4.10.18

Las ofrendas de la Misa (y V)

¿Qué se ofrece entonces?

¿Qué se lleva al altar?

¿Cuáles son las ofrendas de la Misa?

¿Las enfatizamos con “añadiduras superfluas", que decía Benedicto XVI?

¿Podemos incluir moniciones a cada ofrenda en vez del canto que resuena durante la procesión?

¿Qué le podemos sumar al pan y al vino? ¿Lo que queramos?

5. Única y destacada ofrenda: pan y vino suficientes

    A tenor de lo que marcan los documentos de la Iglesia, el realce absoluto lo tendrá exclusivamente la ofrenda del pan y del vino, las únicas que se colocan sobre el altar. En ellas se compendia todo, incluida la vida misma de los oferentes y del pueblo cristiano.

 Sobre estos dones, reales, entregados en procesión, reza la Iglesia:

“Presentamos, Señor, estas ofrendas en tu altar como signo de nuestra servidumbre; concédenos que, al ser aceptadas por ti se conviertan para tu pueblo en sacramento de vida y redención”[1][1];

“Señor, acepta con bondad estas ofrendas, y consagra con tu poder lo que nuestra pobreza te presenta”[2][2];

“haz que estos dones se transformen en fuente de gracia para los que te invocan”[3][3].

     Las ofrendas que se llevan al altar van a permitir la renovación sacramental del sacrificio de Cristo; las ofrendas de pan y vino son signo de un intercambio único: Dios las transforma en el Cuerpo y Sangre de su Hijo y se nos da para santificarnos. Sólo el pan y el vino pueden ser una verdadera oblación: 

“Tú nos has dado, Señor, por medio de estos dones que te presentamos, el alimento del cuerpo y el sacramento que renueva nuestro espíritu; concédenos con bondad que siempre gocemos del auxilio de estos dones”[4][4];

“recibe, Señor, la oblación que tú has instituido, y por estos santos misterios, que celebramos para darte gracias, santifica a los que tú mismo has redimido”[5][5];

“acepta, Señor, estas ofrendas por las que se va a renovar entre nosotros el sacrificio único de Cristo”[6][6];

“acepta, Señor, los dones que te presenta la Iglesia y que tú mismo le diste para que pueda ofrecértelos; dígnate transformarlos con divino poder en sacramento de salvación para tu pueblo”[7][7].

   En ese clarísimo sentido de oblación e intercambio por el que nosotros presentamos pan y vino y Dios, en admirable intercambio, nos va a entregar a su propio Hijo en el sacramento, oran algunas plegarias bellísimas:

“Mira, Señor, los dones de tu Iglesia que no son oro, incienso y mirra, sino Jesucristo, tu Hijo, al que aquellos dones representaban y que ahora se inmola y se nos da en comida[8][8];

“acepta, Señor, estas ofrendas en las que vas a realizar con nosotros un admirable intercambio, pues al ofrecerte los dones que tú mismo nos diste, esperamos merecerte a ti mismo como premio”[9][9].

   El contenido de estas oraciones sería imposible aplicarlo a otros elementos ajenos al pan y al vino, tales como las ofrendas que, a modo de símbolos y compromisos, se llevan al altar.

 
 

    Insistamos, una vez más: los dones que se presentan al altar son verdaderos, el pan y el vino, porque ellos van a ser transformados en el Cuerpo y Sangre de Cristo. Deben ser el centro de la procesión de ofrendas y no quedar disimulados por multitud de ofrendas que no son reales ni útiles ni sirven para la iglesia o para los pobres.

 Ya de por sí el pan y el vino compendian varios sentidos en sí mismos y son elocuentes; no hay que añadir arbitrariamente esas llamadas “ofrendas” que no son tales (con el añadido de una monición a cada una). No casan con el sentido real de este ofertorio en la liturgia ni romana ni hispano-mozárabe ni ninguna otra.

 Los sentidos del pan y del vino en cuanto ofrendas son muy iluminadores a poco que se sepan mirar:

 

            “El rito tiene un significado bautismal, eucarístico, antropológico y social.

