La virtud del patriotismo

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Introducción

 

Hace algo menos de un año escribí un artículo titulado patriotismo cristiano en el que ensalzaba el común destino al que estamos llamados todos los hombres, independientemente de nuestro lugar de nacimiento, junto a Dios Nuestro Señor en el final de los tiempos. Pretendía con ello que los católicos no perdiésemos la perspectiva en el debate sobre identidad territorial que azota España estos últimos años (que está afectando sensiblemente la convivencia entre españoles), asunto donde tan fácil es quedarse corto como pasarse, y recordásemos nuestra patria definitiva y superior.

 

No obstante, establecida claramente aquella premisa, es necesario señalar que el patriotismo terreno no solo tiene cabida en el magisterio de la Iglesia, sino que de hecho es una virtud. Me vino a la mente cuando repasé recientemente el magnífico ensayo publicado en 2010 por el profesor José Miguel Gambra, “el patriotismo clásico en la actualidad”. Siguiendo su esquema, y de la mano de buenas compañías como Aristóteles y Santo Tomás, voy a resumir el concepto católico de patriotismo, sus desviaciones y su aplicación a la situación actual.

 

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La virtud de la piedad

 

El Bien supremo es Dios, y cuanto nos lleve a Él es un bien mediato (o intermedio). Al hábito de Bien se le denomina virtud, y al hábito de mal se le denomina vicio. Hay numerosas virtudes según sea su objeto: nosotros mismos, los demás hombres o Dios.

 

Dos virtudes diferenciadas, pero relacionadas, son la justicia y la piedad. La Justicia es la virtud por la que restituimos aquello que debemos a otro. La Piedad, en cambio, es la obligación o deuda que contraemos hacia aquellos a los que no podemos restituir cuanto debemos.  La piedad es uno de los siete dones del Espíritu Santo (CIC 1831). Su ejercicio se denomina culto, y entre sus actos se incluyen el honor, la reverencia, el servicio, el auxilio, etcétera.

 

Hay tres clases de Piedad. La primera es la debida a Dios, a quién no podemos restituir nuestra creación, nuestra alma ni nuestra salvación. Es la Piedad llamada de culto de adoración, exclusiva del Creador.  La Iglesia reconoce también un culto de veneración especial (hiperdulía) a la Santísima Virgen María, por quien entró la salvación en el mundo, bien que no podemos retribuir en justicia; este culto es esencialmente distinto e inferior al debido a Dios (véase CIC 971). Esta virtud pertenece al orden de religión, al que el lenguaje contemporáneo tiende a limitar el concepto “piedad”.

 

La segunda piedad es la Piedad filial, obligación debida hacia nuestros padres, a quienes no podemos devolver la vida, la crianza, la protección y la educación que nos han dado. Es un culto de respeto (también de obediencia y servicio). El cuarto mandamiento, el primero (y único positivo) de los debidos al prójimo, trata precisamente de esta piedad (véase Eclesiastés 3, 1-16), y se desarrolla en CIC 2214-2218.

 

La tercera piedad es la debida a la Patria, a quien debemos el entorno, el sustento, la educación superior y los medios de subsistencia o santificación que nos ha proporcionado. El término proviene del latín Patres (=padres) de donde vemos que esta piedad deriva de la debida a los progenitores. Entendida inicialmente como todo aquello relativo a los antepasados directos (linaje, patrimonio, tradiciones), la filosofía clásica (de la que bebe la teología cristiana) la amplió a la comunidad humana de la que formamos parte, sus instituciones y sus autoridades legítimas. La piedad filial y la patriótica entran dentro del orden de la caridad (CIC 2199).

 

El alcance de esa patria se presta a debate. El pensamiento tradicional hispano, en línea con la concepción orgánica de la sociedad (un solo cuerpo con muchos miembros u órganos), la desarrolla desde la familia original por medio de la patria chica (comarca o ciudad donde se desarrolla nuestra existencia), y las patrias históricas (aquellas que conformaron por sus leyes y tradiciones el ser propio de cada pueblo, principalmente a lo largo de la Edad Media), hasta la patria grande, entendida como tal la Hispanidad; o su plasmación práctica, que en nuestro caso es España.

 

El culto de piedad patriótica, al igual que el filial, es también de respeto, devoción, obediencia y servicio. El Catecismo de la Iglesia Católica lo desarrolla en los puntos 2213, 2220, 2234, y 2238 a 2243.

 

¿De qué modo se ejerce? Por la virtud de la Caridad , que al obligar hacia el prójimo (próximo), considera como tal a aquel con el que compartimos comunidad humana, y también por la virtud de la Gratitud, por los bienes recibidos de dicha comunidad. La forma más adecuada es trabajando por el Bien Común, esto es, auxiliar a cuantos Bienes mediatos contribuyan a cada miembro de la sociedad a desarrollarse hacia su perfeccionamiento, que no podrá ser otro que alcanzar el Bien último, que es unirse a Dios. Hasta tal modo es importante el patriotismo, que la piedad patriótica es superior a la piedad filial, en tanto lo común excede a lo particular. Y a ambas lo supera lo divino. Clásicamente se consideraba como sus cualidades típicas la predilección, el servicio, el respeto, el honor y la defensa.

