22.07.19

(373) El orden del devenir contra el orden del ser

El ordel del devenir es la antítesis del orden del ser.

 

El primero es mental. El segundo es real.

En el primero hay valores, o sea cuantificaciones.

En el segundo hay virtudes, o sea cualificaciones.

 

En el primero la primacía es de la voluntad.  En el segundo del entendimiento.

En el primero la voluntad busca el valor que desea, en el segundo la voluntad busca el bien que le propone la razón.

En el primero la voluntad por sí sola pretende mover la gracia, en el segundo la gracia mueve la voluntad a moverse por sí misma.

 

En el primero hay un reparto igualitario de gracias, y el grado de perfección depende principalmente del hombre. En el segundo hay un reparto desigual de gracias, y el grado de perfección depende principalmente de la voluntad de Dios.

 
En el primero la acción precede al ser, en el segundo el ser precede a la acción.
 

En el primero la Revelación es continua y su contenido es difuso, tanto, que resulta inabarcable y no puede ser objetivado; en el segundo la Revelación termina con el último apóstol y su contenido es objetivo, tanto, que puede ser explicitado y contenido en un Depósito.

En el primero no hay conocimiento, natural ni sobrenatural, porque todo es misterioso e inaccesible; en el segundo sí hay conocimiento, que para lo misterioso (inaccesible a la razón natural) se llama fe

 

En el primero hay progreso, en el segundo tradición.

El primero es global, el segundo universal.

En el primero hay autonomía, en el segundo subordinación.

En el primero hay separación de órdenes, el segundo distinción.

 

Para el primero se inventan normas, en el segundo se participa de la ley.

En el primero el positivismo se traduce en derechos humanos, en el segundo lo justo se fundamenta en el derecho natural.

 

En el primero el hombre es soberano, en el segundo Cristo es soberano.

En el primero Cristo sólo reina en los corazones, porque sólo tiene potestad doméstica; en el segundo Cristo reina en todo, porque toda potestad es delegada de la Suya, y todo bien viene de Él.

 
El orden del devenir, herido de subjetivismo, produce la Modernidad. El orden del ser, elevado por la gracia, la civilización cristiana.
 

18.07.19

(372) La cruz en el Maelstrom

9.- Temeridad pastoral.— El lobo muda el pelo, pero no el celo, dice un refrán castellano. Quien, para actualizarse, pretenda ser pastor de lobos, debería saberlo.

Lo dice también Eclesiastés 3, 27, y el Quijote I, 20: quien busca el peligro perece en él; porque, como recuerda otra paremia, muda el lobo los dientes, mas no las mientes

Los depredadores, mientras lo sean, no se pueden pastorear, por muy buena intención y simpatía que se tenga; pueden poner en peligro al rebaño y al propio pastor.

Es lo que pasa con el numen moderno, que tiene instinto de caza, de subversión, de insaciable subjetivismo, siempre reclamante y contrarreclamante, como diría Turgot; que no se puede pastorear mientras sea axiológicamente moderno.

Porque el genio de las revoluciones no puede transmutarse en principio de estabilidad. Tratar al lobo como oveja es temeridad.

Con mucha razón, en El progresismo cristiano, avisa el P. Meinvielle: 

«Si la civilización moderna envuelve la autonomía absoluta del hombre frente a Dios, es harto claro que la Iglesia no puede reconciliarse con ella. Y no se crea que esto podría ser verdad del pasado que ha perdido todo vigor. Al contrario.» 

 

10.- La quimera progresista.—  Lo advierte Castellani en Domingueras prédicas:

«Hay un ERROR muy difundido hoy día, que está también en este filósofo Troeltsch, de que todo paso de la Humanidad es un progreso; es decir que toda cosa nueva es mejor que las antiguas por ser nueva, o sea que la Humanidad progresa siempre necesariamente y unilateralmente, en línea recta. Es un error.» 

El progresismo católico cree en el error del progreso. Por eso no soporta su antítesis, que es la filosofía y la teología de Santo Tomás; en cuanto tiene, sobre todo, de estabilidad, de compendio heredado, de philosohia perennis, de Veterum sapientia.Temeridad mayúscula es saltarse la razón católica. Porque habitamos la era del tiempo subjetivo de Bergson, la era de los titanes, del ultrahombre cósmico chardiniano, la Era del Maelstrom.