            El sentido bautismal aparece en el hecho de estar reservado a los bautizados en comunión con la Iglesia.

El eucarístico es el más claro y acentuado, pues los dones se presentan para ser consagrados y, una vez convertidos en el Cuerpo y Sangre de Cristo, ser distribuidos a los fieles, de tal modo que presentación-consagración-distribución del Cuerpo y Sangre de Cristo, en que los dones han sido transustanciados, son tres momentos de una misma celebración.

            El sentido antropológico se desprende del hecho de que la presentación de los dones es la contribución material inmediata de los fieles a la celebración Eucarística –que en no pocas culturas son los frutos más representativos del trabajo del hombre y el alimento base de la vida material-, contribución que quiere ser signo externo del ofrecimiento interior de cada fiel.

            Finalmente, el carácter social se advierte en la cualidad de las ofrendas, que no sólo son individuales sino también ofrenda de toda la Iglesia, bellamente significada en la naturaleza del pan y del vino, hechos de muchos granos de trigo y de muchas uvas”[10][10].

  ¿Conseguiremos, así pues, recuperar la centralidad del pan y del vino para esta procesión ofertorial, y sólo del pan y del vino, aportando todas las patenas y copones necesarios para la consagración, con el canto del Ofertorio, sin otros aditamentos ni ofrendas extrañas, en verdadera procesión y sin la interrupción de moniciones? 

  ¿Conseguiremos que brille la limpia sobriedad y solemnidad del rito romano o habrá que sufrir su distorsión tan extendida y secularizada de ofrecer símbolos? 

   ¿Conseguiremos que lo pastoral sea comprender y conocer bien el significado de estos dones eucarísticos llevados en procesión o seguiremos arruinando el sentido pastoral de la liturgia con la inventiva de que cada cual añada, quite o cambie elementos por iniciativa propia, a despecho de lo establecido por el Concilio Vaticano II (cf. SC 22)?

 

 

 



[1][1] OF IV Tiempo Ordinario.

[2][2] OF 19 de diciembre.

[3][3] OF 1 de mayo, S. José Obrero.

[4][4] OF XI Tiempo Ordinario.

[5][5] OF XXVII Tiempo Ordinario.

[6][6] OF 20 de diciembre.

[7][7] OF 21 de diciembre.

[8][8] OF Epifanía del Señor.

[9][9] OF 29 de diciembre.

[10][10] IBAÑÉZ-GARRIDO, Iniciación…,  315-316.

28.09.18

Las ofrendas de la Misa (IV)

Después de ver lo que el Misal romano marca sobre las ofrendas de la Misa, la lección siempre esclarecedora de la historia, y por último, la comparación con otros ritos y familias litúrgicas (bizantina e hispano-mozárabe), vamos a la praxis del rito romano hoy.

 

4. Lo propio de nuestro rito romano

   El rito romano, mucho más sobrio, ofrece una procesión de ofrendas de los elementos que se van a consagrar, la materia del sacrificio, a los que se pueden añadir donaciones para la iglesia o para los pobres, acompañado el rito con un canto. Las oraciones sobre las ofrendas resaltan exclusivamente los dones que van a ser transformados, consagrados, santificados:

  “Señor, recibe con bondad nuestros dones y al consagrarlos con el poder de tu Espíritu, haz que se conviertan para nosotros en dones de salvación”[1][1];

“acepta, Señor, nuestros dones, en los que se realiza un admirable intercambio, para que al ofrecerte lo que tú nos diste, merezcamos recibirte a ti mismo[2][2];

“el mismo Espíritu, que cubrió con su sombra y fecundó con su poderlas entrañas de María, la Virgen Madre, santifique, Señor, estos dones que hemos colocado sobre tu altar”[3][3].