 

La falta de esta virtud constituye el pecado de cosmopolitanismo, por el cual se considera la obligación de amor por la propia patria similar a la debida a las demás. Convertido en teoría filosófica, se convierte en el internacionalismo, que no es sino la exaltación del apátrida, quien falta a su deber de amor a la patria (que jamás supone falta de amor a otros, sino reconocimiento de un orden de prelaturas en la Caridad), so pretexto de evitar los males o perversiones de la piedad patriótica, que trataremos a continuación.

 

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Perversiones y desviaciones de la Piedad patriótica

 

El profesor Gambra señala, además, diversos errores que pueden cometerse al referirse al patriotismo, generalmente por confusión:

 

1) El sentimiento patriótico. Del mismo modo que puede existir un sentimiento de amor a Dios o a los padres, puede existir uno de amor a la patria (filía). Desde Kant, los sentimientos se han convertido en piedra angular de buena parte de la filosofía moderna y posmoderna (esencialmente antropocéntrica), que ha visto en ellos emanaciones de “autenticidad” del “yo”, o espíritu humano. Los autores clásicos les denominaban pasiones del alma, y como toda pasión, son irracionales de suyo, por lo que deben ser sujetados por la razón, para no confundir a la voluntad. El sentimiento aparece y desaparece involuntariamente, y por ello, no puede jamás ser considerado una virtud, que siempre procede de un ejercicio de la voluntad. Se entiende fácilmente cuando pensamos que un revolucionario, un hereje o un infiel pueden tener vivísimos sentimientos hacia su patria, que jamás constituirán una virtud por cuanto dichos sentimientos no les conducen al Bien Común (muy al contrario, su amor a la patria les llevará a constituir un régimen ateo o un estado islámico). Del mismo modo, quien no presente ese sentimiento (por la razón que sea), pero sí promueva el Bien Común en su comunidad, estará ejerciendo la virtud del patriotismo. Por consiguiente, sin ser malo el sentimiento patriótico, este deberá estar encauzado por la virtud del patriotismo para considerarse un bien. 

 

2) El folklorismo patriótico. Toda sociedad humana (sea económica, laboral, recreativa, religiosa, artística o de cualquier otro tipo) suele escoger unos símbolos que la representen de forma sencilla ante otras sociedades (nombre, apodo, escudo, bandera, himno, etcétera). Asimismo, tiene tradiciones o expresiones culturales propias; y hechos relevantes en su historia. La identificación de los miembros de una comunidad con sus símbolos y características particulares, por importante que sea, o su defensa, no supone en sí mismo virtud de patriotismo. Más aún, estos están sometidos al juicio moral: hay símbolos neutros, otros cooperadores de la virtud (como aquellos que evoquen formas del Bien, como la religión, la justicia, la paz, la caridad, la misericordia, etcétera), y aún otros inductores al pecado (por ejemplo los que evoquen el odio, la muerte, la irreligión, etcétera). Lo mismo cabe decir de las efemérides o avatares históricos, siendo lícitos cuantos recojan un hecho colectivo virtuoso en algún modo (por ejemplo, la evangelización de otro pueblo), e ilícitos cuando celebren hechos pecaminosos (por ejemplo, una agresión militar injusta o una revolución ateísta). El respeto a dichos símbolos siempre será delegado, es decir, como referencia a la comunidad humana, que es la verdadera depositaria del objeto del patriotismo. Venerar a aquellos sin hacerlo a esta, es transferir el objeto desde quienes lo merecen a sus epifenómenos. Supone una perversión, y no es propiamente una virtud.

 

3) La substantivización de la patria. Esta importante desviación afecta al concepto de patria. Se origina tras la paz de Westfalia de 1648, cuando en Europa se hace carne la teoría de las naciones modernas, como entes singulares autosuficientes (se justifican en sí mismos), cerrados y soberanos, caracterizados por la unidad e independencia. Las naciones modernas aparecen en un momento concreto de la historia, mientras el concepto clásico de patria se dilata a lo largo del tiempo, anterior y posterior a dicho tratado. El liberalismo doctrinario asume ese concepto de nación, que implica la conversión de la nación en un ente con substancia propia, separado de la comunidad humana que lo sustenta y a la cual sirve, de la que se autoerige en representación única y cuya existencia real “secuestra” en nombre de un ente abstracto. El patriotismo que se basa en ese error está desenfocando el objeto de la virtud de la piedad patriótica, como se ve muy evidentemente en el nacionalismo, donde la obligación por la nación (realidad suprema) es diferente y preeminente a la debida a la comunidad humana que la habita (esto también se puede rastrear en las ideas de nacionalistas católicos como Primo de Rivera).

Todo esto está ausente en los pensadores clásicos, particularmente en Santo Tomás, que establece una gradación de obligaciones desde los padres y la familia, pasando por la ciudad, hasta el gobierno legítimo, que es la forma más acabada de patria.