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16.07.19

(371) Apego insensato

7.- Afición ciega razón, asegura el refranero.— Cincuenta años de apegos teológicos creados nublan la vista del católico. Malas aficiones doctrinales no pasan en vano; ni sin daño, si duran decenios. Don Gonzalo Correas, en su Vocabulario de refranes y frases proverbiales, de 1627, cita un refrán sinónimo: corazón apasionado no quiere ser aconsejado. El entusiasmo que, en tantos católicos, suscita el existencialismo francoalemán, no quiere atender razones.

—Y no nos referimos al existencialismo evidente, al de Sartre, que ese es fácil rechazarlo; sino al discreto, que se dice sólo existencial, como no queriendo serlo. Nos referimos a ese afecto insensato, que consejo no quiere, por la escuela de franceses y alemanes, por el espiritualismo liberal de tercer grado, el de la suave laicidad y la nueva cristiandad laica, el del sujeto partido en dos, individuo y persona, el del método de inmanencia y el positivismo religioso como un derecho humano. Se precisa, como la de Bloy, una exégesis de lugares comunes. Se necesita que caiga el paradigma humanista, como un castillo de naipes o una renovación de humo. Se necesita una vacuna, una triaca, una mano que no dude y quite la venda de los ojos, para que vean lo de siempre.

 

8.- Dabit fructum in tempore suo, dará fruto en su momento.Reza el mote 44 del segundo libro de los Emblemas morales de Don Juan de Horozco y Covarruvias, de 1604. Lo representa con un árbol vigoroso, que de seco, junto al agua, pasa a luminoso; de muerto a lozano y de infértil a frondoso. Dio fruto a su tiempo por la gracia, pero no a ciegas, sino sabiendo que «ni el que planta ni el que riegan valen algo, sino Dios, que da el crecimiento» (1 Cor 3, 7).

Iluminar las tinieblas, plantarse, de nuevo, junto al agua recibida de generación en generación. La luz dará fruto. Desbrozando, desembarrando caminos, buscando la perla luminosa bajo tierra, con manos de hierro si es preciso.

—Comienza Subida San Juan de la Cruz dando avisos y doctrina «para que sepan desembarazarse de todo lo temporal» y no tropezar ni enredarse con lo espiritual, para «quedar en suma desnudez y libertad de espiritu». Diríase que en esto consiste estar plantado a la vera de Cristo, como el árbol viviente de la pictura de Horozco.

Lo temporal, para nosotros, es el embrollo del Subjetivismo.  Lo temporal, para nosotros, es el enredo existencial. Porque no quiere la Bestia, que habita este Mundo Caído, que recuperemos lo esencial, la claridad heredada, el acervo cristalino. Pero si hay que salir del agua torrencial, y ser transplantados al arroyo vivo, es el momento ahora. El desapego necesario dará fruto a su hora, para que brille el legado. 

 
La Iglesia en el Maelstrom, III: Apego insensato
 

(Dedicado a la Santísima Virgen del Carmen. Sea su escapulario nuestro escudo. Laus Deo Virginique Matri)

13.07.19

(370) Sol faciado

4.- Non confundar.— «Dios quiere que todo el mundo se salve y llegue al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2, 4), o sea, que no nos quiere confundidos. No se desaliente, nunca, la confianza en la Iglesia. Porque hasta los errores más pequeños podrán ser esclarecidos, pues «cuando viniere aquél, el Espíritu de verdad, os guiará hacia la verdad completa» (Jn 16, 13).

 

5.- Infima perlustro, ilumino las cosas más humildes, reza el emblema de don Juan Baños de Velasco, en su Séneca Ilustrado, 1670. En la pictura que ilustra la glosa, un sol faciado ilumina un valle, dando detalle a todo. No merma la grandeza de Dios que su doctrina sirva para iluminarlo todo, hasta lo más pequeño e insignificante, que a todo saque lustre y dé sentido, para que se cumpla la Escritura: «El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho» (Lc 16, 10). Sol faciado, que es Cristo, Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia.

 

6.- Quid enim dare maius habebat, qué tenía más que darle, traduce Sebastián de Covarrubias para coronar el segundo de sus Emblemas morales, de 1610. En el primero, que titula con su misma luz se encubre, circunscribe el anagrama de Cristo dentro de un sol destellante. El epigrama es elocuente:

«Después que Dios al hombre le hubo dado

el ser a imagen suya y semejanza

y héchole Señor de lo criado

sino cayera de esta buena andanza

vistió su carne, desterró el pecado,

murió por él, pagando la fianza

que hizo al  Padre eterno, y en comida

se le da por señal de eterna vida.»