   Es la misma liturgia con sus oraciones la que nos ayuda a centrar la procesión de ofrendas en las verdaderas ofrendas, la del pan y la del vino, la de todo el pan eucarístico necesario y el vino, despojando esta procesión de los aditamentos y elementos que se le han superpuesto y la han trastocado tanto en un sentido muy antropocéntrico y moralizante (“te ofrecemos… signo de nuestro compromiso por…”).

 La procesión de ofrendas del rito romano también aporta sólo y principalmente la oblación de la Iglesia, el pan y el vino. La exhortación Sacramentum caritatis de Benedicto XVI pretende ser un correctivo a los abusos cotidianos que se padecen en esto, aun con palabras suaves:

   “Los Padres sinodales han puesto también su atención en la presentación de las ofrendas. Ésta no es sólo como un “intervalo” entre la liturgia de la Palabra y la eucarística. Entre otras razones, porque eso haría perder el sentido de un único rito con dos partes interrelacionadas. En realidad, este gesto humilde y sencillo tiene un sentido muy grande: en el pan y el vino que llevamos al altar toda la creación es asumida por Cristo Redentor para ser transformada y presentada al Padre. En este sentido, llevamos también al altar todo el sufrimiento y el dolor del mundo, conscientes de que todo es precioso a los ojos de Dios. Este gesto, para ser vivido en su auténtico significado, no necesita enfatizarse con añadiduras superfluas. Permite valorar la colaboración originaria que Dios pide al hombre para realizar en él la obra divina y dar así pleno sentido al trabajo humano, que mediante la celebración eucarística se une al sacrificio redentor de Cristo” (Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, 47).

  “No necesita enfatizarse con añadiduras superfluas”: tales como las llamadas “ofrendas simbólicas”, con una monición explicativa a cada ofrenda, porque, si no, no se entenderían: una bandera, un balón, un reloj de pulsera, un cuenco con sal, un escapulario, un libro, un par de sandalias, una biblia, la medalla o insignia de una Hermandad o Asociación, un cartel o póster (de Cáritas, de Apostolado seglar, del Apostolado de la carretera…, etc…), una guitarra, un ladrillo…,  hasta un matrimonio que “ofreció” a su hijo pequeño en el ofertorio, que recordaba más a presentar una víctima para sacrificios humanos que otra cosa.

 Así un larguísimo etcétera de ofrendas que no son tales ofrendas sino símbolos de compromiso, de claro tono “autorreferencial” y “pelagiano”, que dice el papa Francisco: un moralismo del esfuerzo y del compromiso que seculariza la liturgia, convirtiendo en protagonista absoluto al hombre y sus acciones.

  Pero es que esas ofrendas chirriantes en la liturgia sólo están poniendo de relieve, no únicamente un cambio en el rito totalmente arbitrario, sino la concepción horizontalista, secular, de que la liturgia es nuestra, la hacemos nosotros, y nosotros la podemos manipular porque buscamos ponernos nosotros como protagonistas comprometidos, no la centralidad del mismo Señor:

“La liturgia no es una auto-manifestación de la comunidad, la cual, como se dice, entra en escena en ella… Todos deberían tomar conciencia de este carácter universal de la liturgia. En la Eucaristía recibimos algo que nosotros no podemos hacer; entramos en algo más grande, que se hace nuestro precisamente cuando nos entregamos a él tratando de celebrar la liturgia realmente como liturgia de la Iglesia”[4][4].

  ¿Pero acaso la liturgia es nuestra, es un refuerzo de nuestra identidad “de grupo”? ¿Algo que fabricamos nosotros para nosotros mismos? “La liturgia no nos pertenece a nosotros: es el tesoro de la Iglesia”[5][5]; por eso no inventamos nada en la liturgia, sino que la recibimos y profundizamos en ella. No nos convertimos cada uno en centro de la liturgia –el grupo, la asociación, la comunidad, la hermandad…-, sino que humildemente entramos en algo más grande que nosotros, en la Iglesia misma: “Tenemos que preguntarnos siempre de nuevo: ¿quién es el auténtico sujeto de la liturgia? La respuesta es sencilla: la Iglesia. No es el individuo o el grupo que celebra la liturgia, sino que ésta es ante todo acción de Dios a través de la Iglesia”[6][6].