En los siglos XIX y XX se introduce la identificación del estado como la sociedad perfecta, a la que debe tender toda nación. En el cristianismo, la sociedad se perfecciona en función del fin sobrenatural al que tiende (en este caso, la única sociedad perfecta es la Jerusalén Celeste), y la unión o no de realidades “estatales” históricas depende del fin perseguido. Cuando se evoca el célebre lamento del profesor Menéndez y Pelayo, sobre que la descristianización de España conduciría a los reinos de taifas, o a la vuelta a los arevacos y vacceos, se olvida con frecuencia que la clave de ese lamento está en el paganismo de estos y la herejía de aquellas, y no tanto en la partición. Durante el Medievo español, varios reinos cristianos cumplieron satisfactoriamente la función virtuosa de expulsar la religión mahometana, y fueron por tanto patrias tan válidas como el producto de su reunión al término de la Reconquista.

El pensamiento social católico es orgánico, la comunidad humana está compuesta de miembros, y la única cabeza absoluta es Cristo. La patria tiene un lugar en el orden universal, obligando hacia las más próximas, y progresivamente a las mayores, hasta el último gobierno autónomo, sin que exista un límite conceptual (como puede ser una nación o un estado concretos); es decir, se trata de una decisión prudencial guiada por el Bien Común.

En el caso español, la unión y la independencia son un bien en tanto en cuanto sirvan para el fin sobrenatural, como así fue casi toda su historia. Por eso, una Unión Europea anticristiana es rechazable, pero una Cristiandad política no. Del mismo modo, los separatismos regionales son nefastos por cuanto debilitan la patria sin mejorar (aún más bien empeoran) la consecución del fin sobrenatural, pero la creación de un embrión de estado en las zonas dominadas por los carlistas entre 1872 y 1875, aunque rompiera la unidad administrativa, sirvió mejor al Bien Común, y por tanto fue legítima.

 

4) El catolicismo apátrida. Una tentación que sufrimos los católicos contemporáneos, ante la apostasía de las sociedades cristianas de occidente, es la de abandonar el deber de piedad patriótica. Dos causas señala el profesor Gambra: la primera es la implantación entre la comunidad católica del pensamiento modernista en la teología católica, que acepta la perniciosa separación de Iglesia y el Estado, extendiendo dicha segregación hacia las virtudes sociales a las que el católico está obligado, como si estas dependiesen del favor que las autoridades dispensan a la institución eclesial. La segunda (en parte derivada de aquella) es el comunitarismo (nombre que se ha dado a la llamada “opción benedictina”) que, acosado por una sociedad hostil a la enseñanza y moral cristianas, limita el deber de patriotismo hacia aquella comunidad que admite la doctrina católica coherentemente, y que conduce necesariamente a la formación de ghettos. Este pensamiento abandona al resto de compatriotas no católicos, hacia los cuales la obligación es aún más grave que hacia los correligionarios, pues aquellos precisan con mayor urgencia los frutos del trabajo por el Bien Común, que sus autoridades con frecuencia olvidan o arrinconan. Si nuestros padres apostatasen o tuviesen una fe tibia, nuestra obligación de respetarlos y cuidarlos si lo necesitan no cesa con ello. Del mismo modo, estamos obligados hacia nuestros hermanos y, más aún, debemos obedecer a la autoridad, legítima o no, en todo aquello que no vaya en contra de las enseñanzas de Nuestro Señor.

 

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Conclusiones

 

Un repaso a la virtud del patriotismo nos permite situar adecuadamente la posición del católico en las circunstancias actuales por las que pasa España, sacudida por las tensiones debidas a las ideologías nacionalistas periféricas que tratan de romper su unidad (y que a su vez pueden provocar una reacción nacionalista central) y a las ideologías marxistas que pretender desencadenar la revolución política, tras haber obtenido el triunfo en la revolución cultural durante las últimas décadas. Ambas afectan gravemente a la virtud de la piedad patriótica, pues la combaten. Los católicos deben entender que incluso en situaciones de provocación, sus deberes hacia la comunidad humana que los ha criado no cesan. Y por tanto:

 

- El primero y mayor servicio a la patria es procurar el Bien Común a sus súbditos.

Dado que el fin sobrenatural del mismo es llevar a las almas a Dios, el primer y mayor servicio a la patria es trabajar por implementar unas costumbres cristianas y una legislación católica, obediente a los mandatos de Dios, tanto por ley natural como por la revelada (CIC 2244).

 

- Nuestra obligación de servicio a nuestros compatriotas es constante, independientemente de sus características.

No es patriotismo procurar el mal o no desear el bien a algún compatriota, sea por su ideología, su lugar de nacimiento, su raza, su religión o cualquier otra circunstancia.

 

- La defensa de los símbolos de España es una virtud si se acompaña de la defensa de los españoles, incluidos aquellos que no compartan dicha defensa.