Además de la verdad, Dios tenía más que darnos, que es Aquel que es la verdad misma y la vida, en prenda de esclarecimiento.

Pues teniendo por señal de vida eterna a Cristo Nuestro Señor Sacramentado, ¿quién temerá la confusión final?  En la figura del emblema de Covarrubias, un cáliz cubierto por bella patena,  coronado por la sagrada Forma, es centro del sol.

La Iglesia, «Casa del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad» (1 Tim 3, 15), es Cuerpo del fulgor faciado, que es Cristo. La confianza en ella no puede faltar, porque tiene al Sol por Cabeza.

 

David Glez.Alonso Gracián

 
La Iglesia en el Maelstrom, II: Sol faciado
 
 
(Fuente bibliográfica, Biblioteca digital de Emblemática Hispánica, Biblioteca del Siglo de Oro, Departamento de Filología Española y Latina - Universidad de La Coruña).
 

11.07.19

(369) Problemas de la escisión personalista de individuo y persona. Guardini

La división del sujeto humano en individuo y persona, establecida por Jacques Maritain, como distinción fundante del personalismo, es desarrollada por Romano Guardini en términos de individualismo antropológico o existencialismo individualista. Creemos que Guardini quería evitar este individualismo, pero en nuestra opinión no lo consigue.

La propuesta guardiniana parece ubicarse confusamente en el ámbito del existencialismo (recordemos que la Humani generis,n.3, lamenta del existencialismo que «rechaza las esencias inmutables de las cosas y sólo se preocupa de la existencia de los seres singulares». 

No es que Guardini rechace explícitamente las esencias inmutables, sino que las considera conceptos cosistas inaplicables al concepto de persona. No dudamos de sus intenciones intelectuales piadosas, sino del sistema intelectual que elige (el heideggeriano), que nos parece inadecuado.

Las categorías existencialistas, procedentes del nominalismo, son un inconveniente para el pensamiento católico actual. La razón es que, al ser dependientes del pensamiento moderno, contienen los mismos gérmenes de subjetivismo y anti-metafisicismo.

Los presupuestos teóricos de Guardini, que son los de la escuela personalista, aunque lo pretendan, no superan la órbita conceptual del existencialismo. Por ello, nos parecen inadecuados para elaborar un discurso católico que sirva para sanear la mente occidental, y liberarla del positivismo de género. Porque aunque evidentemente rechace sus conclusiones, parece partir de algunas de sus premisas, como el rechazo de la metafísica y la sobrevaloración de la subjetividad.

Para comprobarlo, citaré sólo algunos pasajes, a modo de ejemplo, de Cristianismo y sociedad, Ediciones Sígueme, Salamanca, 1982.

 

Primero, su concepto de lo personal, si se extrema, puede servir para justificar el error situacionista, a la manera de Amoris laetitia:

«Ser persona significa autoposeerse en el plano de lo cualitativo: yo soy éste; soy sólo éste. No puedo ser imitado, no se me puede convertir en un “caso”»[1]

Para Guardini, la persona, mediante la autoposesión, se autoconvierte en un mundo espiritual autónomo que está más allá del orden de la naturaleza:

«La persona es, además, autoposesión en la conciencia, en la libertad y en la acción. El conocer, el decidir y el obrar no son todavía de por sí persona: ésta sólo aparece cuando, al conocer, al decidir y al obrar, soy dueño de mí. Mediante esto la persona se funda y se afirma como mundo propio, como mundo espiritual y referido al espíritu, que escapa al contexto de la naturaleza»[2]

(Esto puede confundir, porque, un feto, que ni se autoposee en libertad ni en acción ni en conciencia, ni es dueño de sí ¿no sería entonces persona?)

 

De nuevo, lo personal no es reductible a caso:

«Puedo contar abejas porque éstas son “ejemplares de la especie”. Los numero como casos de realización de la especie. Pero, por su esencia, la persona no es un caso, no es una realización de la especie, sino que es una unicidad. Así pues, si quiero realmente “contar”, tengo que prescindir de la persona»[3]

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