   La sencillez grave de llevar el pan y el vino (todo el pan que sea necesario, sí: todas las patenas y copones necesarios para consagrar) con el canto que acompaña la procesión es lo propio del genio de nuestra liturgia romana y permite fijar los ojos más en el Misterio de Dios que en celebrarnos a nosotros mismos. Esto es lo que pretende igualmente la instrucción Redemptionis sacramentum:

  “Las ofrendas que suelen presentar los fieles en la Santa Misa, para la Liturgia eucarística, no se reducen necesariamente al pan y al vino para celebrar la Eucaristía, sino que también puede comprender otros dones, que son ofrendas por los fieles en forma de dinero o bien de otra manera útil para la caridad hacia los pobres. Sin embargo, los dones exteriores deben ser siempre expresión visible del verdadero don que el Señor espera de nosotros: un corazón contrito y el amor a Dios y al prójimo, por el cual nos configuramos con el sacrificio de Cristo, que se entregó a sí mismo por nosotros. Pues en la Eucaristía resplandece, sobre todo, el misterio de la caridad que Jesucristo reveló en la Última Cena, lavando los pies a los discípulos. Con todo, para proteger la dignidad de la sagrada Liturgia, conviene que las ofrendas exteriores sean presentadas de forma apta. Por lo tanto, el dinero, así como otras ofrendas para los pobres, se pondrán en un lugar oportuno, pero fuera de la mesa eucarística. Salvo el dinero y, cuando sea el caso, una pequeña parte de los otros dones ofrecidos, por razón del signo, es preferible que estas ofrendas sean presentadas fuera de la celebración de la Misa” (Redemptionis sacramentum, 70).

 



[1][1] OF III Tiempo Ordinario.

[2][2] OF XX Tiempo Ordinario.

[3][3] OF Domingo IV Adviento.

[4][4] Benedicto XVI, Discurso, 7-noviembre-2006.

[5][5] Benedicto XVI, Homilía, 22-junio-2008.

[6][6] Benedicto XVI, Carta al Instituto Pontificio de música sacra, 13-mayo-2011.

20.09.18

Las ofrendas en la Misa (III)

Seguimos avanzando para comprender mejor qué son las ofrendas de la Misa, qué contienen, qué se lleva al altar, qué se ofrece y porqué.

Ya vimos lo que establece al actual Misal, y por tanto es normativo para todos.

También hicimos una rápida incursión por la historia de la liturgia.

Ahora avanzamos en otra dirección.

 

3. El ejemplo comparado de otras familias litúrgicas

   Argumentemos, además, con dos ritos: el bizantino y nuestro rito hispano-mozárabe, porque la liturgia comparada puede ayudar a entender la nuestra y realizarla mejor, eliminando los añadidos, tan antropocéntricos, que la han distorsionado.

                        a) Divina Liturgia bizantina

    En la liturgia bizantina, la llamada “Divina Liturgia de san Juan Crisóstomo”, los dones son llevados en procesión por la nave de la iglesia, en manos del diácono y del sacerdote, hasta entrar por el iconostasio y llegar al altar.

    Esta procesión es solemnísima, con incensarios al paso de los dones, y los fieles lo veneran ya, no porque estén consagrados, sino porque van a ser consagrados: se inclinan, se santiguan, hacen reverencia. Ésta es una veneración “proléptica”, en vistas a lo que van a ser.

      Este rito tan solemne se llama “la Gran Entrada”. Va acompañado de un canto fijo, invariable, el “Querubicon”, que une esta liturgia terrena a la liturgia celestial:

“Nosotros, que místicamente representamos a los querubines y cantamos a la vivificante Trinidad el himno tres veces santo, depongamos todo mundano cuidado para recibir al rey del universo, invisiblemente escoltado por los escuadrones angélicos”.