Cuando el líder marxista Pablo Iglesias Junior afirma cosas similares a que “el patriotismo no es defender una bandera o un himno, sino proveer las pensiones y salarios dignos a los más desfavorecidos” no está diciendo una mentira, pero sí una media verdad: es real que la justicia social hacia la comunidad humana a la que se pertenece forma parte de la virtud del patriotismo, pero es falsa la contraposición con sus símbolos. Al contrario, ambos son rama y fruto del mismo árbol, y no puede haber contradicción entre ambos, si estos símbolos son legítimos.

 

- Los sentimientos de patriotismo o su ausencia no libran de los deberes de virtud hacia la patria, ni hacia los compatriotas.

No importa si el sujeto se siente o no parte de esa comunidad humana, si se siente de otra, o de ninguna. La virtud del patriotismo es un deber de deuda que tenemos la obligación de cumplimentar, sin considerar las pasiones de nuestra alma hacia nuestra patria (o patrias).

 

- La comunidad humana que constituye la patria está por encima de la organización administrativa o estatal de la misma, o su sistema de gobierno.

Para alcanzar el Bien Común, no hay un solo sistema de gobierno o de estructura estatal o territorial válido, sea estado, nación, región, cantón, monarquía o república. Estas cuestiones, por tanto, son meramente pragmáticas, y se entregan al cuidado de la virtud de la prudencia. El amor al prójimo y la deuda contraída con la comunidad, en cambio, permanecen inalterables.

 

En tiempos agitados, donde la formación en las virtudes es defectuosa, o directamente ausente (incluso desde instancias oficial y supuestamente católicas), la virtud del patriotismo debe reivindicarse y cultivarse. Procura ingentes bienes, tanto materiales como espirituales, de concordia, santificación y beneficio mutuo, no a las personas individuales (aunque también se benefician), sino sobre todo a las comunidades humanas. Del mismo modo que el bien común es superior al bien particular, también la virtud de obligación y servicio a la comunidad es más meritoria y fructífera que la debida a personas aisladas, por muy allegadas que sean.

14 comentarios

  
Alberto GT
Si por Cristiandad política nos referimos a que desparezcan las Naciones europeas (hablo como si siguieran existiendo) para dar lugar a una única Nación cristiana, lo veo muy mal. La riqueza de Europa viene ena gran aprte debido a su diversidad cultural y política dentro de unala misma Fe. Aparte de que un poder político, aunque fuera criatiano, sivaapira ay la hegemonía política acaba atacando a la Iglesia (como se vio en el caso del Sacro Imperio medieval en la querella de las investiduraa, el galicanismo de Francia, etc).

Que las Naciones europeas regresen al ctistianismo y, forjen una alianza común, sí. Que se fusionen en un solo Estado cristiano paneuropeo, no. Eso sería la muerte de las Naciones europeas y el empobrecimiento de sula cultura.

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LA

Estimado Alberto, sigue usted moviéndose en conceptos de estado-nación. Relea lo que opino (compartido en este caso por el profesor Gambra, y de hecho por los pesos más pesados del pensamiento católico tradicional) y verá como los tiros van por otra parte. En la época de la Cristiandad, ni existían las naciones (en sentido moderno), ni de hecho un estado que mereciera ese nombre propiamente.
Pero sí existían las patrias, como el propio Santo Tomás de Aquino confirma.

Un saludo cordial.
28/11/19 1:55 AM
  
Antonio1
“La falta de esta virtud constituye el pecado de cosmopolitanismo, por el cual se considera la obligación de amor por la propia patria similar a la debida a las demás. Convertido en teoría filosófica, se convierte en el internacionalismo, que no es sino la exaltación del apátrida, quien falta a su deber de amor a la patria (que jamás supone falta de amor a otros, sino reconocimiento de un orden de prelaturas en la Caridad), so pretexto de evitar los males o perversiones de la piedad patriótica, que trataremos a continuación.“
Este párrafo es un disparate, no hay por donde cogerlo y está lleno de falacias. En cuanto tenga un hueco lo desarrollo.

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LA

A ver si encuentra ese hueco. El de descalificar sin argumentar sí lo ha conseguido encontrar.
28/11/19 9:33 AM
  
Alberto GT
Muy buen artículo y muy necesario. Pero hay cosas que no entiendo.
No veo porqué antes los Estados noe existían, cuando yo entiendo por Estado aquella estructura administrativa que posee el derecho de hacer cumolir la Ley por la fuerza en toda circunstancia. Eso ha existido siempre.

No entiendo en que consiste eso de que la Nación se convirtió en un concepto abstracto, independiente y cerrado. No veo cuál es la Revolución allí. Siempre Castilla ha sido independiente de Inglaterra.

Creo que la independencia de Cataluña, aunque lo admitiesen como buena la gran mayoria de los españoles actuales, sería nula. Porque no creo que la generación actual tenga el derecho de destruir el legado de siglos de sus padres, y que la Patria actual incluye de algún modo a los antiguos como la familia incluye de algún modo a los miembros ya muertos. Podría compararse con decir que los católicos no tenemos derecho a adukterar la Fe que con tanto esmero cuidaron nuestros Padres, incluso dando la vida literalmente por ella. Se podría comparar a la actitud de Nabot con el Rey Acab de Israel «Dios me libre de darte la heredad de mis padres», es decir, de despreciar su legado por unos mejires terrenos o un buen dinero.


