porque siempre que el pensamiento católico adhiere elementos ideológicos esenciales de la Modernidad, se posiciona contra su propia catolicidad, y perjudica al catolicismoLa asimilación católica de principios constitutivos del numen moderno siempre es autodestructiva y problemática, tensiona por dentro el numen bíblicotradicional hasta desfigurarlo, y genera confusión y división.

 

3ª.- La Modernidad comienza con Lutero y con Pico de la Mirandola (figura de los humanistas italianos del Renacimiento). De un lado, surge el protestantismo. De otro, ese humanismo de modernidad incorporada, que en el fondo no es más que antropocentrismo de idiosincrasia católica. Pero idiosincrasia y fe no son lo mismo.

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15.04.18

(261) Relativismo dogmático, nihilismo consolidado y posmodernidad

Se dice de la sociedad occidental de hoy día que es líquida, por oposición a sólida. Se olvida, sin embargo, que un agua mala puede congelarse, y no por ello perder maldad, antes bien ganarla por petrificación. Y que un error consolidado, congelado en paradigma, es más difícil de superar que un líquido, pues toma forma de obstáculo.

 

1. De la sociedad líquida a la sociedad petrificada

La navegación por los mares de la posmodernidad se ha vuelto sumamente peligrosa. No sólo hay que contar con la presencia de amenazadores bloques de hielo aquí y allá, sino con la acción subliminar, subyacente y profunda, de inadvertidos Leviatanes.

Subliminar, porque el mal posmoderno actúa como por debajo del umbral de la conciencia, en la tenebrosa zona de la mentalidad del siglo, con sus prejuicios, tópicos y lugares comunes de apariencia insalvable y maciza.

Subyacente, porque el error posmoderno actúa por debajo de una capa de apariencia benéfica, que es el buenismo personalista; cubierto de aparentes bienes, pero continente del mal originario, una pretensión de autonomía y autoposesión que es figura de la emancipación original.

Profunda, porque penetra hondamente, más hondamente que nunca, extendiéndose más largamente que nunca; estando su fondo causal tan distante a la mirada, que aunque asome al pozo no acierta a distinguir su principio y su finalidad. Avistar el peligro es enormemente dificultoso.

Cuando se dice, por tanto, que la sociedad de hoy es líquida, no ha de olvidarse que los valores que le son propios se han solidificado de tal manera subliminar, subyacente y profunda, que han constituido un paradigma.

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9.04.18

(260) Pecado mortal, rechazo de Dios y nihilismo

Todo pecado mortal —sobre todo si es sistematizado en vicio o en estructura de pecado—, contiene una pretension nihilista.

Todo pecado mortal supone la pérdida del estado de gracia, y si atenta contra la fe, significa su abandono.

Todo estado obstinado de pecado mortal, en el fondo, implica una pretensión deicida.

 

Los nihilistas, con Friedrich Nietzsche (1844- 1900) a la cabeza, gustan de hablar de la muerte de Dios. Pero como Dios no puede morir, cuando se habla de la muerte de Dios no se habla de la muerte de Dios, sino, propiamente, del deseo que tiene el nihilista de “matar” (si pudiese) a Dios.

Lúcidamente explica Gustave Thibon:

«Me propongo evocar el problema de la muerte de Dios. Evidentemente, cuando se habla de la muerte de Dios no se habla de Dios mismo (…) Por consiguiente, de lo que yo quiero hablar es del eclipse de Dios en el espíritu de los hombres. Esto es infinitamente grave (Gustave THIBON, «¿Ha muerto Dios?» (Verbo, 189-190: Serie XIX, p.1159-1160)

 

Dado que nadie puede matar a Dios, habría que hablar, más bien, del deseo nihilista, moderno y revolucionario de matar a Dios. Del anhelo, latente en todo sistema de pecado, de que Dios no exista ni en la vida de las personas, ni en las leyes que la rigen, ni en la cultura que la anima.

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