                        b) El venerable rito hispano-mozárabe

       Nuestro rito hispano-mozárabe tiene resonancias muy orientales, y éste es uno de los momentos rituales que mejor lo muestran. Los fieles pueden llevar el pan y el vino hasta la sede –o “choros”- que está en la nave, no en el ábside (en la cabecera del presbiterio, según la costumbre romana). Esta procesión de los fieles tiene su parte de veneración –o prolepsis- como el rito bizantino: la encabeza la cruz procesional, ciriales, y uno o dos acólitos con incensarios, y después los fieles con el pan y el vino. Mientras se entona el canto llamado, muy significativamente, “Sacrificium”.

     Las rúbricas actuales del Misal hispano-mozárabe (muy parcas, demasiado escuetas) señalan: 

“durante la procesión de los fieles al altar para presentar sus oblaciones y mientras los ministros preparan el pan y el vino y los colocan sobre el altar, el coro canta el Sacrificium. El Sacrificium corresponde por su función al canto que el rito romano llama Offertorium y el rito ambrosiano Offerenda. De hecho san Isidoro trataba del mismo todavía bajo el nombre de Offertorium… Justifican el nuevo título de Sacrificium los textos del repertorio que describen sacrificios ofrecidos por personajes bíblicos, en fases sucesivas de la Historia Sacra, los que tratan del altar y del servicio cultual en el templo, los que evocan la liturgia celeste que se celebra ante el Cordero inmolado” (Missale, 39-40).

      Por tanto, en nuestro rito hispano-mozárabe, esta procesión de los dones es solemne, sacrificial y profundamente eucarística:

      “La liturgia eucarística comienza, como en toda la tradición cristiana, con el rito de llevar las ofrendas de pan, vino y agua al altar, y no otras ofrendas. Este rito pueden realizarlo los fieles aunque generalmente lo realizan los ministros (acólitos, antiguamente los subdiáconos) desde el lugar donde se guardan los dones d elos fieles previos a la celebración (diaconion –capilla de la izquierda mirando al altar) al altar o desde la mesa auxiliar (credencia) al altar. Esta procesión va acompañada por el canto del “sacrificium” por parte del coro. Tal procesión tanto por el tenor de los “sacrificium” de las solemnidades como por la estructuración arquitectónica de las iglesias (presencia de grandes cruceros, reales –plantas de cruz-, o simulados –planta basilical cortada por arcos y cancelas) debía ser similar a la del evangelio. Los ministros acuden a recoger las ofrendas y con incienso, cruz de oro y ciriales las llevan hasta el altar donde los diáconos las colocan sobre el mismo”[1][1].

 



[1][1] FERRER GRESNECHE, Juan Miguel, “La Eucaristía en rito hispano-mozárabe. Gestualidad y ambiente para la celebración”: Toletana 1 (1999), 59-88.

13.09.18

Aleluya IV (Respuestas XV)

   Aleluya es el cántico nuevo del hombre nuevo, del hombre redimido:

    “Es conveniente que tributemos a nuestro creador cuantas alabanzas podamos. Cuando alabamos al Señor, queridísimos hermanos, algún beneficio obtenemos mientras estamos en tensión hacia su amor. Hemos cantado el Aleluya. Aleluya es el cántico nuevo. Lo he cantado yo; lo habéis cantado también vosotros, los recién bautizados, los que acabáis de ser renovados por él” (S. Agustín, Serm. 255 A).

    Se canta, según la tradición, en Pascua, como atestigua san Agustín:

   “…El tiempo de aquel gozo que nadie nos arrebatará; su realidad aún no la poseemos en esta vida; pero, no obstante, una vez pasada la solemnidad de la pasión del Señor, la celebramos a partir del día de su resurrección durante otros cincuenta, en los que interrumpimos el ayuno y hace acto de presencia el Aleluya en las alabanzas al Señor” (Serm. 210,8).

   “Estos días que siguen a la pasión de nuestro Señor, y en los que cantamos el Aleluya a Dios, son para nosotros días de fiesta y alegría, y se prolongan hasta Pentecostés” (Serm. 228,1).