¿Cómo entiende el pensmaiento tradiviona el concepto de soberanía? Porque soberanía siempre ha existido me parece, pues los Reyes podían independizar un territorio dándolo a otro heredero, pero un alcalde no podia iindependizar su pueblo. Ni Carlos V o Felipe II tenían un superior qie estuviese pors r encima de ellos.

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LA

El concepto de estado es moderno. Aunque no hay un momento germinal, se desarrolla durante los siglos XVI y XVII, y ya está establecido en el siglo XVIII. A partir de Hobbes y su Leviathan, se considera el ente social capaz de representar y ejercer coerción sobre todos los miembros de una sociedad. Anteriormente existían gobiernos y autoridades (fuesen monárquicas o republicanas), pero con unas atribuciones públicas limitadas por ley, que no se entrometían en las sociedades civiles particulares. El uso de estado en sentido antes de esos hitos es anacrónico.

Castilla era un reino: una relación señorial-vasallática, con contratos de gobierno múltiples (por ejemplo, entre la corona y los gremios, o entre los feudatarios y el rey, entre otros muchos). El soberano, en este caso un monarca, era independiente o no según las circunstancias. Había reinos que en ocasiones no tenían soberano por encima del suyo y otras sí, como por ejemplo Portugal o Granada. El rey de Inglaterra era soberano en su isla, pero como duque de Normandía era vasallo teórico del rey de Francia. No es que no existiera la autonomía de la potestad, sino que las relaciones no se establecían empleando el modelo moderno de estado-nación, sino el de señorío.

La Unidad de España es un bien, pero no un Bien absoluto, por ello si su ruptura, de algún modo imprevisible actualmente, fuese a conducir con mayor seguridad a los españoles a la santidad, sería buena. En la práctica actual eso no es así (los nacionalismos periféricos son tan liberales y ateos como el español), pero teóricamente podría ser, por tanto no podemos sacralizar la unión de España.

La soberanía política es un concepto contemporáneo al estado, y por tanto se aparta de lo que en este artículo se trata. Los autores clásicos siempre prefirieron hablar de autoridad y potestad, siguiendo a los romanos.

Un saludo.
28/11/19 10:55 AM
  
Alberto GT
Aparte, no puee haber un Código Penal distinto en diversas regiones de España. ¿O sí? No lo sé. ¿Pueden pagar distinto por sus crimenes los asesinos en Galicia o en Andalucía?

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LA

El concepto de patria es diverso del de los códigos de leyes, que son promulgados por una autoridad (soberanía, en terminología moderna) para una comunidad concreta, o varias. Es un asunto en realidad más secundario de lo que se pueda pensar: para ser virtuosos, todos los códigos de leyes deberían estar inspirados en la ley de Dios, y por tanto, deberían tener unos fundamentos básicos similares en todas las patrias de la tierra. Otra cosa es que existan características, opinables desde el punto de vista moral, que varíen de un territorio legal a otro (por ejemplo, que en uno se prefiera penalizar con reclusión, en otro con multas, y en otro con servicios sociales).
28/11/19 10:58 AM
  
Juan G. C.
Muy estimado Sr. D. Luis Ignacio Amorós:

Disculpe la pregunta, pero siempre que se habla de estos temas me la hago: ¿qué se entiende por "la comunidad humana de la que formamos parte"? ¿Y cómo se la identifica?

Reciba un cordial saludo:
Juan G. C.

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LA

Esa es una magnífica pregunta, y probablemente el quid de la cuestión. Probablemente, no se pueda dar una respuesta única o cerrada. El término "comunidad de personas que nos han proporcionado bienes para nuestro desarrollo" no es ambigua, pero obviamente no establece una categoría inequívoca, pues el alcance de esa comunidad se puede ampliar mucho (más en un mundo tan global como el actual). El pensamiento tradicional hispánico postuló la concatenación de patrias, desde la más cercana (el clan, el barrio, el pueblo, la comarca), hasta la gran patria hispana. Teóricamente la virtud de la piedad patriótica era obligatoria a todas, pero con mayor fuerza a las más cercanas.

¿Usted que opina?

Un cordial saludo.
28/11/19 12:13 PM
  
veritas
El concepto patriotico de José Antonio es muy puro. Su propio patriotismo le llevaba a no olvidar al pueblo, y de ahí sus concepciones sociales tan pronunciadas.
Y combinaba esto perfectamente con la gloria de Dios, a la que debe tender cualquier grupo humano, sea la familia, la cofradía o la misma Patria. Lo mismo que todo individuo, toda familia, grupo o nación tiene un destino que debe acomodar a los planes divinos. Eso significa la frase joseantoniana de "España es una unidad de destino en el universal". Es una frase espiritual, de profundo sentido religioso, que él no solía incluir porque decía que su labor era más la política y la fe correspondía más bien a la Iglesia. Pero en muchos otros textos su afirmación de que la Historia de España está marcada por la fe católica no dejan lugar a dudas.

Y yo no soy falangista. Las críticas a la Falange se pueden hacer en otros aspectos. Pero criticar en este artículo lo de la patria más suena a ganas de meter el dedo en el ojo a las Flechas por parte de un Pelayo que otra cosa :-)

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LA

La crítica a Primo de Rivera no viene por la sinceridad de su catolicismo, que nadie aquí ha puesto en duda, ni por su falta de amor a las personas que componen la patria, pero esa frase de la unidad del destino en lo universal, si se descontextualiza (como se hizo desde que se convirtió en un "eslogan") es defectuosa. La razón de la crítica es la de convertir a la "patria", o a la "nación", en un sujeto autónomo, independiente de la comunidad de las personas que la conforma, atribuyéndole características personales. Y lo mismo se puede decir del concepto "pueblo". Cuando expresiones más o menos coloquiales, y por ello útiles pero imprecisas, se convierten en puntales de toda una teoría política, son susceptibles a crítica. En este caso, por apartarse de las enseñanzas tradicionales de los pensadores católicos sobre la virtud del patriotismo.
28/11/19 2:17 PM
  
Palas Atenea
Hablar de virtudes, y más de una como el patriotismo, ya no lo va a entender nadie. Si ni siquiera se reconocen hoy las virtudes morales fundamentales como la Prudencia, la Justicia, la Fortaleza y la Templanza ¿cómo se va a reconocer como virtud el patriotismo? Y no lo digo precisamente porque yo no la entienda sino porque hasta los sacerdotes ponen cara rara si se habla de virtudes. El terreno de la Virtud fue abandonado hace años en la enseñanza de la Iglesia. Solo se habla ya de las teologales y no demasiado a menudo.


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LA

Pues para eso está este portal. Y esta bitácora.
28/11/19 2:51 PM
  
Alberto GT
Pero pienso que, salvo en caso de extrema necesidad y con posible buen resultado en favor de la salvación de las almas, la unidad de España es un bien al cual los españoles no tenemos derecho a destruir. Y, si los independentistas fueran católicos sinceros, mientras no se les persiga, ¿nos seria mejor que buscasen la salvación de sus conpateuotas ens vez de independizarse y encerrarse en Si mismos? Pues no veo cómo puede llegar a ser imposible la conversión de unos españoles mientras la de los otros sí son capaces, como si los vascos o valencianos fuesen menos católicos que los castellanos culturalmente.

Pero fjera de extrema necesidad, habiwndo agotado otra opción, la independencia es un crimen que divide la comunidad política y echa a la basura el esfuerzo de siglos: la democracia de los muertos, es decir, la tradición.


De Santo Tomás de Aquino: la sedición se opone a la unidad de la multitud, es decir, a la unidad del pueblo, de la ciudad o del reino. Pero, en palabras de San Agustín, en II De civ. Dei, la expresión pueblo, en opinión de los sabios, designa no el conjunto de la multitud, sino el cuerpo asociado con la anuencia del derecho y la comunión utilitaria. Es, por lo mismo, evidente, que la unidad a la que se opone la sedición es la unidad de derecho y de utilidad común. En consecuencia, la sedición se opone a la justicia y al bien común. Por eso la sedición es, por naturaleza, pecado mortal. Y es tanto más grave cuanto que el bien común, impugnado por la sedición, es mayor que el bien privado impugnado por la riña.




Aparte, la Historia demuestra cómo las separaciones imprudentes o injustificadas no suelen acabar nada bien, es más, generan más males aue bienes. Así; aunque Israel se separó de Judá con la bendición del Profeta Ahías, Jeroboam I impuso la idolatría de los becerros de Dan y Betel como culto oficial del Reino y acabó Israel mucho peor que Judá, perdiéndose el rastro de las 10 tribua tras la conquista de Samaria por los asirios, mientras en Judá de vez en cuando aparecía un digno sucesor de David en el Trono.

Cuando Cataluña se separó de España en mediod e la Guerra de los Treinta Años, acabó sometida a Francia y tras la Paz de los Pirineos, perdió el Rosellon y la Cerdaña Norte.

Cuando Hispanoamerica se separó de España, se convirtio ens un continente pobre y con periodicas guerras civiles e inestabilidad política; pasaron del yugo suave español al yugo a veces de EEUU y otras de la URSS o Cuba.

Cuando el Imperio Romano Occidental perdía zonas, estas pasaban a estar en un estado de barbarie e inestabilidad.