    Se canta en Pascua, y se hace con gran alegría después de haber estado mudo tanto tiempo. El Aleluya es el gozo de la Pascua y el deleite del alma. Con genial estilo, con recursos oratorios, exclama san Agustín:

    “Ved qué alegría, hermanos míos; alegría por vuestra asistencia, alegría de cantar salmos e himnos, alegría de recordar la pasión y resurrección de Cristo, alegría de esperar la vida futura. Si el simple esperarla nos causa tanta alegría, ¿qué será el poseerla? Cuando estos días escuchamos el Aleluya, ¡cómo se transforma el espíritu! ¿No es como si gustáramos un algo de aquella ciudad celestial?” (Serm. 229B,2).

   El Aleluya, para la Iglesia de san Agustín, está vinculado a la Pascua y sólo a la Pascua, no al resto del año litúrgico. Se canta con más gozo aún, si cabe y se anticipa el Aleluya eterno del cielo, del feliz descanso:

   “Cuando estos días escuchamos el Aleluya, ¡cómo se transforma el espíritu!… Henos, pues, proclamando el Aleluya; es cosa buena y alegre, llena de gozo, de placer y de suavidad. Con todo, si estuviéramos diciéndolo siempre, nos cansaríamos; pero como va asociado a cierta época del año, ¡con qué placer llega, con qué ansia de que vuelva se va!” (Serm. 229B,2).

     “No sin motivo, hermanos míos, conserva la Iglesia la tradición antigua de cantar el Aleluya durante estos cincuenta días” (Serm. 252,9).

   “El tiempo de tristeza –no otra cosa significan los días de cuaresma- es un símbolo y una realidad; en cambio, el tiempo del gozo, del descanso y del reino, del que son expresión estos días, lo hallamos simbolizado en el Aleluya, pero aún no poseemos esas alabanzas, aunque suspires ahora por el Aleluya. ¿Qué significa el Aleluya? Alabad al Señor. Por eso en estos días posteriores a la resurrección se repiten en la Iglesia las alabanzas de Dios: porque después de nuestra resurrección también será perpetua nuestra alabanza” (Serm. 254,5).

   ¡Digamos el Aleluya! Alabemos a Dios con el Aleluya, cantémoslo con afecto, acompañándolo con la santidad de vida y obras buenas:

   “Alabemos, pues, amadísimos, al Señor que está en los cielos. Alabemos a Dios. Digamos el Aleluya. Hagamos de estos días un símbolo del día sin fin. Hagamos del lugar de lo mortal un símbolo del tiempo de la inmortalidad… Alabémoslo, alabémoslo; pero no sólo con la voz; alabémoslo también con las costumbres. Alábelo la lengua, alábelo la vida; no vaya en desacuerdo la lengua con la vida, antes bien tengan un amor infinito” (Serm. 254,8).

   “Aferrados a esto, apoyados, fortalecidos y clavados en esta fe mediante un amor inquebrantable, alabemos como niños al Señor y cantemos el Aleluya. Pero ¿en una sola parte? ¿Desde dónde? ¿Hasta dónde? Desde la salida del sol hasta el ocaso, alabad el nombre del Señor” (Serm. 265,12).

“Ahora, pues, hermanos, os exhortamos a la alabanza de Dios; y esta alabanza es la que nos expresamos mutuamente cuando decimos: Aleluya. “Alabad al Señor”, nos decimos unos a otros; y así, todos hacen aquello a lo que se exhortan mutuamente. Pero procurad alabarlo con toda vuestra persona, esto es, no sólo vuestra lengua y vuestra voz deben alabar a Dios, sino también vuestro interior, vuestra vida, vuestras acciones.

En efecto, lo alabamos ahora, cuando nos reunimos en la iglesia; y, cuando volvemos a casa, parece que cesamos de alabarlo. Pero, si no cesamos en nuestra buena conducta, alabaremos continuamente a Dios. Dejas de alabar a Dios cuando te apartas de la justicia y de lo que a él le place. Si nunca te desvías del buen camino, aunque calle tu lengua, habla tu conducta; y los oídos de Dios atienden a tu corazón. Pues, del mismo modo que nuestros oídos escuchan nuestra voz, así los oídos de Dios escuchan nuestros pensamientos” (En. in Ps. 148,2).