O Portugal, separado de Castilla, perdió



No niego que haya casos en que la separación deba ser necesaria, como el caso de Judea en tiempo de los Macabeos. Pero eso fue porque estaban en extrema necesidad y no habia otra solución. Pero mientras forkaron psrte del Imperio Persa Aqueménida, no buscaron la independencia y fueron fieles y devotos del Rey persa.
Pero cuando se rebelaron contra los romanos, que permitían bastante libertad a los judíos, eso soloc causó la ruina de Jerusalén, del Templo y de la Nación judía.
Es más, el objetivo inicial de los Macabeos no. Era la independencia sino preservar la libertad religiosa. Judas Macabeo llegó a acuerdos de amistad con los seleucidas, así como Jonatán, que mostraron varias veces vasallaje al Rey seleucida de turno. Y la independencia oficial se dio con Simón, después de haber sido traicionadas sus promesas varias veces por los seleucidas hasta haber muerto a Jonatán, como medio de garantizar el bienestar conoleta del, pueblo judío. E incluso en ese momento, en que se independizó Judea definitivamente del Imperio Seleucida, el nuevo Gobierno conservó signos y títulos de origen griego, como la hebilla de oro o pñusar nombres griegos, apsrte de que Simón y Juan Hircano se autodenominaron etnarcas y no reyes.

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LA

Estimado Alberto GT, muchas gracias por su mensaje y los muchos y muy acertados ejemplos que pone. Estaría de acuerdo con muchos de ellos, y debatiría con gran gusto sobre otros, pero finalmente la forma de organización de sociedades y sus autoridades es una cuestión prudencial. No indiferente, pues se han escrito muchas y muy buenas razones desde el punto de vista católico para preferir una u otra. Pero todas ellas son contingentes, y su razón de ser, como en el patriotismo, está en función de que conduzcan al Bien Común. El gobierno u organización territorial que una vez fue adecuado para lograrlo, en otro tiempo o lugar puede no serlo.

En cambio, las virtudes trascienden tiempo y lugar, porque provienen de las enseñanzas divinas. La virtud del patriotismo, que pertenece a la gratitud debida y al orden de la Caridad, permanece siempre. Y ese es el objeto de este artículo.

Un saludo.
28/11/19 5:47 PM
  
estoy cansado
Preclara la exposición de ideas, sobrada a la de muchos filósofos.
Comparto la sustantivación y sustanciación de la patria, en cuanto referencial evolutivo, ante la globalización desbordada que hace al ser humano, náufrago en un océano de libertad.
Empero,ojo, la patria, aunque se impone al individuo, a la famlia y a la comunidad, en forma alguna puede prescindir de ellos, pues se desnaturaliza, perdiendo sustento real, deviniendo en aspiración vacua, inicua al ser humano.
Porque la misma naturaleza histórica de la patria, supone un carácter fáctico constructivo, que la sustancia del acontecimiento existencial, valga decir, la patria no es encofrada reliquia a venerar, sino vivo acontecer existencial enraizado históricamente en una cosmovisión que lo alimenta, y a la cual nutre desde cada actualidad evolutiva. De allí la responsabilidad del sujeto actual, para con su familia, la sociedad, la patria y, principalmente, para con él mismo, por cuanto, sin el acto primario de constricción interna, sin la conciencia histórica, hacia atrás y hacia adelante, de la patria, pierde el ser humano toda referencialidad existencial.

No me gusta el divorcio prejuicioso entre patria, nación y Estado, cuando éstos dos expresan la concreción política de la patria, y por ello, implican su preservación histórica... Las perversiones de esa estructura son otra cosa...




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LA


No es divorcio, que es puntualización. Las organizaciones de la comunidad humana son necesarias, sobre todo a partir de una cierta complejidad. Simplemente, dejar claro que la virtud de los deberes hacia la patria trascienden dichas organizaciones, porque son deberes hacia prójimos concretos, no deberes hacia entes abstractos.

Existe la deuda hacia las personas que componen una comunidad, no hacia la nación que pueda emplear como marco organizativo, administrativo y legislativo. Por decirlo de forma groseramente simplificada, nuestra obligación hacia España es posterior a nuestra obligación hacia los españoles.
Esta acotación es necesaria para evitar caer en el error de la substantivización de la patria, que conduce con cierta frecuencia al nacionalismo. El profesor Gambra lo explica más luminosamente que yo en el artículo que evoco y enlazo al comienzo .

Un saludo.
28/11/19 5:51 PM
  
estoy cansado
El problema en definitiva es conceptual. La patria al hombre y su tradición, la nación a la coexistencia histórica, y el Estado a la libertad...
Esto da para varios tomos...
28/11/19 9:35 PM
  
Juan G. C.
Muy estimado Sr. D. Luis Ignacio Amorós:

Disculpe que haya tardado tanto en responderle. La cuestión es complicada, creo yo, porque "comunidad" es un término análogo, no unívoco, y muchas veces se mezclan y se confunden los distintos sentidos. Por un lado, la palabra "comunidad" puede referirse a una corporación o persona jurídica, formada por varias personas, como las comunidades de villa y tierra de la España del antiguo régimen, los viejos cantones suizos, las órdenes religiosas, las universidades o las comunidades de propietarios de cada edificio. Por otro lado, puede llamarse "comunidad" al conjunto de personas que dependen de un señor y están de alguna manera bajo su autoridad, y en ese sentido una monarquía sería una comunidad, pero creo que es impropio usar esta palabra porque lo único que tienen que hay común en una monarquía es el señor común. Por último, se puede llamar "comunidad" al conjunto de personas que viven cerca las unas de las otras, con muy diversos lazos de parentesco, profesionales, etc. pero sin que tengan que formar ninguna corporación, pues para que las personas vivan cerca, o incluso en la misma casa, no es necesario que formen una corporación o asociación (o que sean súbditos del mismo señor). Las diversas patrias de las que habla usted no son todas "comunidades" en el mismo sentido de la palabra: un clan, por ejemplo, no es sino un conjunto de personas emparentadas, pero que no tienen por que formar (aunque hay casos en que lo forman) una corporación o estar bajo la autoriadad de un señor (a veces sí, si todos viven en las tierras del cabeza de familia o de clan, por ejemplo). Un barrio normalmente solo es comunidad en el último sentido. Una comarca o un pueblo si forman una corporación (municipio, ayuntamiento) son comunidades en el primer sentido. Un reino o monarquía es una comunidad en el segundo sentido, etc.