  El Aleluya es, hoy, para nosotros, un cántico de peregrinos, que saben que en esta vida van de paso hacia la patria verdadera y sueñan con la Ciudad de Dios cantando ya aquí el Aleluya que allí nunca enmudece:

   “También en este tiempo de nuestra peregrinación cantamos el Aleluya como viático para nuestro solaz; el Aleluya es ahora para nosotros cántico de viajeros. Nos dirigimos por un camino fatigoso a la patria tranquila, donde, depuestas todas nuestras ocupaciones, no nos quedará más que el Aleluya” (Serm. 255,1).

  La llegada del Aleluya en pascua es esperada, y mucho, por todo el pueblo cristiano. Se notaba su ausencia, se anhela poder entonarlo:

  “Cuando estos días escuchamos el Aleluya, ¡cómo se transforma el espíritu!… ¡Con qué placer llega, con qué ansia de que vuelva se va!” (Serm. 229B, 2).

   “¡Cómo hemos deseado estos días, que han de volver dentro del año, cuando acaban de irse! ¡Con cuánta aridez volvemos a ellos pasado el espacio de tiempo establecido!” (Serm. 243,8).

   El Aleluya en los 50 días de Pascua simboliza el gozo, descanso y felicidad de la vida bienaventurada; la cuaresma es el símbolo de la vida terrena, llena de privaciones, dolores, ayunos:

    “Los cuarenta días anteriores a la Pascua simbolizan este tiempo de nuestra miseria y nuestros gemidos, si hay quien ponga tal esperanza en sus gemidos; el tiempo, en cambio, de la alegría que tendrá lugar después, del descanso, de la felicidad, de la vida eterna y del reino sin fin que aún no ha legado, está simbolizado en estos cincuenta días en que cantamos las alabanzas de Dios. Dos tiempos tenemos con valor simbólico: uno anterior a la resurrección del Señor y otro posterior; uno en el que nos hallamos y otro en el que esperamos estar en el futuro. El tiempo de tristeza –no otra cosa significan los días de cuaresma- es un símbolo y una realidad; en cambio, el tiempo del gozo, del descanso y del reino, del que son expresión estos días, lo hallamos simbolizado en el Aleluya, pero aún no poseemos esas alabanzas, aunque suspires ahora por el Aleluya” (Serm. 254,5).

 “Por razón de estos dos tiempos –uno, el presente, que se desarrolla en medio de las pruebas y tribulaciones de esta vida, y el otro, el futuro, en el que gozaremos de la seguridad y alegría perpetuas-, se ha instituido la celebración de un doble tiempo, el de antes y el de después de Pascua. El que precede a la Pascua significa las tribulaciones que en esta vida pasamos; el que celebramos ahora, después de Pascua, significa la felicidad que luego poseeremos. Por tanto, antes de Pascua celebramos lo mismo que ahora vivimos; después de Pascua celebramos y significamos lo que aún no poseemos. Por esto, en aquel primer tiempo nos ejercitamos en ayunos y oraciones; en el segundo, el que ahora celebramos, descansamos de los ayunos y los empleamos todo en la alabanza. Esto significa el Aleluya que cantamos.

 En aquel que es nuestra cabeza, hallamos figurado y demostrado este doble tiempo. La pasión del Señor nos muestra la penuria de la vida presente, en la que tenemos que padecer la fatiga y la tribulación, y finalmente la muerte; en cambio, la resurrección y glorificación del Señor es una muestra de la vida que se nos dará” (En. in Ps. 148,1-2).

   Como buen predicador y catequista, como excelente mistagogo, san Agustín explicará en incontables ocasiones qué significa la palabra “Aleluya” para luego elevarse a su consideración y contenido espiritual. ¿Qué es “Aleluya”?

    “Toda nuestra ocupación entonces no será sino alabar a Dios, como lo significa el Aleluya que cantamos estos cincuenta días. Aleluya es alabanza de Dios” (Serm. 125,9).

    “La alabanza no es otra cosa que el Aleluya. ¿Qué significa el Aleluya? Aleluya es una palabra hebrea que significa “Alabad a Dios”. “Alelu”: alabad; “Ya”: a Dios. Con el Aleluya, pues, entonamos una alabanza a Dios y mutuamente nos incitamos a alabarlo. Proclamamos las alabanzas a Dios, cantamos el Aleluya con los corazones concordes mejor que con las cuerdas de la cítara” (Serm. 243,8).

  “¿Qué significa el Aleluya? Alabad al Señor” (Serm. 254,5).

    “Sabéis que Aleluya se traduce en latín por “Alabad a Dios”. De esta forma, cantando lo mismo y con idénticos sentimientos, nos animamos recíprocamente a alabar al Señor” (Serm. 255,1).

     “¿Qué es entonces el Aleluya, hermanos míos? Ya os lo he dicho: es la alabanza de Dios. Ahora escucháis una palabra, y el escucharla os deleita, y, envueltos en el deleite, alabáis” (Serm. 255,5).

    “…el Aleluya, que traducido a nuestra lengua, significa “Alabad al Señor”. Alabemos al Señor, hermanos, con la vida y con la lengua, de corazón y de boca, con la voz y con las costumbres” (Serm. 256,1).

    “Lo que en hebreo suena “Aleluya”, significa, en nuestra lengua, “Alabad a Dios”. Alabemos, pues, al Señor nuestro Dios no sólo con la voz, sino también de corazón, porque quien lo alaba de corazón, lo alaba con la voz del hombre interior. La voz que dirigimos a los hombres es un sonido; la que dirigimos a Dios es el afecto” (Serm. 257,1).

    “¿Qué significa Aleluya?… “Aleluya” [equivale] a “Alabad a Dios”… Como veremos la verdad sin cansancio alguno y con deleite perpetuo, y contemplaremos igualmente la más cierta evidencia, encendidos por el amor a la verdad y uniéndonos a ella mediante un dulce, casto y al mismo tiempo incorpóreo abrazo, con tal voz le alabaremos y le diremos también Aleluya. Abrasados en amor mutuo hacia Dios y exhortándose recíprocamente a tal alabanza, todos los ciudadanos de aquella ciudad dirán “Aleluya”, porque dirán “Amén”” (Serm. 362,29).

    En el cielo, el Aleluya será nuestro todo; aquí, nuestro deleite, consuelo y esperanza:

    “Nuestro alimento, nuestra bebida, nuestro descanso y todo nuestro gozo allí será el Aleluya, es decir, la alabanza de Dios” (Serm. 252,9).

 

 

6.09.18

Aleluya III (Respuestas XIV)

5. Espiritualidad y contenido del Aleluya

       Un pueblo en fiesta canta a su Señor, ¡Aleluya!, porque Cristo ha triunfado sobre el pecado y la muerte y ha sido constituido Señor de todo. El Aleluya es júbilo, como júbilo se llamaba musicalmente al desarrollo de la última sílaba del Aleluya con sus melismas y modulaciones. El Aleluya es gozo en el alma. El Aleluya es alegría interior que sólo puede expresarse cantando porque las palabras se quedan pequeñas e insuficientes.

    San Agustín es un poeta del Aleluya, su gran predicador y su gran mistagogo. En muchísimas ocasiones predicó a su pueblo sobre el Aleluya, los introdujo en su significado celestial. Vamos a empaparnos de las enseñanzas, elevadas, claras a un tiempo, de este Padre.

    Los fieles cantaban el Aleluya con gusto. “Llegaron los días de cantar Aleluya… Estad atentos los que sabéis cantar y salmodiar en vuestros corazones a Dios, dando gracias siempre por todas las cosas, y alabad a Dios, pues esto significa Aleluya” (En. in Ps. 110,1).

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