Reciba un cordial saludo:
Juan G. C.

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LA

Sospecho que el término comunidad (y por tanto el de patria) podría incluir a todas las que usted cita (incluyendo el clan). Precisamente porque la filosofía católica tradicional no pretende que este sea un concepto cerrado, ya que las obligaciones hacia una comunidad no nos eximen de las obligaciones hacia otra, mayor, menor o diferente, siempre que tengamos algún tipo de deuda (como ejemplo extremo, un discípulo tiene una deuda con la comunidad de maestros que le ha enseñado).

Precisamente, uno de los cometidos de este artículo es enseñarnos que la patria hacia la que se dirige la virtud de la piedad patriótica no se encierra, o principia o termina en un nación o en un sólo ente jurídico, por muy válido que sea.

Un cordial saludo.
30/11/19 7:00 PM
  
Alberto GT
Para que conste. Amar al prójimo implica amar a los muertos también y aquello bueno que han dejado.
01/12/19 3:23 AM
  
veritas
La razón de la crítica es la de convertir a la "patria", o a la "nación", en un sujeto autónomo, independiente de la comunidad de las personas que la conforma, atribuyéndole características personales. Y lo mismo se puede decir del concepto "pueblo". Cuando expresiones más o menos coloquiales, y por ello útiles pero imprecisas, se convierten en puntales de toda una teoría política, son susceptibles a crítica.
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Si lo meditas bien, esa misma crítica se la puedes acabar haciendo al mismísimo pueblo judío y toda la Sagrada Escritura cuando habla de él y de su misión, elección, destino o como prefieras llamarlo.

Todos los grupos humanos, desde el más pequeño al mayor tienen una misión, un propósito, un destino... Y eso ni anula al individuo y su especifidad ni presupone su supuesto olvido. En el caso de José Antonio, su pronunciada preocupación por lo social deja bien claro que no olvida al individuo y su bienestar.


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LA

Precisamente, el pueblo de Israel es un buen ejemplo de lo distinta que es una comunidad humana de una nación en sentido moderno. Habitó Canaán, luego Egipto, luego otra vez Canaan dividido en tribus, luego unido en una monarquía, luego en dos reinos distintos, luego el exilio, luego la restauración y finalmente la diáspora. Nunca dejó de ser el pueblo judío (o una nación, pero en sentido clásico de linaje extendido). Más allá de unos ancestros o patriarcas comunes, cada vez más lejanos y borrosos en el tiempo, era su fe en Yahvé y el cumplimiento de su Ley lo que les daba sentido como comunidad humana, y la añoranza de Jerusalén lo era por ser sede del Templo.

Jamás en toda su historia necesitó Israel una "nación" en sentido moderno, y no la ha tenido precisamente hasta el siglo pasado. Una nación que vino de la mano de un movimiento ideológico, el sionismo, que respeta la religión judía como componente cultural e histórico, pero que es agnóstica. Una ideología territorialista para la que es más importante poner tres colonias más de judíos étnicos en Hebrón que cumplir las leyes del Pentateuco (de hecho, su constitución es liberal, y la mayoría de los judíos israelíes son indiferentes o directamente agnósticos), al contrario que sus antepasados.

Israel son los judíos, el Pueblo de Dios, o no es nada. Su nombre vaciado de sentido en medio de un mapa no significa nada.

Un saludo.
02/12/19 5:57 PM
  
Juan Mariner
D. Luis Ignacio: no me negará que si me deshago en elogios hacia el "concepto impuesto de patria" que me ha tocado sufrir, que elimina a 100.000 nasciturus al año y destruye a la familia en todas las esferas, me sitúo a su misma bajeza moral. De momento, déjeme que me deshaga en elogios hacia la Patria Celestial, de la que espero ser un ciudadano nacional de pleno derecho acompañado de todos ustedes. Muchos españoles aborrecen los símbolos españoles porque los asocian al franquismo (es humano); a mí, algunos símbolos me provocan escalofríos porque los asocio de inmediato a divorcismo, abortismo, ataque a la familia por todos los frentes, homosexualismo, escasez de medios de vida para gente humilde, corrupción, enchufismo, enfrentamiento provocado entre vecinos, paro estructural interesado, drogadicción generalizada...
06/12/19 1:32 AM

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